En la Sierra de Putla Madre, Oaxaca*

Marty Matz


El Códice Azteca
John Major Jenkins
Martin Matz
Zenith
2005

Marty Matz nació en Brooklyn en 1934 y creció en un barrio italiano y judío, en Bensonhurst. Su padre murió cuando tenía diez años y se trasladó con su madre a Omaha, Nebraska, donde en el Instituto Medio Oeste se graduó como campeón de lucha y luego estudió arte en la universidad de Nebraska. Para ir a la guerra de Corea se entrenó en Colorado, donde tuvo un accidente de coche en el que se fracturó el cuello. En un hospital del ejército, donde estuvo postrado un año entero, se aficionó a las drogas. Una vez dado de alta se fue a Nueva York, a Greenwich Village, donde frecuentó los emergentes círculos beat de la época. Empezó a escribir poesía. En 1956 partió a San Francisco. Al pasar por Amarillo, Texas, hizo una lectura de poesía acompañado por Dizzie Gillespie. En San Francisco conoció al poeta Bob Kaufman y alquilaron sendas habitaciones en el Swiss American Hotel, sitio que se convertiría en una especie de anexo del Village en versión Costa Oeste, al que llegaban Jack Kerouac, Neal Cassady, Gregory Corso y Allan Ginsberg. Unos meses antes de la publicación de Aullido, de Ginsberg, Marty se fue a México y durante los veintiún años siguientes sólo regresó a Bay Area para hacer visitas breves.

David Douglas Duncan
Fotografía

Primero llegó a Yalapa, cerca de Puerto Vallarta, una localidad que era un refugio de artistas y rebeldes fumadores de marihuana. En Vallarta conoció al director de cine John Huston, se hicieron amigos y éste le dio una carta de recomendación para una escuela de Guadalajara donde Marty tomó clases de antropología y arte precolombino. Huston lo contrató para que se internara en los estados de Guerrero y Oaxaca con el fin de  buscar y comprar antigüedades prehispánicas. Con los años en este oficio su fama creció como experto independiente entre eruditos universitarios norteamericanos. Marty descubrió el territorio mazateca en Oaxaca y en 1960 empezó a redactar un diccionario en esta lengua. Allí conoció a un chamán, Don Daniel Flores, del que se hizo amigo y discípulo y quien le mostró, para que lo copiara, un códice, que llamó La pirámide de fuego. Este documento, traducido por él, lo leyó en clubes de poesía en San Francisco en 1961, acompañado por Kerouac. De estas sesiones se realizaron grabaciones magnetofónicas. Por esos años Marty se casó con una mexicana y cuando falleció el padre de ella le heredó una fábrica de hielo en el estado de Veracruz. Una vez que Marty estaba de viaje recogiendo arte prehispánico, su esposa murió en un accidente en la fábrica. Estuvieron casados nueve años. Marty extendió sus actividades hasta Sudamérica. En uno de sus poemas se describe como un “caminante sempiterno”, “viajero insaciable” y “nómada místico”. Sufrió mordeduras de animales ponzoñosos y fue víctima de parásitos que lo pusieron al borde de la muerte. En una ocasión, para curarlo de una infección en la que los médicos querían amputarle el brazo, prefirió el tratamiento de un chamán y bebió una preparación de ayahuasca durante dos semanas. “Me curó (la planta) arrojando luz en la oscuridad”, confesó más tarde. Marty era ingenioso en lo que hacía. Sus amigos hablan de un proceso en cinco pasos desarrollado por él para disolver cocaína en líquido, secarla luego en forma de plato, e ingresarla así, como souvenir, en Estados Unidos, donde el polvo blanco se recuperaba invirtiendo el proceso. Su leyenda crecía: daba grandes fiestas, alquilaba y compraba lujosas propiedades, pero siempre escribiendo poesía…hasta que fue arrestado en 1974 y recluido tres años en la prisión de Lecumberri, conocida como el Palacio Negro. Al cerrar el gobierno estas mazmorras medievales, de las que varias veces se quiso fugar, sin lograrlo,  Marty pasó un año más en la cárcel de Santa Martha Acatitla hasta que, debido a una amnistía, fue liberado.    
Regresó entonces a San Francisco donde recuperó viejas amistades y volvió a escribir, a leer y organizar su poesía. Viajó varias veces a Nueva York, donde frecuentó los antiguos tugurios poéticos del Village. En 1987 se publicó su libro Time Waits: selected Poems 1956-1986 (JMF Publishing)y con su esposa, la directora de cine Barbara Matz, organizaron festivos encuentros de poesía en las habitaciones del Chelsea Hotel de Manhatan. En 1988 los Matz fueron invitados al Décimo Congreso Mundial de Poetas, en Bangkok, Tailandia, donde a los tres días de haber llegado Marty fue atropellado por un camión, que le rompió la clavícula. Luego de una breve hospitalización la pareja se fue en tren a Chiang Mai, ciudad cercana de los campos de adormidera del norte de Tailandia. Permanecieron en esa zona siete años fumando opio y viviendo de la herencia de Bárbara. Sus visiones de esta época fueron publicadas en el libro Pipe Dreams, en 1991, con una introducción del escritor beat Herbert Huncke. Antes de agotarse el dinero viajaron comprando arte tribal y antigüedades en China, Birmania, Hong Kong, Laos, Camboya, Malasia, Vietnam e India. A su regreso al norte de California en 1993, Marty contactó a John Major Jenkins, experto en los mayas y los aztecas, además de místico, metafísico, poeta, filósofo y autor de varias obras publicadas, al que le entregó una copia, treinta y tres años después de que lo tradujo, del códice que le fue revelado en la Sierra Madre mazateca. Murió en un departamento del Lower East Side en Nueva York en 2001. La edición de este códice en 2005 incluye textos de la esposa de Matz, Bárbara, de Major Jenkins, quien ofrece una explicación esotérica del documento, y del mismo Marty.

