Fragmente: sexo consumido y la
consumición  del lenguaje

Alberto Nájera


Hay varios aspectos destacables de éste, el libro más reciente publicado por Lorenzo León Diez (ciudad de México, 1953) Fragmente, diario de un sexoadicto (Ediciones Eón, 2008). Pero antes de entrar en materia debemos recordar que el autor es conocido fundamentalmente como cuentista (fue Premio Nacional San Luis Potosí en 1985 con su libro Los hijos de las Cosas) y son memorables sus cuentos de terror en la Realidad envenenada (Sep-Crea 1986) y Miedo genital (Joaquín Mortiz 1994). Los dos primeros volúmenes fueron reeditados por editorial Almadía, bajo el título La realidad envenenada (2007),una compilación afortunada en la que podemos apreciar la primera etapa creativa de este escritor, en forma unitaria.
En Miedo genital ya habíamos observado un desplazamiento genérico en la narrativa de este autor, pues si bien el libro está constituido por historias breves, es una serie engarzada que narra la catástrofe ecológica y epidemiológica de una ciudad petrolera, a partir de enfermedades venéreas contagiadas a las mujeres por seres subterráneos, quienes producen una “raza fosilítica y péstica”. El libro, reconocido en su momento, llamó la atención por su audacia temática y su agresividad en el lenguaje

Nobuyoshi Araki
Fotografía

León, luego de varios años, da a conocer un libro muy distinto, en estructura, a sus obras anteriores. Ahora, podemos encontrar al narrador nato que cuenta, con oficio y garra, una serie de historias que no son cuentos precisamente, sino anécdotas y sucesos alrededor de un alter ego: Barry. En ellas, los personajes aparecen y desaparecen, están allí pero, al mismo tiempo, son pasajeros, ocupan un momento en el transcurso de los vagabundeos de  un hombre que decae y del que no sabemos mayor cosa, ni en qué trabaja, ni en qué piensa, además de las mujeres que seduce. Digamos que el escritor más que construir, recorta, aísla, despoja de comunidad a su personaje para entrar a una mente obsesionada con “el venirse” y alcoholizarse. Quienes busquen en esta historia a un hombre con el cual se pueda compartir un ámbito, un hábitat, un sentido común sólo hallarán una especie de fantasma que recorre calles, bares y hoteles en búsqueda de la seducción.
Y en estas limitaciones radica el interés de este diario o crónica de un sexoadicto. Porque no se trata, como se podría suponer a primera vista, de una historia pornográfica sino en todo caso pornológica, el sexo que aquí se practica produce fragmentación de la personalidad protagónica pero, también, de las mujeres con las que Barry se relaciona. Esta conciencia sobre la “pedacería” en que Barry se convierte es la que impregna la estructura de la historia. Un logro muy significativo es que, sin seguir el canon de la ficción expansiva, este libro nos atrapa, no nos permite soltar el relato hasta llegar a un final abierto que nos recuerda al cine francés y donde, ante la ausencia de capítulos, se ha deshebrado la línea narrativa, la tercera persona desaparece y surge una especie de teatro. En él, las voces de Barry, Radira (su esposa) y Eleanei (la amante que decide unirse al matrimonio en una “trialidad”) dialogan hasta que reconocen que no tienen palabras para referir lo que les sucede, sexual y emocionalmente. El silencio, aquí, deviene en esa solidez que los cuentistas buscan para significación de sus historias.
Fragmente es una expresión que parece inspirarse en dos preceptos que maneja el poeta Michel Leiris: “La sexualidad como el edificio de toque de la personalidad” y el “no hablar sino de lo que conocía por experiencia y que me concernía lo más cerca posible, para garantizar una densidad particular en cada una de mis frases”. Estas podrían ser claves que nos permitan comprender el itinerario de Barry, aunque no tenemos más datos sobre él que nos orienten sobre su oficio, salvo el de alguien que documenta un estado vital digno de contemplarse en su desarreglo emocional y de la feminidad que refleja.
Las voces femeninas en esta narración aparecen filtradas por una atención “adoratoria”  presentada bajo una polifonía. Así, lo que podría esperarse del subtitulo (una masculinidad dominante y mórbida) resulta más bien un tramado de percepciones a partir de las mujeres con respecto a los hombres: novios, amantes, esposos, y donde Barry mismo está incluido.
El autor logra crear un  personaje decantado en su cinismo celebratorio, como  un espejo de otros muchos hombres que, a su vez, reflejan a mujeres en relaciones donde todo está roto y es –precisamente – fragmental.
Cada mujer es una voz, más que un cuerpo. La sexoadicción de Barry, pese a todo, no es tan simple y este libro podría aceptarse como una aportación en el registro clínico de ese trastorno. Es una obra que no ha subordinado su tema a lo puramente literario; su forma discontinua supone el delirio del que busca los cuerpos de las mujeres sin relacionarlo con ninguna trascendencia o con un plan sentimental, sino donde el deseo se consume en el aburrimiento, y la inconstancia, la variedad, son las técnicas de la despersonalización.
Bajo esta óptica no necesitamos saber más de cada mujer con la que Barry bebe o se acuesta, es más, la pulsión de su sexualidad es, exactamente, un fin en sí mismo, vivir una adoración, un desahogo orgánico y olvidar.

