Sapélicos

Lorenzo León


En 1993, apareció Miedo Genital, (Joaquín Mortiz), libro que consigna una epidemia relacionada con la descomposición de la carne y la vida de seres subterráneos. La reciente crisis de influenza nos da una oportunidad de recordar algunos fragmentos.

 

Otra vez ese olor tan extraño ataca su nariz al cruzar la esquina rumbo a la parada del camión. Aurelio aprende a soportarlo cada mañana, al salir de su casa y al regresar, cuando tendrá servido un platillo de esa execrable carne. Sin embargo Sarah, su esposa, desoye sus remilgos al sentarse a comer.
—¡Compraste otra vez la carne en la esquina?
—Ya lo sabes.
—Te he dicho que por favor no lo hagas, ¿no hueles al pasar por la carnicería?
—Tú siempre tan exagerado, papá — dice su hija en el extremo de la mesa mientras mastica un trozo servido con pepinos.
Aurelio tiene hambre pero no quiere tomar de ese pedazo que se ve a medio cocer y que lo saluda con un olor unguamantoso, caliente, con reminiscencias ácidas.
—Comételo.
Están los ojos endurecidos de su esposa sobre los suyos, imponiéndose con la decisión de las contracciones vigorosas de sus quijadas.
—Pero Sarah, esto huele extrañísimo.
—Ay papá, siempre dices lo mismo.
Es la voz de su hija Martha, cuya edad parece rápidamente alcanzar la de su madre. Lo mira con cinismo, regocijada con la orden que ha dictado aquella, que sin parar de masticar sigue esperando. Aurelio toma los cubiertos y arremete sin ganas, pero la carne se corta con la facilidad de la mantequilla. Lo vigilan, sus rostros de textura abierta están atentos a ese primer bocado. Mastica. Es como si fuera castigado en su más sagrada intimidad. La fibra que engulle se muele deshilvanándose en sus muelas y por las encías corre un hilo de jugo sanguinolento y graso. Sus nervios se erizan, el estómago se convulsiona...Jaja jajaaajaagghhghghhh!

Annie Leibovitz / 1995
fotografía

    Ríen con la boca llena de comida al verlo levantarse congestionado hacia el baño.
     —Nunca aprenderá—dice Martha mientras toma otro pedazo de la cazuela—.Está acostumbrado a comer sus porquerías en la calle.
     —Pues tendrá que avenirse a comer en la casa...le da uno algo bueno y mira lo que hace — dice Sarah mientras saca rechinidos de la silla con su pesado movimiento.

I
El carnicero está detrás del refrigerador con sus mejillas colgadas de donde brotan solitarios y largos pelos; está  con su sonrisa en el abismo de su mirada estúpida. Seguramente lo saludará, como siempre cuando lo ve pasar. “Buenos días”, retumba su voz pesada entre los embutidos.

II
Es cierto que Sarah era una mujer difícil y Aurelio recordaba no haberla complacido nunca, menos ahora con la edad (ambos se acercaban a los cincuenta años). El carácter de la mujer era agrio. Lo expulsó muy rápido de la cama matrimonial y luego de la propia habitación. Aurelio tenía prohibido fumar en el interior de la casa y encender la televisión para disfrutar de un juego o una pelea de box. No obstante ser el único trabajador, ocupaba el lugar de un mueble y quien visitara la familia nunca se daba cuenta de su existencia, pues entonces era un ser apagado en el último rincón de la casa, mientras su esposa parloteaba ruidosamente, atreviéndose incluso a emborracharse. Aurelio, desde hacía años, ya se había conformado; su trabajo en la tesorería absorbía todas sus fuerzas para presentar oposición al poder de su mujer que se apuntaló con el crecimiento de Martha, fiel interprete del carácter de su madre y que parecía pasar por la vida sin tocar la juventud; así de repelente a la gracia había sido formado su cuerpo, en cuya mente no había la menor imaginación, traicionero argumento de Sarah para apartarla definitivamente de la escuela integrándola de lleno a las faenas domésticas y a un chismorreo estéril. Pero desde que se había instalado la carnicería de la esquina, su formación había degenerado en glotonería corrupta. Tal parece que sus paladares habían sido embrujados por el sabor de esa carne... pimienta, salsas y chile crudo no lograban armonizar esos guisados que ambas se pasaban tramando entre la permanente humareda de la cocina... y el origen de la carne no lograba establecerse en la mente de Aurelio, pues cuando comía esa fibra invertebrada no aparecía la imagen de un toro o una vaca, o un cerdo... en su paladar, en su lengua, pasando por la garganta, lo penetraba el horror.