En el fragmento que publicamos a continuación, Matz narra algunas de sus primeras vivencias en México, anteriores a su encuentro con don Daniel, y, a nuestro parecer, se encuentra entre los relatos más sobresalientes que se han escrito sobre nuestro país.

 

Cuando el polvo de México cubra las tripas de mis sueños, volveré. Cuando las púas del maguey quemen el viento y los cráneos de los perros traspasen el amanecer, yo estaré allí. Botellas rotas y tumbas decadentes perturban el cielo de adobe. Indios vestidos en los cuernos de los carámbanos de hielo bailan sobre las raíces de julio. México, el olor a grasa rancia y el sol se me clavan hasta los sobacos de mi sarape torturado. México, las piedras de Palenque me atraviesan el ombligo. ¡México! Y yo perdido en una tarde lujuriosa, inmovilizado junto al sol, donde hay barriles de musgo que cantan en las ruinas de antiguos sueños. Así es como fue, como es, como será siempre, con un pie clavado en un estanque de espejos ardientes y con el otro haciendo girar un frenesí de microscopios mientras los relojes fuerzan la ceniza helada de los ríos y convierten en bronce los colibríes que sobrevuelan una montaña cubierta de dientes.
   En 1957, con veintitrés años, yo era un  poeta errante fumador de marihuana que estaba buscando. Quería descubrir sitios desconocidos, quería encontrar un lugar remoto y llegar donde ningún otro gringo había llegado jamás, más allá del último puesto de misioneros, hasta una zona libre de toda contaminación de la cultura de Occidente, de su gente, de sus cosas. Rebosaba espíritu aventurero, y tenía un plan.

