El festín

Saint-Arnoult*
Marie Claire Figueroa


Todavía sin preocupaciones de guerra, mis tíos daban muchas recepciones, generalmente los sábados. Primero, bajaban al mercado de Caudebec; yo me las arreglaba para zafarme de la mano de Maman y alcanzarlos cuando los veía aparecer. Se repartían las compras: mientras mi tío iba a una panadería del muelle por un enorme brioche dorado, hecho con pura mantequilla”la mejor de Francia gracias a los pastizales y la “garúa” (algo bueno tenía que tener esa llovizna que moja hasta los huesos)”, yo acompañaba a mi tía a otra panadería, cerca de la iglesia, cuya especialidad eran las galletas de anís, redondas, con un pequeño zoclo encimado por una capa de clara de huevo color café. ¡Una   delicia! Después de unos años dejaron de hacerlas; pero al igual que Marcel Proust (modestia aparte), quien durante su vida recordó el sabor de las magdalenas sopeadas en el té  de su tía Leonie cuando subía a su cuarto, estas galletas, que seguí comprando aunque después fuesen un pésimo remedo de aquellas, me recordaban gran parte de mi infancia.

Brassai / 1991
Fotografía

Me tenía fascinada el regateo de mi tío con las ricas granjeras por un pollo o un manojo de verduras, regateo que se fue perdiendo en Francia y cuya costumbre redescubriría a mi llegada a México. La mantequilla no formaba parte de su lista de compras ya que la conseguía  con su granjero, pero me extrañaba la manera de pedirla en el mercado o en las tiendas: un cuarto de mantequilla no eran 250 sino 125 gramos, porque no se trataba de cuartos de kilo sino de cuartos de libra (la francesa de 500 gramos, no la inglesa de 453 gr.). Sin embargo, cuando necesitaba uno pedir medio kilo por ejemplo de fruta o de verdura, se podía pedir “une livre”, o sea una libra. Pero cuando pedí una libra de papas en la Merced de México, tanto mi marido como la marchanta me miraron con ojos cuadrados; a cada país sus costumbres.
En esa época todavía existían los sous (centavos); cuando, de recién casada, la abuela iba al mercado, su marido le daba cinco centavos y ella  todavía le regresaba el cambio; eso me contaron. Sin ser demasiado avaros, aunque Guy de Maupassant muestra lo contrario en algunos cuentos, los normandos están, como se dice coloquialmente,  “muy cerca de sus centavos”, o sea, en mi opinión, saben organizar su presupuesto. Según Maman, no había judíos en normandía porque los normandos les hubieran ganado los negocios. El sou era la moneda más pequeña precedida, en épocas anteriores, por el liard, la cuarta parte de un sou. Se decía vingt sous para la moneda de un franco, cent sous, para la de cinco francos. La de dos centavos estaba perforada en su centro y me la puse de dije cuando salió de la circulación. Al ver mi “adorno”, mis hermanos se burlaron de mí y la tiré; me la hubiera quedado, tal vez ahora sea muy apreciada por los coleccionistas.
Después del mercado, me regresaba con los tíos y me quedaba hasta el domingo cuando mi padre llegaba por mí. Así tenía el privilegio de asistir, que no participar, a las grandes cenas del sábado. Entre Caudebec y Saint-Arnoult mediaban cinco kilómetros: una parte, cuesta bastante empinada, tenía virajes muy pronunciados. Años después, la bajaría en bicicleta, ebria de velocidad, el silbido del viento en los oídos y el pelo revuelto. Mucho más pesada era la subida, pero se acortaba gracias a un atajo por el bosque; arriba, la recompensa: una banca de madera recibía mi cuerpo jadeante y me brindaba el espectáculo de “la cinta plateada del Sena”; suena cursi, pero era la expresión favorita del tío para calificar el río que, a ciertas horas, lucía un brillo metálico. A lo lejos, la Forêt de Brotonne se ofrecía a la mirada de quien descansaba un rato allí. Luego, en unos minutos, se recorrían los tres kilómetros restantes, totalmente planos. Cuando iba a Caudebec, mi tío apagaba el coche en la bajada “para ahorrar gasolina”. Me pregunto todavía cuántos litros habrá ahorrado en los largos años de su vida.
