La espina clavada en nuestra modernidad

Alfredo Coello


La idea central de nuestra contemporaneidad plantea la problemática de la conmoción social de las costumbres, del individualismo en la era del consumo masificado; la emergencia de un mundo que  construye, en un proceso de socialización, a una persona inédita, fracturada de todo lo instituido desde los siglos XVII y XVIII, significa pues, una nueva fase en la historia del individualismo occidental.
La compleja problemática del hombre de hoy, comprometido y hasta arrastrado por las convulsiones políticas y las inquietudes socioculturales de una época de crisis como la nuestra, está marcada por la transición desde una modernidad agotada hacia una postmodernidad todavía dudosa.
En nuestros días el proceso de personalización deviene de una perspectiva que los métodos de comparación de la historia designan como la línea directriz, y le confiere un sentido innovador a nuestro tipo de organización y de control social, que nos arranca del orden disciplinario-revolucionario-convencional (opinan los filósofos), que prevaleció hasta la mitad del siglo pasado. No se asuste el lector, pues de refilón nos toca; deglutir nuestra historia no significa que la democracia ha vencido la inercia de su propia historicidad. Es prioritario ejercitar los músculos de la vieja vecindad entre la dictadura y la democracia tan empañada por sus consecuencias modernas.
La hipótesis es otra; se trata de una mutación sociológica global que está en curso, una creación histórica moderna próxima a lo que Cornelius Castoriadis denomina como “significación imaginaria central”, combinación sinérgica de organización y de significaciones, de creaciones de valores que inicia a partir de los años veinte – sólo las esferas artísticas anticipan lo que sucederá en los próximos decenios – y que no cesa de ampliar sus efectos desde la Segunda Guerra Mundial. Toda confusión es declaratoria de nuestras mentiras.
Lo que desaparece (después de la década de los cincuenta) es esa imagen prominente de la libertad, donde se cambian los valores que apuntan hacia un despliegue de la personalidad íntima, legitimación del placer, reconocimiento de las peticiones singulares, la modificación de las instituciones en base a las aspiraciones de los individuos. Esa posición de las cosas, de los objetos, en relación con el sujeto, es la situación de la trascendencia que aparenta superficies fáciles de entender en la relación entre nuestra realidad y la respuesta elaborada a una objeción: el hombre es arrojado hacia fuera, se trata de aquello que nos desborda, del punto a partir del cual el hombre no puede entrar y del punto, entonces, en donde el límite absoluto se mantiene por la violencia tradicional de la fuerza sagrada, inmediata, destructora.

