Escritorio Público

Roger van de Velde
Nota y traducción de Fonslanslots


El escritor amberino Roger van de Velde (1925-1970) estuvo preso en cárceles y hospitales psiquiátricos como toxicómano seis de los últimos diez años de su vida. Era un artista virtuoso de la palabra, un gran observador de hombres y situaciones. En su libro de cuentos Los cráneos crepitantes describe, sirviéndose de su propio estilo, desapasionado y objetivo, la atmósfera oprimida del manicomio, “donde el trágico a menudo se indulta con una sonrisa y en el momento menos esperado estalla en una carcajada”.
“Intrigado, a veces divirtiéndome y luego de manera alarmante, espiaba a mis compañeros extraños con sus cráneos crepitantes, como un niño que observa, en un asombro sin habla, el retozo insolente y la cháchara inútil de los babuinos en el jardín zoológico. Más de una vez experimentaba así que hay un límite donde lo incomprensible se vuelve impronunciable y las palabras, en su forma hosca, pierden su contenido. Por eso los cuentos más conmovedores no están en este libro.”

Gerard Malanga / 1977
Fotografía

Roger van de Velde no admitía las emociones en sus cuentos. Sólo en su panfleto Derecho de réplica que, según él mismo, no tiene nada que ver con la literatura, habla de manera más abierta y emocional sobre la relación con los compañeros de fatigas:
“…Como mencioné antes, los llamados institutos especiales, donde dan un ‘tratamiento’ a los delincuentes declarados irresponsables, son de hecho manicomios penitenciales. No requiere mucha imaginación para darse cuenta de que es mejor ir a parar en una cárcel normal o en un asilo que en un manicomio dentro de la  penitenciaría.”
“En  Casa Clos, Sartre argumenta que unos hombres normales y bien educados en una reunión firme y forzada, después de poco tiempo se hacen la vida imposible y al final se agarran por el cuello en una salvaje locura colectiva. ¿Qué puede resultar entonces de una sala común, superpoblada y rigurosamente vigilada, donde unos cien psicópatas, asesinos por placer, violadores de niños, pirómanos, obsesionados sexuales y cretinos idiotas, mencionando sólo unas variedades, durante muchos meses o hasta años, se conectan en una permanente contaminación de sudor, masturbaciones, pleitos, maldades y una promiscuidad pestilente cuerpo a cuerpo, sin poder refugiarse en una segura intimidad?”
“En las salas hacinadas de Merksplas y Doornik, de día y de noche, estos tipos han sido mi compañía. No sin orgullo puedo decir que he comido, bebido y dormido junto con los bribones más escandalosos de Bélgica y de sus afueras y que algunos de ellos se han ganado mi simpatía con unas afinidades que anclaban más profundas que la solidaridad de compagnons de misère. Incluso quiero admitir que a menudo he descubierto más cualidades morales en asesinos que en el populacho vulgar.”
“Probablemente no hay un lugar en el mundo donde la necesidad del contacto humano gima tan fuerte como en la cárcel; una necesidad que con el tiempo puede ser igual de imperativa que el suspiro por la intimidad.”
“… El mundo de la locura siempre me ha fascinado en libros, películas y teatro, pero no puedo vivir en él. Se puede ser judío entre judíos, griego entre griegos y quizás preso entre presos, pero es una asimilación difícil para, deliberadamente, comportarse como cretino entre cretinos. Si es cierto que el hombre puede acostumbrarse a todo, también hay costumbres que destruyen los últimos restos de la dignidad humana.”
“Doornik, Merksplas, Turnhout. He visto las más increíbles e infrahumanas cosas sobre las cuales me atrevo a hablar sólo con timidez y que me dejan en un espasmo constante que aún no se han liberado en un grito. Un día tendré que generar el ánimo y vencer la aversión para escribirlo detalladamente, con la honestidad imparcial que ante cada tribunal se exige de un testimonio.”

“En todo caso no se puede desear de mí que, una vez fuera de estos muros y de nuevo aceptado por la sociedad que me ha expulsado por tanto tiempo, me deshaga de estos recuerdos, encogiéndome de hombros. Junto a los cretinos recibí el tratamiento de un cretino, y este hierro está quemado en mi piel. El hombre es un ser de recuerdos. Si con el tiempo me he desacostumbrado de vomitar al ver la brutalidad de los demás, la herida de la cicatriz peculiar sigue quemada con cada toque…”

Escritorio Público

Hilarión. Todavía me pregunto ¿qué capricho lleno de fantasía movió a sus padres para darle el resto de su vida este epíteto maravilloso?
Yo conocía sólo una persona con el nombre Hilarión: sin duda un padre apacible, que entre la misa prima y los laúdes solía escribir versos devotos sobre la bondad de un Dios de azúcar. Según el calendario de Galván, no sé más que eso, debía de haber vivido un tal Hilarión alrededor del año 300 de nuestra era. Fue abad de una comuna de ermitaños en Palestina y cuyo santo se celebra el 21 de octubre.
Quizás estaba avergonzado de ese nombre excéntrico, ya que en el asilo lo conocíamos sólo como Lamartine, y este apellido era también extravagante porque, ¿quién puede decir Lamartine sin pensar en los suspiros líricos de Jocelyn?

