Una sacerdotisa entre nosotros

Araceli Mancilla


Tres grandes poemas de Enjeduana dedicados a Inana
Betty de Shong Meador
Traducción de Susana Wald
Universidad Autónoma de la Ciudad de México
2009

 

Después de la lectura de un libro como Tres grandes poemas de Enjeduana dedicados a Inana, uno no puede más que quedar hondamente agradecido. Producto de un trabajo profundo y erudito realizado a lo largo de más de veinticinco años por Betty De Shong Meador, y trasladado a nuestro idioma gracias a la acuciosa y fina traducción de Susana Wald, se trata de una obra que trae al presente un conocimiento espiritual históricamente documentado, proveniente de cuatro milenios atrás, y que engloba prácticamente todos los campos del saber  humano.
     A partir del descubrimiento arqueológico de Enjeduana, alta sacerdotisa sumeria que vivió hace cuatro mil trescientos años, hija del rey Sargón, acudimos a  la aparición de los primeros poemas registrados por la historia, escritos por esta princesa consagrada a preservar el culto al dios de la luna, Nana, y con él a toda su genealogía, incluida Inana, a quien coloca a través de su escritura y devoción particular en el más alto nivel dentro de la jerarquía teocrática de aquella civilización.  

Arturo Esquivias / 1981
Fotografía

    El descubrimiento histórico de Enjeduana en los años veinte, asombroso de suyo por las agrestes circunstancias en que se dio, aumenta en la medida en que las tablillas de arcilla que registran su escritura cuneiforme, van revelando a los estudiosos de la arqueología, la historia, la psicología, la filosofía, la lingüística, la literatura entre otras ciencias y disciplinas, la naturaleza de su trabajo religioso que trascendió también a lo económico y político, hasta reconocerse ahora sus textos entre los primeros escritos literarios de la humanidad.
Precediendo a Enjeduana se encuentra la diosa inspiradora de sus imágenes y emoción, Inana, deidad vinculada a otras poderosas divinidades femeninas como Ishtar y Astarté y la misma Venus- Afrodita, la hermosa diosa estrella de la antigüedad greco latina.
Pero vayamos al trabajo de Betty De Shong Meador, a cómo ella indaga,  interpreta y expone en esta investigación, a partir de Inana y su sacerdotisa, las formas de asumir la condición de lo femenino a la largo de la historia del mundo —desbrozando el punto de vista que ha impuesto la moral religiosa a partir de la aparición de los cultos monoteístas—, analizándolas, cuestionándolas y, sobre todo, enfrentándolas a lo que sabemos ahora: que en periodos prolongados de los tiempos más remotos, la mujer era considerada un ser poderoso y digno de asumir las más prestigiosas tareas dentro de los ámbitos religioso, político y social de sus comunidades. Que desde el neolítico, la naturaleza pertenecía a las diosas fecundadoras, dadoras de vida, grandiosas madres vinculadas a los ciclos lunares del tiempo, y, por lo mismo, íntimamente relacionadas con las fuerzas ocultas y sagradas. Estas diosas representan el femenino arquetípico que va evolucionando hasta llegar, en las eras históricas, a las diosas guardianas que contenían los opuestos universales, como Inana.
De Shong Meador desentraña cómo el poder masculino va desplazando al femenino a partir de las nuevas formas de conquista militar establecidas por los varones con el invento del bronce, y cómo este dominio se extiende a los demás órdenes de la vida, incluidos el cultural y el religioso. La creatividad intelectual le es reservada desde entonces al género masculino, observándose la preeminencia de su razón imaginativa, acomodada a sus intereses políticos e impuesta por el ejercicio de la fuerza.
Es así que las mujeres quedan marginadas en todos los aspectos de la existencia a partir del comienzo del monoteísmo, que privilegia la inventiva masculina y sustituye  a las fuerzas de la naturaleza representada por las mujeres desde los tiempos arcaicos.     Se les priva pues de su alto rango dentro de lo divino, y bajo pena de ser duramente castigadas, se les quiere sumisas e ignorantes, como se hace evidente en los relatos bíblicos del génesis,
El contexto cultural e histórico que nos da la autora en la primera parte del libro, es gozosamente rico en la incursión de los hallazgos arqueológicos y en el seguimiento de los mitos que colocan a Inana como una figura cuyos antecedentes mitológicos provienen de los periodos  paleolítico y neolítico en Mesopotamia.  Inana surge mucho antes de que su nombre divino fuera palabra, cuando era un mero símbolo, la diosa misma que un día se apareciera en el sueño de De Shong Meador en la figura de un poste de junco curvado en lo alto, para lanzar a la escritora desde el pasado  al actual develamiento de sus poderes.
La cantidad de fuentes de las que abreva la autora es numerosa e implica a destacados especialistas en la cultura sumeria, a traductores, a estudiosos de las civilizaciones mesopotámicas, a filósofos de las religiones, a poetas y a psicoanalistas  como Jung. Sus referentes se extienden a los más diversos aspectos de la vida de estas sociedades, desde sus mitos y leyendas que forman ya parte del legado literario de la humanidad, como la historia de Gilgamesh, hasta sus manifestacio nes artísticas y rituales menos conocidas.
En este proceso, podemos imaginar la amorosa paciencia con que De Shong Meador, siempre consultando, siempre aprendiendo con rigor de los expertos, va develando los magníficos versos de Enjeduana, palabra por palabra, desentrañando significados, conmocionándose con la alta conciencia de sí que advierte en esta mujer sacerdotisa.       En este libro vemos cómo una firme determinación interior y exterior llevó a Enjeduana a exaltar en Inana la conjunción de todas las energías del universo; a venerar en la diosa la integración, en una sola divinidad, de las fuerzas contrarias y paradójicas del mundo. 
Porque Inana se nos presenta en el extenso y minucioso estudio que hace de ella la escritora, como una deidad  que reúne los pares opuestos de la creación: el amor y el odio, la bondad y la maldad, la generosidad y el egoísmo, la compasión y la indiferencia. Al identificarse como la diosa de las contradicciones más sublimes y terribles, Inana contribuye a que los seres humanos reconozcan y desentrañen asimismo su naturaleza paradójica.