Los días de recepción eran verdaderos días de fiesta. A las siete llegaban los invitados. La cena tenía lugar en el comedor grande que ocupaba todo lo ancho de la casa, de jardín a jardín, con sus cuatro altas ventanas, dos al norte, dos al sur, enmarcadas por una vid virgen rojiza. Al fondo, una puerta daba a un cuartito, la chambre à Lucile, fría por su orientación al norte, polvorienta y llena de cachivaches. En otros momentos, la mesa rectangular con extensiones de la cena nos servía, a mis hermanos y a mí, así como a François y Philippe, los otros sobrinos de mi tío,  para jugar ping-pong. En este comedor, la grande salle, en oposición con la petite salle del diario, descubrí en un aparador mis primeras BD (Bandes dessinées, o sea las historietas traídas del otro lado del Atlántico: el gato Felix, La pequeña Lulú, Chip and Dale, entre otras); habían pertenecido a Colette, otra sobrina ya grande. Los libros verdaderamente interesantes de este lugar, de los que hacía alarde el tío, era una serie completa de las obras de Voltaire, inclusive el tomo 43, si bien recuerdo, que, en general, faltaba en las colecciones por haber sido puesto en el índice de libros prohibidos por la Iglesia: el que se hubiera atrevido a tenerlo en su casa, o, cosa peor, a leerlo, arriesgaba la excomunión; esto dejaba al tío en una total indiferencia. Colocados  en un estante, encima de un sofá-cama, lucían una soberbia encuadernación roja y oro. Al lado del sofá, una mesita de tres pies cruzados debajo de una charola de cobre finamente labrado, marroquí sin lugar a duda. Estábamos en el apogeo de las colonias francesas;  los objetos y muebles de África del norte, África occidental y sobre todo de Oriente (les chinoiseries) estaban de moda: muebles laqueados o taraceados, telas exóticas de los socos argelinos, tunecinos o marroquíes,  armas,  animales disecados, pieles de fieras, colmillos de elefante… podría escribir páginas y páginas sobre los trofeos o souvenirs traídos por los espahíes y los zuavos a su regreso. Estos mismos zuavos que hicieron campaña en México; allí se ganó una medalla uno de mis tatarabuelos alsacianos. Mi tío Henri, de Saverne, quien la había heredado, me la regaló; una tarde, en San Jerónimo, la enseñé a mis alumnos de francés;  poco tiempo después, desapareció. Sospeché de uno, sospeché de otro, nunca comenté nada; así son las cosas, hechas para no durar.
Simone servía la cena. De la misma extirpe que la Françoise de Marcel Proust, había sido primero ama de llaves en la casa de mi abuela. Tal vez por este rango, y no el de simple sirvienta, escapó de la ignominia de la que se volvía culpable mi abuela, cada vez que cambiaba de empleada:
 —Mija, ¿cómo te llamas?  —Filomena, Seño.  —Bueno, a partir de ahora, te llamarás María.
Y ¡zaz! De un plumazo, o mejor dicho, con la arbitrariedad de su tesón, rebautizaba a la pobre muchacha, con tal de no cambiar sus hábitos.
La cara ovalada de Simone se alargaba con un mentón puntiagudo. El cabello estirado en austeros bandós divididos por una raya  impecable, la piel cetrina, los labios delgados, apretados, difícilmente relajados por una sonrisa, le daban un aspecto severo que engañaba, porque Simone era una mujer amable aunque parca de palabras. No le gustaba el chisme; sin embargo sabía muchas cosas, las que no revelaba para no perjudicar a nadie. Al hilo del tiempo, después de la muerte de mi tía, reconstituimos unas fechorías de su esposo por unas frases lacónicas que soltaba de repente. Nadie pretendía reparar en ellas, teníamos demasiado respeto hacia el tío.

