El cuerpo de la resurrección*

Lorenzo León Diez


 

Le dice José Lezama Lima a José Carlos Becerra en una carta:
“Se pregunta por su cuerpo y los cuerpos pero se comprueba usted con la respiración de los pulmones”.
Esta pregunta y esta comprobación es lo que impresionó a ese espíritu tan cerebral, en La Habana. En la misiva, Lezama invitaba al poeta mexicano a visitarlo para disfrutar juntos la brisa de Cuba. Era muy probable que a su regreso de Europa, a donde Lezama enviara su epístola, José Carlos fuera a verlo. Pero queda en una era imaginaria la mejor cita jamás cumplida, la de dos poetas latinoamericanos, uno en su juventud, otro en su fulgurante madurez, admirándose, siendo contemporáneos. Las palabras que Lezama escribió a su amigo, cuyas cartas –dice- le abrazaban con alegría, no las leyó el poeta tabasqueño. Quedan como ilustración precisa de eso que el propio Lezama escribe en su carta para definir a la poesía: ausencia de ausencia. Y esa es su gran coincidencia, ese es el terrible regalo que recibe el poeta cubano como respuesta: el silencio. Es el hombre para la resurrección el que le habla ahora, es, definitivamente, el espejo, tema tan poderoso como el cuerpo en la poesía de José Carlos: el cuerpo, el espejo, la resurrección.
Como fondo: el mar y la noche. Telón en el que se desarrolla la vivencia encarnada de la palabra, gran protagonista en el escenario verbal de José Carlos, la palabra no solamente como sustancia sino como concepto, como personaje.

Bastienne Schmidt / 1991
Fotografía


Al leerlo, al escribir sobre él en estas, su tierra y sus aguas, sentimos un cálido privilegio, estar en un recordatorio masivo donde pronunciamos sus palabras. Repetimos sus versos. Es lo mejor que podemos hacer, festejar la vena acuática de su poesía, como el mapa de Tabasco, una región siempre amenazada por esa masa que se filtra en sus poros arenosos; el mar y el río, palabras que en la obra de este poeta llegan a ser corrientes como monedas, letras de cambio que truecan el día –noche; que diseñan el cuerpo, y algo más sutil aún: la desnudez.
    Entonces vemos que la mano, la boca, el vientre, el brazo, los ojos, las quijadas, las entrañas -- que expelen lágrimas y vómito--, están mejor en un espejo: junto a las palabras. Ese es el teatro en que trabaja: el que teje la mano, el que los ojos numeran, donde se pone la mejilla, que besan los labios sonrientes, que pronuncia la voz, que hace latir el corazón, al que asoma el cuello, señala el dedo meñique, que toca el seno, la carne que invita a ser acariciada, la piel del mar.
     Es un náufrago el poeta, a veces más bien un ahogado que alcanza la palabra como única solidez, una isla, una flotación provisional, un reflejo. Es el ahogado en un espejo que pronuncia la palabra como ausencia de la ausencia.

