El hash y el Lama: cárcel,
meditación, libertad*

Ole Nydahl


La cultura religiosa del Tibet y la cultura de Occidente confluyeron festivamente, a finales de los años sesenta, en un joven danés al que hoy se conoce como Lama Ole Nydahl, fundador de “El camino del diamante”, nombre con que se designa  a los centros de meditación y difusión del budismo que ha fundado en varios países. Su iniciación budista tuvo lugar, paradójicamente, al mismo tiempo que consumía hash (lo traficaba a Dinamarca desde Afganistán o Irán) y LSD. Junto con decenas de jóvenes dedicados a la búsqueda espiritual, los viajes y las drogas, y al lado de su novia Hanna, Ole continuaría su aventura, hasta llegar a ser maestro budista del linaje de Karma Kagyu. De su libro autobiográfico Cuando el pájaro de hierro vuele (1979), compartimos el fragmento que ilustra lo que fue en Dinamarca la última fase de una situación que llevó a la despenalización de la marihuana y el hachís en ese país.

Detenernos en el Líbano, tal como habíamos planeado, ya no parecía aconsejable. Era seguro que en aquellos momentos la policía ya tenía nuestros nombres y, además, queríamos regresar lo más pronto posible para tranquilizar a nuestros padres y ayudar a nuestros amigos. En la última escala, en Frankfurt, telefoneamos y los amigos nos dijeron que el primer cargamento de cabezas de Buddhas ya había llegado. Ahora la cuestión era cómo entrar nosotros y la carga que llevábamos, en Dinamarca.

Kevin Bubriski / 1985
Fotografía

Como teníamos prisa, volamos directamente a Copenhague, confiando como siempre, en que nos ayudaría nuestra buena suerte. En el aeropuerto empezamos a repetir nuestro mantra y nos pusimos detrás de dos policías que llevaban detenidos a un par de groenlandeses y pasamos con ellos el control de pasaportes y la aduana. Los oficiales encargados de los pasaportes pensaron que nosotros también éramos policías y nos dejaron pasar sin registrarnos.
Nuestros queridos padres no estaban nada contentos. Para ellos no éramos, como pensábamos nosotros, luchadores por la noble causa de la liberad interior que ayudaban a la gente a librarse de su agresividad y dolor. Sólo veían que sus hijos estaban en un buen apuro y que los periódicos iban llenos de historias acerca de lo que la policía pensaba que estábamos haciendo, aunque no pudiera probarlo.
   No hacía mucho que habíamos regresado cuando el segundo juego de cabezas de Buddhas con malas vibraciones llegó y fue interceptado en la aduana. Al oler el incienso, los aduaneros sospecharon, abrieron las cabezas y encontraron el “hash” que pretendíamos lanzar en Copenhague. El paquete no iba dirigido a nosotros, ni lo habíamos enviado nosotros, por lo que en realidad estábamos libres de sospecha, pero la presión de la investigación policial crecía por momentos y sentimos que el muro protector que nos rodeaba se estaba derrumbando. Cada día que pasaba encerraban a amigos, y al mismo tiempo nuestros protectores parecían haber desaparecido de la faz de la tierra. No podíamos encontrarlos en ninguna parte. Llegó el aviso cuando íbamos en el coche por la nieve hacia nuestra casa de los bosques de Suecia: nos pusieron una multa por exceso de velocidad, que nunca antes nos había ocurrido. Apenas tuvimos tiempo de esconder nuestras posesiones más valiosas en casas de amigos antes de que llegara la policía.
Podríamos habemos quedado quietos desde el mismo principio o irnos a otro país hasta que remitiera la presión policial. Sin embargo, habíamos empezado a comprender los signos y sabíamos que lo que iba a ocurrir era necesario. Era simplemente algo por lo que teníamos que pasar. ¿Acaso no nos habían dicho todo esto de antemano? Y ¿No nos había prometido el Lama su protección, ocurriera lo que ocurriera? Sabíamos que todo lo que estaba sucediendo venía de él; por lo tanto nos dejamos detener.
La policía había hecho un buen trabajo. Habían atado cabos y tenían datos suficientes para detenernos. Precisamente en aquella época, en Dinamarca querían cambiar la calificación del contrabando como infracción leve en acto delictivo, y para ello necesitaban casos de prueba y mucha publicidad. En un país pequeño como el nuestro, con impuestos altos y un largo litoral, el contrabando es tradicional, y siempre habíamos considerado nuestra actividad como un divertido deporte de caballeros.
Entretanto, sin embargo, un número creciente de extranjeros había entrado en el negocio con métodos que no eran tan caballerosos. Por otra parte, las drogas realmente duras, como los derivados del opio, estaban llegando en cantidades cada vez mayores y eran utilizadas por personas de las capas desfavorecidas de la sociedad que no tenían otra alternativa. El Gobierno, obviamente, quería poner fin a todo esto.