Brassai / 1936
Fotografía


Diario, de lunes a sábado (el domingo la veíamos en la misa de las doce), Simone llegaba en bicicleta desde su casa, arriba de la cuesta de Caudebec. Cuando ya no tuvo fuerza suficiente, venía andando, con calor o frío, viento o lluvia. Y vaya que la borrasca normanda puede ser tan fuerte que se califica como un vent à décorner les boeufs, es decir un viento capaz de quitarles los cuernos a los bueyes, o sea un viento de los mil demonios. Cultivaba un pedazo de jardín y nos regalaba fruta cuando la íbamos a visitar. Era célibe y hasta muy grande vivió con su padre inválido; lo mencionaba a cada rato: “Papá esto, Papá el otro”, lo que, a nosotros, chiquillos traviesos, nos daba risa. Sirvió a mi tío hasta que él se fue de la casona. A pesar de toda una vida de trabajo muy duro, o tal vez por esto, Simone murió a una edad avanzada.
Con su delantal blanco encima de un austero vestido negro adornado con un cuello de encaje, Simone parecía salida de una estampa del siglo anterior. Para servir en la mesa nunca se equivocaba, había sido muy bien adiestrada por mi abuela; como se sucedían unos cinco o seis platillos: entremeses o sopa, pescado, carne, ensalada, quesos y postres, era preciso cambiar de plato después de cada uno, y Simone, con destreza, le retiraba a uno el plato sucio por la izquierda; casi al mismo tiempo, con una ligera torsión del busto hacia la derecha, colocaba el plato limpio, con tanta agilidad que el comensal se quedaba atónito. Más grande, recibí el mismo entrenamiento, en París, para las cenas de mis padres; sin embargo, por falta de antigüedad en el oficio, nunca tuve la misma habilidad.
El pescado rebozaba de crema y la carne era producto de las cacerías del tío: gallina o pato silvestre, codornices o perdices, liebre o jabalí durante los inviernos muy fríos. La charola de quesos ostentaba por lo menos seis u ocho variedades entre el Camembert, Pont l’evêque, Brie (de leche de vaca), Neufchatel, Valençay, Crottin de Chavignolle (de leche de cabra), casi todos de Normandía, pero podían servirse también unos de Saboya (la Tomme), de Alsacia (el Münster) o de los Pirineos. Los postres también eran muy cremosos: Simone me servía igual como a los otros; soy muy golosa y nadie me vigilaba, así que, más de una vez, mi tía, entre sermón (suyo) y lloriqueo (mío), tuvo que ayudarme a descargar el estómago durante sesiones nocturnas.
Después de la cena, todos subían a la sala del primer piso. Los sofás y sillones, tapizados con telas de florecitas entre rayas, estilo primer imperio, estaban repartidos en semicírculo alrededor del piano. Encima de éste, un alto globo de cristal encerraba unas ramitas con varios pájaros de todos colores…disecados; inútil decir que me encantaban, y lejos de mí, bien lejos todavía, la idea que, para llegar a este estado, se había tenido que interrumpir la vida de las criaturas. No faltaba quien se sentara en el banco del piano para acompañar, como en la casa de mi abuela años antes, a alguna de las invitadas que se lanzaba a cantar arias de los músicos de moda: Leo Delibes, Edouard Lalo, Jules Massenet, Gabriel Fauré, Reynaldo Hahn, etc. Creo que los señores no apreciaban tanto y bajaban a veces a la sala de billar en donde presidía una enorme cabeza de jabalí, encima de la chimenea.
En esta sala jugaba diario mi tío, antes de la comida. La conocí  independiente del pequeño comedor. La misma vid virgen enmarcaba las ventanas con vista a la hortaliza. Una sola puerta daba al vestíbulo, luego abrieron una al comedor; así, desde el escritorio con su vieja Remington, el tío Edmond podía comunicar con la “Grosse Mère” quien bordaba, sentada cerca de la ventana de la petite salle. En 1951 llegó la televisión a Francia, pero tardaron mucho en comprarse una. La pusieron en la sala de billar; él la escuchaba con un casco para poder subir el volumen a causa de su sordera. En el muro opuesto al escritorio estaba un armario del que sacaba de unas pequeñas bolsas de cuero, muy de vez en cuando, unas moneditas de oro. Se llaman louis  por el nombre de los reyes de Francia. La última que me regaló y la más vieja también, era de 1852 y se la di a Cristóbal, el más chico de mis nietos, el día de su bautizo; ¡ojalá no se la lleve nunca a la tiendita para comprar chicles!
