Kafka, las sirenas que callan

Jorge Juanes


Theodor W.Adorno. Individuo autónomo-Arte disonante, es el próximo libro de Jorge Juanes, que publicará Libros Magenta. De este tomo en preparación, es el siguiente ensayo.

Al establecer un diálogo con las ideas estéticas de Adorno, quisiera examinar su ensayo sobre Kafka (“Apuntes sobre Kafka”, en Prismas. La crítica de la cultura y de la sociedad) reparando en un agudo comentario del escritor checo sobre el pasaje de las sirenas que contrasta con lo señalado en Dialéctica de la ilustración. En esencia,Kafka sugiere que las susodichas no cantaron al paso de Odiseo, pues sólo lo hacen para quien esté dispuesto a escuchar; leemos (“A primera hora de la mañana, en la cama. Demostración  de que con medios insuficientes, incluso pueriles, también se puede alcanzar la salvación”, Obras completas III):

Belle Johnson / 1898
Fotografía

Resulta que las sirenas tienen un arma aún más terrible que su canto: su silencio. Cabe imaginar, aunque nunca ha sucedido, que alguien pudiera escapar a los efectos de su canto; pero a los de su silencio jamás […] Y en efecto, cuando llegó Odiseo, aquellas formidables cantoras no cantaron, fuera porque creyesen que ante tamaño rival no había otra arma posible que el silencio, fuera porque, al contemplar la felicidad en la cara de Ulises, que no pensaba en otra cosa que la cera y las cadenas, se olvidaran por completo de cantar. Sin embargo Odiseo no oyó su silencio, si puede decirse así: creyó que cantaban pero que él, al estar protegido, no las oía […] Quizá, aunque esto es difícil de entender para una mente humana, sí se dio cuenta de que las sirenas guardaban silencio, pero, para escudarse, fingió, de cara a ellas y a los dioses, lo que acabamos de contar.
Yo agregaría: todo intento de distanciarse del canto arrebatador de la naturaleza exige desembarazarse del existir excéntrico y expectante, abierto a los sonidos de la alteridad; y ese fue el precio pagado por el autismo de Odiseo: la mudez de las sirenas. Pero examinemos ya el señalado e inspirado ensayo que le dedicara Adorno. Justo es señalar que éste reconoce en Kafka al creador de una obra literaria abierta, inagotable y dura de roer, de allí que sus textos hayan propiciado hipótesis interpretativas diversas y encontradas. Todos se lo disputan: expresionistas, existencialistas, surrealistas, psicoanalistas, sociólogos; marxistas y decadentistas, teólogos y ateos, vanguardistas y conservadores… El hecho es que Kafka se resiste a cualquier reducción: “Cada frase dice interprétenme, y ninguna quiere tolerarlo”. Había que empezar por recordar lo que nunca debe ser olvidado: Kafka es ante todo eso, un escritor, una de las cumbres literarias del siglo XX al que le cabe el mérito, entre otros, de poner en crisis los modos realista-representativos, narrativo-lineales, heredados de la novelística del siglo XIX. Cabe mencionar  aquí que ya Flaubert y Mallarmé habían adelantado algo que las vanguardias literarias tendrán muy presente: la literatura se hace con el lenguaje, y la tarea del escritor estriba en encontrar la palabra adecuada para construir textos que rindan tributo al lenguaje mismo.
Kafka toma nota y convierte la escritura en un absoluto; otro ejemplo podría ser James Joyce. Que la escritura se baste a sí misma significa que su realidad descanse en el texto escrito, y ello es lo que debe ser interrogado. Por desgracia, la mayoría de los intérpretes valúan los escritos de Kafka en referencia a determinantes extraliterarios: económicos, políticos, sociológicos, biográficos… Adorno discrepa y dicta sentencia: “La autoridad de Kafka es autoridad de textos. Sólo la fidelidad a la letra, no la comprensión orientada, podrá ayudar a entender”. Para el filósofo, la literatura plagada de personajes explícitos en donde el autor sabe más que éstos, es una literatura que nace muerta. Lo mismo puede decirse de la hechura de panfletos o de textos estereotipados basados en el contraste entre personajes ejemplares y malignos. Para los autores de tales modelos literarios detestables, Kafka funge como un proscrito que mediante una escritura de “detalles inconmensurables e impenetrables” niega la comunicación resuelta de antemano: “Una obra que constantemente se oscurece y se retira a sí misma”. Nada que ver entonces con la construcción de paraísos artificiales, o con  personajes exitosos y finales felices.
 Obra de un marginal, que desde su diferencia y libertad soberana se declara enemigo jurado de cualquier forma de poder y de cualquier manifestación del lenguaje sostenida en el ordeno y mando. Hemos llegado a un punto sin retorno: desde el destierro del mundo normal, Kafka afirma la soberanía del individuo singular y único que quisiera ser aplastado por los sistemas de dominio que han sido y son. Soberanía manifiesta en aquellos instantes solitarios, intensos e irrepetibles, en que impera la escritura marginal y libertaria que pone en cortocircuito la voluntad reductivo-unificadora de los conductores de pueblos. “El sujeto encerrado en sí mismo, se aguanta la respiración, como si no debiera entrar en contacto con nada que fuera diverso de él mismo”. Defensa de la irreductibilidad individual que según Adorno caracteriza a un sinnúmero de artistas, escritores y pensadores, nacidos en la modernidad y empeñados en acometer la historia dada desde un baluarte de resistencia conformado por el dolor y el sufrimiento: expresión de una vivencia sobreabundante que choca con las restricciones sociales que quisieran someterla.
Los sistemas de pensamiento y de política no desean nada que no sea igual que  ellos; pero cuanto más se robustecen, cuanto más unifican el nombre de lo que existe, tanto más lo oprimen y tanto más se alejan de ello. Precisamente por eso les resulta insoportable la menor “desviación”, como amenaza al principio entero, como a las potencias y a los poderes los extraños y los solitarios de la obra de Kafka.
El artista elige; se elige. Ruptura de amarras encarnada en la construcción de espacios literarios “cerrados y asfixiantes, desprovistos de sentido”, espacios fantasmagóricos que provocan en el lector escalofríos. Lo cierto es que en El proceso o El castillo el tiempo está detenido: nada comienza, ni nada termina. Lo estático e intemporal domina, así, la escena. Ratonera sin salida que nos permite comprender porque “las figuras de Kafka están como aplastadas antes de moverse”; o si se prefiere, están simplemente ahí y carecen de perspectivas. Personajes marioneta, de los que nunca sabremos su procedencia o su destino, entregados a actos rutinarios y extrañados medidos por un reloj de arena que marca las horas de la nulidad existencial: “El instante, lo perecedero absoluto, es parábola de la eternidad de la caducidad, de la condenación”. Una herida, un cúmulo de cicatrices que denuncia la falsedad de la vida rutinaria valiéndose de peleles atados al yugo del nihilismo. No en vano estamos ante una obra que reniega de las preguntas características del perspectivismo humanista: ¿de dónde?, ¿a dónde?, ¿qué hacer?,  ¿por qué debo hacerlo?