Arnold Newman / 1963
Fotografía

La esfera de la individuación moderna se mueve en las aristas que desdibujan las posibilidades de elegir, los sueños son imagen misma de sus antecedentes, lo que  no quiere ni desea soñar, el monstruo de la modernidad crea en sus entrañas el vacío ya hastiado de sus deseos, carcome hasta la más íntima célula de su progenie.  El individuo moderno existe a partir de la posibilidad imaginaria de su presente, esa idea gestante de lo imposible a partir de lo posible.
La sinergia combinatoria del individuo ya no organiza lo que fue, organiza la desesperación de ser, en tanto no existe la posibilidad de interactuar con su designio, pues la realidad lo ha mutado, lleva en su boca el pez hediento y podrido de la  cotidianidad de sus ancestros, carga la historia que alienta su destrucción, los horizontes se han nublado y no hay futuro, la conmoción se instala severamente en sus oídos y ya no escucha la palabra, borra el significado de su existencia; acude presuroso a la ceremonia de su propia destrucción.
El ciberespacio es su tumba moderna y al mismo tiempo sus alas, alegre y masificado presiente el individuo creativo que su esencia es un holograma alucinado en su alma, se ha marcado con la brasa de sus cigarros el brazo, el estómago y los labios, el ombligo y el sexo de su destino acabado en el desierto de su colectividad. El individuo de esta modernidad es un “Mara” educado en la espuma desesperada de su putridez. El individuo moderno es hoy por hoy: el migrante. Imagina que no hay países, diría John Lennon… piensas que soy un soñador, pero no soy el único.
La reflexión entre filosofía, literatura y ciencia encuentra el espejo de la certidumbre y su reflejo en el crítico de esas telarañas que tiende hilos de reflexión hacia su modernidad, con la única condición de apuntalar la no sumisión del escritor a lo ya escrito, el filósofo o científico a lo ya dicho durante los siglos que nos anteceden. La incertidumbre es el poder que entraña nuestras dudas después de que la historia se rindió a su patria potestad: el instante.
El siglo XX es (o fue, ya no sabemos) una categoría del tiempo que reúne en sus entrañas el presente que atrapa el futuro que hoy vivimos como si fuese algo que esperábamos. Y es muy probable que sea así, pues nos ha tocado vivir el paso de un siglo a otro y también el cambio de milenio. ¿Será que somos afortunados de vivir este ciclo de nuestro planeta?
El siglo XX dice el maestro Erick Hobsbawm, ha constituido el período más extraordinario de la historia de la humanidad. Cierto, pues nos ha sorprendido todos los días y los años de su transcurso en el asombro nunca antes visto ni vivido. Se sucedieron catástrofes carentes de todo paralelismo (las guerras del mundo) progresos materiales, científicos y un incremento sin precedente de nuestra capacidad para transformar, y, tal vez, destruir  la faz de la tierra.
La vuelta de la tuerca da inicio en la carrera por conquistar la estratósfera y el viaje a la luna. ¿Y cómo vamos a historiar ese siglo que nos vio nacer al asombro de la bomba atómica, el sida, el hambre extrema de la pobreza y el enriquecimiento de unos pocos magnates que se dicen humanos? ¿Cuál puede ser la contribución de los historiadores a esta tarea? Excelente pregunta. Esperamos una respuesta que no sea la repetición de lo obvio, entre quienes se preguntan sin respuesta o quienes responden antes de la pregunta.
¿Y si de pronto no existiera la posibilidad de la ruptura y uno se viera enfrascado en querer recomenzar todo de nuevo, como encima de un espejo manchado de aceite donde juguetea caótica el agua de sus recuerdos? Existir por primera vez no es la dificultad, ser uno al mismo tiempo es lo difícil; basta agarrar el manual del ganador o del perdedor, y da lo mismo. La nanotecnología nos dice que podemos estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo.
Y si la ruptura no fuese sino lo que es, otro orden establecido encima del que perdió la llave; entonces, las palabras se revuelven y regresan a lo que fueron en una mañana ligera, mero envoltorio de silencios, eso y sólo eso han sido las palabras desde que las descubrió cualquier aguzado en medio del desierto de su colectividad.
Hablar entonces de hilación y congruencia es pretender ser correcto en el sentido estricto y fundacional del lenguaje, y a fin de cuentas, todo lenguaje está perdido en los confines de su futuro, un futuro desierto, porque de cierto si esto fuera cierto el desierto no estaría poblado sólo de sombras y estúpidas piedras, sería la entrada al futuro que desprende su luz de las entrañas cosidas con la arena de sus memorias.
Y si la continuidad de toda nuestra historia individual fuera sólo un momento de baile acuático sobre la superficie resbalosa de nuestro espejo, entonces podríamos inclinar la cabeza para asomarnos a la ventana de nuestro futuro y sin razón alguna, los ríos y los océanos se suicidarían frente a los miles de seguidores y sus pilas de bautizo.
Y si la discontinuidad de lo continuo fuese sólo el único instante que nos aclara para qué estamos parados en la esquina del parque, esperando a la definitiva imagen que no existe y aún se resiste a aparecer como la única y verdadera esencia de la vida y como reciclaje de nuestro ancilar recuerdo de la muerte; no es de donde venimos ni a donde vamos. No nos engañemos, pues, abandonar los planes que tenemos es la mejor suerte de desear el futuro y de otra manera nada existe. Los signos de interrogación dan inicio a una desavenida imagen.
Si es verdad – diría  Ciorán – que al morir volvemos a ser lo que éramos antes de nacer, ¿no hubiera sido preferible mantenerse en la pura posibilidad de no haber salido de ella? ¿De qué sirve este paréntesis cuando podríamos haber permanecido para siempre en una plenitud irrealizada? Me encantan, literalmente, los aforismos, me dan risa, una carcajada existencial que no puedo reprimir; ojala y dios quiera, nos mande un Ciorán, muchos cioranes en un futuro mejor que aquel siglo XX forjó.
Va a ser difícil pero no imposible; quizás por ahí en el 2050 o en el 2068 cuando la historia no se repita y los estudiantes salgan a las calles en París (o en México) a protestar contra el estado estrato-cibernético, surja una figura parecida al filósofo con su mejor aforismo bajo el brazo: ‘Existir es un plagio’. Y Borges en la contra esquina del Buenos Aires tomando mate sin arrepentirse por su declaración de que ‘el plagio es un género literario’ (uno de los más originales). La verdad, nos hubiéramos ahorrado muchos Maos, Hitlers, Bushs o Stalins; quizá no fue necesario pasar por ahí, pero ni modo, nos tocó y ¿ahora qué?
Estamos en medio de una época en la que ya nadie se la cree, escépticos por naturaleza (ojo, no tristes) la humanidad actual no tiene respuestas contundentes a las añejas preguntas que nos ha heredado el siglo XX. Historia: todas han quedado atrás.
La historia es un alebrije que nos rebasa y su silencio hiela la pérdida de sus colecciones en museos, después de la inusitada muerte de un Dios (también es humano) que abortó antes de su propia existencia encarnada en la mujer moderna, en el útero cibernético de nuestras ilusiones.

Y si el hombre de hoy es una fuerza que lucha bajo fuerzas extraordinarias para sobrevivir a los cambios y a la crisis en un punto de absoluta singularidad; coincido con el filósofo Georges Bataille al ubicar nuestra realidad en un “estado teopático”: entendido éste como el instante milagroso en el que el saber se convierte en no saber porque ya no puede esperar nada. Por eso los humildes que siempre son los que más arriesgan,  tienen las ventanas del alma siempre expuestas a las cosas extraordinarias.

 

 

Ciclo Literario.