Jazz de la voluptuosidad
Michael Jackson

Antonio Mestre-Domnar


Confieso a los sensibles y a los insensibles que en mi vida de común mortal he llorado profundamente a dos personas: una de ellas es Michael Jackson. Fue el Rey de las Almas. Reinventó la levedad y la dicha contemporánea. Su vida musical fue el periodo más importante en la historia de la cultura pop y una bendición para nuestra civilización. La perfección de su gracia natural y de su genio no volveremos a verla tal vez nunca más sobre la tierra. Al sentarme a escribir la secuencia de mi novela Jazz de la voluptuosidad, aún devastado por su muerte días después del fatídico 25 de junio, encontré a varios de mis personajes también sufriendo su ausencia.

 

A Martín Solares


Y al día siguiente Michael Jackson murió. Poncho el Gordo leyó la noticia con algo de insensibilidad, como una más de las que diariamente asedian el portal de internet. Luego sintió falsear el piso bajo sus pies, y un aguijón de vacío. Paredes invisibles lo encajaron en el asiento. Vio la foto de Michael Jackson en el show de Motown 25 en mil novecientos ochenta y tres, con pantalones negros rabones, el guante blanco en la mano izquierda, el sombrero negro, la chaqueta negra, mocasines, y calcetines blancos asomando. Sintió penetrar en su pecho una substancia etérea hacia ese adentro de él que era su pasado. Lo arrastró consigo por el túnel de un flash back  hacia la época en que el Rey del Pop hizo de nuevo el mundo con el disco “Thriller”. Volvió a él la tarde en que le regaló ese disco, muerto de miedo, a la chica más hermosa de la preparatoria, que le dio un beso en la mejilla en agradecimiento, y la noche en que ganó el billete de cincuenta dólares en una fiesta haciendo el paso hacia atrás de Michael Jackson. No lo hacía bien, de hecho no podía ni intentarlo porque de puntas no se aguantaba en su propio peso, pero doblaba sus piernas flacas hacia dentro como el astro del pop y zangoloteaba la panza cuando movía la pelvis como él. Sus compañeros se rieron tanto que se olvidaron de premiar al mejor Moonwalk, y le dieron el premio como La Mejor Caricatura de Michael Jackson. Eso lo hizo muy popular entre las chicas, le hizo perder la timidez con las mujeres para siempre.

Kevin Mazur
Fotografía

Michael Jackson muerto. Eso no tiene lógica en la mente ni en el lenguaje, pensó mientras sentía que sus brazos se debilitaban, que un cable caliente se insertaba en sus piernas. En los últimos años no estuvo al tanto de las canciones de Rey del Pop. Metido en los asuntos de la vida pública, que le roba a uno el alma, Michael Jackson fue para él ese tiempo un elemento más del mundo. Pero ahora surgía en su alma como una fuerza interior que vivía en él. A veces el pasado se deja sentir en un cúmulo de todos los presentes que hemos vivido, fuera de la degeneración del recuerdo. Esos presentes permanecen intactos, frescos, y ninguno de los que somos durante nuestra vida muere siquiera un instante, más bien es una sonrisa que se guarda y aparece cuando una voluta de eternidad pringa nuestros sentidos. Abrió You Tube en su lap para ver el video de Billie Jeans. Mientras lo veía su alrededor se volvió azul grisáceo, y sobrevoló los últimos veinticinco años en el tapete de los versos de esa canción, de los registros de la melodía y el ritmo, de los giros en la composición. Sintió el pasado seduciendo al presente, robusto y fresco, como un árbol de mango, oloroso, sensual, dulcísimo. Billie Jeans lo hizo ser el Poncho en una edad que no tiene pero que aún permanece. Y la substancia etérea que penetra su pecho no era una sensación, ni los vapores de la tristeza o de la nostalgia que pintaron de azul gris la habitación. Esa substancia era la parte de él mismo adherida a Michael Jackson durante ese tiempo. Ahora regresaba a su pecho para acompañarlo en la pérdida pero se iría de nuevo para adherirse al áurea del Rey del Pop que envuelve al mundo. Repitió el video de Billie Jean cuarenta y siete veces y en ese tiempo entendió que Michael Jackson era la figura cósmica adherida a él sin noción de tiempo o mortalidad para alguno de los dos. El nombre mismo de Michael Jackson era como una de las partes de su cuerpo, sus rolas eran parte de su sistema nervioso, el Reflejo Maestro del lado extrovertido de su alma.
Poncho pensó en comerse unos chocolates como lo hace cuando le entra ansiedad. Pero se dio cuenta que no tenía ganas de comer chocolates, tampoco quería oler, ni oír, ni probar nada. Pensó: Michael Jackson no puede estar muerto, ese buey no puede estarlo, sigue vivo en algún lado, DEBE seguir vivo en algún lado, dentro o fuera del mundo, lo que envuelve con su áurea nuestras vidas no puede ser uno más de nosotros, es un logos, un logos musical que está en los límites del alma.
La soledad que siente al leer las nuevas noticias confirmando la muerte no tiene medida en el sistema decimal ni en el sistema de la eternidad. Esa soledad no dura cien años ni mil: estará en el periodo dentro del instante en cada uno de los instantes hasta que el último de nosotros salga por la puerta del mundo. Poncho puso el video de The Way You Make Me Feel. Lo mira borroso, lo oye humedecido: son sus lágrimas que están cantando.
 *
Glauco pasó de largo por la barra del Atasta Dancing Club viendo el sol que iba a abrasarlo en la calle cuando saliera, pero unas frases en la televisión que el barman estaba viendo lo hicieron dar media vuelta: El Rey ha muerto, Michael Jackson acaba de ser declarado muerto por un infarto al miocardio en el Hospital de UCLA en Los Angeles. Se quedó inmóvil. Los oídos se cerraron a la voz del locutor, dejó que la frase escuchada se diluyera y parpadeó lentamente, como inventándose un nuevo despertar ese día donde las cosas empezaran de cero. Alguien al fondo de las mesas dijo algo sobre la noticia. En la calle sintió los 39 grados deseando que le quemaran una porción de su piel a cambio de desaparecer la fatalidad sobre Michael Jackson. Subió a su auto, vio a la gente seguir el tren de vida, pensó si les iba a importar la noticia a estos seres sin almas, y buscó una estación de radio donde estuvieran rindiendo tributo. No encontró ninguna. Tomó el celular y le llamó a Macossay: ¿Ya supiste? Y Macossay Sí, coño, y yo que pensaba ir a Londres a un concierto de su gira This is it que comenzaría el mes próximo. Glauco se fue para atrás al escucharlo ¿En serio ibas a ir? Macossay hizo una pausa en la que se arrepintió de la broma, y dijo No: aunque hubiera querido y podido me enteré al día siguiente del anuncio, y los boletos para sus cincuenta conciertos volaron en cuatro horas, fue un récord mundial.