Cuando jugaba el tío, yo seguía con la mirada la carrera de las tres bolas de marfil y su bamboleo. Él sacaba primero un taco del porta tacos y luego, cubría la punta con una especie de gis azul para un mejor deslizamiento. Yo anotaba los puntos en los marcadores empotrados de cada lado en la madera de la gran mesa de tapiz verde. Nuestra falta de habilidad, claro, no nos permitía jugar por el riesgo de perforar el tapiz; a mí me importaba más esperar el momento prodigioso de la carambola, cuando una sola bola chocaba con las otras dos, al mismo tiempo.
En cambio, participábamos en los momentos de diversión que el tío Edmond nos brindaba, sobre todo después del desayuno: alrededor de la mano, enrollaba su servilleta en forma de guiñol o de polichinela, e improvisaba diálogos entre él y la marioneta. O nos fabricaba en su taller, con un delgado triplay, casitas y graneros que llenaba de heno. Pero su mayor éxito eran sus historias que podía repetir vacaciones tras vacaciones sin que nos hastiáramos. A mi padre le impacientaban. Nos contaba sus vivencias en Salónica, durante la Primera Guerra Mundial, en donde contrajo el paludismo que solía curarse con quinina; el exceso del medicamento le causó sordera. Fue en aumento con los años a tal punto que, durante las comidas de muchos comensales, llegaba a desconectar sus aparatos: la algarabía de su alrededor resonaba en su cabeza de modo insoportable y prefería el silencio. Si le preguntaban algo, se hacía el distraído o contestaba por un gruñido. Pero, qué jugarreta les hizo a mis hijos, por lo demás sin mala intención, el día que les preguntó, antes de bajar al mercado, lo que querían comer a mediodía. Ellos, fanáticos de  las papas fritas, respondieron al unísono: “Des frites, mon Oncle Edmond, ¡oh! des frites, s’il-te-plaît”. Le pareció raro al tío, pero accedió y, a la hora de la comida, mis hijos vieron aparecer en la mesa un enorme platón de tripas (tripes, en francés), olorosas, a pedir de boca, el guisado más execrado por generaciones de niños.
Mi tía también llegó a padecer de cierto grado de sordera, lo cual, mezclado con su eterna distracción, daba a veces resultados curiosos. Durante una cena, los amigos quienes, los fines de semana,  solían sacar del internado a mi hermano Francis junto con su propio hijo y algunos otros amiguitos, le estaban platicando a mi tía, precisamente de mi hermano, con muchos detalles que le podían interesar. Aprovechando un silencio, de repente se oyó la voz de mi tía preguntando: “¿Y de Francis Fischer, qué piensan ustedes, lo ven a veces?”
El tío Edmond nos contaba las bromas que se hacían los soldados los unos a los otros. Me viene una a la memoria, medio asquerosa, pero todavía apropiada para nuestros oídos infantiles: en los campamentos, los militares carecían de letrinas y hacían sus necesidades detrás de una cerca. Un grupo de bromistas había hecho un hoyo en la parte baja de ésta y cuando llegaba un soldado del otro lado, pasaban por allí una pala para recoger el “producto” antes de que cayera al suelo. La cara a la vez asombrada y preocupada del hombre les bastaba para ponerlos de buen humor el resto del día.
No sólo mi tío nos contaba historias, también las cantaba. Una de ellas, nuestra favorita, era la del quesito: tres amigos estaban cenando juntos alrededor de una mesa abundante, pero a guisa de postre,  no había más que un queso fresco, de esos cremosos, suavecitos como el terciopelo, pero chiquitito; sólo de verlo, se les hacía agua la boca. De verdad, apenas alcanzaba para una sola persona. Acordaron dejarlo para la mañana siguiente, al que contara el sueño más extraordinario de la noche. Los tres se fueron a dormir. A la hora del desayuno, el primero contó: “Soñé que me iba de viaje a una isla lejana, con árboles de frutos fabulosos, flores de colores maravillosos y delicado perfume; en esta isla, los animales hablaban…”. Siguió un buen rato, contando las delicias de la isla. A su vez, empezó el segundo: “Soñé que un ángel llegaba y me subía al Paraíso. Escuché cantos melodiosos, no se pueden comparar con nada en la tierra, ni los sonidos de los instrumentos, ni los vestidos de los ángeles. De repente, me apareció la Virgen María…” En ese momento, impaciente, lo interrumpió el tercero y les dijo brevemente: “Al verlos tan lejos y tan embobados, pensé que nunca iban a regresar, me levanté a medianoche y me comí el queso”.

*Memorias de guerra de una niña, capítulo VI (primera parte)

 

 

Ciclo Literario.