    La palabra, entonces, es una entidad como el mar. La palabra que el poeta porta puede dialogar con esas fuerzas: la noche, el cuerpo, la desnudez, el espejo, la resurrección. La palabra como la tierra vive las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno. Como una ciudad, como el campo. La palabra tiene ese rango, el mismo que una habitación. Un cuarto donde está despierto un hombre que ejercita el “habla rigurosa de la eternidad”.
Y otra vez: los huesos, el corazón, las manos, los cabellos, los muslos. Sus variaciones, sus fluidos, sus invenciones, sus delirios, tienen como centros generadores a estas entidades: la cabeza, los espejos rotos.
José Carlos Becerra comprende que el todo es una fisiología, el amanecer y el anochecer son parte de la mano, los labios, los senos, las mandíbulas. Así los astros, el otoño, la hierba, la cabeza, la lengua, las hojas pisadas y todas las imágenes de lo posible.
Vamos viendo cómo poco a poco o en frecuencias relampagueantes, se va irguiendo un cuerpo que es el de la naturaleza y el ser. No es una dualidad, sino  una unidad y totalidad al mismo tiempo. Porque el mar, la noche, el invierno, la ciudad, qué son sino palabras en la página: profecías.
    Cito estos versos que explican mi sensación al visitar el museo de La Venta:
“Son los signos que el hechicero maya conjuraba en su elevación nocturna”.
Por eso José Lezama Lima lo había invitado a publicar en su revista Orígenes pensada –dice el cubano-para que “la poesía que allí apareciera fuera una poesía vuelta a los conjuros, a los rituales, al ceremonial viviente del hombre primitivo”.Cómo no iba a gustarle entonces la poesía de ese joven mexicano que parecía venir de un cuerpo precioso tocando una flauta para subir a la pirámide. Cómo no iba a fascinarle eso que lo hermanaba al tabasqueño, a su vecino en el compartir de este mar- puente, mar- hiedra, mar-sangre. Coinciden en esto: Las palabras son cuerpos, acarician. Las palabras son lámparas: iluminan. Las palabras son espejos: reflejan. Y tienen dientes, estómago, mandíbula. Y les gusta la noche.

Yasuhiro Ishimoto / 1951
Fotografía

Quizá porque la noche es -dice Becerra-:
“el traje de la resurrección”
Era el tema también de Lezama; cuando llegue la resurrección –le dice en una entrevista a Armando Álvarez Bravo (Ciclo 80)- “Todo brillará, hasta las cicatrices de los santos”. Y la resurrección, que es la mayor posibilidad infinita -nos explica Lezama en su sistema- tiene que reencarnar en la imagen.
Becerra como Lezama enfrentan juntos, en sus cartas, en la devoción naciente que empezaban a profesarse, la teoría hideggeriana del hombre para la muerte, levantando, en contra de esta definitiva y sorda determinación, el concepto de la poesía que viene a establecer –dice Lezama- la causalidad prodigiosa del ser para la resurrección.
“La vida –escribe José Carlos-- es la gran respiración de la muerte”.
Cuánto conocimiento encontramos en estos versos. Qué concentrado optimismo el saberse dialogando con los “dioses antiguos”. Es el sacerdote profesando en el islote de la palabra, un esqueleto en “atrocidad lunar”: un falo viviendo el “terror de una pasión sagrada.”
Son los cinco sentidos: sangrando, “comiendo hacia fuera, vomitando hacia dentro”. Son “intestinos espirituales”. Son oraciones en los templos. Es “La carne que se hizo piedra para que la piedra tuviera un espejo de carne”, nos dice José Carlos en su poema La Venta.
La resurrección será en el orden temático de su poesía, cada vez más una certeza. La “inscripción del polvo”, “el viejo sueño del instinto”. Es el hombre en unidad con la naturaleza que entra en el espejo, es la carne que se hace piedra, es el hombre que se hace imagen. Rostro, boca, labios, saliva que “segrega laberintos”.
Se trata entonces de permitir que “todo tome su forma antigua”. Los senos, los muslos. Su poesía no cesa de “emitir movimientos de anotación corporal”, como el pentagrama de un ballet. Un cuerpo, finalmente, reducido a su “retrato”. La condensación del espejo: “el cuerpo invisible atrapado por la visibilidad”.
Pronto –se dice José Carlos en su poema Días dispuestos alrededor “no volverás a salir en ninguna fotografía.”
Está cantando finalmente a sus órganos  “adiestrados para la resurrección”; ya está a un paso de estar en el “espejo transparente”, donde no la alcanzará ni “la garra de Dios” o “la idea”. La muerte, para Becerra es “una cualidad de la carne intemporal”. Nos percatamos que esta carne “aparta a la muerte como si fuera una cortina”. Destapa al espejo para encontrar una pregunta: final, digna, última y que completa el ciclo abierto por su nacimiento: ¿Es el amor la vida de la muerte?

*Texto leído durante el V Encuentro Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer Cámara, realizado en Villahermosa, Tabasco, del 16 al 21 de febrero de 2009.

 

 

Ciclo Literario.