Demonología de la escritura

Roberto Calasso


K. de Roberto Calasso (Anagrama, 2005) es un libro que toca varios géneros para abordar la obra del escritor checo Franz Kafka  (1883-1924). Fundado en la reseña, la narrativa que desarrolla Calasso permite al lector adentrarse en los entretelones de una de las puestas en escena más asombrosas que se hayan escrito sobre la esencia de la modernidad. Kafka define nuestro tiempo, nos propone este libro. Por eso nunca será suficiente el asedio a su obra, la confrontación entre las inteligencias de creadores de distintas épocas en el discernimiento de los cuentos y las novelas de este escritor judío cuyos personajes son emblema y explicación de su tiempo y el nuestro.

Albert G. Zimmerman / 1898
Fotografía

Calasso piensa, por ejemplo, que el objeto acerca del cual escribe Kafka es la masa de la potencia; es fascinante que lo que sugiere esta frase sea una constante en el libro, pues la lectura de un escritor tan dotado como el erudito italiano, que lee a Kafka en los originales manuscritos, que descifra su escritura en los márgenes, toma el texto como fuente exotérica y esotérica, para abordar su teología de lo único. K. es un libro cosido con el detalle de una esmerada artesana que sabe que la humildad es la verdadera naturaleza de la plegaria; Calasso une así una pedacería mental que se ha ido desprendiendo del torno de la inteligencia de Kafka: fragmentos de sus diarios y cartas ilustran, exponen, proyectan, amplifican, dan sentido (otro) a los resquicios de esta obra compleja e infinita. Leerlo es similar al momento más arriesgado de todos: el de despertar, nos dice Calasso. La paráfrasis y la cita en K. instauran un territorio que pasa de ser una forma fija (la escritura de Kafka) a reflejar la superficie cambiante de la lectura (de Calasso y nosotros), que seguirá siendo trastornada por la lectura de quienes todavía no han nacido. Kafka, como nadie lo ha hecho, le ha dado el preciso lugar a la escritura: la espera de una condena o los retrasos de una diligencia interminable. En El proceso y El castillo habita toda la tipología de lo humano. En las oficinas donde los funcionarios pronuncian discursos que no sabemos a dónde conducen, en los pasillos que llevan a funcionarios imprecisos –dice Calasso– lo que impera es lo desconocido y el deseo es lo desconocido, y sobre lo desconocido no podemos tener ninguna pretensión. Citamos al principio que Kafka escribía de la masa de la potencia (Macht, en alemán). Canetti señala que la Macht acerca de la cual escribe Kafka abarca todas las esferas celestes y va más allá “hasta los movimientos de los astros y más allá”. En efecto, Calasso piensa que Kafka encontró su materia narrativa en algo anterior incluso a la división de los dioses y los demonios.
K. es un libro interesante porque se deslinda de las interpretaciones, pues no hay novelas tan celosamente escoltadas por sus exegetas, como las de este autor. Se trata por lo general de interpretaciones tolerantes, magnánimas, dispuestas a admitir otras muchas, aunque sean incompatibles, con tal de que haya interpretaciones.  Calasso ha preferido narrar su particular proceso perceptivo, anotar su lectura con materiales importados de la propia entraña narrativa, reseñar la naturaleza de los efectos que Kafka propicia en sus ficciones situando, al mismo tiempo –como si viésemos al interior de las aguas pecinosas de un lago– el lecho que sostiene, como en el cuenco de una mano, la inconsciencia primordial. Sus obras están llenas de sueños nacidos en una oscura habitación subterránea; precisamente, en un lecho lacustre. Calasso lee sus frases, como si fueran un territorio lunar, constelado de cráteres. Como todo lector fascinado, sigue cuidadosamente los diálogos de Kafka, aunque nunca dejamos de avanzar con la impresión de que algo esencial ha sido dicho –y se nos ha escapado. Cuando Calasso revisa a otros interpretes, obtenemos oro destilado, como al citar a Walter Benjamín, que dice de las mujeres de la obra de Kafka “emergen del mundo del polvo, de la pelusa y del moho como en una escena prehistórica” o a  Theodor Adorno que comenta de Gisa, la muchacha de El castillo: “Pertenece a la raza preadánica de las niñas de Hitler, que odian a los judíos desde mucho antes que estos existieran”. Por eso, observa Calasso, que lo que iba a suceder en los años de Hitler es la literaturización de este proceso. Como en la máquina de En la colonia penitenciaria, la palabra se grababa directamente en la carne. (L.L.)

 Para delectación de los lectores, hemos seleccionado un fragmento de este libro.

