Caudebec en Caux
El jardín*

Marie Claire Figueroa


Por lo pronto, lo más exaltante para mí no era la casa sino el jardín, suspendido entre cielo y tierra. Atrás del garaje trepaba un caminito de gravilla rematado por unos escalones. Una vez reducida la casa a un montón de piedras negruzcas y de hierros torcidos y antes de su reconstrucción, subíamos a pizcar alguna que otra fruta: el cerezo de la entrada producía unas cerezas muy grandes, de pulpa carnosa y jugosa, rojinegra. De chica, Maman se comió en un desayuno una enorme cantidad y luego, tuvo la desafortunada idea de tragarse un tazón de café con leche. El resultado, me contó, fue desastroso… A mi padre le gustaba mucho la jardinería; en sus horas libres, antes de la guerra, cultivaba una hortaliza y cuando Maman me dejaba subir con él, según yo, lo ayudaba. Recuerdo un fuerte regaño, que no una bofetada, por haber arrancado a sus espaldas unos rábanos a medida que estaba deshijando.
Al fondo a la derecha, el jardín avanzaba, encima de la nada; esta especie de balcón era mi lugar favorito. Allí crecían unos arbustos de grosellas y me atiborraba de las blancas, rojas y negras. Con esta última, el cassis, se hace una jalea deliciosa así como el kir, epónimo del que lo inventó, un canónigo de la ciudad de Dijon, capital francesa de la gastronomía: un vasito de licor de casís revuelto con un vaso de vino blanco es el kir normal; un vasito de licor revuelto con champaña es un kir royal. Me gustaba también la otra grosella blanca, mucho más grande, más áspera al tocar, por su vellito verdoso; se  llama groseille à maquereau, vaya a saber por qué: el sustantivo maquereau tiene dos significados: 1.- macarela. 2.- padrote; ¡escojan el que quieran!

Arnold Newman / 1947
Fotografía

Desde este balcón, se ofrecía, después de la guerra, una vista panorámica alucinante que bien podía demostrar la impermanencia del destino: como nada dura para siempre, casas viejas y casas nuevas, casas pobres y casas ricas, obreras y burgueses o de ricos comerciantes, tuvieron la misma suerte: un bombardeo, no despiadado como pudiera uno creerlo, sino torpe y desordenado, de los jóvenes aviadores  de la RAF británica quienes, sólo a este precio, atinaron a cumplir su misión: la de destruir los puentes del Sena para cortar el paso al invasor que se aproximaba. Y yo, desde mi puesto de vigía, contemplaba, azorada, unos enormes amontonamientos de piedras dominados por la orgullosa flecha de la iglesia que había resistido con valentía, siglo tras siglo, a los embates de los tiempos, sobre todo de la locura de los hombres, más temible que el rigor de la intemperie. Pero aguantó los actos bárbaros de los iconoclastas que degollaron sus estatuas durante las guerras de religión, en el siglo XVI; más tarde, los ciudadanos de 1793 destruyeron los tímpanos para reemplazarlos por lemas de moda en la época; finalmente, el 9 de junio de 1940, el incendio que aniquiló la ciudad, causado por los bombardeos aéreos, dañó gravemente el portal mayor. A pesar de todo, la iglesia Notre Dame sigue mereciendo el elogio que habría hecho el rey Enrique IV, durante su estancia entre los muros de la ciudad: “Esta capilla es, sin duda, la más bella de mi reino.” Y eso que no era ninguna capilla, sino una vasta iglesia con una soberbia nave central y dos laterales.
        Cuando venía de vacaciones con mis tíos en Saint-Arnoult, solíamos subir el día del mercado y, al poco tiempo, pude vislumbrar, desde mi observatorio, el trajín incesante de los albañiles, cuales hormigas diligentes, levantando muros y techos, atravesando el vacío sobre tablas y escaleras azarosas, trazando nuevos espacios concebidos por los arquitectos con quienes los habitantes tuvieron no pocas broncas: el asunto de la “Banane”, conjunto de interés social en semicírculo, en pleno centro, hizo correr mucha tinta; allí se elevaban, antaño, casas del más puro estilo normando, con muros voladizos, fachadas con maderas entramadas pintadas de café o de negro; otras, como la nuestra, ostentaban piedras de sillería. Lo que aparecía ahora eran filas de hogares idénticos, lisos, sin nada que les confiriera algo de originalidad o que recordara los viejos tiempos. Sin embargo se conservó la forma de los techos, para aguantar la lluvia normanda, rara vez agresiva sino pertinaz; la mayor parte del tiempo cae como llovizna, la que está omnipresente en la novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros con el nombre de garúa. En cuanto a las casas de particulares, burgueses o comerciantes, quienes se inmiscuyeron en la construcción, recibieron un toque más personal. La última etapa que atisbé fue la de un pueblo nuevo estilo “Reconstrucción”, el mismo que recorrió toda la Europa convaleciente, en la que cada país imprimió su sello propio inspirado por su historia, su geografía o simplemente la modernidad imperante.
Se acabaron mis escapadas al jardín. Se reconstruyó la casa y sólo una tarjeta postal amarillenta de la anterior da fe de su previa existencia. Mis padres la rentaron a unos amigos ¾el Señor de la Motte Colas había sido trasladado a Rouen, capital de Normandía, como inspector general. Un capítulo más acababa de cerrarse.
Pero no terminé de describir todo lo que podía percibirse desde el jardín suspendido que no tenía nada que envidiar a los de Babilonia. A la derecha de la ciudad fluía el Sena, ancho, tranquilo, mas no siempre: en fechas regulares, dependiendo de la luna, una enorme ola, el Mascaret, refluía del mar y pobre del que se acercaba a la orilla. Al principio de la ocupación alemana, un oficial bajó al bordo, entre las piedras, con la intención de sacar fotos. Los espectadores franceses, siempre numerosos ¾a veces, venían de lejos para observar este fenómeno único en la región¾ vieron avanzar el hombre, pero ninguno lo advirtió del peligro. Sucedió lo que debía suceder: sin decir “Agua va”, la ola gigantesca se lo llevó. Los normandos pensaron, tal vez, que de esta manera vengaban las muertes de nuestros soldados en el frente. No se daban cuenta, sin embargo, que, al no impedir el fatal accidente, se dañaban a ellos mismos puesto que la venganza de ninguna manera puede considerarse un remedio.
En la ribera opuesta del Sena se divisaban los bosques de la Forêt de Brotonne. A intervalos regulares, una panga de motor (el bac) iba y venía, cargada de carros y pasajeros. Cuando teníamos que atravesar el Sena, me bajaba del coche para escurrirme en una de las salientes y observar cómo el bac quebraba las olas; la punta del haz de gotitas me salpicaba las manos colgantes por encima del barandal. Si el sol daba de este lado, miles de pequeños arco iris recaían sobre la espuma. El agua partida por la panga dejaba oír un cuchicheo continuo o una suerte de siseo que me hipnotizaba: soñaba con viajes largos alrededor del mundo, ignorando todavía que, pocos años después, recorrería 10.000 kilómetros en un  mes, hasta México, en un pequeño barco de carga  italiano, el Andrea Gritti, entre ruedas de Gorgonzola y motores de Fiat.

