El desván

Saint-Arnoult*
Marie Claire Figueroa


A una edad más avanzada, me dejaron acceder a las dos bibliotecas del primer piso. Por supuesto no había esperado el permiso: estaban en el pasillo frente a mi recámara. Me había leído ya unos cuentos del Decameron con sus ilustraciones muy sugestivas. Desde hace mucho, las mallas que recubrían las puertas me dejaban entrever la promesa de lecturas muy entretenidas. Allí ningún tabú ni prohibición como en París, tanto en la casa como en la escuela. Los poemas en prosa de Pierre Louÿs, inspirados de la literatura erótica griega, me atraían especialmente: Las canciones de Bilitis, que inspiraron a Debussy tres composiciones y el breve relato La mujer y el títere, son los únicos títulos de los que me acuerdo, pero estaba allí la colección completa. A veces no entendía el sentido de esta prosa tan sensual, pero  mi admiración por las ilustraciones art nouveau compensaba. Allí también se encontraban obras clásicas: Las fábulas de La Fontaine, con los grabados de Gustave Doré, algunas novelas de Julio Verne, La Atlántida de Pierre Benoît y no sé cuantas Más. Me los llevaba a la cama para leer tranquilamente y nunca me cacharon, tuve la misma suerte que con los terrones de azúcar (pero ésta es otra historia). De día me sentaba en el tapete del pasillo, durante horas.

De izquierda a derecha Marie Claire Figueroa y
hermanos (Francis y Bernard)

Fotografía

Cuando se me entumecían las piernas, recorría las siete recámaras del piso o subía al desván, al fin que el tío estaba leyendo el periódico en el billar y la tía sin duda estaba con Simone en la cocina, o bordando en el comedor. Unos cuartos tenían lavabo y bidé, claro; en esa época, todavía yo creía que el bidé tenía como única función la de lavarse los pies; mi primer novio me desengañó a carcajadas: ¡yo había leído a Pierre Louÿs, pero no sabía para qué servían los bidés! Claro los jóvenes actuales tampoco, porque ya no existen. Al fondo del ala del oeste, mi tía Berthe tenía sus aposentos, gran recámara, cama grande y lavabo, comunicada con una más chica para mi prima Jacqueline: cama individual y cuna; este cuarto daba al sur, en cambio la única ventana de la primera daba al norte; hacía frío en invierno, me chocaba ver la carretera y eso que si pasaba un carro cada quince minutos era día de gran tráfico. No me gustaba dormir de ese lado cuando me mandaban allá, sin embargo, no se me hubiera ocurrido reclamar: no se transigía sobre la jerarquía. Luego, la recámara de invierno de mis tíos con vista a la hortaliza-huerta; allí el lavabo se encontraba en una piececita de la entrada, sin retrete. Éste último estaba en otra pieza a la entrada de la recámara contigua que había recibido el apodo de “chambre-cabinet”. Allí dormía yo de chica porque, por la puerta de comunicación, la tía podía vigilar mi sueño y subsanar mis indigestiones. Un grandioso reloj adornaba la chimenea del cuarto de ellos. El mío era angosto como un chorizo; la cama, estilo napoleónico, pegada en contra de la pared, a penas dejaba paso a la ventana. Tampoco anhelaba dormir allí, a pesar de la incomparable ventaja de tener un baño con uno de los únicos dos excusados del primer piso. El otro estaba en el baño de  la recámara de verano de mis tíos. Ésta, al fondo de la sala del piano y de los pájaros disecados, orientada al norte, comunicaba con un gran cuarto de baño cuyo “adorno” principal, uniendo lo útil con lo agradable, era una tina de buen tamaño con patas de león. La usábamos una vez a la semana, el sábado, antes de bajar al mercado, o el domingo. Los otros días, se aseaba uno como Dios manda, delante del lavabo. Encima de una consola de la recámara de mis tíos, cerca de una de las cuatro ventanas, un neceser de plata cincelada estaba expuesto a mi admiración: me gustaba tocar las piezas, una por una: un cepillo para el pelo, otro, de gamuza,   para pulir las uñas, tijeritas, limas, pinzas, diferentes peines de carey y espejos, me tenían fascinada. Encima de la chimenea, el imprescindible reloj.
A la derecha de la sala de los pajaritos estaba mi cuarto favorito, el que ocupaba cuando no había invitados jerárquicamente más importantes que yo en ese momento. Daba al sur, es decir a la frondosidad de la hortaliza y a la caricia de los rayos del sol… cuando se dejaba ver (Normandía no es una región particularmente asoleada). Alcanzaba a ver la pradera y sus vacas, el granero y una parte de la huerta. Pero no me gustaba sólo por la vista, sino también por la lejanía de los otros cuartos, la cama grande, el espejo detrás de la chimenea en donde presidía un reloj dorado: apoyada sobre el lado izquierdo de la carátula, la muerte detenía en sus manos huesudas una guadaña y, encima de las horas ineluctables, un aforismo nos recordaba, por si se nos olvidara, Tempus fugit.
Frente a “mi” recámara, la chambre à Jules, ocupada antaño por un empleado de este nombre, contenía un artefacto que jamás he visto en ninguna otra parte: dos rodillos gigantescos,  movidos por un manubrio, permitían planchar las sábanas. Las pequeñas planchas de hierro calentadas sobre la estufa no hubieran bastado para alisar estas enormes tiras de  manta gruesa o de lino, bordadas por demás con iniciales y deshilados. 

