La noche de Bartolomé

Mario García Jiménez


La historia que vivirá en estas líneas me la refirió el padre Manuel Ordóñez, entrañable amigo de mis días en el seminario, astuto adversario en el ajedrez y aguerrido némesis de mis ideas en extremo liberales. Después de su ordenación, fue enviado en cumplimiento de las obligaciones de su ministerio, a ocupar una pequeña iglesia en un pueblo insignificante, enclavado en las insalubres selvas del Istmo de Tehuantepec; el nombre del poblado se me ha disuelto en la memoria.
En ese entonces, visitaba a Manuel con bastante frecuencia; a pesar de que nuestras formas de pensar eran tan dispares, con frecuencia resbalábamos hacia el antagonismo feroz y vigoroso pero a la vez inteligente, discutíamos noches enteras y cuando despuntaba el alba, asistía con placer a la misa oficiada por él.
Cierta noche, nos enfrascamos en una de nuestras interminables partidas de ajedrez, sin embargo, Manuel estaba inusualmente distraído y fue vencido con relativa facilidad; me irrité ante la idea de haberme dejado ganar, le reclamé su ausencia,  también noté que apenas había tocado su vaso de mezcal.

Fabián Castro /2009
Fotografía

Guardó silencio por algunos minutos, con aire temeroso miró por largo rato el fondo del corredor donde la oscuridad se agazapaba trémula a la luz de las velas, el silencio era acentuado por un manto de sonidos nocturnos, producidos por grillos, pájaros y otros seres oscuros que no sé si quisiera conocer. Manuel se levantó y sin decir palabra, caminó por el pasillo ausente de luz; me repatingué en la rústica silla y me tomé al coleto tres mezcales, pues el frío comenzaba a pellizcar mi piel.
Regresó Manuel al cabo de unos minutos, traía en las manos su libreta de memorias, apuró su mezcal de un solo trago y me dijo:  —Siempre hemos tenido nuestras diferencias (sonreí al recordar nuestras bromas), sabes que yo me debo a la fe de Jesucristo y que decidí seguir sus pasos, sin embargo, te confieso, pues eres mi amigo, que he visto cosas que han quebrantado mi fe, no quiero que pienses que son líos de mujeres o de amor, se trata de miedo, de verdadero miedo.
Burlón como siempre, repliqué: “Aunque camine por el valle de las sombras…”
Manuel me detuvo:
 —No te burles, te lo suplico, en esta ocasión es en serio. Estoy aterrado.
Avergonzado, me arrinconé en mi silla. Afortunadamente, Manuel dio por zanjado el asunto y prosiguió:
  —Hace algunas semanas, el gobierno federal envió a una partida de uniformados a cazar a Bertolomé Bezelao, un asesino y ladrón que atacaba a sus víctimas en las montañas de la región, inútilmente trataron de matarlo los lugareños, los pocos valientes que se atrevieron a buscarle en los montes perecieron abatidos por el plomo o degollados por su gran cuchillo curvo, la gente le temía, pues decían que era un adorador de ídolos antiguos, de ahí el nombre de Bezelao, se han narrado actos terribles cometidos por Bertolomé para satisfacer su idolatría, en confesión he escuchado cosas peores.
Tomó su libro de memorias y leyó en silencio algunas líneas, sus ojos evadían los míos, avergonzados de confesar que su fe había sido socavada, la mía (que iba en sentido contrario), comenzó a flaquear en ausencia de la suya y recordé aquel cuento chino, en que un negador de milagros ve quebrantada su fe al presenciar uno; horrorizado, el negador pide al cielo que el fenómeno se detenga, cuando la manifestación cesa, él recobra su fe en la inexistencia de milagros.
Manuel prosiguió:
--Los federales encontraron al criminal en una cantina de La Candelaria, parece que hubo un intercambio de fuego y Bezelao escapó, sin embargo, los policías habían sido bien entrenados y le siguieron la pista, dicen que primero un francotirador le mató al caballo, luego anduvieron tras de él casi una semana y lo atraparon cerca de aquí, cuando ya estaba muy malherido. Dicen que recibió varios balazos por la espalda y que aún así, luchó terriblemente antes de rendirse, al final no le sirvieron de nada su prodigiosa puntería ni su mortal hoja.
Como estaba moribundo, sus asesinos vinieron por mí para que lo confesara, los acompañé y acudí a su lado, entonces Bertolomé me susurró casi como en confesión,  que Bezelao vendría por él, que él lo servía,  que era un señor verdadero, un señor que era amo de los valles del tiempo y de las selvas zapotecas, me tomó del brazo mientras susurraba: “Padre, vi al pájaro de oro, vi los ojos de mi sombra, escuché al bosque hablar y me dijo que Bezelao había prometido venir por mí”.
Sonrió mientras presionaba mi brazo con una fuerza terrible y entonces, vi a Bezelao en sus pupilas, pero no reflejado, no, lo vi venir hacia mí desde adentro. No puedo explicar que me pasó, dijeron los asesinos de Bertolomé que me desvanecí y que me cargaron hasta acá junto con el muerto, pero te juro que en esos ojos vi a la luna flotando en trozos, sentí el llanto y la tristeza de todo el mundo en mi piel y conocí el origen de este mundo, entonces me di cuenta de que somos monstruos, monstruos horrendos y crueles.
Manuel apretó el libro contra su pecho y lloró violentamente por largo tiempo, hasta quedarse sin aire, tuve que cargarlo hacia fuera para que aspirara aire fresco y volviera en control de sí.

Todavía sigo visitando a Manuel, del hecho referido en aquella noche de noviembre han pasado once años, sigue lúcido y lee mucho, ahora para poder verlo, he de hacer cita en la casa de reposo donde la Iglesia le ha confinado; me dice el rector que Manuel requiere vigilancia las 24 horas y constante asistencia espiritual. He de confesar con alegría y alguna vergüenza, que aún puede vencerme en el ajedrez.

 

Ciclo Literario.