Cuando volví a Santiago

Artemisa Vega


Fernanda, hacía mucho tiempo que no te soñaba. Y debo reconocer que también he dejado de hablarte, así, como solía, de forma muy íntima, en silencio, apartada y dibujando paisajes en mi restirador  mientras te contaba algunas de las cosas que me han sucedido desde que tú no estás. Comunicarme contigo de esa manera era algo que disfrutaba, hasta que fue malentendido y, para evitar la odiosa vigilancia de tu papá sospechando en todo momento que estaba a punto del suicidio, poco a poco lo fui haciendo a escondidas, y después lo abandoné. Pero, ¿sabes?, lo extraño. Me hacía sentir ligera de esa necesidad de estar cerca de ti que me ponía ansiosa e irascible cuando recién te perdimos, hasta que encontré el modo de estar unidas de nuevo. Ahora estoy demasiado ocupada organizando los papeles de la constructora, y es otra de las razones por las que casi no tengo tiempo para ti. Cada vez tengo más responsabilidades en la oficina y, aunque es un trabajo que no me gusta, Alonso dice que le hace bien a mi salud. La verdad es que ya no puede pagar a la secretaria ni al contador y, bueno, yo hago ahora su trabajo. Sería más interesante si participara en los proyectos dibujando los planos o supervisando las obras, al fin y al cabo estudié para eso. No insisto porque noto su desconfianza; inevitablemente, acabamos discutiendo.

W. Eugene Smith / 1956
Fotografía

     Cuando vivías, renegaba dedicar tanto tiempo a la casa y hubiera querido tener, aunque fuera por unas cuantas horas, alguna tarea en la constructora. Por lo visto fueron demasiados años los que dejé pasar; hoy día sería imposible que tu papá me diera una oportunidad. Cuando éramos estudiantes yo le hacía a Alonso los trabajos más difíciles, los de mayor precisión en la clase de dibujo, porque él no era bueno, o no tanto como yo.
En fin, dejemos eso. Ya pasó y mi terapeuta enfatiza, cada vez que intento volver a asuntos como ése, la importancia de no volver al pasado, de estar en el presente. Por cierto, esa es una teoría que no entiendo. Veamos,  ¿por qué no volver, por ejemplo, a ti, que eres pasado pero también presente?, ¿sólo porque puedes significar dolor? Me he dicho, a partir de estas preguntas, que sí, a veces es tormentoso pensar en ti,  pero traerte a la vida diaria con cualquier pretexto me llena en otras ocasiones de una alegría callada, inexpresable, que puede prolongarse y a la que recurro cuando me siento hastiada de ver y sentir siempre lo mismo.
Es como cuando volví a Santiago y me reconoció la mamá de una de tus compañeras de ese entonces. Una niña alta y seria, diferente a ti, pero que a veces venía a hacer la tarea contigo porque su casa estaba a unas cuadras de la nuestra, y luego juntas se iban  al parque a dar unas vueltas en tu bicicleta o en tus patines.
Entusiasmada y sorprendida de verme, la señora me invitó a comer. Desde que me saludó supe que no haría preguntas, que sabía lo que había pasado con nosotros, y así fue. En su casa tardamos horas viendo las fotografías de su hija, y varios videos. La chica es guapa, se graduó hace un año como ingeniera bioquímica y vive en el extranjero con un muchacho que conoció allá, no tan apuesto como ella, pero muy trabajador. No sé, pero toda esta historia con sus detalles e imágenes era tan agradable que me hizo fantasear y decirme que esa joven eras tú y a ti a quien habían sucedido aquellos viajes, celebraciones y encuentros felices. Así pasé toda la tarde en aquel lugar y, al despedirme, mi sensación de plenitud fue total. Sí, claro, sé que todo eso me lo inventé, me pasé mi propia película, o más bien la tomé prestada, pero pudo haber sido, y me gusta sentir que tú eres una posibilidad. Que alguna vez, de algún modo incomprensible todavía para mí, tendrás otra oportunidad.
Pero ahora quiero contarte un sueño, el más reciente. Fue tan especial que, durante días, no he hecho otra cosa que recordarlo y recordarlo pensando en ti y, particularmente, en el hombre que me acompañaba y a quien, debo decirte, he inventado. No existe ni existirá más que en mi imaginación. Mira, todo empezó con un llamado.
—Mami, ábreme la puerta.
Era tu voz, pero tenía un tono extrañamente infantil que me sobresaltó. De inmediato le pedí a Felipe (el hombre del sueño) que abriera —la puerta estaba más próxima a él que a mí—para que entraras. Tu voz me sorprendía en medio del cansancio, pero era tan enérgica como para imponer su urgencia. Me sacabas así de la desaparición total en la que puedo sumergirme de vez en cuando con placer después de un día ajetreado y sin grandes resultados. Sabía que llegarías durante la noche, por eso no dudaba que fueras tú  y nadie más quien llamaba.

W. Eugene Smith / 1951
Fotografía


— ¡Felipe, levántate!, ¿qué no la escuchas?
Y el Felipe aquel, quien intentaba sustraerse también del tráfago de la rutina con una entrega más apremiante que la mía, contestó de mala manera “ya, ya, ya voy”, y se lanzó al jardín. Al salir, el frío soterrado y calmo se dejó venir a la alcoba helándome desde la nariz hasta los dedos de los pies, mientras un silencio lunar espesaba la oscuridad. Al poco rato entraba Felipe, sin ti.
— ¿No está?.... Pero, ¿a dónde se fue?    
Él decía haberte escuchado, como yo. Casi al tiempo, sonó el teléfono. Era tu voz otra vez, pero ahora joven y madura. Estabas en casa de una amiga, ya era tarde y mejor te quedabas allí. No quise agregar nada, y nos despedimos. Afuera, el viento empezó a silbar y azotó la verja que suele estar cerrada. Felipe y yo creímos de pronto escuchar unos pasos cortos y apresurados que pisaban las baldosas del patio, alejándose. Corrimos hacia el frente de la casa, pero sólo alcanzamos a ver una sombra que se esfumaba dejando caer algo al piso. Volvimos luego a la recámara, confundidos.

Al otro día, al despertar, Felipe — quien en realidad no te había conocido salvo en las fotos del álbum familiar, pero te habría gustado, estaba segura—, me encontró dormida bajo el árbol donde planté tu ombligo cuando naciste. Me servía de almohada una prenda de lana; la misma que aparté de entre las cosas viejas que habían salido sabrá dios de dónde — ya sabes que en los sueños las cosas suceden, y ya. Con muchos trabajos, Felipe pudo despertarme. Desde hacía tiempo, mi deleitoso dormir sólo había sido posible con una buena dosis de somníferos, le decía. También que llevabas puesto ese abrigo rojo el día que tu padre y yo te dejamos en un lugar que parecía inofensivo. Era lo único que  habíamos recuperado de ti — el abrigo— añadí, mientras el hombre de mi sueño intentaba cubrir con él mi cuerpo desnudo.

 

Ciclo Literario.