 

 

“La existencia del escritor depende realmente del escritorio; si quiere sustraerse a la locura no puede nunca alejarse realmente del escritorio, debe mantenerse aferrado a él con los dientes si es necesario”

Franz Kafka

Lo que sigue es lo más cercano que se haya formulado a una demonología de la escritura. Aunque el escritor restringe su campo visual a una habitación y, dentro de ella, a un escritorio, no por ello es menos certera. Le falta el suelo, «frágil y hasta inexistente», bajo los pies. Ese suelo cubre «una tiniebla, cuya potencia oscura florece a su arbitrio y, sin preocuparse de mi balbuceo, destruye mi vida». ¿En qué consiste, entonces, escribir? «Escribir es una recompensa admirable y dulce; pero ¿de qué? Por la noche me parecía verlo claro, con la nitidez de una demostración para los niños, que es la recompensa por haber servido al demonio. Este descenso hacia las potencias oscuras, este desencadenamiento de los espíritus que por naturaleza están atados, abrazos oscuros y todo lo demás que pueda suceder allí abajo, y de lo que ya no se sabe nada cuando se está arriba, y a la luz del sol se escriben historias. Existe quizás otra escritura, pero yo conozco sólo ésta, de noche, cuando el miedo no me deja dormir, conozco sólo ésta. Su elemento diabólico me parece clarísimo. Es la vanidad y la avidez de placeres, que gira continuamente alrededor de nuestra figura o incluso de una figura extraña —entonces el movimiento se multiplica, se vuelve un sistema solar de la vanidad— y se goza de ella. Aquello que el hombre ingenuo quizás desea: “Quisiera morir y ver cómo me lloran”, esto es puesto en acto continuamente por un escritor así, él muere (o no vive) y se llora continuamente. De allí nace su terrible miedo a la muerte, que no debe necesariamente manifestarse como miedo a la muerte, sino que también puede aparecer como miedo al cambio, miedo a Georgental”. Es un torbellino furioso. Pero lo más arduo y esotérico no es lo que atañe al «descenso hacia las potencias oscuras», en el que parecen converger la más alta tradición romántica y el espíritu depurado de la décadence. La parte más cifrada e inesperada aparece cuando Kafka se refiere a la «vanidad y avidez de placeres» que corresponden a cierta práctica de la escritura, la única que dice conocer. ¿A qué placeres, a qué vanidad se refiere? ¿Cuál es la «potencia oscura» que rodea la vida de quien escribe para destruirla? Kafka lo indica poco después en la misma carta: «Yo estoy aquí sentado en la cómoda posición del escritor, preparado para todo lo bello, y debo observar sin intervenir —porque ¿qué otra cosa puedo hacer sino escribir?— la forma en que mi Yo real, que es pobre, inerme (la existencia del escritor es un argumento contra el alma, porque el alma ha abandonado manifiestamente al Yo real, pero se ha vuelto sólo escritor, no ha conseguido ir más allá; ¿la separación del Yo debería acaso poder debilitar el alma hasta tal punto?), por un pretexto cualquiera, por un pequeño viaje a Georgental es punzado, golpeado y casi triturado por el demonio.» Estas líneas resultan próximas a ciertas confesiones chamánicas. Entonces las palabras que parecían oscuras y crispadas adquieren una lacerante claridad. Ese cuerpo abandonado, ese cadáver viviente, ese «cadáver de siempre», cuya (“singular sepultura” el escritor está dispuesto a observar, es el cuerpo del chamán exánime e inmóvil mientras su espíritu viaja lejos, entre las ramas del árbol del mundo, en compañía de animales y de otros ayudantes sobrenaturales. No corresponde, sin embargo, complacerse demasiado en ese viaje (como acaso querría la «vanidad»): escindiéndose del «Yo real», el alma acaba por debilitarse y sólo es capaz de volverse «escritor, no consigue ir más allá» (el colmo del sarcasmo). De tal forma, su actividad consistirá ante todo en «gozar con todos los sentidos o, lo que es lo mismo, querer contar» aquello que sucede con el «viejo cadáver» del escritor. Pero esto sólo puede suceder en un estado de «pleno olvido de sí —no la vigilia, sino el olvido de sí es el primer presupuesto del escritor». En dos ocasiones, en este inciso y en el paréntesis sobre el alma y su escisión del «Yo real», Kafka va muy lejos en su descripción de la prima materia de la literatura. Esta es su Kamchatka. Para aquellos que quisieran seguirlo dejó, al final de la carta, la definición más concisa de la especie de escritor a la que él se sentía perteneciente: «La definición del escritor, de un escritor de este tipo, y la explicación de los efectos que suscita, si tales efectos existen: él es el chivo expiatorio de la humanidad, él permite a los hombres gozar de un pecado sin culpa. Casi sin culpa.» Ironía dolorosa y abisal de ese «casi sin culpa»: apunta a la inocencia ilusoria del placer que vincula a cada lector con la literatura.

 

 

Ciclo Literario.