III
El humo había cesado de salir por la chimenea de metal oxidado. La ventanita de vidrio opaco, en lo más alto del muro, al costado de la carnicería, estaba cerrada y la cortina de metal había sido bajada hasta la mitad; vio a su verdugo a un lado del mostrador comiendo ante una mesita de pino.
—Buenas—dijo afablemente —, ¿le gusta? Mascaba con grosería, pues no mantenía la boca cerrada y la actividad de la molienda salpicaba hasta el mentón.
—No, gracias—pero él ya se había puesto de pie y le alcanzó, agachándose para librar la cortina.
—Ándele, ándele, verá que delicia, cortesía de la casa.
Era de pequeña estatura, pero sus brazos nervudos e hinchados por la practica del destazo lo tomaron rígidamente por los hombros sin abandonar su ademán amable.
—Venga, una probadita, su esposa me ha dicho lo mucho que le gusta mi carne.
Todo el local exudaba un olor penetrante, como si fuera el hocico de una cloaca y este ser, el vigía de esa oscuridad herbada en la carne que pendía.
—Siéntese hombre—dijo el carnicero y Aurelio lo hizo sin chistar, pues en ese momento el hombrecillo tomaba un cuchillo y lo ceñía  a la mitad de la mesa para cortar un trozo.
— ¿Es hígado?—preguntó Aurelio con una sonrisa asustada.
—No, tiene que adivinar.
Le pasó cuchillo y tenedor. En efecto, el olor de la carne era familiar, pero un poco más descarado. Aurelio giró los ojos en un vértigo estomacal, y en ese momento, en el traspatio, escuchó los líquidos buidos de una bestia. El carnicero continuaba comiendo sin atender el escándalo y con su mirada estúpida y la boca babeante lo invitaba a comer.
Al cruzar el umbral de su casa siguió directo a la recámara, pues el dolor provocado por el platillo encajaba un latido envenenado en sus arterias. Su boca parecía la huella de un galope ácido... pero estaban ya a la mesa los dos únicos miembros de su familia; ambas, ante platos similares al que le invitó el carnicero, parecían reconocerse, pues sus caras deleitadas por ese empecinado aroma se desteñían como la carne misma y entre tubérculos de grasa se perdían sus rasgos. Martha, que se comprende pasaba por la molesta adolescencia, no mostraba naturalidad en el acné, pues los puntos negros se abrían más bien como una discreta lepra. Así su cabello, igual que el de su madre, empezaba a escasear, de tal manera que brillaban sus molleras como las de los ancianos obesos, pues su gordura no era nada graciosa, sino que hacía recordar a los sapos, esa estirpe cuyo origen es el cenagal. Sus apresuradas respiraciones lo confirmaban debido al volumen de la papada. Ya Aurelio había notado su fealdad... se sorprendía de su glotonería a la que sacrificaba un sano aspecto, pues debían notar su degeneración cada mañana, ante el espejo. De Sarah se podía justificar, pero de Martha, se preguntaba su padre, ¿qué hará con ella el destino?
    Lo miraron inexpresivas al cruzar el umbral, no obstante su descompostura. Se había desanudado la corbata con afán de pasar más aire; su rostro estaba constreñido por una náusea y la mano izquierda quería extraer del abdomen una mortal palpitación.
     — ¿A dónde vas Aurelio?
No contestó a esa voz atragantada. Sabía que lo obligaban a comer nuevamente, como si se tratara de un pequeño... que no escucharían sus argumentos como desde hacía años. Sabía que su opinión pesaba menos que la de un sirviente y estaba cierto de cuál era su posición en la funcionalidad de esa familia. Cerró la puerta.
—Aurelio, ¿qué te estás creyendo?—azotó Sarah su puño en la débil hoja de triplay. Pero Aurelio no contestó, estaba echado en medio de la cama, sofocado por una digestión que nunca acabaría por concluir, pues los intestinos tronaban como si reventasen para acomodarse en una distinta armonía, un orden que se situaba más allá de su ser, que lo abandonaba a él, Aurelio Mendizábal López, para buscar un nuevo viento, otro que no estaba en la habitación que Sarah sacudía con sus golpes, pues este aire lo hacía sudar la excrementicia tinta de la asfixia.