Robert Farber
Fotografía

Ahora bien, la humanidad de Barry no está del todo al margen de una vida familiar, sabemos que tiene hijos, esposa, una mujer muy particular, alguien que adopta el papel de madre y le perdona todo,  complaciente hasta aliarse con el peligro del que Barry es víctima (recibe una golpiza de un hombre celoso que lo manda al hospital). Sin duda este personaje actúa en un perímetro poco frecuentado en la literatura, el de la relación de las mujeres entre sí a través del hombre-amante-esposo. De esto resulta una visión muy concreta de ellas respecto a  la infidelidad. Siendo, como es, un aventurero en diferentes puertos, las mujeres encuentran en Barry un oído para su confesión, y esto emparienta a Fragmente con ciertas narraciones de Henry Miller, en cuyas novelas encontramos una dimensión vibrante de la feminidad. De esta manera, lo que podría creerse un alarde de machismo (o donjuanismo) progresivamente torna en un delirio de imaginería poligámica: cohabitar abiertamente  con dos mujeres, y no engañar.
Entonces el narrador omnipresente se retira.  Si las voces femeninas fueron una variedad fascinante, por la autenticidad de su expresión,  después ya no es necesario describir lo que sucede, que es, por fin, un atisbo amoroso, pero ahora entre Radira y Eleanei. Aquí la historia alcanza una atractiva concentración. Tenemos dos personajes descubriendo sus deseos, su encuentro sexual y su sinceridad emocional. Así concluye el libro, ya sin Barry, con una certeza: la imposibilidad.

No parece adecuado calificar esta obra como experimental, sino quizá como altamente experiencial. La diferencia entre uno y otro término podemos explicarla así: cuando se habla de literatura experimental se refiere el crítico a que el autor está explorando formas y métodos no ortodoxos para realizar la narración, incluyendo estructuras novedosas, prácticas personales que dan la espalda a la tradición. Esto, por supuesto, es un riesgo. Salir del canon nos resta seguridad, eficacia algunas veces, pero quienes tienen el valor y lo asumen pueden imponer saltos cualitativos en la narrativa, como es el caso de Julio Cortázar. Lo experimental que se queda en eso tiene la limitación de su propia audacia, el intento de no alcanzar la nueva forma. En este caso, no parece que el autor de Fragmente haya buscado escribir un relato heterodoxo. En cambio, se advierte que  tiene un oído muy sensible, pues en todos los casos las voces son personales, idénticas solamente a sí mismas. Y el hecho de que sean “fragmentales”, partes de un desarrollo que las excede, nos indica un trabajo muy mesurado y pulido del escritor; estamos ante una obra cuidada en sus variadas aristas. Siguiendo los preceptos de Leiris,  el autor cumple con ellos puntualmente, de ahí que Fragmente tenga un valor documental. Lo experiencial es lo que hace posible a Fragmente, la densidad de sus frases parecen patinar hacia un desfiladero y es, sorprendentemente, una declaratoria de la insuficiencia del lenguaje o la consumición como consumación.

 

 

Ciclo Literario.