La aparición de la poesía

Jorge Pech Casanova


 

Azar que Danza
Rocío González
Editorial Aldus,
Secretaría de Cultura
del Estado de Oaxaca
2006

Es propio de la poesía iluminar las oquedades más ocultas del ser, y acaso por ello la poesía no acontece con frecuencia. ¿Qué haríamos, embriagados de luz, cegados por resplandores, para sobrellevar este mundo que exige opacidad y tinieblas a fin de ser habitable?
La poesía, cuerpo en llamas, abrasa la piel y establece un imperio de combustiones donde es difícil residir. Ha de refugiarse en la escasez para permitir a la gente convivencias sin riesgo.
“Pero hay muchos poetas que van por la vida rezumando incontables poemas”, objetan la estadística y la publicidad. Es cierto, hay demasiados poetas y aun más excesivos poemas, pero la poesía no les ocurre a esos alucinados, porque su condena es perseguirla sin fruto. Con ellos podemos estar tranquilos: su escritura nada arriesga y, por ende, no sufren por ella ni siquiera los árboles. (¡Cuántas vidas de árboles, por cierto, ya deben los autores sin poesía a causa de sus desmedidos libros!)

Andreas Feininger / 1949
Fotografía

Con todo, la poesía acude a nuestra inocencia de cuando en cuando, para perfeccionarla y prevenirnos contra la confianza inmoderada con que nos movemos en la oscuridad del mundo. Antes la poesía se arropaba en largas alocuciones de vates que la guardaban en su memoria y su pasión para desplegarla en noches y días destacados. Al inventarse la escritura, la poesía se arropó en luengas vitelas, papiros, pergaminos y amates a fin de reservarse a la admiración de privilegiados y dilatados lectores. A esos códices los sucedieron libros también voluminosos cuyos títulos (y no mucho más, por desgracia), llevamos en la memoria: La Ilíada, La Odisea, La Eneida, La Comedia, La Jerusalén…
Han pasado siglos desde esas desmesuras. Hoy la poesía aparece en volúmenes cuya materia en ignición es, no por compacta, menos incandescente. Tal es el nuevo libro de Rocío González: apenas 60 páginas de quemante intensidad poética, en las que el amor es sometido a los procesos alquímicos del verbo para alumbrar su naturaleza a la vez voluptuosa, enigmática, aciaga y tenaz, como lo es casi todo en este mundo de sombras.
Entregada a la lección de Lezama Lima, la poeta de Azar que danza convoca objetos que la burlen para su representación del universo, contornos que no desean segunda naturaleza y entidades que se niegan a equivalencias formales. La pura esencia de lo vivido trasvasada a su cuerpo y a un lenguaje de barroquismo fulgurante. Esta experiencia vital se transforma en un cuerpo en que se funden tumulto y cavilación, exploraciones y renuncias, desengaños y hallazgos sorpresivos. Sirva el traumático choque en la silla del dentista para ejemplificar cómo un trance usual se transmuta en poesía.
Sólo mediante la poesía puede expresarse la unión alquímica que transmuta acontecimientos en criaturas del lenguaje: “Tras el dolor, una torre se alza sin lamentos”. En el turbión de la memoria la poeta recupera fragmentos de una interminable caída, los recompone de manera que su discurso se vuelva un organismo que respira solo, que se reconoce en la perplejidad a solas. “En la caída uno tiene tiempo de preguntarse si vivir no se refiere a ese conocimiento fragmentado de los diversos momentos de la caída”, descubre la poeta.
El vértigo de tales cogitaciones no conduce a la poeta a empantanarse en la abstracción. Todo pensamiento, en este cuerpo literario, va unido a la carnalidad de la escritora en una acuciante confesión de los apremios que el individuo tiene que superar, a fin de no disociarse de la colectividad atareada consigo misma.
Cuerpo, espíritu, mente: acrisoladas en una entidad problemática, las sustancias que componen esta poética no dejan de señalar su procedencia identitaria, la feminidad como origen y destino, la vivencia privilegiada de la maternidad. Sin propaganda de género, sin la infructuosa autoexaltación de los distintivos genéricos, la mujer poeta proclama su nombradía, y al señalarse como una entre tantos evidencia su singularidad.
Misterio sobre misterio, la escritura avanza en este libro con la agilidad de un danzante. No es gratuito el lema que lo titula. Esta poética de la flexibilidad y el vértigo balancea tenazmente el mundo sobre su torso y lo entrega en ebullición, en tumulto y en enigma. Responde a las interrogantes que plantea con la estimulante frase agustiniana: “Ama y haz lo que quieras”.
La poética medieval del obispo de Hipona es revisada y perfeccionada por la sacralizad del lenguaje barroco que siglos más tarde daría sustancia a otra sensibilidad, más refinada que aquella de la pasión voluntariosa pero no por ello menos problematizada por el amor y la cólera, por el regocijo y el miedo. En la conflagración americana que opuso el cuerpo al espíritu, sin poder disociar la carnalidad de la idealidad, el barroco (y su progenie, el neobarroco actual) sostiene una poética arriesgada, una síntesis de ascetismo, lujuriante materialismo e irónica pauta de conciliación para coexistentes rivales. La representación, de nueva cuenta, exornándose de objetos que la burlen, contornos cuya segunda naturaleza es declinada y entidades que se resisten  a toda forma que implique equivalencia.
Tras la caída y las incontables dudas que mantienen la perplejidad del ser ante el mundo, este Azar que danza deposita amorosamente en su lector una certidumbre que es promesa de luz: “un sinfín de amaneceres te rodea”. Al consumarse, este libro nos convoca a ver más claramente lo que hoy hemos olvidado percibir como nuestra fundamental constitución de tiempo y de memorias, eso que Góngora esclareció en un terceto:

Mal te perdonarán a ti las horas,
Las horas que limando están los días,
Los días que royendo están los años.

 

Ciclo Literario.