Brassai / 1939
Fotografía


 ¾Tu viens, ma petite fille? Súbete al carro, hemos llegado.                      La voz de Maman me sacaba de golpe de mi ensoñación, los marineros ya jalaban las cadenas para amarrar la panga al dique.
 Los horarios, muy precisos, estaban impresos en carteles y respetados, excepto en casos especiales, cuando la niebla invernal impedía la visibilidad o si se asomaba a la vuelta del meandro de Villequier (¿Villequier, se acuerdan?, la muerte de Leopoldine  y de Charles Vacquerie, hija y yerno de Victor Hugo, ahogados en el Sena) uno de esos majestuosos buques que entraban a Francia por el puerto de Le Havre y terminaban su derrotero en el puerto fluvial de Rouen. De hecho, antes de surgir, anunciaban su presencia con el ulular de su sirena.
Desde el balcón del jardín y tiempo después, desde el balcón de la otra casa reconstruida a la orilla del Sena, me fascinaba la vista de estos edificios navegantes. La bandera que ondeaba al viento en la popa fue mucho tiempo un misterio para mí hasta que mi padre se hizo de un librito ilustrado que respondía a mi sempiterna pregunta:  ¾¿Y éste, Papá, de donde viene?
      Años después de la guerra, se construyeron dos puentes. Uno, el puente de Tancarville fue, durante mucho tiempo, el más alto del mundo con una longitud de 856 metros, hasta la edificación en 1999 del puente japonés Tatara que lo rebasó. Menos aparatoso, el segundo puente comunica las dos riberas del Sena a la altura de la Forêt de Brotonne, así que “¡Adios panga!” Tal vez la mandaron a un museo de la marina.
      Al fondo del jardín bajaban las escaleras del Calidú (“cal”, de nueva cuenta); un camino vecinal se adentraba en un bosque y subía atrás de las casas de la calle principal. Luego esta última se convertía en carretera, la que tomábamos para ir a la casa de mis tíos, en Saint-Arnoult, y que lleva, 60 kilómetros más lejos, al puerto de Le Havre (havre, refugio, haven en ingles, heaven, refugio después de la muerte para los creyentes, ¾sólo los creyentes, porque los demás no tendrán otra solución que la de precipitarse al purgatorio o al infierno, siempre cuando, por supuesto, estos parajes existan¾, Hafen en alemán, como las siniestras islas de Cuxhafen, al norte de Hamburgo, que sirvieron de escondite a los submarinos alemanes durante la guerra).  
Pero este jardín era pequeño en comparación con la inmensa hortaliza y la huerta de mi tío Edmond y de mi tía Renée, en Saint-Arnoult. En esa mansión todo era inmenso para mí, del jardín al desván, de la granja al bosque, del césped en frente de la casa a la pradera al lado opuesto. Entremos pues, de una vez.

* Memorias de guerra de una niña, capítulo IV

 

Ciclo Literario.