Kafka: la escritura del margen*

Jorge Juanes


Lo que Kafka construye literariamente es lo que quiere ser ocultado: entes humanos zarandeados por fuerzas poderosas y ciegas que escapan a nuestra inteligibilidad. Mundo enajenado en donde el acontecimiento más trivial se presenta ante la mirada como un negro presagio. Que Kafka evite precisiones histórico-concretas no significa, ni mucho menos, que sus personajes sean extraterrestres o meros productos de su fantasía, pues su obra nos pone siempre ante hombres comunes y corrientes carentes de nombre propio, o sea, ante el uno de tantos surgidos en el marco de la modernidad: tú y yo, amigo lector, también el vecino de enfrente. La patología compartida por los figurantes proviene así de un círculo de hierro encabezado por burócratas sin rostro, fríos e inclementes, expertos en el manejo de abstrusos y oscuros legalismos judiciales. Leer a Kafka implica estar dispuesto a toparse con tribunales y sentencias, culpas y condenas, leyes, expedientes, funcionarios mayores y menores, abogados, ejecutores, hombres-animalizados…

Albert Renger / 1929
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El espacio habitado no se queda atrás: corredores estrechos y sombríos, arquitecturas laberínticas, entradas múltiples, puertas numerosas e inaccesibles, salidas sin puertas, etcétera. Tanto víctimas como verdugos son parte del entramado institucional-espacial, nadie escapa. Hay momentos narrativos en que los personajes creen que algo significativo va a suceder o que algo va a resolverse. No tardarán mucho en darse cuenta de que sólo retorna lo que nunca dejará de estar ahí: lo extraño e inaccesible. ¿Acaso el rostro siniestro del poder? ¿La implacabilidad de la ley impersonal? ¿El inexorable retorno del tiempo mítico? ¿El proceso que tenemos que pagar eternamente por el pecado original, según lo marca el tiempo bíblico? Preguntas sin respuesta. Quizá lo único que hay que entender es que todo ha terminado y que inventarse posibilidades histórico-progresistas realizables y dotadas de sentido, es la mejor manera de mentir impunemente. Tiempo consumado como presente eterno en donde ya ni siquiera es posible recordar que el hombre actual viene de alguna manera de un pasado remoto. Lo cual indica que la creencia moderna que presume encarnar una época histórica que marcha siempre hacia adelante y supera el tiempo cíclico, no hace más que consumar éste. Aunque no todo está perdido, queda la temporalidad propia.
–Sólo quiero irme de aquí –leemos en La muralla china–, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta.
–¿Conoces, pues, tu meta? – preguntó él.
–Sí. –le contesté yo–. Lo he dicho ya. Salir de aquí: esa es mi meta. 
Eso, hay que desmarcarse de un orden social que naturaliza lo que él mismo genera consumando en ello la reificación de los actos humanos. Kafka lo hace: vive instante a instante la monotonía de lo siempre igual, sintiendo en carne propia que ahí no hay nada, y toma distancia: “Mi situación me es insoportable porque contradice mi único deseo y mi única vocación, la literatura […] Detesto todo lo que no tiene que ver con la literatura”. Si algo desespera a Kafka es el tiempo que el quehacer cotidiano (trabajar en tareas externas, compartir las distracciones de uno de tantos, hacer vida normal, casarse, tener familia, dedicarse a los negocios…) le roba a la literatura. Que el mundo cancele posibilidades, no evita que Kafka haga lo suyo. Aunque, como se sabe, nunca estuvo satisfecho con lo que escribía al grado de pedirle al amigo, a Max Brod, que destruyera los textos heredados. Tampoco cree ya, como los románticos, en la existencia de una patria liberada del nihilismo; y si de instalarse en lo abierto e inconmensurable se trata, nada mejor que encerrarse y escuchar los sonidos del silencio. Confírmalo el escrito “Preparativos de boda en el campo”, en Obras Completas III): 

No es necesario que salgas de tu casa. Quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera esperes, permanece silencioso y solo. El mundo vendrá a ofrecerse para que tú lo desenmascares: no puede actuar de otro modo, extasiado se inclinará ante ti.  
Para vivir tal experiencia no se requiere ser un iniciado en el jasidismo o en la mística, ya que para Kafka basta y sobra con romper filas y entregarse al desciframiento del misterio del lenguaje, sin esperar favores otorgados por el sistema de la ignominia y sin necesidad de tocar a la puerta del éxito o de la fama. Por lo demás, sabe que escribir algo que valga la pena es una empresa casi imposible. En este sentido, la escritura nos devuelve a la angustia pero ahora emancipadora (Adorno insiste mucho en que el arte convierte los sufrimientos padecidos por los hombres en arma emancipadora). Reparemos en que nuestro escritor es tanto K. o Joseph K, como Franz Kafka. Transversalidad de identidades equívocas expresivas de una tensión interno-existencial que termina por plasmarse en cuentos y novelas en donde, párrafo a párrafo, campea una realidad envarada y amenazante. Lo paradójico es que contra lo que pudiera pensarse, la escritura del margen penetra en tal realidad y, ya en sus entrañas, la desmonta. Kafka expresa a su modo la diferencia-ruptura de la escritura: “El consuelo de la escritura, sorprendente, misteriosa, acaso peligrosa, tal vez salvadora: es saltar fuera del alcance de los asesinos”. Sin el salto de la literatura proscrita, si se insiste en permanecer dentro del mundo de los asesinos, la consecuencia no puede ser otra que la degradación del hombre al grado de la animalidad.

