Hacia los icebergs*

J.M.G. Le Clézio


Texto inspirado en dos poemas de Henry Michaux:
Los icebergs (1934) e Iniji (1954)

I

Erramos, erramos, perdidos en la gran llanura opaca en donde no hay palabras, sin saber adónde vamos, sin ninguna luz que nos guíe, abandonados y ¿quién vendrá a buscarnos en donde estamos? No oímos, apenas vemos, como a través de mantos de bruma,  en esas regiones en las que ya no es tierra y todavía no es mar. No sentimos. Nos deslizamos a la deriva, pero estamos separados del nacimiento de la vida, no vemos el punto en donde amanece el sol.
Hay palabras que atraviesan la llanura opaca. Pasan como pájaros, aprisa, siguiendo su ruta incomprensible. Mas no podemos seguirlos. Van hacia el norte, hacia regiones en donde el aire está puro, en donde la vista es inmensa.

Andreas H. Bitesnich
Fotografía

Hace tanto tiempo que nos deslizamos a la deriva. Quizá ya no tenemos rostro, quizá ya no tenemos manos. O tal vez estemos dormidos en un sueño extenuado, porque no queremos esperar más.
Algo va a aparecer. Seguro. Es imposible que no llegue. Mientras duermen, los profetas tienen sueños, de repente ven por un agujero la luz maravillosa, la gran hermosura allende la bruma. Arriba de los mástiles vigilan los atalayas. Sobre los acantilados, los vigías observan el cielo y el mar, sus ojos se han endurecido, quieren abrir un minúsculo orificio en el fondo del espacio.
El aire es piedra, el agua es piedra.
La mente es piedra, entumecida por el frío, oscurecida por la bruma, y las palabras son extrañas como meteoros. ¿Adónde vamos ahora? Todavía nadie lo sabe. Nos miramos, tendemos nuestras manos y tocamos nuestros cuerpos, al azar de los encuentros. Estamos sobre este gran buque, horadado por ventanillas, que viaja sobre el mar. Oímos las trepidaciones de las turbinas, el ruido de las bielas, los rechinos de las poleas, los azotes del mar que, ola tras ola, golpean el estrave, el acantilado. Oímos el latido de los corazones.
“¿Adónde vamos?”
Pero es sobretodo el ruido del mar que oímos sin cesar, día y noche. No nos deja. Es un ruido familiar y lejano que llena todas las calles y todas las avenidas, los parques, las explanadas, más potente que el ruido de las máquinas y de los hombres; llega de modo intermitente, ruido de las olas que se quiebran, ruido de la resaca, murmullo continuo del agua que desgasta, del agua y del viento. Porque partimos por un viaje. Sabemos que estamos navegando, ahora, en alta mar.
Las llanuras de asfalto gris son extensas y se ve a lo lejos la línea blanca de los edificios que se alejan. Partimos tal vez sin esperanza de retorno. ¡Ah! Si ésta pudiera ser la última partida, luego las bielas y los engranajes no se detendrían, el viento no dejaría de soplar, los pájaros no dejarían de gritar, y en las sombrías profundidades seguirían a los peces, semejantes a torpedos.
