Una rebelión en contra de la fatalidad del mal

Bronislaw Baczko

Entrevista de Alexis Lacroix.

 


¿Cómo Voltaire se adjudicó la cuestión del mal?
Bronislaw Baczko. En los años 1730 y 1740, en la época en la que redacta Le Mondain, Voltaire adopta una visión optimista del mundo. Esta visión optimista está a la vez marcada por una exaltación de la vida y un rechazo del pecado original. Fuertemente influenciado por Newton, Voltaire está seducido por algunas interpretaciones metafísicas y teológicas de la física newtoniana. Así, insiste sobre su rechazo de los sistemas metafísicos de la edad clásica, de sus especulaciones sobre lo absoluto, la sustancia material o espiritual, la armonía preestablecida, etc. Una vez adquirido este punto, no adopta una concepción cientista del saber. Ya que, para él, la ciencia resalta la racionalidad y la armonía del orden natural. Los hechos no se explican sólo por otros hechos, sino también por su relación con el “gran todo”, con la naturaleza concebida como orden. La idea de este “gran todo” lleva necesariamente la razón a admitir la existencia de un poder ordenador de este conjunto de seres. Desde el punto de vista ontológico, la naturaleza es, pues, lo que debe ser: Dios hizo converger en ella el ser y el deber-ser, la existencia y la norma. En el “gran todo”, cada ser está en su lugar. Lo mismo para el hombre en particular.

Andrés Garay / 1985
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Es la época en la que condena todavía el pesimismo ontológico…
En esta etapa de su pensamiento, Voltaire está seducido por la idea de una “gran cadena de seres”, una escala gradual que va del átomo al Ser supremo y a través de la cual la naturaleza manifiesta su extraordinaria continuidad. Muy pronto, el pensamiento de Voltaire se afirma frente al de un gran adversario, el “sublime misántropo” Pascal. Voltaire le reprocha la idea recurrente que desarrolla en las Pensées, la de la infelicidad irreducible de la condición humana. Voltaire rehúsa entonces considerar al hombre como marcado por el pecado original, condenado a una existencia desdichada, desgarrado entre los dos infinitos, a la manera pascaliana.
¿Qué es lo que hizo evolucionar a Voltaire en su reflexión?
La ocasión se la dio el desastre de Lisboa. El sismo que golpeó, el primero de noviembre de 1755, la capital portuguesa, provocó, en Voltaire, un sismo moral.  Acerca de la extensión del desastre, las primeras  noticias eran espantosas. Decenas de miles de muertos, una ciudad entera aniquilada, sobrevivientes errando entre las ruinas en búsqueda de sus allegados. “He aquí una física muy cruel, escribe Voltaire a uno de sus amigos de Ginebra. Mucho trabajo nos costará adivinar de qué modo las leyes del movimiento operan desastres tan horribles en el mejor de los mundos posibles”. En la misma época, empieza a redactar su Poème sur le désastre de Lisbonne. El cuadro de las desgracias que se abatieron sobre la ciudad  es el pretexto para reflexiones que sobrepasan ampliamente los eventos aciagos al origen del poema. “Filósofos engañados quienes gritan: ‘Todo está bien’; / Acudan, contemplen estas ruinas espantosas. / Estos pedazos, estos jirones, estas desdichadas cenizas /  Estas mujeres, estos niños, el uno sobre el otro amontonados.” Y Voltaire amplía su discurso: “Este mundo, este teatro de orgullo y de error / está lleno de infelices quienes hablan de felicidad”. Voltaire rompe claramente con su visión anterior. En breves palabras, ya no objeta a Pascal que está uno “a gusto sobre la tierra”.
¿Cuáles fueron las repercusiones de este seísmo sobre la filosofía de Voltaire? ¿Acaso se acercó al pesimismo ontológico de Pascal?
        Después de una primera reacción irónica, Voltaire dejó lugar a la aflicción. Reflexionó en solitario para saber hasta qué límites podía llegar. El Poème sur le désastre de Lisbonne, a pesar de la prudencia de su autor para evitar la blasfemia, expresa una queja que suena como una acusación contra la Providencia. El mal no tiene ningún sentido, es un escándalo, y sin embargo, la desdicha no deja de aplastarnos, a nosotros, los humanos. Para Voltaire, fue la oportunidad de dar libre curso a su emoción ante el desastre, luego de confesar las dudas suscitadas en él por la organización racional y óptima del mundo defendida por los filósofos optimistas. En efecto, todo sucede como si este desastre hubiera provocado en Voltaire una crisis filosófica y moral: su percepción del mal cambia, como su manera de hablar de aquella. En sus cartas del final de 1755 y de 1756, el leitmotiv de su Poème regresa sin cesar: “El mal está sobre la tierra. Y se burlan de mí quienes dicen que mil desdichados componen la felicidad”.  