Albert Renger / 1928
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Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró convertido en un monstruoso bicho. 
Frase rotunda con la cual, como se sabe, da inicio la célebre narración de Kafka La trasformación. Así como suena trasformación y no metamorfosis,  concuerdo entonces con los traductores al español de las Obras completas III de que no estamos ante un suceso extraordinario, fantástico o mitológico, sino ante un hecho común y corriente: el caso de alguien que, como Gregor Samsa, descubre súbitamente el significado de que identificar la vida con ajenarse de sí mismo en el  tráfico mercantil, conduce de suyo a lo monstruoso. Empero, de lo que he venido señalando no debe deducirse que la obra de Kafka equivale a un mero documento histórico dedicado a explorar la interioridad de determinados individuos, explicados en exterioridad por los científicos sociales. Como bien lo indica Adorno: hacer arte o literatura con mayúsculas exige un acto creativo-constructivo-formal. Para el filósofo, la realidad y diferencia de las artes reside en formas, estilos, técnicas, materiales que responden a la vida insurgente. Quien se entrega al arte trae al mundo lo que todavía no existía, y aun y cuando participe del horror imperante, lo desborda visionariamente. 
Plantar la diferencia de la literatura significa poner en crisis los lenguajes planos, las estrategias de comunicación previamente castradas y los discursos de verdad de las ciencias instauradas en certezas indubitables. En este tenor, hacer un arte hermético e incomprendido representa para Adorno la única posibilidad de sobrevivir a la moneda de lo actual. Hermetismo que, repárese en ello, resulta más real que la falsa transparencia de lo inmediatamente reconocible. Ha quedado establecido que el plus de la literatura kafkiana muestra lo que condena al hombre normal como el acto creativo que puede devolverlo a su ser propio. Para lograr tal retorno a sí, y ponerlo en obra, se requiere que el individuo se ensimisme en su sobreabundancia incondicionada: “Interioridad sin objeto […] Interioridad que, sin resistencia, gira en torno a sí misma”. Es Adorno quien concluye: “Kafka ha logrado superar el problema de la cuadratura del círculo que consiste en hallar las palabras para el espacio de la interioridad sin objeto, siendo así que la extensión de cada palabra rebasa el absoluto “ahí” que hay que mentar en cada caso”. Podríamos hablar de la obra literaria como un fragmento libertario que encarna la promesa de que lo otro es posible, aunque se trate siempre de una “promesa de felicidad…quebrada”.
Posibilidad enclavada en la imposibilidad, fragmento que rescata la vida mutilada, resistencia no aniquilada que a fin de cuentas es, esta ahí. Por ende, lo otro es posible desde ya incluso donde se lo niega. Aunque quizá esto que acabo de señalar no guste a Adorno, ya que a su entender las artes disonantes expresan lo que todavía no es, pensemos en preanuncios de lo porvenir incluso cuando lo anunciado sea irrealizable. Por lo que a mí toca, pienso lo contrario: el arte trae al mundo lo que todavía no era. Desde el momento en que la diferencia construida esta ahí y puede escucharse, verse, tocarse o leerse, desde ese momento el arte es lo que todavía no era y ya es. Una plenitud que, dado el ser del arte, resulta insondable e indecible. Como tengo la sospecha de que las cosas no están claras, paso a puntualizar mi discrepancia con Adorno. Pienso que aun y cuando éste reconoce que la diferencia de las artes en relación a lo histórico-social-económico-político da lugar a una realidad alternativa que se afirma por y para sí misma, no acaba de aceptar que al hilo de ello surge una propuesta de vida inasimilable hoy, mañana y siempre, por el mundo fáctico-habitual-institucional. De allí que el arte no expresa —ni lo hará nunca—  lo que todavía no es en ese mundo dado, sino lo que afirmándose dentro de sí mismo nunca podrá llegar a ser ahí, afuera.

* Fragmento del libro Theodor W.Adorno. Individuo autónomo-Arte disonante de próxima publicación en Libros Magenta.

 

Ciclo Literario.