Las últimas casas todavía nos detienen, con sus paredes y sus cercados. Los cables telegráficos se enroscan alrededor de nosotros, los cables, las cuerdas que deben troncharse a machetazos para quedar libres. ¡Nos vamos! ¡Somos llevados encima de la ancha plataforma, a lo lejos, sobre el mar sin límites! Avanzamos, franqueamos las fronteras. Quizá el movimiento esté dentro de nosotros ahora, un lento movimiento tranquilo y fuerte, un soplo que expira, largamente, y viajamos en el viento que sale de esta boca.
Lenguaje, belleza en la que ya dejamos de actuar, pero nos volvimos verbos, nombres. El que empezó a hablar ahora, en el poema, abre la superficie del Océano, bajo el cielo, traza el círculo del horizonte y partimos, avanzamos, atravesamos sus dominios…
A veces, de día, y a veces de noche, continuamos el derrotero que inventa, llevados por el soplo de sus palabras, vibrando de la energía de su vida, alumbrados por la luz de su mirada.
Aun cuando cesan las palabras, no pueden olvidarse. Siguen resonando en el espacio, mezclados con el ruido del mar. Ya no tenemos otra memoria.
Estamos sobre una explanada de asfalto, a las dos horas de la tarde, al sol, no muy lejos de la carretera en donde retumban los carros. El techo de la gasolinera está muy blanco, el viento levanta pequeñas nubes de polvo, se huele la exhalación del calor. Las siluetas de los hombres se desplazan silenciosamente sobre el suelo, semejantes a sombras. Aquí nadie habla, nadie. No hay más que los movimientos lejanos de los carros, las sombras, las nubes de polvo, el fulgor de los reflejos sobre el vidrio y el acero. Estamos aquí, y sin embargo la voz del poema sigue empujándonos sobre el mar, a miles de kilómetros, atrás del alto estrave que cercena las olas. Es la ciudad entera que se desplaza, sobre la plataforma silenciosa, avanza en medio del mar con sus edificios, sus torres, sus jardines, tiembla, oscila, camina debajo del cielo. Es la voz del poema que nos transporta, así, sin esfuerzo, hacia las otras regiones de la tierra, hacia el norte.
¿Quién lo ignora? Van hacia las barandillas, a los puntos de mira, suben arriba de las torres, se inclinan en los balcones; buscan las cámaras subterráneas en las que, tal vez, están ocultas las máquinas, luego vuelven a salir hacia los suburbios, grupos de hombres y mujeres con rostros inquietos, ávidos de poseer el espacio. Las aves marinas vuelan a lo largo del litoral y gritan. A veces el viento se levanta y barre la bruma; la tormenta golpea las rocas.
Sin la voz que nos habla hubiéramos naufragado. Estaríamos inmóviles, sin ver otra cosa que la superficie seca de la piedra y de la arena, algunos charcos, algunos riachuelos, y el cielo bajo lleno de bruma. No veríamos el mar. Seríamos prisioneros de nuestras celdas, encerrados, solos, sin ver ya el cielo ni los pájaros, ya no iríamos hacia el norte, hacia el país calmado y frío que nos espera.

