Márai: punto final

Lorenzo León Diez


Diarios
1984-1989
Sándor Márai
Salamandra
Narrativa
2008

 

Un hombre pone punto final a la “literatura”. Ha terminado su novela policíaca, la pasó en limpio. Ahora sólo quiere ordenar sus cosas y limitarse a esperar el momento en que ha de convertirse en humo.
En San Diego, California, uno de los grandes centros de la explotación comercial de la agonía, Márai, de 86 años, al lado de su mujer, L., de 87, viejecitos, enfermos y ciegos salen y entran con frecuencia a los hospitales: un brazo roto, operación de un ojo,  desmayos de senilidad, operación de próstata. A veces, cada vez menos, un paseo, subir y bajar del taxi, un ejercicio de acrobacia avanzando con andar vacilante bajo el sol ardiente de septiembre y sin embargo, siente Márai, todo, todo es maravilloso.
El hombre tiene tras de sí una vasta obra que cruza el siglo veinte: en el océano galáctico una luz dorada que pasa: novelas, obras de teatro, crónicas, artículos, diarios. Márai, que se acostumbra a  percibir las distancias transformadas, recorrió desde muy joven  las salas de redacción más prestigiosas de Europa. Viajó intensamente como su acercamiento sensual al mundo, fue expulsado; de su país, Hungría, a los 46 años, para vivir en más de cinco países y ahora está cansado. No rechaza la muerte, pero tampoco la desea.
El hombre ha vivido con L., durante 62 años. Un ser maravilloso, la mujer completa, el compendio de todo lo humano, de las virtudes femeninas. Márai la ve tan guapa a los 87 años como lo fue de joven; de otro modo, pero sigue siendo guapa. Hermosa, con su belleza ennoblecida por la vejez y un cuerpo maravillosamente intacto. Piensa: la belleza del óbito es  más convincente que la de la juventud. Belleza victoriosa como  la plenitud femenina. 