Philip Jones Griffiths / 1961
Fotografía


Aunque Hannah y yo siempre habíamos vivido con el máximo de economía, pues identificábamos frugalidad con libertad, la policía todavía pudo demostrar que habíamos gastado más en coches y viajes (nuestros únicos gastos reales) de lo que yo podía haber ganado con mi trabajo de profesor. La cuestión era: ¿hasta qué punto debíamos aceptar las acusaciones? Teníamos que colaborar en cierta medida, de otro modo la mujer embarazada a quien habíamos enviado el segundo cargamento de cabezas de Buddha tendría que dar a luz en la cárcel. Asimismo, quería que Hannah saliera en libertad lo antes posible —las habitaciones pequeñas con puerta sin tirador por la de dentro no eran exactamente de su agrado—. Sensible a la presión a la que se veía sometida, decidí reconocer lo que ya podían probar. Declaré que Hannah sabía poco o nada de mis negocios. Y con respecto a los traficantes, yo sólo conocía a un árabe llamado Joe. Repetí esta historia en todos los interrogatorios y dije a la policía que no deseaba implicar a mis amigos o tomar su destino en mis manos. Los dos policías que me interrogaron no quedaron muy contentos pero, como habían estado en la Resistencia durante la II Guerra Mundial, al menos podían comprender mi situación. Sabía, sin embargo, que tenía que llevar el caso ante los tribunales lo antes posible a fin de que no pudieran disponer de la información que habían ido a buscar al próximo Oriente; tenía que convertir nuestro caso en una causa urgente.
Así, pues, un buen día me clavé un cuchillo en el pecho, despacio y conscientemente, conduciéndolo a lo largo de las costillas a fin de no hacer muchos destrozos. El dolor no era excesivo; lo más desagradable era el ruido con que los músculos se separaban de las costillas. Pero con el cuchillo clavado hasta el mango en mi pecho, la cosa parecía suficientemente dramática y las autoridades creyeron realmente que había intentado suicidarme. Me llevaron al hospital penitenciario, y cuando la policía me preguntó qué pretendía con mi acción les dije que para mí el cuerpo tenía poca importancia si no podía dar amor a los demás. Tal vez no entendieron del todo que, por mi libertad y para poder estar con Hannah y mis amigos, sufriría de buen grado cualquier dolor. Entonces vieron más que nunca que allí actuaba un poder especial y, así, aceleraron el juicio.
Aunque sólo nos vimos una vez durante todo este tiempo, Hannah y yo teníamos un contacto constante, que siguió aumentando en intensidad con las cartas que nos escribíamos a diario, ambos anotábamos la hora en que pensábamos o sentíamos algo, y siempre era la misma para los dos. La policía, que leía nuestro correo, pronto abandonó sus intentos de ponernos uno contra el otro; vieron que teníamos un vínculo telepático. Un famoso psicólogo danés, a quien más tarde mostraron las cartas, nunca había visto nada parecido.