Erwin Blumenfeld / 1935
Fotografía

¿Cómo empezó este viaje? La voz no dice gran cosa, es la voz de un hombre de pocas palabras. Es una voz lejana, que no quiere decir demasiado. Habla con palabras extrañas, frías y puras, palabras que no suenan más que una vez, que brillan de un solo fulgor fijo a la manera de las estrellas.
Pero son intensas. Brillan con una luz única, como el relámpago de los ojos, y esta luz alumbra el espacio. Las palabras poderosas nos empujan hacia delante, nos arrancan de nuestras habitaciones ribereñas, hacen vibrar nuestro cuerpo y nuestro corazón late más rápido. Las palabras hacen girar algo dentro de nosotros mismos, y es la razón de nuestra partida. Es una voz para nuestro motor, una voz para abrir las vías sobre las superficies del mar, nos guía y nos ayuda, así, con cada una de sus palabras. La voz habla suavemente, sin detenerse. Las palabras aparecen, están escritas sobre la página blanca. Llegan al derecho, al revés, brillan, se borran, sobre ellas pasan las nubes de polvo. Pero siempre volvemos a encontrarlas, en su lugar, semejantes a los puntos del firmamento.
¿Serán palabras? Ya no sé muy bien lo que son las palabras, ni las imágenes, ni las ideas. No, son cosas que brillan y pesan con toda su fuerza, cosas serenas y hermosas, visibles de todas partes, signos sin misterio, dibujos claros, cuerpos que bailan, gritos, lentos vuelos de cormoranes, escualos veloces en el agua helada, picos nevados a lo lejos, valles, puentes, estelas de navíos, rastros de reactores, improntas de pasos sobre la arena. Las palabras de la voz que habla son así, y muchas otras cosas más.
Por las calles de la ciudad avanzamos, buscando huellas sin cesar. Queremos volver a encontrarlas, éstas que guían allende las paredes, allende las tierras, hacia la cima del mar. De vez en cuando, cree uno reconocerlas, en la ciudad, al azar. Se divisa lo blanco de un refrigerador, inmenso, inmenso. Esto significa que no estamos lejos. O también lo azul de un camión, azul hielo, azul sin límites. Un vagón se desliza lentamente sobre sus rieles, y se reconoce el movimiento que nos arrastra lejos, en alta mar, hacia el hiperboreal. Se asoma el frente recto de un autobús cuyo parabrisa está cubierto de pálidos reflejos; alto como un acantilado, a la deriva a lo largo de la acera. De noche, la luz estrellada de los faroles y los rayos se apartan como escarcha. De noche, se conoce la paz de la sombra negra. De día, se oye el ruido como de viento de los elevadores, el ruido de mar de los coches en las calles. Al pie de las autopistas, se ven sedimentos, hielo en tropel, grietas. En los grandes virajes, las cajas de los coches avanzan lentamente y desaparecen en el silencio. Sí, todo esto vemos, y sabemos que no estamos lejos.
Incesantemente, por doquier, se escudriña, se espía; será verdad entonces que nos movemos. La voz no nos abandona. Nos invita a su país, el país del Norte perpetuo, del completo Norte, el país en donde no se borra el cielo, en donde la noche no se rinde, el país en donde los amos no son los hombres, sino los pájaros y los peces. Allá nos quiere llevar, desde allá nos está hablando. Vino hacia nosotros con el viento, recorriendo tantas mares e islas, tantas nubes, llegó a la ciudad de un brinco, arco de círculo que recubre la tierra, luz más pura que podamos ver.
Se perciben los signos anunciadores de su proximidad. Unos tras otros aparecen los signos extraños de un cielo nuevo. Es una nube ligera inmóvil en la estratosfera, un halo encima del horizonte o un manto verde y glacial que se extiende sobre el mar. La palabra del poema nos habita desde hace tanto tiempo. Es como si hubiera sido pronunciada antaño, en el preludio mismo de la vida, como si hubiera empezado a hablarnos en el interior del vientre de mujer, en el líquido amniótico. En ese entonces ya se oían esas palabras que nos mecían y nos columpiaban. Decían cosas desconocidas y lejanas, que anunciaban la luz, la mar, la vida. Aquellos dentro de la noche saben ya lo que es la luz. Los que están en el interior, en el fondo, sienten ya el llamado de la libertad. Esto decía la voz, con otras palabras, con otros ruidos, y esto crecía en los miembros, formaba las manos, las uñas, las vísceras, el corazón.
Es el poema, es el lenguaje, es la misma cosa. Sigue allí, no nos ha dejado, aun si, a veces, lo habíamos olvidado un poco. Íbamos, veníamos, atendíamos nuestros asuntos. Pero ahora regresan los recuerdos lejanos. Escuchamos las palabras. Ahora percibimos las trepidaciones de la máquina que nos lleva, que nos transporta a través del océano.