Blumenfeld / 1937
Fotografía

     De Shong Meador enfatiza en su libro la importancia de esta perspectiva mesopotámica del orden y desorden del mundo, de la que deriva el delicado equilibro entre ambos extremos. Este es un aspecto en el que hay que abundar porque en él se fincan varias de las valiosas conclusiones a que llega la investigadora en su viaje milenario hacia Inana y Enjeduana. Para ella, no es casualidad que Enjeduana eleve a Inana hasta lo más alto del panteón de las deidades sumerias. Enjeduana se identifica plenamente con su diosa porque ha cobrado conciencia de su  propia importancia terrenal y de su papel de  intermediadora entre lo humano y lo divino. Dueña de tal autoridad conoce muy bien los riesgos que la acechan. Al empoderar a Inana a través de su escritura, Enjeduana también es fiel a su devoción por las fuerzas contrarias que representa la diosa, en quien reconoce y proyecta sus propias contradicciones y temores más profundos.
    Es interesante además la manera en que De Shong Meador relaciona la pugna de lo masculino con lo femenino en dos de los tres poemas de Enjeduana a su diosa Inana, que ocupan la segunda parte del libro. En ellos observamos la confrontación de las fuerzas seculares de lo masculino con los multifacéticos y liberadores poderes de Inana,  adquiriendo una dimensión filosófica.
     Esto es especialmente visible en el primer poema Inana y Eibe y en Exaltación de Inana. Para de Shong Meador, la montaña Eibe, que entra en conflicto con Inana, representa el mundo no natural, idealizado y libre de conflictos  —un precedente del paraíso terrenal bíblico — prometido a cambio de la consabida obediencia irrestricta. Inana, por el contrario, representa las fuerzas libres, complejas y cambiantes de la naturaleza.  
Enjeduana, al dar el triunfo a Inana sobre la montaña Eibe en su poema, admite la importancia de dar supremacía a la realidad, aun en sus aspectos más oscuros.  Porque una de las cualidades de la identidad de Inana es, precisamente, la de poder dar cuerpo a todos los aspectos del ser, y no negar, incluso, su capacidad para la maldad y la destrucción.
Para de Shong Meador, es en esta capacidad de Inana de representar tanto los actos magníficos como los horrores del ser humano que la diosa lanza a Enjeduana por caminos de decisión, autonomía e independencia; caminos que le son necesarios para afrontar su condición de mujer con autoridad y poder, y por tanto temerosa de aquello que ponga en riesgo su alto rango.
    En el poema Inana y Eibe, la diosa Inana desafía también  la autoridad del dios del cielo An, que en principio la ha dotado de poderes, pero quien se intimida ante la soberbia de la montaña Eibe, entidad desdeñosa de la realidad de la naturaleza, que se presenta como un ideal donde todo es paradisíaco. Finalmente, Inana se impone con toda su dignidad y poderío a la montaña, prescindiendo del paternalismo de An, ateniéndose a su sola fuerza intrínseca, con lo que, para nuestra autora, queda establecida su superioridad como “la única deidad que puede consolidar la vasta extensión de los opuestos de un ser”.

