Bar Azteca

Lorenzo León


Alberto la había visto en el bar. Ella le hizo señas y él la abordó cuando Carlos Cuevas y su grupo comenzaron a tocar la primera rumba. Todo sucedería después como una de las miles de historias que constituyen el invisible tejido de México-Tenochtitlan. ¿Por qué —pensó Alberto, que había llegado hacía poco de una ciudad del interior— todo allí era una palpitación a punto del sacrificio? Una fuerza de obsidiana se introducía en los metales del conjunto, y los timbales marcaban el golpe de las palabras de Olivia.
     —Aquí conocí a Matías, un mulato de Cuba. Desde el primer día dormimos juntos. Luego me embaracé de Catalina... y después de Victoria. Pero ahora te digo, el peor día de mi vida fue el de mi boda, y mira que he tenido días malos. Después de la ceremonia un grupo de gente, mis familiares y amigos más cercanos, vinimos al bar y también aquí, Matías me dio mi primera lección, empezó a besuquear a un par de extranjeras frente a todos. Lo tuve que sacar a bailar, azorada. Este sitio me encanta, he venido desde que era estudiante. Sólo que el dueño me choca, es un imbécil.
—Seguramente quiso contigo...
 —No, qué horror. Una vez estaba un tipo en otra mesa, viéndome insistentemente. Yo me levanté al baño. Él se me acercó y me metió la mano hasta aquí — dijo Olivia, señalando por encima de su muslo—. Estaba borrachísimo y yo venía con unos amigos, dos norteños jugadores de fut bol americano. No quise hacer un escándalo. Agarré al tipo, se lo llevé al dueño y le dije que lo sacara. Él me vio como a un gusano, ni se inmutó, y se volteó para seguir cobrando. Es un desgraciado. Yo me las arreglo sola, Alberto. Y soy feliz. Tengo esa bronca, que ni te imaginas, de dos hijas. Para salir a trabajar y a divertirme tengo que pagarle a una chica. Ayer debí dejarle su dinero pero el irresponsable de Matías no me depositó, tuvimos una discusión hace días. En mi trabajo ya sabes, me pagan una miseria y me exigen la vida. Pero lo entiendo como un reto, igual que cuando salgo en la madrugada de aquí, sola, caminando por estas calles, con la posibilidad de que me salga una banda, y qué haría, pienso; pues cálmense, propondría, nada más sin violencia. A eso me arriesgo.