Elvira Ochoa Chávez / 1931
Fotografía

Es una épica que narra aquello que no se puede narrar, lo totalmente encerrado en sí mismo y por ello y al mismo tiempo encadenado, el sujeto, en definitiva, que ni siquiera es propiamente. Disociado en los necesitarios momentos de la propia prisión, privado de la identidad consigo mismo, ese sujeto no tiene vida temporal; la interioridad sin objeto es espacio en el preciso sentido de que todo lo que funda obedece a la ley de la repetición intemporal. Esta ley es uno de los elementos que relacionan la obra de Kafka con la ahistoricidad. No le es posible a esa obra ninguna forma constituida a través del tiempo como unidad del sentido interno. 
Kafka rompe fachadas, traspasa superficies, desecha encubrimientos, se encierra en su mundo propio traducido “en el abandono y en el hundimiento que no miran en torno a sí mismo”. Alternativa que se traduce en responsabilidad existencial y en la entrega a la obra que acoge y, a la vez, trastoca la miseria de lo real. La literatura patentiza en él, insisto, la entrega en soledad a la temporalidad propia concretada en aquellos instantes en que la escritura es lo único que cuenta, prueba patente de que aun en medio de la nada y el sinsentido resulta posible la afirmación de lo propio. “Si la obra de Kafka conoce la esperanza, es más en aquellos extremos que en las formas anticipadas: en la capacidad de resistir incluso a lo último haciéndose lengua […] Lo más de su obra es reacción al poder ilimitado”.  Resistencia presente en actos de escritura que acogen tanto el instante de libertad del escritor concretado en el momento constructivo-creativo que da lugar a la obra literaria, como en el peso de personajes literarios que representan a un mundo condenado a soportar una asfixia angustiante y en donde lo monstruoso se torna cotidiano.
 Kafka peca contra una vieja regla al producir arte tomando como material único la basura de la realidad. Kafka no esboza directamente la imagen de la sociedad naciente –pues, como en todo gran arte, también en el suyo domina la ascesis frente al futuro–, sino que la monta con productos de desecho separados de la sociedad muriente por lo nuevo que se forma. En vez de sanar la neurosis, Kafka busca en ella misma la fuerza salvadora, que es la del conocimiento: las heridas que la sociedad infiere al individuo son leídas por éste como cifras de la no-verdad social, como negativo de la verdad. Su potencia es potencia de descomposición. Kafka arranca la fachada conciliatoria que recubre la desmesura del sufrimiento, cada vez más sometido a controles racionales.        

He elegido muchas de las referencias de Adorno para dejar en claro que la desesperación sentida por Kafka ante el poder omnipotente de las instituciones encargadas de guiar nuestras vidas, tiene su contraparte contestataria en la libertad de elección concretada en su caso como escritura absoluta: “Yo no soy otra cosa —sentencia Kafka— que literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa”. Sentencia que descalifica a los lectores y críticos que juzgan al escritor fuera de la obra, o sea, en función de si comulga o no con la perspectiva temporal histórico-moderna cristalizada en supuestas causas objetivo-sociales: progreso, finalidad, dirección hacia una meta; crear el reino de Dios en la tierra, la tarea de redimir a los explotados, afirmar valores positivos, contribuir a la revolución socialista…. Perspectivas salvíficas que, por cierto, Kafka rechaza. Tocamos aquí un punto que ha sido un rompecabezas para los intérpretes de la obra del solitario de Praga: la ahistoricidad o atemporalidad que la preside. Adorno achaca la ausencia de un devenir promisorio a la propia clausura -inscrita en la modernidad: “Sólo nuestro concepto de tiempo nos hace llamar juicio al juicio final: en realidad es permanente ley marcial”. Por su parte, Kafka concibe a la historia como una pesadilla siniestra, de la que no es posible escapar “porque se perdió lo salvador”.

 

 

Ciclo Literario.