Ken Light / 1987
Fotografía

Abrí mi gran mapa de Oaxaca. Tenía que elegir la región que ofreciera las mayores posibilidades. Había tres zonas que parecían prometedoras. En el extremo oriental del estado se extiende la sierra Mazateca, en el centro está la Mixteca Superior y en el noroeste, una gran región fronteriza con el estado de Guerrero llamada ex distrito de Putla. Me decidí por Putla. No me pude resistir al nombre. El distrito estaba surcado por una serie de altas montañas  a las que bauticé como sierra de Putla Madre. Me puse en camino.
Para mi ésa fue una época en que la vida tenía un sabor intenso. Aún recuerdo momentos de noches cargadas de magia, como si todo siguiera igual. Al atardecer, tal vez cuando la luna se elevaba en el horizonte, tumbado en una hamaca bajo un cielo con más estrellas que granos de arena en el mar, mientras acunaba una botella de buen mezcal en la que podía verse el cadáver de un grueso gusano de cactus. De algún invisible chacal salía el sonido de una guitarra bien tocada que llenaba el aire  con su ritmo sincopado, mientras los esqueléticos perros callejeros de las aldeas lanzaban ululantes lamentos. Cuando la diosa lunar Metztli barría el horizonte y se convertía en un gordo ojo luminoso que reinaba sobre sus oscuros dominios, incluso sobre las mentes más lógicas, aquellos escépticos entrenados en las técnicas y métodos científicos más recientes no podían afirmar con certeza que ahí afuera, más allá de su campo de visión, no hubiera tloques, duendes, enanos encantados o quizá poderes más siniestros. La noche era su momento, y sólo el mayor de los locos lo negaría.
   Me iba aclarando a medida que las horas pasaban y la botella se vaciaba garganta abajo en mi estómago. El cactus fermentado destrababa mi espíritu poético y alimentaba mi alma. ¡Ah, el misterio del Alma! Oí exclamar a una voz en la noche: «Como México no hay dos». Yo susurré para mí: «Gracias a Dios». Y me pregunté si es que había uno.
   A caballo entre los siglos XIX y XX, cuando el cacique de todos los caciques, don Porfirio Díaz, gobernaba México con sonrisa paternal y puño de hierro, le preguntaron cuál era el mayor problema de México. Él contestó: «Pobre México, ¡tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos! En mi opinión, sin embargo, el viejo dictador, aunque sin ingenio, lo dijo justo al revés. Según mi forma de ver, México está mucho más cerca de Dios que de la frontera de Estados Unidos.
   Digresiones aparte, cuanto más examinaba el mapa de Oaxaca, más me convencía de que era allí, en el ex distrito de Putla, donde iba a encontrar mi Paititi. Conseguiría por fin llegar hasta un poblado más allá del alcance de la Coca-Cola, las máquinas de coser y las mesas de billar. Y, para variar, había elegido por anticipado un destino, aunque se tratara de un área extensa y no de una localidad específica.
   La economía había empezado a desempeñar también un papel en mis viajes. En mi vida sólo había conocido dos situaciones respecto a la solvencia económica: ir quedándome rápidamente sin dinero y estar completamente sin dinero. En aquel momento estaba quedándome rápidamente sin dinero, pero pensaba que podía aguantar el tiempo suficiente para alcanzar mi objetivo. Presentía que tenía Paititi al alcance de la mano. Ser pobre en México no era ninguna vergüenza, era ser uno más entre muchos millones de personas.
   Caminé todo lo de prisa que pude hasta una ciudad final de línea de un autobús de segunda clase. Desde allí fui cambiando de un autobús a otro hasta llegar a Pinotepa Nacional, un pueblo de cuatro mil almas. Allí tuve la suerte de conocer a un ranchero que accedió a alquilarme un caballo por cuatro días a razón de diez pesos al día, pagando por adelantado. Me señaló una pista de tierra y me dijo que si la seguía durante cuatro días llegaría a un rancho de ganado propiedad de un amigo suyo, don Rodrigo Arnulfo Boza, el cacique más rico y poderoso de esa parte de la sierra. Me escribió una carta de presentación para don Rodrigo y me dijo que, cuando decidiera proseguir mi camino, le dejara a éste el caballo que él me había alquilado. Me explicó que desde allí en adelante tendría que continuar a pie, porque por el rancho de su amigo cruzaba un río que había que atravesar por un puente colgante de lona por el que ningún animal podía pasar, ya fuera caballo, mula o burro.
   Mi medio de transporte de diez pesos al día era un pequeño y tonto caballo pardo de montaña al que bauticé Pendejo, porque me pareció necesario llamarlo de alguna manera. La silla era de sencilla madera sin acolchar. Los estribos no se podían ajustar y, por descontado, eran demasiado cortos, lo que dio como resultado una rodilla rígida y el culo dolorido. Y ¿debo añadir que cuando por fin llegué al rancho de don Rodrigo mi carta de presentación no sirvió de nada en absoluto por la sencilla razón de que don Rodrigo no sabía leer ni una palabra? ¡Viva México! Me encantaba.
   Al llegar al rancho estaba extenuado, dolorido, entumecido y me moría de hambre. Decidí descansar y recuperarme primero. Poco después de presentarme e intercambiar los mínimos cumplidos propios de la cultura del país, me disculpé y me retiré fuera de la casa del rancho, a la sombra de un zapote.

