Voltaire aquí y ahora

Michel Delon


Desde Goethe, se ha repetido a menudo que un mundo se acaba con Voltaire y otro empieza con Rousseau. Roland Barthes todavía presentaba al autor de Candide  como el último escritor feliz. Sin embargo, este mundo al que Candide es arrojado, en medio de las guerras y de los sísmos, lo conocemos, es el que los periódicos nos presentan cada mañana. Por un lado, Voltaire nace súbdito de Luis XIV, está nutrido de convicciones clásicas y de grandeza francesa. Por otro, descubre la violencia y la injusticia, aprende inglés e inventa el compromiso de lo que se llamará, siglo y medio después, el intelectual. Por un lado, cree en el  gran estilo, lleva peluca, sabe adular al poder en turno. Por el otro, multiplica las formas nuevas, transforma en arte panfletos y cuentos que el Parnaso recusa, se instala en Ferney como un opositor a todo lo arbitrario.  Esta elección de Ferney, en la región de Jura, es emblemática, entre Francia y Suiza, entre el Antiguo Régimen y una sociedad nueva que falta precisar, entre las bellas letras y una literatura que se libera del arte poético.

Richard Worsching / 1932
Fotografía

Un retrato satírico anónimo, difundido después del escándalo de las Cartas filosóficas, presenta al filósofo “non vultus, non color unus”, cambiando sin cesar de rostro y de color. La fórmula le servía a Virgilio para caracterizar a la Sibila en trance. Podría uno creerse lejos de Voltaire, sin embargo la observación es acertada. “Raudo hasta la distracción, es un apasionado que va y viene, que lo deslumbra a uno y chispea”. El retratista prosigue: “Sabe el mundo y lo olvida. En la mañana Aristipeo, Diógenes en la noche, le gusta la grandeza y desprecia a los grandes”. Cuarenta años más tarde, el patriarca prefiere una vestimenta descuidada a los trajes de la corte, corresponde con la Europa entera, interviene en todos los asuntos que se le presentan. El pintor de Ginebra, Jean Huber, lo visita regularmente y capta las fisionomías de su anfitrión con el lápiz y la pluma, el pincel y el cincel, que dibujan siluetas de moda en ese entonces. Una serie de cuadritos se encuentra hoy en el museo del Ermitage de San Petersburgo. Allá, Voltaire aparece ceremonioso o desaliñado, gentilhombre pueblerino o militante, presto para disfrazarse y rehusando ver en aquello otra cosa que la máscara de un momento, de la misma manera que multiplica los seudónimos – no menos de doscientos.
En este principio del siglo XXI, podríamos creer que el huésped del Panteón está definitivamente asentado en su gloria. El poeta y autor trágico había terminado por dejar lugar al cuentista, el chantre de Enrique IV al guerrillero del caso Calas. En un dossier anterior del Magazine littéraire, René Pomeau, quien reinaba sobre los estudios volterianos, exponía su concepción del filósofo, deísta y anticlerical. Los dos textos de referencia eran Candide y el Tratado sobre la tolerancia. Veinte años más tarde, los corpus han evolucionado, las problemáticas han sido reformuladas.  La publicación de la Correspondencia por Teodoro Besterman y la adaptación francesa de esta edición por Federico Deloffre han ayudado a dejar de considerar las cartas como un simple documento biográfico o una reserva de anécdotas. La rehabilitación de la retórica repatrió a Voltaire del lado del siglo de Luis XIV, del que se hizo el historiador, del lado de los salones y de la conversación mundana. Pero, en sus epístolas, destinadas por lo general a difundirse, apareció sobre todo como un escenógrafo de sí mismo, en el gran teatro europeo. Interpreta papeles, manipula imágenes de sí mismo. Al igual que Rousseau, integró su vida privada a su estatuto de escritor.
Intelectualmente y literariamente, este Voltaire es más complejo que el escritor con el que nos habíamos conformado durante mucho tiempo. La progresión de la edición de las Obras completas en Oxford resaltó lo macizo de las Cuestiones sobre la Enciclopedia. A menudo reducidas a una simple extensión del Diccionario filosófico, estas Cuestiones aparecen, gracias al trabajo dirigido por Christiane Mervaud, como la voluntad de un individuo de construir su propia Enciclopedia. Intelectualmente, pelea en todos los frentes, filosófico por supuesto, pero también científico, económico, estético. Desde el punto de vista literario, se lanza a una reescritura de un aspecto completo de sus textos anteriores. Paralelamente a semejante suma, juega con formas cortas, epigramas, panfletos, que evolucionan con el transcurso de las ediciones y que pueden conocer reagrupamientos diferentes. Se ha emprendido una reflexión sobre la noción de misceláneas que pertenecen a la vez al principio de variedad y de urgencia del acontecimiento. Ahora es el teatro de Voltaire que debe repensarse.

Si esta evolución de las lecturas volterianas arriesgaba alejar el Tratado sobre la tolerancia de nuestras preocupaciones, aquí está la actualidad para disuadirnos. Nos toca, entonces, leerlo en su diversidad y sus contradicciones. El esfuerzo de rigor histórico evitará los contrasentidos y anacronismos; al mismo tiempo, el pasado servirá de advertencia para el futuro. Los dogmatismos, los pensamientos únicos, el deseo de avasallar los media, son pertinaces. Llaman a los plumazos que ayudan a tomar conciencia. La opinión no se reduce a las cifras de los sondeos, se expresa también a través de las palabras, a través de un estilo. Al estilo Voltaire.

 

 

Ciclo Literario.