Brassai / 1934
Fotografía

En los poemas que siguen Inana, señora de gran corazón y La exaltación de Inana, Enjeduana  define las cualidades superiores de la diosa y eleva sus súplicas para contar con su protección, pues ha sido víctima de la usurpación de su autoridad en el templo del que es sacerdotisa, y de alguna manera intuye, en sus propios escritos, el advenimiento de la caída de Inana. Al final, tanto Inana como Enjeduana recuperan su poder, pero las fuerzas femeninas que ellas abanderan no permanecerán por mucho tiempo más en la historia del mundo.
     Del minucioso y exhaustivo análisis que hace De Shong Meador de los poemas de Enjeduana, se deriva una crítica a las religiones monoteístas que advienen tras las eras de las diosas, y que  por más de tres mil años han impuesto la escisión del cuerpo y el espíritu como si estos no formaran parte de una misma unidad. De igual manera este libro apunta cómo estas religiones han hecho a un lado la verdad cambiante de la naturaleza, estableciendo el dominio de lo ilusorio creado por el varón, como algo fijo. La naturaleza es diversa, contradictoria, multifacética, ambivalente, divina nos dice Enjeduana; su diosa Inana contiene estos principios para que los seres humanos  puedan comprenderse a sí mismos y conectar con su ser original y sagrado.
     Podría pensarse que en las interpretaciones que la autora hace de los poemas de Enjeduana se trasmina una fuerte carga feminista. Es así si se considera que Enjeduana y su diosa Inana encarnan la conciencia de una feminidad muy distinta a la que hemos vivido bajo el imperio de la moral judeo cristina dominante en el mundo occidental. La feminidad de Enjeduana y su diosa les permite colocarse en el centro del mundo exterior e interior con pleno ejercicio de sus fuerzas, adoptando incluso actitudes que hasta ahora han sido reservadas a los hombres, como la capacidad de combatir ferozmente por lo que se quiere, y ganar.
No hay tal carga si se miran los argumentos de la escritora desde una perspectiva meramente ideológica, que busque colocar a lo femenino en el eje de estos textos sin mayores argumentos y bajo el solo influjo de una perspectiva de género.
El libro de De Shong Meador va mucho más allá de esto. Se trata de un libro sobre los orígenes de nuestra sacralidad, ligada en forma indisoluble a las primeras concepciones filosóficas del mundo y al surgimiento de himnos y cantos a los dioses, primeras manifestaciones poéticas conocidas. En sus páginas se plantea la unidad y el continuum histórico entre las religiones del  cercano oriente y las del mundo occidental por encima de verdades reveladas. Se llega al punto de partida en el que símbolos arcaicos, prehistóricos, que en sí mismos son la representación de los dioses, en este caso de Inana, se vuelven palabra, nombre, y se van trasladando de una cultura a otra hasta ser absorbidos por religiones como la judeo cristiana. Inana sería  aquí equivalente al árbol del mundo que une al cielo con la tierra.
Con este libro De Shong Meador nos comparte sus hallazgos de una exaltación del amor y de la sexualidad abierta y libre, tan antigua como los poemas de Enjeduana y los poderes de su diosa. Esta concepción es lo suficientemente evolucionada para reconocer el carácter andrógino que pueden desarrollar los géneros femenino y masculino, y la pasión amorosa de una mujer hacia otra. Su investigación indaga en la arqueología religiosa y trata de llegar al punto en que Inana aparece como puente entre el mundo natural y el divino. Nos lleva a los orígenes de la escritura que pasó de ser pictográfica a cuneiforme, en lo que fue el primer intento exitoso de escribir un idioma utilizado en todos los órdenes de la vida. Coloca a la escritura en un papel primordial que, con Enjeduana, adquiere el poder de influenciar a las siguientes generaciones de sacerdotisas de su culto. Esto, además de tener una tremenda importancia religiosa, también la tiene en lo económico, pues en aquellos tiempos los templos, regidos por sacerdotisas o sacerdotes, poseían grandes extensiones de tierra y administraban sus recursos en un vasto entramado de relaciones sociales y políticas.  

En fin, es mucho y grande lo que aprendemos de este libro. Lo más significativo es que los caminos abiertos por Inana a su sacerdotisa Enjeduana, son trasladados al presente con un paradigma que no es menor, el de alcanzar dentro de nuestra compleja y paradójica condición humana, el delicado equilibrio del ser al que aspiró una de las primeras civilizaciones del mundo.

 

Ciclo Literario.