Annie Leibovitz / 1993
Fotografía

Sin la carta, es posible que nunca hubiera descubierto el pequeño secreto de su nombre. ¡Ay, estas cartas! Después de que un guardia constató que tengo una letra bastante legible y escribo casi sin faltas, se me dio por orden de la dirección, el puesto oficial de una especie de escritor público en favor de compañeros menos letrados que a cada paso querían informar a sus familiares de su excelente estado de salud y a esta buena noticia ligaban, con insistencia, el aprecio por sus paquetes postales con golosinas.
Con insignificantes gastos de explotación, una pila de papel y un manojo de bolígrafos, habría podido ganar una fortuna en pocos años y volverme un honorable rentista en las calles de Hong Kong, donde, según parece, aún se valora el oficio de escritor público. He escrito cientos de cartas con el contenido más curioso e increíble, dirigidas a los más importantes dignatarios de aquí y del extranjero. Ahora, que lo recuerdo, me arrepiento de no haberme quedado con una copia fiel de estos escritos, pues hubiera sido la antología epistolar más exorbitante que se puede imaginar. Si se considera que una chismosa como madame de Sévigné pudo publicar sus cartas amarillas, ¿qué editor no se arrojaría, con voluptuosidad, sobre una correspondencia en la que emperadores y reyes, prelados y jefes de Estado, generales, campeones de ciclismo y ganadores del premio Nobel se acercan con mucha confianza?
Sin embargo, esta carta de Lamartine era un caso perdido. Llegó navegando con una hoja de papel, un sobre y un sello hasta mi mesa y por el brillo esotérico de su rostro noté que quiso involucrarme en un asunto extremadamente delicado.
Eso resultaba en efecto cuando me puso delante de los ojos un recorte de periódico, en el que se anunciaba a solteros, con ganas de contraer matrimonio, que en toda confianza y con arreglo a un silencio absoluto, podían dirigirse a la asociación Familia Feliz, con el fin de conseguir una esposa a la medida para construir un futuro rosado.
Leí el anuncio meneando la cabeza melancólicamente.
–No está permitido, señor Lamartine –dije.
No era mentira: cartas a desconocidos, quejas infundadas, relaciones sospechosas y apelaciones a sociedades caritativas, con firmeza eran rechazadas por la censura interna. Esta agencia para conectar solteros, aunque adornada con una aureola virtuosa como “Familia Feliz”, sin duda alguna caía bajo la categoría de instancias sospechosas. Además Lamartine tenía cincuenta y siete años, estaba casado y era padre de tres hijos.
Me puso en la mano un durazno demasiado maduro como sacrificio expiatorio y sonreía tan simpático, que me vi moralmente obligado a buscar refugio en una maniobra ficticia.
–A la bonne heure –dije–. ¿Qué vamos a escribir a los señores emprendedores de la asociación Familia Feliz?
Sabía que la carta iba a parar sin rodeos por las manos del guardia en el cesto, pero si no satisfacía a Lamartine el durazno tierno acabaría en mi cara.
El texto era breve, formal y de una claridad indiscutible: “El que subscribe, Hilarión Lamartine, cincuenta y siete años, sano y salvo y con derecho a una pensión de persona incapacitada, desea entrar en contacto con una mujer atractiva, igual de sana, entre los treinta y cuarenta años, si es posible adinerada, con la intención de matrimonio.”
Era una proposición digna, pero me parecía cuando menos un descuido que no mencionara a su esposa y a sus tres hijos.
Le dejé firmar. Lo hacía con tanta dedicación que estaba agitado jadeando en mi cuello. Pegué el sello de forma que fácilmente se pudiera quitar.
Antes de traer la carta y el durazno al guardia, volví a mirar a Hilarión. En efecto, tenía los deseosos ojos de perro, como un padre frustrado.

