Ni tiempo para llorar*

Ruy Castro
Traducción de Alfredo Coello


Las imágenes que aquí se contienen, son una visión que preña la memoria colectiva de todas las sociedades, pues siempre se ha vivido la consecuencia de lo epidémico como la confirmación más oscura de la unidad que nos constituye como seres humanos. Se trata, en este caso, de la gripe española, testimonios de ella quedan en varias obras, Sándor Márai incluido, que la padeció y la sobrevivió en Europa: “Evoco mi pensión en la avenida Rákóczi, donde me quedé durante las semanas de la epidemia de gripe española, sintiéndome al borde de la muerte, padecí la enfermedad, aunque al final acabé curándome sin necesidad de médicos ni medicina” (Diarios 1984-1989. Ediciones  Salamandra 2008).
Por su parte, Miguel León Portilla recuerda “cuando la Academia Francesa, precisamente en conmemoración del Tercer Centenario, creo un premio que debía otorgarse al mejor ensayo u obra que respondiera a la siguiente pregunta: ¿Cuál ha sido la influencia de América sobre la política, el comercio y las costumbres de Europa? Los varios trabajos que se presentaron – aparte de algunas alabanzas a Colón – pueden distribuirse entre los que son reiterada condenación de la presencia de España en el nuevo mundo, en torno de la “Leyenda Negra”, y aquellos otros que describen la influencia ejercida por América en Europa más bien con colores sombríos. Se habla, por ejemplo, del oro que recibía España de sus posesiones ultramarinas y se afirma que le sirvió para hundirse cada vez más. Bastará con decir aquí que el trabajo galardonado, cuyo autor optó por permanecer anónimo, subraya como influencia muy significativa de América haber sido ella la que le hizo el regalo a Europa y al mundo entero de la sífilis. De ella, por cierto, cabe añadir que además de ser tenida como “enfermedad vergonzosa” se conoció por mucho tiempo como “morbo gálico” o “mal francés”.  Tal vez el anónimo vencedor en el concurso abierto por la Academia Francesa, que inauguró así la conmemoración de los centenarios americanos, quiso con su trabajo reivindicar el prestigio de su patria. Creyó él que, con las pruebas que pudo acumular, zanjaba una cuestión que, me atreveré a añadir, hasta ahora hay algunos que siguen debatiendo, a saber cuál es el origen del llamado mal francés.”

   Nelson Rodrigues, está considerado el  mayor dramaturgo del siglo XX brasileño, creador de el Teatro del Absurdo antes que Samuel Beckett lo estandarizara a nivel mundial.

 

El Ángel Pornográfico/
La vida de Nelson Rodrigues
 Editorial  Companhia das Letras
Sao Paulo, 1992 

En el año de 1918 a mediados de octubre, las personas empezaron a tener brotes de fiebre altísimas y caían muertas, súbitamente, como moscas. Era la “española”, una gripe que venía de Europa en los barcos que atracaban en los puertos brasileños. Se rumoraba que la causa de ésta eran los muertos insepultos de la Europa que recién salía de la primera Guerra Mundial. Fue arrasante. En una ciudad como Río de Janeiro, que en 1918 contaba con una población de un millón nueve mil habitantes, murieron quince mil personas en los últimos días de octubre – mil por día, si no fallan las matemáticas.   (Es lo mismo que si en 1992, con una población de cinco millones trescientos mil, excluyendo las zonas conurbanas,  muriesen en quince días setenta mil personas, o sea; ¡cuatro mil setecientos por día!) Y no es mucha la diferencia demográfica entre el Río de 1918 y el actual. Era una ciudad más chica, con la población concentrándose en la zona norte, donde vivía el personal de Nelson, y en el centro. Una familia que tuviese un enfermo en casa podía, fácilmente, contaminar a los demás miembros con un solo estornudo.

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Irwin Klein / 1962

Todo el personal de una revista en la plaza Tiradentes fue diezmado en tan sólo tres días. Los reporteros que cubrían la fuente del puerto y entraban a los barcos, regresaban a las redacciones con cuarenta grados de fiebre. Los médicos no sabían como tratar la “española” y recetaban cápsulas de quinina, té de hojas de eucalipto y caldo de gallina sin sal. Los más irresponsables recomendaban aguardiente con limón. Y no era que Brasil no estuviese en alerta. Esta misma gripe ya estaba matando a tres millones de personas en Europa y cobraría en su recorrido por la India quince millones hasta el fin de año.
El virus llegó a Río y se acomodó como en su casa. La gente moría en la cama, en la calle, en todas partes eran recogidas por los trabajadores del municipio. Los aventaban, literalmente, a los camiones del servicio público que recolectaba la basura en la ciudad y los cuerpos eran amontonados como sardinas o atunes. A veces un cuerpo caía a la deriva en las curvas del camino, lo recogían aventándolo de nuevo sin ninguna consideración. Cuando los recolectores descubrían a alguien que había sido dado como muerto y todavía se retorcía entre el montón lo remataban a paladas. Una persona viva en esas condiciones era una amenaza. En un promontorio al fondo del cementerio de Cayú, prisioneros y voluntarios abrían fosas comunes donde se depositaban centenas de cadáveres a un mismo tiempo. Los mismos enterradores empezaron a morir y nadie quería desempeñar esta función. Entre más cadáveres se acumularan la situación empeoraba. Nadie lloraba a nadie – no había tiempo.
A finales de octubre y de la misma forma en que llegó sin avisar la “española” se esfumó inesperadamente. Una población entera había creado anticuerpos. La gente empezó a salir de sus casas vestidas de negro. Ochenta por ciento de los cariocas habían sido atacados – la mayoría pobres e indigentes, pero también mucha gente de clase media y alta. Rarísimas familias de la Aldea Campista tuvieron que guardar luto por un muerto. La Rodríguez  fue una de ellas, pero por poco tiempo: Augustiño tuvo la gripe y se salvó sólo por su formidable resistencia de bebé – tenía menos de seis meses.

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W. Eugene Smith / 1945


La “española” que había llegado hasta las ciudades de Santos, Salvador y Recife, fue mucho más generosa. Río de Janeiro fue su principal víctima – pero también respondió con el mayor ímpetu que haya conocido cualquier epidemia –. Una respuesta muy a la carioca: el carnaval de 1919, el primero después de la gripa y el más grande del siglo. El carnaval de la resurrección. Fue también el primer carnaval que superó en número a los tangos, polcas, fados y hasta los valses de otros carnavales. Era como si el carioca hubiese descubierto finalmente la pista sonora ideal para los desfiles de carros abiertos y las batallas de confeti en la plaza Sáenz Peña, la playa de la Tijuca, la calle Doña Zulmira y en la Aldea Campista.

Fue en una de estas ocasiones que Nelson, a los siete años, vislumbró a la odalisca rubia del ombligo desnudo.

 

 

 

 

 

Ciclo Literario.