Pedro Meyer / 1982
Fotografía

      Entre el flujo de la danza, Olivia le había dado su teléfono. Al día  siguiente él la llamó para invitarla a comer en un lugar cerca de su trabajo. En el restaurante, Alberto admiró la piel morena de sus brazos y cuello, y confirmó sus rasgos mexicas. Pensó que mujeres como ésa, en la antigüedad, mirarían el rostro de los sacrificados cuando, entre tambores y cantos, subían hacia la punta de la pirámide. Se dedicó a observarla atentamente, e imaginar su cuerpo. Su ropa suelta y luida no permitía apreciarlo. Era como si se vistiese así a propósito. Luego, cuando él propuso ir a otro lugar, ella le dijo que tenía que partir.
—Te espero mañana en mi casa, a comer— lo consoló.
Le había sucedido otras veces, llegar a un hogar desecho, pero esta vez la herida era fresca. Se respiraba urgencia, limitación detenida en el color percudido de las paredes, en el verde desvanecido de la alfombra. Por las ventanas se veía la ex fábrica de jabones en proceso de demolición. Todo tenía el trazo del abandono y de la destrucción. Pronto, las viejas y desmanteladas estructuras darían paso a uno de los cientos de centros comerciales que se propagaban en la ciudad. El departamento olía a encierro. 
   Catalina, la hija mayor de Olivia, se mostró curiosa con el visitante. Alberto se sorprendió cuando la pequeña le comentó a su mamá:
—Es guapo. —Y vio un rasgo de precocidad en sus ojos sensuales.
Después de la sobremesa, Olivia caminó hacia una hamaca prendida entre dos columnas de la amplia sala. Se acostó con la hija más pequeña, la otra las empezó a mecer.
—Vente para acá, Alberto— lo invitó.
Alberto caminó hacia la sala; Olivia se incomodó, eran muebles desfondados, con el tapiz sucio.
—Me refiero a la hamaca.
     Alberto se sintió a gusto al colocarse en posición fetal al lado de Olivia y su bebé, lo hizo recordar otros tiempos, y sintió algo como un deseo lento y doméstico por la mujer, quien le pidió un masaje en los pies. Luego se durmieron. Más tarde, cuando vieron con las niñas una película infantil, entró en su cama. Olivia estaba tendida boca abajo, con la cabeza cerca de la tele. Así, Alberto pudo besar sus pantorrillas fuertes y bien hechas, acariciar sus muslos y el comienzo de sus nalgas.
—Espérate, Alberto.
Era una promesa; nada más que las niñas se durmieran, el hecho sucedería.
—¿Vienes preparado?
—Sí— dijo Alberto.
—¿Psicológicamente?— rió ella.
Cuando Olivia, montada sobre él, entraba en el orgasmo, la bebé, al lado, despertó. Alberto se detuvo.
—Está dormida— dijo ella. Pero la niña los miró.
Al acabar de hacer el amor, la sensación de ser un suplantador iba en aumento y  Alberto se miró en el molde de Matías, un desconocido del que Olivia se resentía con acritud.
—Sí, nos queríamos, pero él me puso el cuerno.
— ¿Sólo por eso lo odias? —preguntó, presintiendo que un carácter como el de Olivia no podía arredrarse únicamente por la promiscuidad de su esposo.
—No, fueron muchas cosas, lastimaduras, cosas a las que me obligó. Una vez llegó con una mujer, muy bella, y me la echó a andar. Yo me dejé ir y me acosté con ella frente a él y cuando lo llamé conmigo, después de haber satisfecho su fantasía voyeur, no me hizo caso. Nos metimos a bañar, y mientras me lavaba los dientes entró Matías y  la tomó en la regadera. Eso me dolió... casi nunca estoy con mis hijas, por eso duermen conmigo; aunque no despierten, saben que estoy con ellas. Dormidas se abrazan a mi cuello o Catalina me dice “mamita te quiero mucho”. Y no sabes lo que es eso, lo que ese calor y esas palabras me producen.

Christer Stromholm 1970
Fotografía

Alberto, atento, escuchaba, pero quería mantener a Olivia destapada, contemplarla desnuda. Ella le dijo de súbito que la trataba como un maniquí. De nuevo, él se sintió en un lugar equivocado.
Afuera sonaron ruidos, quizá en el pasillo del edificio. Parecía alguien cerrando una puerta, unos pasos acercándose.
— ¿Estás segura que no vendrá Matías?
— No, ya te dije que no está en México.
     Sin embargo, el estremecimiento de Olivia manifestaba peligro. Se incorporó y lo miró desde la entrada de la habitación, iluminada solamente por el resplandor exterior que se filtraba por la cortina.
 —Bueno, debo confesar que le tengo miedo. Aunque hace apenas unos meses que estamos separados, siempre ha pensado que soy una puta; ha sido muy violento, no me deja ni respirar y he tenido que lamentar sus golpes. Mejor vete.
Alberto mostró desazón, se sentía inseguro pero a la vez deseaba seguir acariciando ese cuerpo de pezones maternales.
 — No quiero que las niñas te vean por la mañana. —dijo Olivia con determinación.   

 Alberto comenzó a vestirse... pero no encontró sus zapatos.  Olivia ya había  encendido la luz. Buscó bajo la cama, fue al clóset. Nada. No estaban por ningún lado y la chapa de la puerta exterior giró de pronto. En un segundo, Olivia vio a Alberto con ese rostro pétreo de las mexicas que bordearían el camino hacia la pirámide. Él sintió el fulgor helado de una leyenda transparentándose en la piel morena de Olivia. No podría salir. Se percató de la magnitud de su error. Entonces quedó inmóvil en la recámara, como un animal fascinado bajo el acecho de otra fiera. Cuando Matías abrió la puerta los vio, a ella casi desnuda, a su amante sin zapatos. Alberto pensó que ese detalle destacaría en la nota policíaca. Catalina, menuda y silenciosa, seguía a su padre. No había sorpresa por parte de ninguno. La sensación de agobio y rencor que Alberto había sentido escurrir de las paredes, estaba por fin revelada en los ojos del desconocido que le apuntaba con el negro y frío artefacto en la mano, y con cuya detonación el rostro de Olivia le entregaba su piedad de roca que siempre, pensó Alberto, había estado en los ojos oscuros de la chica casual en el bar Azteca.

 

Ciclo Literario.