E1 lazo entre Hannah y yo se intensificó aún más. En un breve espacio de tiempo ambos tuvimos las mismas experiencias. Y, cuando descubrí por primera vez (en esta vida) la meditación, ella lo sintió en seguida. De forma muy típica, mi primera experiencia de meditación tuvo lugar al intentar enseñar a otro. Mi compañero de la celda del hospital era un pobre tipo que, aunque estaba muy mal de salud, por alguna razón no le habían dado la pensión de invalidez, que normalmente es muy fácil de conseguir en Dinamarca. En vez de refugiarse bajo las amplias alas protectoras del estado, se había convertido en un ladrón independiente, y muy eficiente además. Nunca entendí del todo su historia. Y para él tampoco tenía mucho sentido, pero yo no podía evitar sentir compasión por su estado mental de frustración e inestabilidad.
Un día me oí decir a ese hombre: “Lo que necesitas es practicar la meditación”. Por mi parte, lo único que sabía sobre ella era lo que había leído del libro tibetano, pero, para mostrarle al menos cómo era vista desde afuera  me senté en la postura erguida que conocía por las pinturas y las estatuas de Buddha. Apenas acababa de poner el cuerpo y las piernas en la postura adecuada, cuando algo asombroso ocurrió: todo se volvió radiante y me sentí como si flotara en el aire —dejé de sentir mi cuerpo—. Una especie de dulce presión crecía detrás de mi frente, como si hubiera un viento suave por debajo de mi cráneo. El Lama, Hannah, mis padres y amigos —todo lo bueno— estaban muy presentes, y había una gran alegría. También Hannah experimentó esta gran apertura y alegría, y en su siguiente carta me preguntó “¿Qué hiciste a esa hora? Debe de haber sido algo realmente bueno”. A partir de entonces ambos meditamos muchas horas cada día.
Salí del hospital penitenciario y volví a mi celda solitaria. Los dos tuvimos mucho tiempo para la meditación. Uno de sus efectos frecuentes era la sensación de una presión dentro de mi cabeza, que a veces se hacía intensa y pasaba de la frente a la parte superior del cráneo. Durante un momento llegué a sospechar que había contraído una meningitis en el Nepal,  pero la sensación parecía tan “correcta” que no quise hablar de ello nadie. De un modo u otro, esto también venía de nuestro Lama, y ¿qué  podría uno decir a un médico sobre tales experiencias interiores? Preferí correr el riesgo de estar gravemente enfermo a perder aquella maravillosa sensación de unidad total.
Entretanto, uno de la policía me había devuelto nuestros protectores, con ellos un maravilloso rollo pintado de Dolkar, la compasión de todos los Buddhas bajo la apariencia de una perfecta figura femenina de luz. Su blanco resplandor ahora llenaba la celda. El policía los había encontrado en nuestra casa, bien a la vista encima de una mesa donde era muy fácil verlos, aunque en el momento de la detención no pudimos encontrarlos. Una noche vi claramente el poder de estos diagramas.

