El Islam
Ebrios están los ángeles, ebria está el alma

 


Si el Corán prohíbe el alcohol, el Islam a menudo invoca la noción de ebriedad, y no sólo en sentido figurado, así como lo atestigua
una literatura prolífica.

Malek Chebel

En el Islam, el éxtasis es, como lo sabemos, el atributo del sufismo.  El término remite a un movimiento espiritual, a una práctica ascética, a una doctrina esotérica, y a una sociología hecha de cofradías. Las influencias zoroástricas, hindúes, budistas,  platónicas, cristianas que se pueden discernir allí están contrarrestadas por una insistencia totalmente coránica sobre la unicidad divina. El dhikr, rumia del nombre trascendente,  representa la vía real de esta unión con el Principio. Pero la cultura musulmana conoce también místicas de la ebriedad, a la vez más ordinarias, más concretas, aunque más inesperadas. Como la del vino, por ejemplo, que ha engendrado una auténtica literatura poética.
        ¿Paradoja o complejidad? El vino, cierto, está prohibido en el Islam, pero existen todavía nidos de resistencia y muchos fundadores quienes, catorce siglos después de la llegada del Islam, mantienen con celo la cepa de la vid, llenan las tinajas del lagar con su vino que va fermentándose, y conservan la cava en buen funcionamiento. Por lo demás, la cultura vinícola se instaló tan bien que se necesitó inventar varias decenas de palabras  para designar la ebriedad y traducir en el campo léxico los matices físicos o metafísicos derivados de aquellas. Palabras venidas de ninguna parte, palabras de Líbano, Siria, Irán, Mesopotamia, y aun de la pudorosa Arabia. ¡Palabras de éxtasis y de pasión! Evocan la locura viñatera y el misterio de la vida nocturna, lo que los discípulos árabes de Baco salmodian  en la taberna (khana) y todos los otros despachos de bebida. Por lo general, un cristiano administraba la taberna y el negociante judío proveía el dulce néctar: esas eran las atribuciones de cada comunidad de antaño en donde cohabitaban en armonía en las mismas ciudades.

Ali Kazuyoshi
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Estos lugares de bebidas, khammarat, se situaban al margen de la sociedad de los creyentes, y se toleraban y se prohibían alternativamente, dependiendo de los potentados en turno. De tal modo que, cuando reinaba la santurronería, los aficionados al vino tenían que pagar el precio de aquello. Pero, en otros momentos, las élites -  a menudo laicas – se sentían mejor armadas para responder a los bruscos y violentos ataques de los religiosos, de tal modo que todos los placeres terrestres parecían más propicios a las más sutiles variaciones, incluyendo la especulación filosófica, el tratado médico o el largo poema en homenaje al vino y a su poderoso magisterio.
Avicenas (980-1037) nos explica, con lujo de detalles, cuáles eran los efectos del buen vino sobre la circulación sanguínea, el calentamiento del cuerpo y la dilución de cualquier melancolía inoportuna. La cultura del vino llegó a un alto grado de refinamiento. La riqueza y la precisión del vocabulario utilizado por los poetas y los bebedores muestran esta profusión. Primero se trata de palabras, las del poeta o del bardo que despiden un delicioso aroma a transgresión y reto: vino virgen (‘anf), arak ambarino (‘arak ‘ambari). Decenas de recipientes sirven para ofrecerlo, ya que se cuentan no menos de diez tipos de cubiletes e igual número de cántaros, garrafas, vasos de cristal, botellas o ánforas.
En cuanto a la poesía, supo rebasar los constreñimientos  ligados al dogma religioso y a la jurisprudencia. Es particularmente abundante como lo podemos ver en algunos pequeños y deliciosos haikus. Uno de ellos se intitula  Ya prepara el vino (Dîr al –‘aqqâr). Es un fragmento de una canción popular magrebina del siglo XIX en donde se trata de un vino profano propicio a todos los reencuentros: “El dulce néctar… sírvenoslo, amigo: / Basta de verlo todo negro… vuelve a darme la vida / Dame de beber… también a mi amada. / Puesto que, esta noche, viene la luz de mis ojos.”
        He aquí, de Shabestari (fallecido en 1320), un cuarteto dedicado al vino místico: “El Universo entero es Su Taberna, / El corazón de cada átomo  Su copa de vino. / Ebria es la razón, ebrios los ángeles, ebria el alma, / Y el aire, y la tierra y el cielo.”  Para Roudaki, poeta de Samarcanda, el vino, de inmediato, hace la distinción entre clases: “Es el vino que descubre el valor de los hombres, / Y que distingue de los siervos aquéllos que nacieron libres.” Finalmente, de Dik al-Jinn, poeta chiíta  de Hims (778-850): “De su pudor el velo, / Al vino de la copa / Puedes confiar, / Y los hilillos del atardecer / A las charlas de la mañana / Se enlazarán pronto”. 
Sin embargo, estamos todavía lejos de encontrar en el Corán, frases como las de Juan, 15, en donde leemos: “Soy la vid verdadera y mi padre el viñador”, “Soy la vid, ustedes los sarmientos”, etc. De hecho, el espíritu que reina en el Corán es sin duda ambivalente en lo que concierne a la interdicción, pero el resultado es inapelable: el vino, el alcohol y cualquier materia fermentada no se aconsejan a los musulmanes a quienes se recomienda evitarlos. Muy pronto, el vino iba a padecer el interdicto coránico, aun si – paradójicamente – será rehabilitado por la cultura dinástica, en particular la de los Abasidas de Bagdad, quienes estuvieron en el poder de 750 a 1258, y de los Andaluces de Sevilla, de Córdoba y de Granada. Cuántos otros poetas báquicos  se han entregado a degustar el vino sin límite y especular sobre sus efectos.
Podemos asombrarnos de la severidad con la cual el vino ha sido prohibido en el Islam, en particular en un famoso hadith del Profeta en donde se detallan las diferentes fases de su transformación: “Dios maldijo el vino, a quien lo bebe, a quien lo sirve, a quien lo vende, a quien lo prensa, al hombre para quien está hecha la prensa, a quien lo transporta, al hombre a quien le es llevado, y a quien disfruta el dinero pagado.” Este interdicto, sin embargo, no tuvo forma de cuchilla definitiva, más bien de una larga sedimentación  pleitista. Como el interdicto fue progresivo, la gente refinada de las grandes ciudades se sintió autorizada a no obedecer de inmediato. Que todo podía esperar, incluido el momento en el que estar en ayuno se volvería no sólo una obligación moral, sino un pecado mayor que implicaría una comparecencia inmediata. Los diferentes versículos del Corán expresan precisamente la desconfianza que Mahoma tenía hacia el vino, pero, en el punto de partida, parecía dudar en cuanto a la manera de proceder. Razón por la que el vino haya sido proscrito gradualmente por el Corán. La prevención y la advertencia aparecen en la surata IV, versículo 43. En efecto, se invita a los creyentes a no acercarse a la mezquita en estado de ebriedad: “¡Oh, ustedes los fieles! No se acerquen ebrios a la oración hasta cuando sepan qué decir.”

