Judaísmo en cábala, mientras haya signos

Jean-Christophe Attias
Trad. por Marie-Claire Figueroa


A la vez subversivo y conservador, anti-intelectual y filosófico, el esoterismo inagotable
de la Cábala es también un crisol  de la literatura

 

La rica y polimorfa tradición mística y esotérica del judaísmo conocida bajo el nombre de cábala (en hebreo qabbalah, “tradición”) no tiene mucho que ver con su estado reciclado actual newage. Esta deriva - puesto que es una – dice mucho sin embargo, no tanto sobre la cábala, por lo menos sobre la idea que un sinnúmero de gente tiene de ella: una ciencia totalmente judía, por lo tanto deliciosamente exótica, pero al mismo tiempo una ciencia universalizable por completo, accesible a quien sea, en la que todas la vetas, judías o no, de un esoterismo inmemorial, se fusionarían para dar acceso a… Pero ¿a qué, exactamente? Los incrédulos reprimirán difícilmente una sonrisa por la idea que se les quiere vender de la cábala como la última revelación de la vida oculta de la divinidad o de los misterios de este mundo y del otro. Los creyentes, por su lado, saben que no accederán allí a la plena unión mística con Dios, puesto que el judaísmo proscribe por principio la confusión de los órdenes divinos y humanos. En cuanto a la cábala “práctica” – en la frontera de la magia – de la que algunos rabinos “milagrosos” echan mano para consolar o sosegar a sus feligreses, se le concederá, a lo más, sólo la eficacia de un placebo...

Arnold Newman
Fotografía

De hecho, ya en el siglo XIX, incluso en muchos judíos apegados a su patrimonio cultural, la cábala sufrió un fuerte descrédito, porque parecía encarnar un irracionalismo y un oscurantismo de los que convenía minimizar la importancia a los ojos del mundo judío. En el siglo XX, los trabajos de un Gershom Scholem (1897-1982) van a romper con esa tradición del rechazo, reafirmar la centralidad de la cábala en el judaísmo y presentarla como el hilo rojo de la historia judía. Más recientemente, en la estela de las investigaciones de eruditos contemporáneos como Moshe Idel (sucesor de Scholem en la Universidad hebraica de Jerusalén), el interés por la cábala menguó de nuevo, deslizándose de lo religioso hacia lo político, de las expresiones públicas de la espiritualidad judía hacia la interioridad de lo vivido personal. 

No obstante, la cábala permanece al centro de las representaciones contemporáneas del judaísmo. Es un testigo esencial de la estrategia de resistencia espiritual de un pueblo dispersado, sin asentamiento territorial, privado de los atributos del poder político, pero quien afirma, contra vientos y mareas, su eminente dignidad, la realidad de su intimidad con lo divino, su capacidad de interpretar y de dominar su propia historia, la legitimidad de su esperanza. Lo que enseña primero la cábala, por ejemplo la de un Isaac Louria y de sus discípulos en el Safed del siglo XVI, es que lo real perceptible por los sentidos no es todo lo real, y que lo que está quebrado – alma, pueblo, humanidad, cosmos – puede ser, debe ser subsanado. Con Dios. A veces aun, contra Él.
La cábala no ha madurado al abrigo de escuelas replegadas sobre ellas mismas. Ciertamente, su acceso permaneció por mucho tiempo reservado a un pequeño número de iniciados. Pero, a partir del siglo XVI, la amplia propagación, incluso la vulgarización de las ideas cabalísticas irá atenuando con fuerza este aspecto del esoterismo judío. Así el sabbateísmo, ola mesiánica poderosa lanzada por el “falso” mesías Sabbatei Tsevi y su profeta Nathan de Gaza, quien perturbó al conjunto del mundo judío en el siglo XVII, o también el hasidismo, corriente mística fundada sobre el fervor, nacida en Podolia en el siglo XVIII, y llamada a dispersarse en toda Europa Central y Oriental, fueron movimientos de masa que han modificado profundamente el curso mismo de la historia judía.
Como otras facetas de la cultura judía, la cábala se enriqueció con diversas aportaciones “exteriores”. Gnosis antigua, Cristianismo e Islam, han dejado su huella. Y si su evolución atestigua una difusión de ideas que desestimaban la distancia o la dispersión de los círculos de eruditos, los casos particulares locales permanecen fuertes. Así, entre los siglos XI y XIII, mientras en España y sobre todo en Egipto se desarrolla un pietismo judío muy influenciado por el sufismo, aparece, en Alemania del Sur y en el valle del Rin, otra corriente pietista, marcada, ella, por su contacto con el Cristianismo.

Pedro Meyer / 1989
Fotografía


Por ende, contrariadamente a un prejuicio común y corriente, la cábala no constituye un anti-intelectualismo. Esto es cierto de la cábala profética de un Abraham Aboulafia (segunda mitad del siglo XIII), iniciador de una mística del lenguaje desembocando sobre una experiencia extática en la que el cabalista se vuelve como su propio mesías. Pasa lo mismo con la cábala “teosófica” de un Moisés de León1, contemporáneo del anterior, y de su círculo, del que emerge el Zohar, el “Libro del esplendor”, que gozará pronto de un prestigio comparable a los de la Biblia y del Talmud. Ciertamente, la cábala reacciona ante los excesos del literalismo y del racionalismo, así como ante el relajamiento, en ciertos medios intelectuales judíos, de la práctica religiosa, y mantiene con la filosofía relaciones ambiguas y no solamente conflictivas. Y más de un cabalista ha expuesto su pensar por intermedio de un comentario de la Guía de los extraviados, obra filosófica de Moisés Maimónides2.
Rompiendo el molde de un monoteísmo demasiado rígido al distinguir el “Sin-Fin” (Ein-Sof), Dios, oculto y misterioso, de las diez hipóstasis (sefirot) que forman el gran árbol cósmico, revistiendo la práctica de los mandamientos de una eficacia teúrgica, la cábala nos guía y nos extravía en un bosque de símbolos, inclusive y característicamente sexuales. A la vez subversiva y conservadora, a menudo exegética en su forma, infinita meditación sobre la lengua, es también una extraordinaria hacedora de hermenéutica y de literatura. Esta belleza de la literatura cabalística no es el menor de sus atractivos. A tal punto que cualquier intento de traducción de sus obras, escritas en hebreo o en arameo, es cada vez una experiencia literaria igual que una simplemente intelectual. La traducción al francés del Zohar por Carlos Mopsik (1956-2003), desgraciadamente inconclusa, es un gran testimonio de aquello.   
Para entrar a ese mundo, se necesita tiempo, paciencia, mucha humildad. Son muchas las cortezas que deben quebrarse para poder, un día, tal vez, empezar a saborear el fruto. A menos que la recompensa esté ya aquí, tangible, en el simple y difícil quebramiento de las cortezas. 

Trad. por Marie-Claire Figueroa
Del Magazine littéraire, Nº481, dic. 2008
Notas:
1 Rabino español, Moisés de León (1240-1305) es considerado como el autor del Sefer HaZohar (o Zohar), la obra más importante de la mística cabalística judía.
2 Filósofo, teólogo, médico y erudito judío español, Moisés Maimónides (1138-1204), fue a menudo presentado como un “nuevo Moisés”. Su tentativa de conciliación entre la fe y la razón influenció la filosofía medieval y el pensamiento judío moderno o contemporáneo.

 

 

 

Ciclo Literario.