Brassai / 1936
Fotografía

“Qué lento muero”, es la última frase completa que pronuncia L,  su esposa moribunda. Reflexiona: el hombre es siempre consciente de la muerte, considera que forma parte natural del argumento incomprensible y complejo de la existencia, pero sólo de una forma intelectual. No resulta fácil comprender el hecho de que en la vida el mayor misterio no es la muerte, sino el morir.
Al pensar la muerte el hombre siente quietud, inquietud si piensa en el morir.
Todavía puede andar el viejo, se tambalea por las calles como un sonámbulo, sólo con la ayuda de un bastón. Sin mayor protesta, espera el final.
Piensa: la gran prueba de la vida no es la muerte, sino el morir. La muerte sí constituye una experiencia, puesto que nos sobreviene contra nuestra voluntad.
El viejo Márai, un corredor de antorcha olímpica, se va deteniendo poco a poco antes de cruzar la meta, de ser llamado a filas. Su escritura va disminuyendo, la flama se va apagando y como la llama de una pequeña vela, la escritura,  que el anciano cubre con su mano de un aliento helado, ilumina un territorio más allá de la “literatura”: el misterio del morir.
El viejo se siente un espantapájaros, un cachivache destinado a los estantes de un museo, un insecto enclaustrado en ámbar. Va trastabillando de la nada a la nada. Y a veces sucede que, en el trayecto, ve resplandecer una palabra o un concepto como las luciérnagas en un bosque oscuro.
El hombre acepta que la “literatura” puede ser un golpe o un destello, pero en realidad es pavoneo, presunción, exhibición. A veces una línea, una palabra que fulgura como un átomo. Pero más bien la idea de la “literatura” le hastía. Las palabras, piensa, no sirven más que para ocultar la realidad, no para revelarla. Está nostálgico el hombre por lo maravillosa que era la “literatura”, la otra, la verdadera, cargada de electricidad como las estrellas. Ha ocurrido, piensa Márai, que aunque sea excepcionalmente la energía que mueve al universo se ha manifestado en palabras.
Cierto: algunas palabras tienen una fuerza destructora tan densa como el cianuro.
Está convencido: lo que los curas, los médicos (esos perreros con título, mecánicos, miserables codiciosos), y gente de toda clase masculla sobre la muerte es mentira. La realidad de la muerte es asquerosa. La realidad es un insulto, y el pacto en su contra  un engaño.
El hombre detesta las fábulas de las religiones. Le repugnan esas mentiras sobre la vida eterna. La vida después de la muerte. Condena. Esferas, cielos e infierno. Sólo son mentiras, repugnantes, estúpidas, lloronas. La realidad es una burla obscena.
El hombre es un animal enloquecido que aúlla en la oscuridad. Y al final de una larga vida comprende que el destino no es sólo cruel, sino además deshonesto. Aunque tal vez no sea una gran cosa la muerte, teniendo en cuenta que todo el mundo ha pasado por ello y nadie ha presentado una queja a posteriori.
Es evidente. El hombre no cree en nada pero tampoco descarta nada. Márai espera, sin embargo, que el universo obedezca a una conciencia, aunque eso sólo sea una esperanza, y acaso no del todo sincera.
Si existe Dios se calla, no puede mirarnos a los ojos.
El hombre tiene miedo de no aceptar la muerte cuando le llegue su hora porque sabe que la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo. No obstante ha comprado la pistola, 50 balas que insistió venderle el tendero,  tomó lección en un campo de tiro. Oyó la aprobación del taxista: siempre viene bien.
El hombre ha sentido, en la noche, con absoluta certeza y sin más: es mortal; no la posibilidad, sino el hecho. Se sorprende. No es tan aterrador. Sintiéndose a veces como un recuerdo de sí mismo, está dispuesto a no darse por vencido mientras aguante.
Con el ojo derecho cada vez peor, mientras que con  el izquierdo apenas distingue  los contornos, en el hospital, cuando acompaña a L. ve por los pasillos a ancianos, hombres y mujeres que ya no viven, simplemente están en silla de ruedas.
Antes de Gutenberg --piensa el hombre dedicado a escribir infatigablemente desde los 17 años-- el conocimiento en todas sus acepciones entrañaba un gran sacrificio, pues había que buscar incansablemente la materia que se deseaba aprender. En cambio hoy en día la erudición ha dejado de representar un sacrificio; si uno no lo sabe todo acerca de lo que habla, es por simple pereza. La auténtica virtud reside en ofrecer algo nuevo y original a partir de estos conocimientos previos.  El hombre, que tenía 48 años cuando  dejó Hungría con destino a Suiza,  sin confiar en sí mismo ni en el manuscrito que tiene en el cajón, tampoco confía en la finalidad de la literatura ni en su legitimidad. Camina, escribe, lee con dificultad; sale todos los días una hora a pasear, con el bastón, trastabillando y con un solo ojo. Especula: el escritor como personaje social es un concepto un tanto confuso, como el santo o el chamán…Sin duda hay gente que expresa sus ideas por escrito, pero el término “escritor” a diferencia de “dentista” o “mecánico”, no define la actividad de un individuo. A Márai todos los que son escritores en un sentido social le parecen sospechosos.
Sentado en su sillón, del que por horas, debido a la debilidad, no puede levantarse, Márai piensa que pocos escritores se han atrevido a profundizar en el análisis del hombre y la existencia humana para contar algo que no fueran meros chismes y anécdotas. Pocos aciertan a combinar la realidad con el prodigio. Pocos se distancian lo suficiente de sus lectores. Los pocos escritores verdaderos que quedan en la actualidad son los santos estilitas de nuestros días: el escritor aislado sobre una columna, ajeno a la caída de las civilizaciones.
El hombre revisa las galeradas del probablemente último volumen de sus Diarios y se sorprende de lo rápido que hoy en día caducan los escritos, cómo cambian, pierden el sabor y la voz.
Márai, hijo del siglo,  al leer sus notas de 1943 le resuenan con un timbre extraño. Sabe que no escribirá más. Se limitará a tomar notas, como el preso que graba señales en la pared.
Márai recuerda su época en la sociedad burguesa de Europa,  cuando el libro era un objeto litúrgico, tanto como la pila bautismal o el tabernáculo. El libro todavía se consideraba un compañero de debate, un amigo, un enemigo. Ahora los libros son mero papel y palabras: voluminosos catálogos editoriales llegan cada semana a su puerta, uno o dos, miles y decenas de miles de libros, todos de reciente publicación, cientos y cientos de cada género. Un hartazgo asfixiante. Escribir sólo frases yuxtapuestas. La literatura ha muerto: ¡Viva la industria del libro!
Está convencido el viejo Márai que hoy en día, en el mundo literario, quedan pocos caballeros, casi todos quieren aparentar más de lo que son y apropiarse de lo que no es suyo. Todo son palabras y más palabras. Busca desaparecer. No leer su nombre, no dar noticia alguna, desvanecerse.
 La realidad se calla. Camino al hospital, se le acerca un obrero y lo agarra para que no se caiga, lo ayuda a subir a la acera. Este apoyo humano espontáneo, aunque banal, para el anciano es como un bálsamo, porque Márai se siente abandonado por todos y por todo. Recuerda la escritura y siente náuseas.
Sabe el hombre que se espera de él, al llegar al final de una larga vida, algún tipo de summa vitae. No sabe nada de esto, pero escribe: el mundo occidental ha procedido en tres pasos: uno, el cogito ergo sum: el despertar del mundo escolástico. Dos: los enciclopedistas, el dubito ergo sum. No solamente el hombre debe ser consciente de su existencia, ha de dudar de la racionalidad de la misma, aclarar los conceptos. El tercer paso lo dio occidente en el siglo XX, cuando la astronomía moderna ha tanteado el universo, cuyos secretos ontológicos son racionalmente inescrutables. El concepto de Dios antropomorfo y monoteísta desaparece.
Cuando Márai  llegó al mundo en el umbral de esta centuria y el siglo XIX todavía era una realidad, la cotidianidad era indeciblemente más fatigosa, más primitiva, más insalubre que este maldito siglo XX, en el que –y siente el hombre al decirlo indiferencia y desprecio– millones de personas han sido masacradas en guerras y revoluciones al tiempo que, para las masas, la existencia ha sido más humana que en cualquier época anterior.
Cuando dejó Hungría era destacado miembro de la burguesía culta, esa que en sólo dos siglos había creado la Hungría moderna. El viejo lee después de medio siglo, en su casa de San Diego, Confesiones de un burgués y se sorprende que se pudiese escribir con tanta objetividad. La clase media de entonces todavía aguantaba la crítica burguesa. Al lado del conde insolente, del judío parásito, del noble católico empobrecido, del campesino de zurrón, había una burguesía cultivada e ingeniosa, que fue masacrada por Benes, los nazis, los comunistas. Ser burgués era una profesión, mientras que la clase media surge de una alianza de intereses. Si al viejo Márai se le preguntara si cree que todavía la burguesía representa el progreso respondería que sí, desde la Edad Media la forma y el estilo de vida burgueses son el catalizador  que impulsa el desarrollo de las masas.
Y el hombre lucha: no es bueno dejarse envejecer por la vejez.
Aunque hay algo obsceno en la enfermedad y la muerte. El reverso de lo corporal es lascivo y abominable.

Y entonces Márai dispara.

 

 

Ciclo Literario.