Ali Kazuyoshi
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La idea de ebriedad se penaliza entonces, de la misma manera que el estado de impureza física, una cólera intensa o un espíritu de venganza. En todos los casos, es preciso esperar el momento propicio para cumplir con los deberes religiosos, no hacer nada que pueda suscitar más maldad que bien. Por lo pronto, no se trata de penalizar la ebriedad: “Te interrogarán sobre el vino y los juegos de azar, contéstales que incluyen ambos una gran mancilla (rijzûn), pero también beneficios para los hombres. Sin embargo, sus daños rebasan sus beneficios” (II, 219). Hasta parece más conciliador el Corán en el versículo 67 de la surata XVI en el que la vid y la palmera proveen “una bebida embriagadora y un alimento excelente”.
Mismo tono en otros versículos en los que el vino está despreciado en este bajo mundo y considerado como una delicia en el más allá: “Una delicia para los que toman de aquello”, precisa el Corán (XLVII, 15). Adelante, puede leerse: “Se les dará un vino especial (rahig), sellado con un sello de almizcle – los que lo desean pueden codiciarlo – y mezclado con el agua del Tasnim [río del Paraíso], un agua que sólo los cercanos a Dios pueden tomar” (LXXXIII, 25-29). Todo parece sonreír a Baco, hasta que, durante la segunda predicación en Medina, el Corán llega a proscribir de modo más radical cualquier absorción de vino o de mosto de dátiles. Lo mismo con los alucinógenos y los excitantes, aun si –cada uno lo habrá constatado – el opio, el hachís, el té, el café y otros productos, no padecen todavía ningún interdicto coránico mayor. El tiro de gracia fue dado por el v.90: “¡Oh, ustedes quienes creen, sepan que el vino [al-khamr], el juego de azar, las piedras erguidas y las flechas adivinatorias son una abominación [rijzûn] y una obra del demonio. Evítenlos!”
Hoy, por consecuencia, el vino y el alcohol están prohibidos en la mayoría de los lugares públicos, puesto que son bebidas sospechosas para los musulmanes piadosos. Sin embargo, los versículos dedicados al vino o a la uva son muy equilibrados. ¡Mejor todavía! Con excepción de algunos casos extremos, el anatema que conocemos está, en la realidad, ampliamente relativizado. Se proscribió el vino de modo drástico, probablemente en el curso de los años que siguieron la muerte del Profeta, y más seguro todavía en el tiempo de los Omeyas y de las Fatimitas. El ejemplo más llamativo es el del califa Al-Hakim (s. X y XI), dueño de Egipto, quien pensó que era bueno y necesario arrancar todas las cepas de vid con la loca esperanza de abolir el vino y volver sedientos a los bebedores.
Para concluir, no hay nada más sabroso que un poema báquico extraído de los cuartetos del muy venerable maestro catavinos Omar Khayyam (1050-1123): “Oh, tú quien te crees sabio / No critiques a los que se embriagan. / Deja a un lado el orgullo y la impostura / Para saborear la calma triunfante y la paz / Acércate a los que son humillados, a los más viles. / Bebo vino, y me dicen, a diestra y siniestra: / ‘No bebas vino, es el enemigo de la religión.’ / Cuando supe que el vino era el enemigo de la religión, / dije: ‘¡Por Alá! déjenme beber su sangre, es un acto de piedad.’ / Yo tomo vino, y quien tome como yo, es digno de ello. / Si bebo, es cosa bien ligera ante Él. /  Dios sabía, desde el primer día, que yo bebería vino, / Si yo no bebiera, la ciencia de Dios sería vana.”
Finalmente, de Abu Nuwas (762-815), otro poeta particularmente avinado, y príncipe del estilo, son estas dos estrofas: “¡Vamos, vierte el vino, vierte otra vez y vuelve a verter! /Dime con claridad: ¡es vino! ¡Y no me des de beber en secreto, / Si puedes  decirlo ante todos, / No hay engaño aquí más que el de mostrarme / Despierto, muy lúcido! / El verdadero trofeo, es cuando tartamudeo y titubeo, / Preso de mi ebriedad.”

Trad. por Marie-Claire Figueroa
Magazine littéraire, Dic. 2008,
Nº 481

 

 

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