Saint-Arnoult *

Marie Claire Figueroa


Alto y de complexión robusta, Edmond Angot mostraba siempre una sonrisa jovial que comunicaba a sus ojos azules un destello chispeante, excepto cuando regañaba a la Grosse Mère (“La Gorda”); ésta no tenía nada de gorda, pero ¡tan distraída, la pobre tía!
 El apellido Angot fue famoso en varias épocas: por una casa solariega del siglo XVI que perteneció a Jehan Ango o Angot, nacido en una familia de ricos navieros cuyo pabellón se avistaba por todos los mares del mundo. Entrado en los favores del rey Francisco Primero, quien lo nombró gobernador del puerto de Dieppe, le prestó grandes sumas de dinero… que nunca recuperó. Su casona en Varengeville, cerca de Dieppe, es ahora una granja muy famosa por un palomar de curiosa construcción. Más cerca de nosotros La fille de Madame Angot, opereta de Charles Lecocq, se presentó, con mucho éxito, en 1872. Finalmente, no podemos pasar por alto el nombre de Christine Angot, escritora muy de moda en Francia, desde hace varios años. El tío no tenía nada que ver con ninguno; sin embargo, la gente, al escuchar su nombre, le preguntaba si era suya la casona de Varengeville, situada a pocos kilómetros de su propia casa. Hubiera podido inventar y presumir, pero no era su estilo, no le gustaba el show-off .

