Geografía interior: ambición y audacia

Octavio Huerta Mondragón


Espectáculo de la Compañía Estatal de Danza Contemporánea de Oaxaca, dirigida por Alejandra Serret y Manuel Ramírez; de Andanza, de Morelia, dirigida por Jorge Cerecero; de el Ballet Contemporáneo de la Ciudad de Oaxaca, dirigido por Laura Vera y la compañía Koreos Danzateatro y Punto Cero; vestuario de Liliana Alberto, Dolores Pacheco, Víctor Esquivel y Nubia Sánchez. Diseño de la producción, Iluminación, edición musical y coreografía de Rolando Beattie.

Geografía interior es un montaje ambicioso. El hecho de que haya en acción simultánea más de 30 bailarines en un escenario de medianas proporciones confirma que el concepto coreográfico no le teme a la saturación y  que sus directores confían en el manejo y control  de sus recursos.  Se adelanta al espectador que sus alcances son amplios: construir y lograr el detalle estilístico de cada grupo, el uso estratégico y organizado del espacio- tiempo, y alcanzar la entonación en conjunto de las cuatro compañías.
Sin duda es estimulante para un público ávido, que haya un ofrecimiento de este tamaño.
Según el programa se trata de “una tetralogía coreográfica integrada por cuatro piezas distintas, fundadas en un eje temático común y construidas para ser representadas por separado o al unísono, como una sola pieza y busca que la exigencia estilística en la construcción del lenguaje específico de cada pieza obligue a la construcción detallada de un lenguaje particular, a la organización y la utilización estratégica del tiempo y el espacio y a la entonación afín de la propuesta estética de las cuatro piezas entre sí”.

Lois Grweenfield / 1982
Fotografía

Una vez que ha concluido la puesta en escena, sin embargo, el resultado dista de estos propósitos.  Si se revisa la intención de la tetralogía, lo primero  que salta a la vista  es que no es posible identificar estilo particular o tema específico de entre la amalgama de bailarines fusionados. Además, pese a la utilización distintiva del vestuario, es difícil distinguir los grupos como portadores de un lenguaje exclusivo. Algo pasó, o bien la identidad de cada conjunto se disolvió al entrar en contacto, lo cual hablaría de lenguajes demasiado afines para ser identificados por separado, o la entonación buscada se diluyó a propósito de la energía propia de cada uno, rebasándolos. Lo cierto es que, lo que uno esperaría de una muestra así anunciada, no se cumplió. Me refiero a encontrar, precisamente, en la profusión de cuadros, los matices, los contrapesos, las variaciones.  
Por lo que hace al manejo del espacio-tiempo, desde luego es admirable la intención, aunque no sale del todo bien librada. Llega un momento en que los ritmos caen en una continuidad que, dancísticamente hablando, los vuelve monótonos, mas la edición musical, por el contrario, es excelente, como en otros trabajos de Rolando Beattie. Y otra observación: son escasos los momentos en los que la concentración se puede fijar en un pequeño conjunto o uno (a) solo de los bailarines. Este solaz es necesario, aunque se entiende que se trata de apostar por lo abigarrado- tumultuario.     
No se puede negar, pese a todo, que por momentos se intuye el clímax de la representación, pero se trata de instantes aislados.  Algunos bailarines bien plantados en su destreza técnica logran destacar de entre la turbamulta y dar vigor al espectáculo. Y surge entonces la duda de si no es en buena medida la inmadurez de los ejecutantes lo que hace que decaiga la puesta en escena.
No sería la primera vez que uno se plantea esta posibilidad ante una coreografía de Beattie, pues en ellas suele haber ideas,  imaginación e incluso dramatismo, pero, por alguna razón, los bailarines se muestran por debajo de la visualización del coreógrafo. Quizá teniéndolo en cuenta,  lo que no se alcanza aún con el cuerpo se suple con demasiada tela, humo y afeites. Y hasta un pudor innecesario parece recorrer la puesta cuando, durante tan solo unos minutos, varios torsos femeninos desnudos que prometen refrescar el entramado visual cargado de veladuras, se alejan dando la espalda con apresurado recato.  Ante esto, a uno le gustaría que Beattie se decidiera de lleno por la esencialidad del cuerpo, que es al que uno quiere escuchar cuando está frente a una narrativa dancística contemporánea.  

Andreas H. Bitesnich
Fotografía

Sorprende, no obstante, que exista tal dedicación e interés por la danza en Oaxaca, al no contar con una escuela o facultad universitaria de esta disciplina, y estas notas buscan una reflexión que la reconozca y estimule. En este sentido la actividad crítica es imperiosa, pues cada progreso en el arte se alcanza sólo con el abandono de una complacencia. Por eso, la necesidad de destacar que lo que parece faltar a este espectáculo de Beatti es una gramática dancística que dé orden sistémico a su lenguaje.
En la danza el movimiento del cuerpo individual o en conjunto, estructurado de acuerdo a los compases, ritmos y melodías, amén de las diversas focalizaciones de la luz, por lo general nos propone una narrativa; si bien a veces no una historia o las puntualidades de una anécdota, sí sugerencias que en sus posibilidades de abstracción, como es la naturaleza del lenguaje poético, indican una lectura. Tratándose de esta puesta en escena, el propio título de Geografía interior señala el objetivo, pues ¿qué hay más preciso que el trazo de un mapa?: territorios, localidades, fronteras, etc.
Sin embargo, en este caso la idea de efectuar un trazo de lo interior con un conjunto tan amplio de bailarines (dejemos a un lado que pertenezcan a distintos conjuntos formales) no logra consolidarse en una realización.  A pesar del enorme esfuerzo, la aglomeración lleva a los bailarines a chocar,  en algún momento, en el escenario. Vemos que la improvisación individual —aun cuando se acepta su valor como recurso creativo—, no lleva a mucho. Algo que podría ser interesante por la masa de manos, piernas, torsos involucrados, de pronto es solamente una escaramuza o innumerables fragmentaciones; un derroche de energía un tanto incontrolada que va perdiendo coherencia hasta casi  despojar de sensualidad  al espectáculo.
Por otro lado, la imagen que priva en la masculinidad exhibida se insinúa pero no alcanza a manifestarse en plenitud en el entorno de  lo gay, lo cual hubiera sido definitorio. Se percibe más temor que alegría; las imágenes que podrían identificarse con lo místico —las velas al principio y final—  van perdiendo sustancia al no animarlas un sentido claro.
La ausencia de gramática en Geografía interior deriva, pues, en la dificultad de articular los elementos de la  puesta en una combinación más afortunada.

Esperemos que este audaz e importante impulso a la danza oaxaqueña se enriquezca con otras propuestas y que los bailarines expresen con mayor vigor su capacidad artística.

 

 

Ciclo Literario.