La casa en Saint Arnoult
Fotografía


El papel tapiz del pasillo frente a las dos bibliotecas disimulaba una puertita angosta, tan angosta como la de Alicia para entrar al País de las maravillas, con la única diferencia que la del pasillo se abría con una enorme llave de hierro y la de Alicia con una diminuta llave de oro. Una vez abierta, subía uno por una escalera de caracol cuya madera crujía debajo de los pies. El desván, enorme, era un verdadero mare mágnum: muñecas de porcelana en carriolas polvorientas, mi primera bicicleta que había pertenecido a la generación anterior de sobrinos, un pequeño pizarrón, espejos y cuadros con fotos de ancestros antediluvianos a juzgar por sus vestuarios, objetos difícilmente identificables, los que, si hubieran podido hablar, habrían contado muchas cosas. Y, por doquier, se amontonaban sillones, sillas y sillitas, cojas, desfondadas, desvencijadas, desdoradas. Pobre viejo el que no tiene una casa de su niñez para recordar; a quien las olas del tiempo no le traen el perfume de las rosas que se treparon alguna vez en las paredes agrietadas o el sonido de las campanas de la iglesia a la que iba con el abuelo o el tío, a escuchar las palabras en latín similares a las de su tarea escolar. Para sobrevivir, necesitamos los recuerdos del pasado que impiden la resequedad del corazón.  Se oye muy bonita estafrase, pero no creo que sea mía. No recuerdo en donde la pesqué, no recuerdo tampoco si le agregué de mi propia cosecha; por las dudas, la escribo en cursivas.
Años después, cuando supe que nunca más iba a regresar a la casa de mi tío, ya que la heredó un sobrino suyo, escribí un cuento, mezclando recuerdos e imaginación. Suena algo decimonónico, a semejanza de la vieja casona:

Las vanidades de un sillón

De día el desván duerme, tranquilo, abandonado. El vaivén de los granitos de polvo es el único movimiento perceptible; se trepan al rayo de sol y vuelven a deslizarse hacia abajo, dorados un instante antes de regresar a la grisalla que los rodea. Esa luz que logra infiltrarse por las hendiduras del techo metamorfosea los objetos allí olvidados, mas no los despierta. Se engalanan las telarañas; de los viejos cuadros aparecen retratos y paisajes; los muebles, vetustos y bamboleantes, dejan ver, bajo el polvo, fragmentos de tapicería y de terciopelo. El ruido no los saca de su somnolencia, ni la risa de los niños, ni la máquina del jardinero; tampoco los ejercicios de piano que Aura repite, incansable, a lo largo del día, interrumpiéndolos sólo para tratar de convencer a los gemelos que disminuyan los raudales de música —si se pueden denominar así las vociferaciones que emanan de su habitación.
De noche, el desván se despabila; el rayo de luna releva al rayo de sol y su toque mágico llena la buhardilla de rumores. No sé si los abuelos de los retratos empiezan a conversar o si el caballo del reloj de bronce emprende un galope frenético, pero cada noche se repite el mismo diálogo entre el viejo sillón de caoba, algo achacoso y la pequeña silla, menudita y esbelta, de barrotes finamente torneados. ¡Qué digo, se trata más bien de un monólogo del sillón, quien se pavonea y ufana ante su callada compañera!

Boda de los padres de Marie Claire Figueroa
Fotografía

—Un día van a sacarme de aquí para devolverme a los tiempos gloriosos de mi pasado. ¡Mira la vestidura que siempre he lucido, oro y púrpura, brocado y pasamanería! Presencié los bailes de la Corte y sobre mí se sentaron barones y baronesas, marqueses y marquesas, duques y duquesas…
La sillita no se hubiera permitido parar esta lista de tan importantes personajes, aunque le hubiera gustado señalar al viejo sillón tambaleante que ella se sentía todavía muy ágil con sus cuatro patas, a pesar de que fueran un poquito desdoradas; en cambio, a él, le faltaba una y la vestidura de la que presumía tanto estaba bastante desgarrada. Pero ella seguía prestando un oído complaciente a las necedades de su camarada y permanecía silenciosa. Además no hubiera tenido nada que contar; por más que buscara en su memoria, nunca había salido de la buhardilla; se sentía un poco inútil, su única ambición era la de conocer el resto de la casa y, sobre todo, a las niñas, cuyas risas la despertaban cuando ella se iba a dormir. El sillón interrumpió sus cavilaciones:
…y me enteraba de secretos de Estado –proseguía con soberbia–, preparativos de guerra, conspiraciones de traidores a la patria, pláticas confidenciales, y no solamente secretos de Estado, sino también de alcoba… El sillón soltaba unas risotadas vulgares que silenciaban de golpe los murmullos y susurros del desván y resonaban en la mansión dormida. —Claro que sí, medias de seda y fondos de encaje me rozaban, los perfumes de esas grandes damas se me subían a la cabeza mientras oía los nombres de los lugares misteriosos en donde citaban a sus amados…
Pero ¿qué sucede? Los abuelos suspenden su charla, el caballito está aminorando el paso, ya no se escucha nada; por fin enmudece el sillón. Los primeros rayos de sol se deslizan, no tardan en acercarse. De pronto se abre la puerta y entran los amos de la casa, seguidos por los gemelos, la niña chiquita y Aura. Abren los tragaluces y una gran claridad inunda por doquier
— ¡Ya se acabó! Vamos a instalar a los gemelos aquí con todo y su música. Así que ¡a limpiar este fárrago! Lo que sirve se baja para repartir en las habitaciones, lo que no, ¡a la hoguera!
En unas horas se fue despejando el desván. Colgaron a los abuelos en el comedor, el caballo de bronce encontró su lugar encima de la chimenea de la sala. El señor de la casa se acercó al viejo sillón, y, de una simple sacudida, lo desbarató sin que tuviera tiempo de decir ni pío. En seguida llegó Paloma, la pequeña de seis años. Después de soplar el polvo de la sillita para acariciar su tapiz rojo, se sentó sobre ella, como para tomar posesión. La sillita sintió una gran alegría, sus deseos habían sido cumplidos.

*Memorias de guerra de una niña, capítulo VI (segunda parte)

 

Ciclo Literario.