Doisneau / 1940
Fotografía

A pesar de nuestras travesuras, rara vez elevaba la voz y nunca nos pegó (tampoco la tía, quien era un verdadero pan). Desde mis más antiguos recuerdos, lo conocí casi calvo y llevaba una boina vasca negra para salir; yo me admiraba cuando, al regreso, la lanzaba desde la puerta hasta uno de los ganchos del vestíbulo; rara vez fallaba. Se afeitaba con una navaja de largo mango y las razuradoras eléctricas eran objeto de violentos vituperios: “Otra invención de los americanos, refunfuñaba, esto y sus injertos de manzana y de durazno, un verdadero despilfarro de energía”. Se le olvidaba que la razuradora corta, de pequeña navaja, fue inventada por Gillette, un gringo que se hizo millonario con el artefacto.
            De padres campesinos propietarios de una granja ¾la tierra de Normandía es una de las más fértiles de Francia¾, estudió humanidades con latín y griego en el Liceo Corneille de Rouen. Era capaz de recitar el primer párrafo de la arenga de Cicero en contra de Catilina; sólo me viene a la memoria el principio de la célebre oración con la que el orador interpeló, en pleno senado romano, a ese hombre político depravado: “Quousque, tandem, Catilina, abutere patientiam nostram…”. Luego, el tío Edmond se recibió de ingeniero químico. Tuvo una cervecería en el norte de Francia, en la ciudad de Calais; el Pas de Calais, estrecho de escasos 35 kilómetros entre Francia e Inglaterra, comunica el Canal de la Mancha con el Mar del Norte y constituye uno de los pasajes marítimos más frecuentados del globo. Los ingleses lo llaman Straits of Dover o the English Channel (el instinto conquistador inglés tenía que asomarse). Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el tío fue llamado como todos. Primero se enroló en los “cazadores alpinos” ¾de ahí le vino la costumbre de usar la boina¾ y luego lo mandaron a pelear hasta Salónica y el estrecho de los Dardanelos. Allá se enfermó de disentería y paludismo pero, por lo menos se salvó. En cambió su hermano Eugene murió en la tristemente célebre Batalla de Verdun.
Durante todos esos años, mi tía Renée se quedó al frente de la cervecería. Tiempo después, mi tío heredó varias granjas y la mansión de Saint-Arnoult. Allí se instalaron definitivamente y, al principio, trabajó en un ingenio con su amigo Monsieur Verquin, dueño de éste. Luego se retiró, todavía joven, para administrar su patrimonio. Su madre vivió sus últimos años con ellos y murió a los 90 años. A pesar de que no era mi abuela, la llamaba “Memé Angot”; la quería mucho.
Mi tía, alta y delgada, era, como lo dije, buena como un pan. Para ella su marido siempre tenía la razón, aun cuando llegó a engañarla ¡Oh, cuántas veces!, con la viuda de un antiguo camarada de guerra. Cuando mi tío enviudó, esta mujer hacía pequeñas estancias en Saint-Arnoult hasta que se lo llevó a su casa cerca de Rouen, cuando se dio cuenta de que, a los más de 90 años, no podía seguir viviendo solo. Lo cuidó ya no como amante sino como madre cariñosa hasta su muerte, a los 100 años. Poco antes, yo lo había visitado con dos de mis hijos; ya se había encorvado, pero su mente había perdido muy poco de su lucidez.
Mis tíos habían tenido un hijo Jean que conocimos sólo por su foto, vestido de marinerito. Murió en Niza, de cuatro o cinco años, en la Costa Azul, en donde solían pasar el invierno, como lo expliqué antes. Fue un accidente pavoroso. Mi tía, distraída como siempre, atravesó una calle sin percatarse de la llegada de un carro y, sobre todo, sin darse cuenta que el niño se había quedado en la banqueta. Cuando el pequeño Juan corrió tras ella, el coche lo alcanzó y lo mató. Es difícil entender lo sucedido, a sabiendas que, en esa época, los carros no corrían a gran velocidad. Es un hecho que mi tía era sumamente distraída, tan distraída que, a veces, durante las comidas, se veía rodeada de tenedores, cucharas y cuchillos, mientras sus vecinos de mesa buscaban los suyos.
 A menudo invitaban amigos de los alrededores a jugar bridge y mi tío le reprochaba sus innumerables distracciones: ¾Allons, Grosse Mère, réveille-toi. Si faltaba un cuarto jugador, me metían al juego y ¡cuidado si me equivocaba! Pronto tomaba el lugar del “muerto”, aliviada de los pasos intricados del juego. Desde esa época, detesto los juegos de mesa.
Mis tíos querían mucho a los niños y sus sobrinos vinieron a tomar, poco a poco, el lugar del pequeño Juan. Primero mi prima Jacqueline que murió casi a los 100 años en 2008. Hacía largas estancias en Saint-Arnoult o con nuestra abuela de Caudebec, mientras su mamá, la tante Berthe, la hermana mayor de la mía ¾tenían 19 años de diferencia¾ se divorciaba del tío Fernand. Éste, muy trabajador, tenía una granja cerca de Dieppe; se enojaba mucho, porque en lugar de ocuparse de las faenas que le correspondían y coordinar la servidumbre, su mujer se la pasaba caracoleando en el corral sobre su caballo; al menos es lo que me contaron. Mi mamá lo invitaba a veces en París en donde vivía con otra señora. Me caía muy bien y me dio tristeza cuando lo ví, por última vez, en su cama del hospital Saint Antoine, uno de los más viejos de Francia, si no el más viejo. No sé lo que más me impresionó, si la vetustez de los muros, las cortinas entre las camas de una inmensa sala común, o el estado deteriorado del tío quien, debe uno precisar, se había vuelto alcohólico. Mi prima, que vivió con la tía Berthe hasta la muerte de ésta, estudió enfermería y, durante su vida activa, fue asistente social de los marinos, cuyas familias eran pobres e ignorantes. Se dedicaba mucho a ellas. En una ocasión, llegó a su casa totalmente deprimida: un niño se había asfixiado con un fríjol que sacó de la olla en donde estaban remojándose. Sólo un instante salió la mamá; cuando llegó, el fríjol que se había hinchado al pasar por la traquea,  tapó la vía respiratoria del pequeño.