Leo Matiz / 1945
Fotografía

   Al llegar al rancho estaba extenuado, dolorido, entumecido y me moría de hambre. Decidí descansar y recuperarme primero. Dejé que se me escurriera suavemente la lánguida tarde entre los dedos. Contemplé el cielo mexicano cubierto siempre de buitres, porque la tierra mexicana está constantemente empapada en sangre, adornada de esqueletos y cadáveres. En esta nación en que el hambre es endémica, el carroñero está bien alimentado. El buitre no necesita ir muy lejos para encontrar comida, ya que el doctor Muerte no sólo tiene su domicilio en México, sino que además se pasa allí la mayor parte del tiempo. La vida parece poco consistente y tiene un asidero frágil en un lugar donde tantas personas mueren de tantas formas diferentes y sin motivo aparente, sin razón ni causa, por el capricho o el azar, por la voluntad de Dios o por una bala perdida. De modo que la muerte se trasciende a sí misma, se convierte en arte, en filosofía, en celebración y en ritual, así como en una fuga de la cárcel en la que los condenados de nacimiento pasan el tiempo. En México, la salud y la propiedad tienen mucho más valor que la vida. «La vida no vale una chingada», como dicen ellos.
   En las zonas más remotas del país, como en la Sierra de Putla Madre, los hombres seguían vistiendo pantalones blancos muy sueltos y camisa de peón, la indumentaria que suele verse en las viejas fotografías de la revolución. Los campesinos e indios que trabajan para los propietarios de haciendas y caciques lo hacen mediante el sistema de peonaje, que no es más que una forma de esclavitud. La pobreza era tan grande y estaba tan extendida que la inanición no era una causa de muerte fuera de lo común.
     Si la gente se moría literalmente de hambre, puede imaginarse cuál era la condición de los animales domésticos. Perros esqueléticos y sarnosos sin pelo, con la piel plagada de erupciones purulentas, que se escabullían entre las sombras en busca de cualquier bocado comestible. Mantenían una cerrada competencia con los cerdos, de aspecto aún más miserable, y que no se sabe cómo conseguían atesorar la fuerza suficiente para mostrarse siempre hostiles, agresivos y peligrosos hacia los otros seres vivos. Los adultos eran enormes y no tenían casi pelo, únicamente una piel grisácea y leprosa. Más parecían reptiles que mamíferos. Sólo sus colmillos ofrecían un aspecto saludable. Ponerse a cagar cuando andaban cerca requería astucia, estrategia, destreza y agilidad. Pasaban tanta hambre que se lanzaban contra una persona agachada para pescar heces antes de que éstas tocaran el suelo siquiera. Eso suponía que tenías que protegerte detrás de un montículo o de una roca cuando querías aliviarte. También debías proveerte de un buen número de piedras para tirárselas y mantenerlos a raya hasta que habías acabado. No había nada que saliera de un ano humano, ya fuera el zurullo duro como una piedra de las épocas de estreñimiento o bien las deposiciones líquidas de la diarrea, que permaneciera en el suelo más de sesenta segundos. Los puercos se lo comían todo. De hecho, aquellos cerdos comían excrementos de todo tipo. Se comían cualquier cosa que pudieran tragar, y cuando digo cualquier cosa sólo hago una excepción: no se comían su propia mierda. ¿Quién podría culparlos?
    Después de descansar dos días para recuperarme, crucé el puente colgante de lona, dejando atrás el rancho. A partir de la lejana orilla del río el camino subía muy empinado y luego seguía ascendiendo durante dos días y medio más, hasta que justo antes de la cumbre había otro poblado. Me había encontrado con pasos tan estrechos, abruptos y difíciles como sólo una cabra montés podría haber superado, para, con suerte milagrosa, llegar a la diminuta población. Era muy pequeña, no tenía ninguna tienda. Allí no se vendía nada. A pesar de ello, en la primera casa en que entré no sólo había varias botellas vacías de CocaCola, sino también una antigua máquina de coser Singer a pedales que ya no funcionaba. Y en una choza en que no vivía nadie, una vieja mesa de billar. Me quedé anonadado, incapaz siquiera de imaginar medio alguno por el que hubiera podido llegar aquella mesa hasta donde con tanto esfuerzo yo había conseguido acceder, trepando. Bajé la cabeza, vencido. No quise seguir especulando. No quise preguntarle a nadie cómo había llegado aquella mesa hasta allí. Sólo una alfombra mágica o un milagro divino la podían haber transportado hasta aquella choza.
    Era el final. Me había quedado sin dinero y estaba extenuado hasta los huesos. Tendría que continuar sin encontrar mi Paititi, el lugar más allá del alcance de la Profana Trinidad. Coca- Cola, Máquina a pedales y Billar americano; habían llegado donde ningún explorador, misionero o ángel habían estado jamás. Así sea.
   A la mañana siguiente, cuando ya me marchaba, salió a mi encuentro en el camino un viejo indio de cabellos blancos. Tenía el rostro arrugado como manchado de café, los ojos, luminosos y sabios. Tras saludarnos con formalidad se presentó.