Kevin Bubriski / 1985
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Siempre he buscado, y he llevado, una vida muy agitada y excitante. Cuando era niño, los árboles más altos no eran bastante altos para mí, y más adelante las motocicletas más rápidas no eran bastante rápidas; el miedo y la ansiedad son cosas que nunca conocí realmente. Cuando otros se apartan de las situaciones peligrosas, lo que permite que se manifiesten los sentimientos de temor y separación, yo me lanzo directamente a ellas y experimento una gran alegría y excitación al hacerlo. Una noche, sin embargo, me desperté en mi celda sintiendo una presión en el corazón que debe de haber sido miedo, auténtico miedo. Intuí que, de algún modo, tenía que ver con el protector que llevaba colgado al cuello; me lo quité y lo puse en el estante que había sobre mi cama. La sensación que tenía en torno al corazón desapareció y pude dormir otra vez. Las celdas estaban completamente a oscuras por la noche —teníamos hábiles servidores hasta para las cosas más simples, como encender y apagar las luces—, pero a la mañana siguiente pude ver lo que había ocurrido; uno de los hilos que rodeaban el diagrama se había desatado y había cambiado de forma. Volví a darle la forma correcta y desde entonces siempre he estado muy atento al estado físico de mis protectores. Es prudente guardar este tipo de protectores dentro de una bolsa. También nos trajeron los libros Yoga Tibetano y Doctrinas Secretas, que nos habían acompañado en nuestro último viaje, y entonces tuvimos realmente mucho tiempo para entrarnos en ellos. Siempre en conexión directa, nos abrimos paso a lo largo de las páginas que enseñaban la meditación y compartimos fantásticas experiencias. Con más suerte que prudencia, utilizamos con éxito métodos muy avanzados sin sufrir ningún daño y pronto estuvimos realizando prácticas que requieren la Iniciación de un maestro autorizado y una larga preparación.
Después de mi simulacro de suicidio, la policía trabajó deprisa y nuestro caso pasó al juez al cabo de seis semanas. El nombre del juez era “Blanco”, lo que nos pareció una buena señal. Di mi explicación como en trance, oía hablar a mi voz y al mismo tiempo tenía la sensación de que no era yo quien hablaba. Les expliqué cómo creíamos en la expansión de la consciencia y que el “hash” nos había ayudado a ser menos agresivos y a estar más abiertos a los demás. También les hablé de las curaciones y del Lama del Nepal. ¡Drogas, curaciones, la liberación de la mente! En aquella época lo mezclábamos todo y pensábamos que, si los frutos eran tan buenos, el árbol también tenía que serlo. No veíamos que en este juego había frutos y árboles muy diferentes. Olsen y Nielsen, los investigadores principales, estaban de nuestro lado. En el tribunal se extendió un sentimiento como de Navidad, y al cabo incluso el fiscal nos defendía. Obtuvimos la sentencia más suave posible en este caso: Hannah pudo salir enseguida, y yo tuve que cumplir cuatro meses. Contando el tiempo pasado en prisión preventiva, estaría libre el día de San Juan.
La policía, no obstante, sabía que le habíamos creado dificultades durante muchos años. Solos o con amigos, habíamos hecho lo posible para obstaculizar su trabajo y ayudar a los que tenían problemas. Habíamos ocultado las huellas de otras personas, habíamos ayudado a poner a salvo a camaradas y mercancías, y nos habíamos vengado de los policías que habían tratado a nuestros amigos con demasiada dureza. Estaban muy irritados por la benignidad de la sentencia y apelaron inmediatamente. Sabíamos que querían sangre y que por entonces tendrían probablemente nuevas pruebas, más acusadoras, procedentes del Oriente Medio. La situación parecía realmente grave. Y, encima, los tribunales supremos estaban saturados de trabajo Y la apelación no se podría ver hasta septiembre. Estábamos entonces a primeros de abril, y querían tenerme encerrado hasta el momento del juicio.
   Hannah, que sufría por nuestra separación a pesar de la comunicación telepática, cayó enferma al saber la noticia. Consideramos entonces dos posibilidades: o bien el Lama nos ayudaría tal como había hecho antes (aunque no podíamos imaginar cómo), o bien intentaríamos la última meditación del  libro —la llamada transferencia de la consciencia, mediante la cual un practicante puede  abandonar su cuerpo conscientemente.
   Una práctica de este tipo era un método favorito del gran yogui tibetano Marpa, pero como muchos habían hecho mal uso de esta práctica, su transmisión se dejó extinguir. En una primera lectura rápida de la descripción de esta práctica en el libro, no habíamos captado su verdadero propósito. Pensábamos que podríamos abandonar nuestros cuerpos en estado de hibernación durante el tiempo que permaneciera en la cárcel, y mientras tanto nuestras mentes podrían moverse juntas libremente. Esta enseñanza, sin embargo,  se refiere a la mucho más importante transferencia de la consciencia en el momento de la muerte física, lo que, con toda evidencia, no nos habría sido útil en nuestra situación, ya que nuestra intención era seguir viviendo.
Muchos lectores tal vez se preguntarán cómo podíamos creer en semejantes cosas después de haber pasado tanto tiempo estudiando en universidades e incluso enseñando materias prácticas como filosofía o lenguas extranjeras. Sin embargo, ya en aquella época Hannah y yo estábamos convencidos de que los únicos límites de la mente son los de la ignorancia y el pensamiento habitual: su verdadera naturaleza es ilimitada. La comprensión de este hecho va a convertirse en certidumbre, para nosotros y para innumerables amigos, en los años venideros. Y lo que por entonces habíamos experimentado no era más que la punta del iceberg, comparado con lo que siguió.