Edward Weston / 1931
Fotografía

Todos juntos nos vamos sobre esta especie de balsa circular, a la deriva. Nos vamos como si ya no conociéramos nada, como si ya no tuviéramos ningún pasado. ¿Adónde vamos?
El profesor detiene a la secretaria en la calle:
“¿Adónde va usted?”
El pescador se acerca a la vendedora de periódicos:
“Dígame, ¿adónde es que vamos así?”
La mujer joven tiene lentes de cristal azul:
“Disculpe, señor, ¿adónde vamos?”
Es la pregunta que se hace incansablemente.
A menudo los ojos de los transeúntes miran la carátula de los relojes, como si quisieran saber la hora. Pero no es la hora que buscan; es el Norte.
Es largo el viaje que conduce hasta las noches del hiperboreal. Empezó hace años. Cada uno va por allá, cada cosa. Parte uno sin darse cuenta. Estaba uno allí, en algún lado de la ciudad sin oriente, y de un golpe, está uno en alta mar, rumbo al norte. Cualquier edificio blanco, alto y sólido, de repente se separa de sus fundaciones y helo aquí, avanzando, poderoso, en medio del océano. Las rotundas y los jardines derivan lentamente. Son balsas que se deslizan atravesándose, giran en los remolinos y las olas ondulan bajo su delgado piso. Los subterráneos y los túneles retumban todo el tiempo, cuando el agua entra con violencia en sus galerías. Las altas torres se desplazan bajo las nubes y en el cielo dan vuelta las gaviotas. Silba el viento.
¿Será la voz que nos arrastra tan lejos? Pero las palabras que inventa estaban allí desde hacía mucho tiempo. En la luz, en el aire, sobre el mar.
Al escuchar la voz, despertamos a su viaje. Así que vamos, partimos, se aleja la línea negra de la costa conocida. La tierra entera flota en medio del océano indescifrable.
Es angustioso, esa voz, ese poema, pero también es la más bella, la única aventura. Si le hablan del tiempo que pasa, del tiempo que hace, de la muerte, de la eternidad: no escuchen, son aburridas y adormecedoras mentiras. Pero si, en ese momento, en la calle, en el autobús o en el elevador, de repente oyen esa voz, siempre con las mismas palabras, que dice siempre lo mismo… Si la voz les habla del Norte, solamente del Norte, el gran Norte, allende, entonces vuestro cuerpo gira y se orienta, y vuestra mirada atraviesa el espacio, y usted escucha los ruidos del casquete glaciar, el viento sobre el mar, y siente el frío muy puro, y ve la luz cortante y vuestra piel se estremece, al contacto de esta agua, por doquier en vuestro alrededor, esta agua que corre de arriba hacia abajo de la tierra. Sí, es hacia el Norte que vamos.
Hay esta vastedad desierta, y hermosa, esta vastedad libre. Es allí donde nace el lenguaje, simplemente, como un fenómeno del cielo. Se desenvuelve y envuelve la tierra y sentimos pasar su onda fría. Es difícil no perderlo. Jamás debe uno alejarse de la voz, hay que abrir las ventanas para oírla mejor. La voz viene del mar, por encima de los muros y los techos. Lo que quiere uno, es el país de la libertad, el mar de la libertad, la faena de las olas que rompen sin cesar el zócalo de los viejos continentes, el horizonte nítido y preciso como un cable, y ¡el espacio! Bastante hemos permanecido sin movernos. Bastante hemos visto las casas, las calles, las murallas. Allá, no hay más paredes, más barreras. Tan grande es la soledad que puede uno recubrir el mar entero, tenerlo debajo del ala, y planear en el aire frío.
Ya en la noche, aparecen puntos fijos. ¿Qué será? Son las luces que conducen el alma. Se ven centellear al fondo de la negra explanada, quietas en la noche. Brillan como lámparas y las mira uno sin pestañear. Las estrellas están encendidas encima del horizonte. Es hacia ellas que vamos. Las conocemos bien, las miramos cada noche, desde la infancia. Siguen en su mismo lugar, nos indican el camino a seguir. De ellas viene el lenguaje, de ellas viene la palabra de la vida. Al extremo de la señal de las estrellas, aparece una. No es más brillante ni más bella que las demás, y sin embargo reina como el sol. Lleva el nombre que nos gusta, el nombre más importante del lenguaje tal vez. Es de ella, de este nombre, ahora, así, que viene todo el pensamiento:
POLARIS

*Traducción de Marie Claire Figueroa.
Tomado de Vers les icebergs, J.M.G. Le Clézio,
 Fata Morgana 1978,
reimpreso por Georges Monti en 2005.

 

Ciclo Literario.