Anders Petersen
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Por lo demás, usted mostró1 que otros intelectuales de la época de las Luces han sido sacudidos por la catástrofe de Lisboa…
Digamos que el sismo filosófico provocado por ese temblor no ha conmovido solamente a Voltaire. Se le han dedicado numerosos comentarios: decenas de publicaciones, folletos, panfletos, difundidos en toda Europa. El acontecimiento sacudió la imaginación de muchos y tuvo repercusiones por una inquietud latente que hace titubear a las mentes. Así se acordará Goethe que “a los seis años, la bondad de Dios se le hacía, en algún modo, sospechosa”. Al hablar de ese sismo y de los escritos que le fueron dedicados, Kant, en 1756, manifiesta, a su vez, un malestar difuso: “Habitamos apaciblemente un territorio cuyas fundaciones mismas a veces son destruidas. Sin preocupaciones, edificamos sobre bóvedas cuya piedra angular se tambalea y arriesga derrumbarse”, escribe el filósofo de Königsberg. Pero es el Poème de Voltaire  el que provoca un escándalo, por el hecho de poner al desnudo una crisis general de valores que él no hace más que agravar.
¿En qué términos se enuncia esta crisis general de valores?
El desastre de Lisboa es la pauta con la que la creencia en una racionalidad de lo real se revela una ilusión.  Un edificio intelectual se agrietó: la idea de un mundo concebido como un todo racional, en el que la razón humana se reconoce y en donde el hombre se siente por doquier en casa.  Voltaire, después de haber aportado su apoyo a este grandioso edificio, será llevado, por su grito de rebelión y de desesperanza en contra de la fatalidad del mal, a amenazar derrumbarlo.
¿Antes del desastre de Lisboa, habían aparecido presagios de semejante vuelco filosófico?
Un acontecimiento íntimo ya había llevado previamente a Voltaire, desde fines de los años 1740, a progresar en su idea del mal: la desaparición de Madame du Chatelet que fallece de una fiebre puerperal después de haber dado a luz a un niño que no vivirá. Para Voltaire, esta muerte fue primero un drama personal, aunque, desde algún tiempo, sus relaciones con la “divina Emilia” se habían enfriado. Su correspondencia refleja el sentimiento de lo absurdo que se adueña de él: “Perdí a un amigo de hace veinticinco años, un gran hombre cuyo único defecto era el de ser mujer, y a quien todo París añora y honra”, escribe a Federico II.
¿En qué Candide atestigua una nueva inflexión de su idea del mal?
Al contrario de lo que repiten algunos lectores de este cuento, Candide no se ciñe a una polémica con la doctrina filosófica encarnada por el personaje de Pangloss. Candide presenta sobre todo un catálogo de las posibles posiciones del mal. Candide, reducido a su anécdota, es una sucesión de cuadros horribles dominados por una crueldad absurda. Desde Cunegunda, violada por los búlgaros quienes asesinaron a sus padres, hasta Pangloss, que sólo debe la vida a un verdugo de la Inquisición quien no lo colgó correctamente, toda la poética de este cuento está al servicio de una representación del mundo desprovista de sentido. ¡Triste verdad! La fatalidad del mal se confirma en todos los rincones del mundo y en el curso de las aventuras de todos los héroes del cuento. Lo absurdo no puede esquivarse. Uno de los mensajes más recurrentes de Candide es el de resguardar contra la convicción que sería posible edificar un mundo sin mal. El personaje de Martín, por lo demás, atiborra al héroe de consejos que son todo lo contrario de los de Pangloss ya que es pesimista. Pesimista por ser maniqueo: para Martín, la frontera que separa el bien del mal es nítida y cortada en seco, pero el mal siempre es el gran vencedor, in fine.