Andrew Eccles
Fotografía

Se reunieron con Teo en casa de Polo. Luego llegaron Gloria Vanderbilt, Sasha Trujillo, y Teté Oropeza, llamadas por Alfonsina para comentar la noticia. Ellas subieron a una habitación a ver los últimos reportes en la tele, y ellos se quedaron en la sala viendo el video del concierto del 30 Aniversario de Michael Jackson. De pronto Glauco se levantó y fue por su trompeta al auto. Cuando lo vieron entrar de regreso Macossay sacó su guitarra de entre unas plantas de la sala como si cortara una flor de ese jardín, y Polo tamborileó dos lapiceros sobre la mesa de centro para simular la introducción de Billie Jean. Glauco y Macossay tocaron esa melodía: nunca lo habían hecho ni juntos ni separados, pero improvisaron con algunas notas, jazzearon otras, el caso es que se oía claramente el tributo a Michael Jackson. Las chamacas bajaron a verlos, los rodearon, vieron la imagen del paso Moonwalk en el video que seguía corriendo en la pantalla, sin sonido: ahí estaba todo el amor que se desarrolla en uno cuando alguien nos comunica algo de los dioses, con la gracia propicia, hecha para envolvernos, invadirnos, salvarnos de nosotros mismos.
El tributo improvisado les hizo exhalar, por unos instantes, lo divino que hay en cada ser, provocado por la Gracia donde se une lo celeste y lo terrestre, lo finito y lo infinito: la Gracia de Michael Jackson.  Cuando acabaron de tocar estaban más tristes. Se quedaron fijos en el video de la pantalla pero nadie se atrevió a subir el volumen. Sasha Trujillo balbuceó: Se supone que debía estar conmigo mientras yo viviera. Glauco la miró: Ahora vamos a despertar cada mañana con la desesperación de abrir los ojos sin él, dijo recordando el momento en que al escuchar la noticia cerró sus ojos para que el día comenzara de nuevo al abrirlos y no sucedió tal cosa, sólo la voz del fondo de las mesas preguntando “¿Se murió Michael Jackson, es eso lo que dijo el de la tele?” Alfonsina agregó: Entre más recuerdos tengas, más intensa será tu tristeza. Y Teo, con un hilo de voz: Estos elegidos de los dioses no deberían dejarnos solos nunca. Gloria Vanderbilt se recargó en la pared: Yo creí que nunca se iba a morir.
Glauco quiso estar solo, dejar que el dolor lo envolviera, llorarlo si le daban ganas de llorar, esperar a que la nostalgia cayera como nubarrones sobre su ánimo, acostado en un sofá, sin ver a nadie. Salió de la casa sin despedirse, subió al auto, buscó una canción del Rey del Pop en la radio pero a esa hora, en todas las estaciones, sólo había programas de evangelización de sectas religiosas. Alcanzó a oír: “En la mente, en las palabras, en los actos tenemos la oportunidad de hablar con Dios, yo quiero aquí decirles algo importante: Dios ha mandado un mensaje mundial, ese mensaje mundial dice Si aún no eres hijo de Dios yo te digo que a partir de este momento eres hijo de Dios, toda su Gloria está en ti, toda tu fuerza viene de Él”. Pero Glauco pensó ahora resulta que Dios manda mensajes mundiales, por qué no dicen que también la caga con sus errores mundiales. Luego habló hacia el estéreo del auto para decirle a Dios ¿Por qué se te ocurre darnos todavía más soledad?

En eso pasó por una iglesia adventista que está frente a una católica, y gritó ¡A veces jodes en serio!, e hizo un gesto obsceno con la mano, doblando los cuatros dedos hacia adelante como si mostrara las uñas, que es como decir maricón. Hizo el gesto hacia la iglesia católica y luego hacia la adventista, cuestión que Dios se la tragara si estaba en cualquiera de ellas, pero a las puertas de la adventista estaba un vendetamales que pensó que la seña obscena era para él, y le lanzó un tamal dulce de elote. Glauco aceleró chirriando las llantas un poco demasiado tarde porque el tamal se embarró en el parabrisas, escurrió la miel por el cofre mientras en la radio se pusieron a hablar otra vez de Dios y de la casota que tiene más allá de las nubes donde todos iremos, buenos y malos, si es que uno se arrepiente a última hora. En el semáforo de la esquina Glauco se dijo: ¿Y el muy Cabrón se arrepiente alguna vez?

 

 

Ciclo Literario.