W. Eugene Smith / 1943
fotografía

IV
Aurelio despertó con la conciencia fría del que nada recuerda de su sueño. Abrió los ojos cuando por su ventana entraban los últimos resplandores de1 atardecer. Vio los objetos de su cuarto reposar en una espera indiferente a su mirada, que los recorrió en un intento de recuperarse a sí mismo, en lo que de él había en la silla de cedro y de piel desgastada, en el cenicero de cristal con los bordes ennegrecidos de quemaduras nocturnas, a su lado, sobre un buró sepia y polvoso; en el tocadorcito cubierto por un vidrio roto, donde descansaba el estuche de la rasuradora Remington... pero toda búsqueda parecía inútil, entonces se levantó para acercarse al azogue despulido del espejo. Allí tampoco logró encontrarse. Malherido por ese magro aire, salió decidido a investigarlo por sí mismo. Abrió con cuidado la puerta y con paso lento cruzó ante la recámara de las mujeres, a quienes vio en el sillón iluminadas por el resplandor eléctrico del televisor, respirando trabajosamente y con ojos inmóviles.
La luz estaba en la orilla del horizonte como una sonrisa que desfallece y la calle, vacía, imitaba una mueca de muerte. Con paso inválido Aurelio caminó hasta la esquina. Cuidaba ocultarse en las sombras, pero no pudo hacerlo de innumerables ojos que escrutadores descorrieron la cortina de sus ventanas, en la oscuridad. Del local se desprendía un hedor infame que entristeció su aliento. Al llegar a la carnicería se percató de la imposibilidad de asomarse, la ventana estaba muy por arriba de su estatura. Entonces pasó al baldío saltando una barda y desde allí, amontonando piedras, subió con dificultad al techo. Se hallaba situado en una nebulosa que vomitaba la chimenea. Desde allí, boca abajo, se agachó sobre la ventana. Estaba el hombrecillo con su bata teñida de un líquido negruzco, como si se tratase de grasa industrial, pero un olor de sangre impregnaba el pequeño rastro, donde en un rincón estaba una parrilla para ahumar embutidos y luego una sierra eléctrica. La puerta de metal del refrigerador dejaba ver por un cristal costroso pendientes trozos de carne. Pero lo que Aurelio vio primero, por ocupar el primer plano, era esa masa informe y de color peciento que colgaba de un gancho incrustado en el techo; caminando escrupulosamente a su alrededor, vio al hombrecillo calcular dónde impartir los primeros cortes en tanto afilaba su gran cuchillo con la chaira. No era ni una res ni un cerdo, sino una especie de ostión-ajolote de membrana lamosa. Aurelio estuvo a punto de precipitarse al vacío impactado por el grito que salió de esa criatura, un aullido que parecía pedir clemencia al excitado carnicero, quien sin contemplaciones asentó un golpe con el cuchillo en la mitad de su buboso cuerpo, cercenando el grito y encendiendo una explosión de sangre negra y luego dio otro golpe, y otro, hasta que la masa fue precipitándose a sus pies, a pedazos.

V
Aurelio se ahogaba. El aire de la noche que paría esa muerte quería asfixiarlo. Bajaba de la barda como si saltase a la infinitud de una pesadilla y al estar en la calle los charcos parecieron sujetarlo a sus espejos... el silencio de la noche debió haberse roto con el bramido de esa bestia, pues Aurelio, como si mirara a través de un cristal opaco, distinguió en las ventanas de las viviendas otros rostros y otros como él, mirándolo en su trayecto vergonzoso y compartiendo su miedo.
Los escalones hacia el departamento lo retuvieron largos minutos en su inhóspito espacio. Al llegar, apenas pudo extraer la llave de la ropa que se perdía en su temblor...abrió empujando con su desvanecimiento la puerta. Con las manos escrofulosas, drásticamente reducidas en esa forma palmípeda, se buscaba el cuello, como queriendo abrir otros conductos que lo sacaran de esa muerte. No era como minutos antes, cuando en su recámara se torturaba en busca de su nueva definición. Aurelio ahora —levantándose desde el suelo como una serpiente moribunda— solamente quería vivir. Como si fuese un escupitajo vivo se arrastraba... debía sumarse a esa orgía acuática; desde el baño lo animaba un aire de reverberación pustulosa.

Lo penetró un dolor infiel cuando vio a Sarah y a su hija necesitadas de otra oscuridad que les negaba el paso... en su intento de escapar sus cuerpos-coágulos reventaban contra el drenaje que no podía tragarlos, dejándolos sucumbir en la insuficiente inundación de lo que fue su mierda.

 

 

Ciclo Literario.