José M. Rodrigues / 1966
Fotografía


Mi prima Jacqueline, hermosa mujer pelirroja, de rasgos  y de modales finos, nunca se casó; su madre le repitió siempre el mismo sonsonete: “Hija mía, no te cases nunca, los hombres no valen nada”. Así que mi prima se lo creyó y no se casó. Sin embargo, muchos años después, tuvo un gran amor, otra asistente social, Liliane, hombruna, bigotona, pero, a final de cuentas, muy simpática, y si estuvieron felices juntas, que más da. Ambas, amables y serviciales, dedicadas a su carrera, eran cariñosas con los múltiples sobrinos de cada una. Y, por supuesto, cuando se invitaba a una, se invitaba a la otra.
Mis hermanos y yo no queríamos a la tía Berthe, siempre nos decía cosas desagradables. A mí me llamaba “La Peste”, seguramente porque no me dejaba. Ella prefería a Bernard que sabía granjeársela; lo invitaba seguido a pasar sus vacaciones en Dieppe. Francis y yo preferíamos Saint-Arnoult.
Al llegar a la casa de mis tíos, me precipitaba sobre los plantíos de fresas, enormes y jugosas, pero lanzaba gritos de rata (dicen en España) cuando me aparecía una babosa. Buscaba también en las orillas de la hortaliza en donde se escondía la fresa diminuta de sabor celestial, no menos; la llaman “fraise des bois”, porque se puede encontrar en los bosques; de hecho es una fresa silvestre. En numerosos arriates, se cultivaba de todo, claro, todo lo que se daba en un clima húmedo y una tierra feraz. Cuando llegaba el tiempo de la cosecha de alguna verdura, comíamos, día tras día, ejotes, chícharos, espinacas, habas, puerros, coliflores; hasta los jitomates crecían gracias a la orientación sur de la hortaliza. Comer siempre lo mismo enfadaba a mi padre cuando venía con nosotros; a mí no, siempre cuando me pusieran azúcar encima de las espinacas, con tal de que me las comiera.
Perales y manzanos bordaban el camino central y los laterales. Daban frutos exquisitos, desgraciadamente la mayoría está en extinción. Cuando aparecieron en el mercado los primeros injertos americanos de manzanas y de duraznos (la golden, el durazno amarillo, etc.), el tío no paraba de mostrar el sinsabor de estos en comparación con aquellos. A mis hermanos y a mí nos gustaba la fruta. Después de cortar peras y manzanas, todavía un poco verdes, la tía las colocaba con delicadeza en cajas agujeradas en una bodeguita del rincón del jardín: le fruitier, en espera de su maduración. Desgraciadamente, la tía no tenía muy buena vista y nos servía la fruta cuando ya estaba demasiada madura, fofa, con una mancha café en el corazón, pero, eso sí, dulcísimas. Mientras nos las comíamos a regañadientes, las otras, ya en su punto, se volvían iguales de fofas. La pera “lune”, redonda como el astro en su plenitud, era, de por sí, pastosa, la “Louisiane”, la “Louise-bonne”, nombres dados por alguno de los reyes de Francia, tenían mejillas rojas muy apetecibles y el jugo de la William se nos escurría de cada lado de la boca.En cuanto a las manzanas, ¿quién se acuerda ahora de la Calville, de la Benedictin o de la Boscop?
Al lado del fruitier, otro cuartito, éste sin puerta, estaba destinado a los conejos. Unos doce cajones con malla metálica se encimaban, habitados por familias enteras; encerrados, los pobres animales no hacían más que comer su alfalfa y reproducirse. A veces, yo acompañaba a la sirvienta a la orilla de la carretera en donde cortábamos hierbas, trébol, llantén. De vez en cuando, sacábamos a los conejos al jardín de la entrada en dos o tres grandes jaulas de malla. En ese jardín expuesto al norte, soplaba un viento glacial en invierno. Allí crecía la hierba a su antojo; se cortaba con guadaña de vez en cuando. Dos arriates ostentaban orgullosas dalias púrpuras, una soberbia araucaria se elevaba frente al comedor; a la derecha, unos arbustos ocultaban la reja de entrada a la propiedad y, al fondo, cerca de la carretera, un pino y dos hayas, bordados por setos llenos de bolitas translúcidas y venenosas que me gustaba coleccionar o reventar; atrás de aquellos me escondía para comer las almendras triangulares de las hayas, pero tan llenas de aceite que me provocaban diarreas enigmáticas para todos (para mí también) hasta que me sorprendieron en la faena de quitar la cáscara a las diminutas semillas.
Muchos años más tarde, un relámpago cayó sobre uno de los árboles del fondo; ese gigante con oscuros designios alcanzó a desparramarse sobre el techo de la casa y lo partió en dos. ¡Ay de mis tíos! ¡Modernidad obliga, sustituyeron las pizarras por unas sintéticas!