Pedro Meyer / 1989
Fotografía

   —Onofre Sandoval, a su servicio.
   Le dije mi nombre y le pregunté si iba muy lejos.
   —Voy a la tienda de Antonio, el español de un solo ojo.
   —¿Tienda? —exclamé, asombrado—. ¿Está muy lejos?
   —A unas cuatro horas, caminando ligero —respondió Onofre.             
   Continuamos un rato en silencio, pero la curiosidad me llevó a preguntarle qué era lo que Antonio, el español de un solo ojo, vendía en su establecimiento.
   —Aguardiente, cigarros, refrescos, cerveza cuando hay, latas de sardinas y galletas saladas. Nada más.
   —¿Cómo consigue ganarse la vida con tan pocas cosas para vender en un sitio tan remoto?
   —También cultiva maíz, claro, y otras cosas. Su casa está en un lugar estratégico, a igual distancia de tres pequeños poblados. Así que siempre va vendiendo algo, de vez en cuando. Pero aquí arriba, los que hemos sido bendecidos por la fortuna vivimos en la pobreza la mayor parte del tiempo y hay poco dinero que gastar. Yo por ejemplo he sido pobre la mayor parte de mi vida, pero no por mucho tiempo. No —repitió—, no por mucho tiempo.
   Me había ido racionando con cuidado los últimos cigarrillos que me quedaban y aún tenía casi medio paquete. Le ofrecí uno a Onofre, que aceptó agradecido, y yo cogí otro. Me puse a pensar en lo que había dicho de que había sido pobre la mayor parte de su vida pero «no por mucho tiempo». Me preguntaba qué había querido decir exactamente.    Preguntárselo a él, haciendo tan poco tiempo que nos conocíamos, habría sido poco delicado y de una tremenda mala educación por mi parte, pero la mente curiosa no descansa hasta recibir satisfacción de una forma u otra. Como no podía preguntar lo que deseaba saber, mientras caminaba, mi mente se puso a considerar diferentes posibilidades. ¿Tendría ese hombre hijos que trabajaran en la ciudad, o quizá incluso en Estados Unidos, y esperaba que le mandasen algo del dinero que ganaban? ¿Habría encontrado algún tesoro escondido en su campo de maíz, enterrado durante la revolución? ¿Soñaba despierto con que le tocara la lotería nacional? Yo seguía pensando y sin cesar. Las especulaciones se sucedían en mi imaginación, sugiriendo soluciones cada vez más ingeniosas.
     El sol no estaba aún en el cenit cuando llegamos a la pequeña tienda de Antonio, el español de un solo ojo. Por fin. Estaba cansado, tenía hambre y necesitaba descansar. De repente sentí como si descendiera sobre mí una oscura nube, abrumado por un profundo sentimiento de tristeza. Mi larga búsqueda había fracasado cuando más seguro estaba de tener éxito. Más aun, estaba a punto de entrar en la única tienda que veía en muchos días y que probablemente vería en muchos más, y no tenía dinero para comprar siquiera una lata de sardinas o unas galletas saladas, que en aquellos momentos se me antojaban un banquete principesco del que quería participar con desesperación.
   Al entrar en la cabaña de Antonio, Onofre se sacó del bolsillo un gran pañuelo de cabeza con las puntas atadas de manera que formaba una bolsa.
—Buenos días, don Antonio —dijo Onofre—. Déme un paquete de Farolitos. —Es la marca de cigarrillos más barata de México.
   Desató el pañuelo sobre el mostrador. En su interior había tres monedas de cobre: una de veinte, una de diez y otra de cinco centavos. Era evidente que se trataba de todo el dinero que le quedaba en este mundo.
   Y mientras entregaba sus últimos treinta y cinco centavos, entendí lo que había querido decir con aquello de que era pobre pero no por mucho tiempo. De hecho habló por los dos cuando dijo mientras pagaba:

—Se acabó la pobreza, empieza la miseria.

 

Ciclo Literario.