Kevin Bubriski / 1984
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En medio de nuestro dilema escribimos a menudo al Lama Chechoo contándole lo que ocurría y pidiéndole ayuda. Unas tres semanas después del juicio sucedió algo probablemente único en la historia de la justicia danesa. Sin dar ninguna explicación, la apelación fue retirada. Es probable que nadie sepa exactamente qué pasó.
Nosotros sólo sabíamos que el fiscal y la gente del grupo antidrogas estaban enfadadísimos; decían que alguien debía de haberse vuelto loco en el ministerio de Justicia y habría retirado por accidente la apelación. También sabíamos que en aquellos momentos el Lama Chechoo se había encerrado en su habitación, en el Nepal, durante cinco días. Estaba haciendo una especie de meditación sobre los sueños en la cual la mente abandona el cuerpo bajo una forma de un determinado aspecto de Buddha y puede viajar a cualquier parte. ¿Es extraño que le amemos tanto?
Después de los tres meses de reclusión solitaria, las últimas semanas las pasé con otros reclusos, y en ese tiempo no ocurrieron tantas cosas. Fue más una ocasión para observar los viajes de mis colegas, en su mayor parte bandas de peleadores, impostores y borrachos, y era imposible no sentir una densa compasión por ellos. Cuando nos aferramos a este mundo considerándolo real, el sufrimiento también es real, y uno se encuentra con graves problemas.
Celebramos mi liberación con una gran fiesta el día de San Juan. Hannah y yo estábamos exultantes de alegría por estar de nuevo juntos, y también nuestros amigos y especialmente nuestros padres. Decidimos no volver a hacer nunca nada que pudiera conducir a nuestra separación, sabiendo que eso significaba el fin del contrabando.
Por entonces tuve la oportunidad de sacar algunas conclusiones de las experiencias que tuve repetidas veces en la cárcel. Los amigos que me visitaban me pasaban a menudo pedazos de “hash”. Al fumarlo más tarde en mi celda descubrí, con sorpresa por mi parte, que no favorecía en absoluto mi meditación, sino que en realidad la debilitaba y la hacía más superficial. Cuando había encontrado paz intemporal, concentración y alegría, todo ello desaparecía a la primera calada y acudían en tropel pensamientos confusos como si todas las energías positivas hubiesen desaparecido. No obstante, durante las largas celebraciones que siguieron a mi puesta en libertad, esta comprensión desapareció bajo nubes sociales de humo. Una vez más éramos los guías en el viejo ambiente de las drogas.
Por suerte, nuestras conexiones con el Lama Chechoo no se podían perder en ningún estado mental. La dulce presión de la meditación estaba constantemente ahí, prometiendo la apertura a otras dimensiones en cualquier momento. Todo tenía un sentido expansivo, de muchos niveles. Nuestro mundo era completo y nosotros éramos felices. Pasamos una maravillosa temporada meditando en nuestra casa de Suecia mientras esperábamos que las aguas volvieran a su cauce, y al cabo de unos meses llegó la señal que habíamos estado esperando. Nuestro viejo amigo Alan, el pelirrojo, con quien habíamos compartido muchos ratos de escalada en Escocia e innumerables  experiencias emocionantes en todas partes, vino a Dinamarca. Quería arreglar un autobús Volkswagen usado con Bill, su amigo americano, para ir a Nepal. Tomamos nuestras mochilas y partimos.

* Título de la redacción

 

 

 

Ciclo Literario.