Doisneau / 1940
Fotografía

Pero regresemos con nuestros conejos dejados en las jaulas del césped. Parecían aburrirse más que en sus cajones o, tal vez se figuraban que la hierba de afuera era más apetitosa: a todos nos pasa, ¿por qué no a los conejos? El caso es que cavaban hoyos debajo de la malla y se escapaban. No iban muy lejos sino que satisfacían su antojo. Al verlos, toda la gente de la casa, los tíos, nosotros, el jardinero y la sirvienta, se movilizaban para atraparlos; eran carreras jocosas, festivas, en las que se trataba de obstaculizar la fuga de los pequeños cuadrúpedos a la carretera en donde arriesgan un aplastamiento total. Durante la guerra, comíamos mucho conejo, con mostaza o ciruelas pasas, o simplemente en su jugo. Como buena hija de curtidor, mi tía se ocupaba de las pieles. Después de curtirlas dejándolas secar al sol, hacía pantuflas, cuellos y cobijas. Ni modo, nadie podía comprarse estolas de visón, à la guerre comme à la guerre (tal el tiempo, cual el tiento, otra vez dicen en España).
Al fondo de la huerta, una verja se abría sobre una pradera en donde pacía el ganado de los Beauchamp, medieros de la granja vecina que pertenecía a mi tío; a 20 metros, una segunda reja daba acceso a otra  huerta en donde me atiborraba de frambuesas, cerezas y duraznos blancos llamados “duraznos de vid”, quién sabe por qué. Allí empezaba el huerto de manzanas destinadas a la cidra y al calvados; este último, aguardiente muy fuerte, pero delicioso para los que aguantan, saca su nombre de una región de Baja Normandía, al sur de la Mancha. Señalo de paso que las campesinas ponían unas gotas de calvados al biberón de sus infantes con el fin de “tranquilizarlos”, entiéndase para que dejaran de chillar y se durmieran pronto. Lo mismo hacen las mexicanas del campo, cuando no tienen leche o no la pueden comprar: llenan los biberones con aguamiel.
En aquel tiempo, había todavía mucha ignorancia y poca higiene en el campo. Cuando llegaban mis padres a cobrar el arrendamiento o a renovar el arriendo el día de la San Miguel (29 de septiembre), para agasajarlos, la granjera les ofrecía una taza de café cuya agua hervía todo el día sobre la estufa de leña. Ellos solían rehusarla cortésmente desde que se habían percatado que, mientras platicaba, sacaba su peineta del cabello y la mojaba en el agua del café para peinarse o para trazar surcos sobre la pella de mantequilla recién hecha. Pero, por lo menos, los granjeros normandos, muy ricos gracias a la fertilidad de sus tierras, no dormían en el mismo cuarto que sus animales, como los de Saboya o de Auvernia, quienes cohabitaban con los cerdos, ovejas, cabras o gallinas.
Un nogal dominaba por su estatura y la madurez de sus años el conjunto de manzanos chaparros y torcidos por los vientos. Mi tío solía comer nueces en el desayuno, con pan y mantequilla, repitiendo regularmente el axioma: “Las nueces son oro en la mañana, plata a mediodía y plomo en la noche”. No seguía ninguna dieta, sin embargo, sus reglas para la comida eran sanas y coherentes.
En la pradera, entre la hortaliza y el huerto, había un pajar en donde me gustaba brincar y hacer mil locuras año tras año, cuando venía de vacaciones y volvía a encontrarme con mis compañeras de la primaria. Como no había segundaria para niñas en Caudebec, por lo menos ninguna privada, ellas estudiaban en un internado de monjas, Notre-Dame des oiseaux. Siempre las envidié porque muy pronto me sentí prisionera del ambiente familiar, entre un padre secote y taciturno, una madre poco cariñosa y un solo hermano, ya que Francis también estaba de interno con unos padres cerca del río Loire. En ese pajar, se me zafó una pulsera de filigrana de oro, regalo de mi tía-madrina el día de mi primera comunión. Por una suerte increíble, una de mis amigas la encontró, lo que resultó más fácil que haber buscado allí una aguja y me dio una buena lección: si tú quieres saltar en un pajar, en casa tus joyas debes dejar…

 

Memorias de guerra de una niña, capítulo V.

 

 

 

Ciclo Literario.