Nicholas Siclair / 1996
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En cambio, ¡el mal no es el vencedor en Eldorado!
        Cierto, Eldorado constituye la excepción a la fatalidad omnipresente del mal, pero es un remedo, una parodia de la utopía, en un país feliz de ninguna  parte. Es la única comarca en donde todo está bien, en donde el lodo es de oro y en donde los niños juegan con tejos que son rubíes. Sin embargo la estancia en este lugar bendito no es concluyente. Candide y su compañero se aburren terriblemente allí. No se reconocen en un Edén en el que todo está bien, sino en el mundo cruel en donde asola la Inquisición y en el que arrasan las guerras y los fanatismos. Es en este mundo, el único a la medida de los hombres, que se acaba la historia de Candide y de su “pequeña sociedad”. De ahí la célebre conclusión narrativa de Candide, la metáfora vuelta proverbial: ya no preocuparse del bien y del mal, dejar el mundo seguir como sigue, y conformarse con cultivar su jardín.
¿Qué debemos pensar de esta metáfora? ¿Está allí el corazón del mensaje de las Luces?
        La conclusión narrativa de Candide es filosóficamente ambivalente. El jardín para cultivar es una metáfora que se presta a lecturas diversas. Pero no puede entenderse este mensaje final, tampoco más ampliamente el de Candide en su conjunto ─que prácticamente no se resume ni se reduce a su anécdota─ si se escamotea una dimensión esencial, la de la risa volteriana.
¿Cómo definiría usted esta risa, justamente?
En el cuento, las desgracias de sus héroes y lo absurdo de este mundo que es el nuestro están precisamente representados. Estructurada por la rigurosa organización del texto, indisoluble de su lengua  y de su ironía, esta representación es el lugar en donde se ejercen la inteligencia y la risa de Voltaire. Así, la manera de narrar este cuento incita a sus lectores, no sólo a burlarse del “todo está bien”, sino también a relativizar el peso de sus desgracias, cuyo grotesco encadenamiento marca el destino de los personajes del cuento. A esto se agrega la conclusión, con este precepto “hay que cultivar su jardín”. Qué significa sino que al aburrimiento invasor, Candide encuentra un amparo al adoptar la única actitud conveniente para salir del dilema, en el que el hombre, por su condición, parece estar encerrado. “Vivir en la convulsión de la inquietud o en el letargo del aburrimiento”.
Voltaire, como usted lo explicó2, concebía su papel de intelectual con una asombrosa modernidad. ¿En qué la publicación de Candide manifestó esta modernidad?
No olvidemos que Voltaire esperaba que su libro fuera prohibido. El modus operandi que escogió para difundir su cuento es el de un lanzamiento casi militar. Concibió esta publicación como un jefe de estado mayor que prepara una batalla decisiva. Para burlar la vigilancia de las policías y de los censores, Voltaire surge, al mismo momento, en varios lugares: Parías, Ginebra, Ámsterdam y Lyon. Por lo demás, no firma su libro, sino que lo presenta como la obra, traducida del alemán, de un tal doctor Ralph. Un juego de escondidillas que disfruta: públicamente, niega la paternidad de Candide; en lo privado, se complace en aquello. El juego de escondidillas le permite también afilar en sus lectores el gusto de la transgresión. El libro prohibido circula así de mano en mano. Una vez en casa, el lector, después de haber recuperado un ejemplar difundido de modo más o menos clandestino, se desternilla de risa, también ilícita. Todo sucede entonces como si, en Ferney, Voltaire prestaba oídos diario para escuchar los ecos  de esta risa ilícita que, desde toda Europa, llegan a su “jardín”. Del precepto “Hay que cultivar su jardín”, la publicación misma de su cuento ofreció una aplicación asombrosa. Para Voltaire, el Candide es también su manera de combatir el mal y, a raíz de esto, de arrojar piedras al jardín de los demás: de los jansenistas, del rey de Prusia y de otras potencias en guerra, del papa, de la censura, de la Sorbona…
                                                                   
Traducido por Marie-Claire Figueroa
Tomado del Magazine littéraire
Septiembre 2008, Nº 478.

1 Bronislaw Baczko. Lumières de l’utopie, 2001.
2 Job, amigo mío. Promesas de felicidad y fatalidad del mal, 1997.

 

 

Ciclo Literario.