Mujer de barro

Lorenzo León


 

La morenidad en penumbras de Adelina en el bar escénico ofrecía, bajo la noche y con la luz de la vela, una reminiscencia mahometana, aunque también —pensaba Olivier al verla frente a su socio en el campamento— lo brioso de una gitana escapada de  Andalucía. La mujer estaba, justo en ese instante, decidiendo un asunto que tenía que ver con negocios pero a la vez con su amor a destiempo, según ella misma diría después.
Olivier tomó su copa. Hielo, ron, coca... y fumaba. Su socio bebía un charro negro (tequila con cola) y estaba, como siempre, atento, serenamente receptivo a las palabras de Olivier: “Bueno, Adelina ya tiene casi tres meses con nosotros. Como has visto, su saber culinario es vasto y con su trato cálido y firme está logrando formar el personal competente para el negocio”.

Fritz Henle
Fotografía

 Olivier recordó entonces la orgía gastronómica que Adelina les había ofrecido junto con su madre, quien llegó a visitarlos desde  Puerto Zerena cargada con dos enormes canastas de mariscos. Madre e hija crearon desde ese día en la cocina un molino de sabores, y provocaron el oleaje olfativo que inundó las arboledas en los alrededores del campamento. Como si del fogón surgiera un océano hirviente de crustáceos, ostras, pescados, tortugas... de aquellos cocimientos resultaban los guisos más extravagantes que pudieran deslizarse en la lengua, a la vez que reptiles insospechados hacían las delicias  en las papilas gustativas. Doña Celia, madre de Adelina, comandaba la cocina del campamento como a un ensamble musical, y emergían  del sartén pequeños aullidos,  el cuchillo armonioso degollaba verdes tintineantes y todo el tiempo el canto del agua fluía con  monótona asepsia sobre cacerolas y platos.
 “Adelina tiene también experiencia en las relaciones públicas, su reconocimiento como cocinera se une al prestigio de su belleza... es muy admirada en el ambiente gastronómico de la Ciudad Húmeda”, continuó Olivier al tiempo que su socio pensaba que, sin duda, la fisonomía de Adelina y sus ropajes encajaban con precisión de paisaje en el campamento. Su linda cara de árabe y su vestido de africana eran ya un brillante atractivo turístico.
 “Como amigos, debo ser honesto, así que recomiendo a Adelina para que dirija los asuntos administrativos del campamento en mi lugar” decía Olivier,  y al escucharlo, Adelina pensaba que su hombre actuaba de una forma bastante hipócrita. Si se le veía de lejos era un organizador natural. Parecía que adoraba aquello. Cuando daba una orden lo hacía con afectuosa atención y sus indicaciones se seguían casi con reverencia. Pero, en realidad, y ella lo sabía mejor que nadie, sus órdenes provenían de un enfado interior y su cariño a ese trabajo era fingido, pues tener que operar el campamento le obstaculizaba  de una forma insoportable la llegada a su taller para concentrarse en sus trabajos con el barro. Así no podía crear. La cerámica que fraguaba en su horno tenía las formas sensuales de la figuración primitiva, esa gracia de los nativos se filtraba en las manos largas de Olivier.  En sus piezas había el recogimiento de las mujeres cargando agua entre las veredas, pero también el capricho abstracto del artista intelectual, un razonamiento descarnado y autoritario que necesitaba disponer de todo su tiempo. Que Olivier sólo veía por su conveniencia, de eso se convenció Adelina al escuchar la propuesta.
La noche tibia, iluminada por las antorchas, la frescura de los jaiboles y la tez acerada de su amante, se combinaron en el fulgor tropical. Olivier se congratulaba de este propiciamiento iniciático y pensó que, a esas alturas y animada por el jugoso rendimiento económico del campamento, Adelina aceptaría el trato dejándolo libre de varias maneras. 
“Vete mucho al diablo”, dio por respuesta Adelina, más tarde, en la oficina de Olivier. Y es que él  aprovechó para exponer la otra parte de su plan: “Dejemos de ser novios para ser exitosos”. He ahí el perfil maligno de sus piezas, se dijo la mujer, mirándolo seriamente con el rencor de una princesa de las dunas. El terminado cortante de sus jarrones, de sus tazas venía también de ese arte de helada seducción.

James VanDerZee / 1923
Fotografía

“Ya me habían dicho mis amigas lo peligroso que eras. Me recomendaron que no aceptara la oferta que seguramente me harías. Mara, porque alcanzaba a verme aburrida de venir aquí todos los fines de semana, para ser abandonada después; Bety,  porque asegura que el amor y los negocios no se llevan, y menos cuando están las ganas de por medio. La verdad es que estoy aquí por tu egoísta conveniencia”. “Ade —contestó Olivier, apurado—no olvides que lo platicamos y estuvimos de acuerdo, dijimos que íbamos a sacrificar nuestro amor para ayudar a la recuperación económica”. “A la chingada —comenzó a llorar Adelina—,  no lo acepto. Ahora resulta que Ingrid es parte de la empresa y la tendré que conocer, que ver, que tratar, y, además, sin poder acercarme a ti cuando ella esté. Olivier, tengo treinta años y veinte de hacer lo que quiero. No voy a cambiar por ti”.
En su morenidad guerrera Adelina parecía una pantera resoplando, se echó en el sofá dando vueltas en sí misma. “No puedes amar Olivier, me doy cuenta. Todos estos días que te vi indiferente y ensimismado, lo supe. Haces las cosas como un condenado, eres inconstante, incongruente...”
Olivier lo sabía. Carajo, se dijo, siempre le pasaba lo mismo. Adelina había llegado a ser una inspiración para sus manos en el barro, como si por fin hubiera logrado trasladar su cuerpo a la tierra que moldeaba. No quería perderla... verla, aun sin tocarla, en el campamento, sería agradable;  gozarla con la pura mirada aunque ya no la besara ni retozara con ella,  puesto que una vez que llegara al campamento, Ingrid, su esposa, no toleraría su relación. En su cara afligida Adelina vio esa egoísta sinceridad. “Tienes una vida hecha Olivier, una familia. Yo necesito una pareja.  Llegamos al límite. Acéptalo”.
El rostro de Adelina y su cuerpo moreno eran una composición que sacramentaba visiones atávicas del ceramista. Su largo cabello espeso, ensortijado, de negro mineral y su nariz fina de negra; su boca grande y cálida de tahitiana, y su barbilla pequeña y occidental, eran como un maridaje de razas desplegándose en una visión de harén.
Ese cínico planteamiento de, en adelante, cuando estuviera Ingrid, ser “sólo amigos”, demostraba la frialdad de Olivier y hasta su burla. Él, con fingida pena, se acercó pidiéndole perdón, y  la besó. Entre sus brazos el jadeo de Adelina se convirtió otra vez en llanto. A horcajadas sobre él la mujer mojaba con lágrimas su cuello y le decía, en el sepelio de su despedida: “No sabes cuánto lamento dejarte. Tuve un orgasmo cósmico… ¡Vete a la chingada!”.

A la mañana siguiente Olivier la acompañó al autobús. Ella había empacado todas sus cosas. Estaba triste y hermosa. Había hecho todo lo posible —se dijo Olivier al verla detrás del cristal cerrado de la ventanilla— para evitar que la pieza Adelina se desvaneciera en la memoria o se rompiera, como el barro.

 

 

Ciclo Literario.