Comentarios del traductor

Aunque Escritorio público se desarrolla completamente dentro de un hospital psiquiátrico, Roger van de Velde lleva al lector a una comuna de ermitaños en Palestina, a la literatura romántica del siglo XIX en Francia y a las calles de Hong Kong. También le encanta el uso de palabras extrañas: epíteto, antología epistolar, etc.
“¿Quién puede decir Lamartine sin pensar en los suspiros líricos de Jocelyn?”
Alphonse de Lamartine (1790-1869) fue un escritor, poeta y político francés. Se considera como el primer romántico francés y fue reconocido por Verlaine y los simbolistas como una importante influencia.

Blumenfeld / 1932
Fotografía


En 1836 escribió Jocelyn, una historia romántica de 8,000 versos. Contiene evocaciones magníficas a la naturaleza y una profunda verdad humana. Es una obra simbólica cargada con un mensaje político y religioso.
Cuando Jocelyn estudia para sacerdote en un seminario, el terror lo obliga a refugiarse en una gruta de los Alpes. Allí se reúne con el hijo de un proscrito, mortalmente herido. Un día, descubre que este adolescente es una chica, Laurence, y su amistad se convierte en amor casto. El obispo de Grenoble, encarcelado y condenado a la muerte, pide un cura para confesarse y recibir los últimos sacramentos: éste es el desenlace brutal del idilio, porque Jocelyn sacrifica su amor por su vocación y va a atender al obispo. Luego trabaja como sacerdote en un pueblo de los Alpes. La muerte de su madre lo devuelve a su pueblo natal, donde encuentra recuerdos de su juventud. Acompaña a su hermana a Paris. Allá le piden dar la absolución a una viajera moribunda. Jocelyn reconoce a Laurence, vuelve a declararle su amor y poco después tiene que sepultarla. Él muere cuidando numerosos enfermos por una epidemia.
Al traducir Escritorio Público tenía ganas de sustituir la palabra epíteto por nombre. No lo hice, respetando el uso del idioma muy personal del escritor.
Epíteto viene del griego y significa “agregado”. Es un adjetivo que resalta las características intrínsecas de un sustantivo (el frío en la nieve, el calor en el fuego, la arena en el desierto, etc.). En este caso, el nombre de la persona. La palabra me hace pensar en un poema que unos amigos me hicieron en mi fiesta de despedida como activista-ambientalista en Oaxaca. Va más o menos así:

Cerveza sin alcohol
Café sin cafeína
Vino sin uva
Cigarro sin tabaco
Coca cola sin coca
Periódicos sin noticias
Toque sin mota
Y la Casa de la Mujer sin hombre
¡Déjame con mi epíteto!

Traduciendo la obra de Roger van de Velde me topé con muchas palabras extrañas en holandés, estas sí las traduje a una forma más común, pero dejé el latín, el griego y la terminología científica para conservar el tono del escritor. Un lector, un artista o cualquier intelectual vive para extender su vocabulario. Los textos de Roger van de Velde muestran su gran habilidad en el uso de las palabras exóticas.
El holandés fue su idioma materno, estudió latín y griego, la base de las lenguas europeas contemporáneas. Habló el francés a la perfección porque siguió parte de su secundaria en Valonia, la parte de Bélgica donde se habla francés. También leyó a múltiples autores de la literatura universal, a filósofos, y supo mucho de artes plásticas, eso irradia en su obra.
Un día, hojeando su expediente de los psiquiatras, Roger van de Velde leyó el diagnóstico: “graves disturbios de carácter, reconocido por inestabilidad, introversión esquizofrénica y un superficial establecimiento de vida sin reacciones emocionales y espontáneas; todo eso resultando en una enfermedad mental”. Descubrió un detalle que juzgó divertido:
“Así menciona ese expediente pesimista: que muestro verbalmente y en mis escritos la preferencia de una terminología intelectual, con el fin de fingirme más inteligente de lo que soy en verdad; y eso sería un síntoma típico de los mitómanos. Esa indicación me alegra. Cuando alguien que sufre graves disturbios mentales, quiere parecer más inteligente de lo que es, gracias al uso ingenioso del vocabulario, me parece que tiene esperanza de mejoramiento.”
Los psiquiatras lo diagnosticaron como mitómano y Roger van de Velde no tuvo inconvenientes en esta calificación:

“Por lo demás, ¿qué es el buscar una compensación ilusionada en la carencia humana más que una forma de mitomanía? Si se quiere nombrar al nunca cumplido suspiro hacia la pura felicidad: un síntoma de esquizofrenia y mitomanía. Está bien para mí. Pero, ¿quién usa en tal caso una terminología intelectual?”

 

Ciclo Literario.