El que silba

Roberto Appratto


Anders Petersen / 1968
Fotografía

Uno silba una melodía, de pronto, por ejemplo en un boliche, no toda la melodía, un par de compases nada más; el sonido atraviesa el aire por unos segundos y permanece mientras avanza hacia una mesa; no es de golpe, no, la tenía ya en la cabeza antes de llegar, de alguna manera encontró su lugar y salió, para ponerse en relación inmediata con el silencio que reinaba en el lugar y que es el mismo que se puede esperar de alguien, de cualquiera que llega a un boliche y queda sentado solo en una mesa y continúa el silbido; eso sorprende a los demás, al mozo, al dueño del bar, a los que están sentados en grupo, o de a dos, o también solos en otras mesas, pero no lo manifiestan más que giran unos centímetros la cabeza en dirección a la fuente de sonido, en espera de que cese; la tenía ya a punto de salir antes de llegar, había estado silbando mentalmente esa melodía unos metros antes de la esquina, pero es evidente que, por alguna razón, el volumen del silbido aumentó en el momento justo de entrar y lo acompañó, con la misma fuerza, hasta su lugar, lejos de la ventana; los demás tratan de identificar, tal vez, la melodía, o tal vez el tipo de música que silba, y mientras tanto uno, durante esos segundos en que se concentra en las notas que silba, en el tempo, y trata de que sean exactamente iguales a los de la versión que recuerda, la que tenía y tiene en la cabeza, recupera, al menos, algo de lo que significa esa melodía para él ahora, eso, no estrictamente un significado, sino tal vez un valor, supremo tal como lo ve en ese instante, como si agrupara de golpe, sobre todo por no tener letra, el sentimiento de lo artístico y el efecto de lo artístico sobre la sensibilidad, y él sigue, con la mirada no se sabe dónde, en  un lugar, casi un rincón, desde donde no se ve nada del boliche, es decir: un boliche es un espacio, es el escenario donde se deposita el silbido, y donde, por efecto de esa sensibilidad puesta en acto, aguzada por un juego de circunstancias que sólo él conoce, se sitúa también lo que viene con el silbido, una serie aparentemente infinita de capas de experiencia, todas en el mismo sentido, asociadas no solamente al hecho de silbar, sino a la participación, también corporal, en el silbido, un impulso que corta el aire de manera brusca y que tiene, en el deletreo inspirado de las notas, con fuerza, tal como salen, durante esos instantes y por un tiempo más, en la pausa entre un fragmento y otro, el nombre del que silba, ahí, solo en una mesa, y que se ha convertido para los demás en un loco, un tipo raro que  está escuchando su propio sonido y ve en el aire algo que nadie más ve, en el corte: es la relación que esa sensibilidad establece con lo que ya sabe de sí mismo, una relación condescendiente, amplia, con lo que sabe acerca de sí mismo y que se despliega gracias al arte evocado por el silbido, y permanece, como  una nota invisible, delante de él, en ese lugar del bar, sonando, también para alguien que lo conoce, que recién lo ha saludado en un intervalo del silbido, y sonríe, en dirección a su compañera de mesa, como si supiera algo más: como si pudiera decir algo acerca de él que explicara por qué silba, pero no: no sabe cómo alguien puede atreverse a hacer eso, a ese volumen, a silbar una melodía que apenas llega a entenderse, y que queda como un ruido, una interrupción no necesariamente desagradable del entorno del bar, y que parece una extraña comunicación consigo mismo que él, el que silba, siente como una liberación, primero, y después como un mensaje: qué tema es ése, qué dice la letra, si es que tiene, qué es lo que se comunica; él lo sabe, no se había dado cuenta hasta ahora, cuando la silba por segunda vez, entera, y ve que el nombre de la canción remite, de una manera extrañamente  lúcida, de ésas que hacen creer en las coincidencias o en las revelaciones, a la circunstancia que está viviendo, es decir, la nombra y a la vez le está hablando, le  muestra un ángulo de su vida, y él cree en ese ángulo y en ese título, y más aún, siente una indudable alegría por la coherencia de su vida, que se confirma así, al emitir otra vez  el silbido de manera intempestiva, cortándolo en la misma nota, y entonces se oye, cobra conciencia de sí mismo como un solitario en su drama particular, por lo menos uno que hace de solitario en su drama particular, que actúa cuando está con la mirada perdida entre la gente del boliche, pero no está en el boliche sino en lo suyo, con lo cual aumenta el aura de figura sensible, más que sensible, de tipo que silba una cosa rara de golpe, como si estuviera solo en el mundo, y que sabe por qué; cuando se oye siente que algo se retira, como una nube, del lugar donde representa  lo que quiere decir el silbido, no significa sino quiere decir, y quedan, igual que para los demás, sólo las notas, no necesariamente muy afinadas, que produjo, ya dos veces, a esa hora de la tarde; esas notas, ese acto de silbar, pierden, una por una, todas las connotaciones acumuladas, de sufrimiento, de soledad, de fineza, de excepcionalidad, y quedan como el recuerdo de unos sonidos, no para los demás, pero sí para él, algo que no pudo evitar, que le salió, de esa manera tan espontánea, y que casi sale por tercera vez cuando vuelve el mozo, y él está concentrado en eso como si, ahora que lo ve, algo en su interior las usara como expresión de otra cosa, para entrar en una línea de pensamiento que, de golpe, más allá de lo que percibe como actuación, más allá de la relación con su biografía tal como la ve, en ese lugar, de espaldas a todo, hubiera establecido un espacio sonoro dentro del boliche, un escenario, real, en el cual esa música, que le gusta, sobre todo el modo, sobre todo el pasaje de la primera a la segunda parte, mientras, aunque ya nadie lo mire, se anima a silbar despacio, otra vez, como si fuera todo lo que tiene para decir, como si eso sustituyera, eso, sustituyera, todo su discurso interior, todo el relato, pero en otro plano, que no llega a entender pero lo alegra, de nuevo; no hay palabras, nada explica la fuerza que siente, el calor que siente en la absoluta quietud de su cuerpo, sentado allí, como si estuviera cantando un himno de sí mismo, para sí mismo, como la historia, finalmente, verdadera, de los cruces de su vida, como son, con claridad, y sigue instalado en esa circunstancia cuando se incorpora y decide, después de dos cafés, irse del boliche, contento, veloz por dentro, en razón de esa bella melodía que ha silbado sin pensar y que todavía resuena en el aire, con la misma densidad del principio, con esa potencia, que es la cifra de su pasión, que es lo que le permite caminar erguido por el centro del boliche y volver a saludar, sin dejar de silbar, en el camino hacia la puerta, de alguna manera liberado de algo, musculoso en sí mismo, cuando saluda al mozo y se va.

George Zimbel / 1954
Fotografía

Roberto Appratto nació en Montevideo, Uruguay, en 1950. Es profesor de literatura en educación secundaria y de teoría literaria I y II en el Instituto de Profesores; de narración creativa en la Universidad Católica del Uruguay. Dicta talleres de escritura y escribe poesía, narrativa y ensayos. Ha publicado los poemarios Bien mirada, Cambio de palabras, Velocidad controlada, Mirada circunstancial a un cielo sin nubes, Cuerpos en pose, Arenas movedizas, Después y Levemente ondulado. Como narrador, las novelas Íntima, Bárbara, La brisa, Se hizo de noche y 18 y Yaguarón. Es crítico literario de El País cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciclo Literario.