Coima

Araceli Mancilla


Del árabe quwaima, muchacha

Cuando la luz entró de puntillas y lamió mi rostro, la larga cabellera de Coima desaparecía dentro de mis ojos. Sólo un poco antes, entre papeles y equipo informático, ella se me entregaba. Abría las piernas y una corriente de agua resbalaba entre sus muslos, abrillantándolos. Su marido entraría en cualquier momento; mientras tanto, sucedía la visión de sus senos enormes ante mi asombro.

George Holz / 1996
Fotografía

Entré a su oficina porque aquel viaje, a donde por accidente me habían llevado, fue delirante. Quería preguntarle por qué había llegado a mí de esa manera, sacándome de un despertar apacible, para encontrármela sin más ni más ahí --frente al lecho donde yo yacía--, mirándome con lo que, quise creer, era anticipada lascivia. Y es que días atrás, quien sabe cuántos, estaba  recostado en la  cama de aquella destartalada cabaña tropical a la que, aún ahora, no sé cómo llegué, cuando ella apareció. Soy Coima, dijo simplemente, y de inmediato noté, además de su tenue color verdoso, que sus nalgas eran enormes y su sexo olía a mar revolcado. Tardé un poco más en darme cuenta que tenía un solo ojo de grandes pestañas, oscuro y oblicuo como si fuese una mujer oriental; pero no lo era. O mejor dicho, no me lo pareció por sus maneras desparpajadas y el descaro con que me miraba. Aunque a decir verdad, qué se yo del talante femenino en el lejano oriente. En fin. Sabrá dios cuál sería su verdadera nacionalidad, origen o procedencia; es irrelevante porque el deseo que provocó en mí es el mismo en cualquier lugar del universo.
Como intuyendo mi temperamento cursi y famélico, Coima me dejó en la cama algo parecido a un tazón de arroz al vapor, que sabía más bien a cocktail de raíces aderezado con aceite de oliva virgen extra (así le dicen en Andalucía al más puro y efectivo). De cualquier modo comencé a devorarlo en lo que mi anfitriona alzaba el brazo y agitaba, con cuidado gesto risueño, su mano de dedos anfibios unidos sólo por una delgada membrana de piel, en señal de despedida. Asustado por la posibilidad de perderla sin haber avanzado en nuestros escarceos oculares, decidí seguirla. A un paso atrás de ella, seguramente yo parecía su orgulloso guardián recorriendo los pasillos y corredores de aquel sitio donde todos nos saludaban como si fuésemos conocidos de siempre.
Me pareció indiscutible que aquello era de lo más normal. Yo, siguiéndola a ella, una deliciosa desconocida, haciéndola de fiel servidor, eso sí regocijándome sin pudor en sus torneadas caderas y poderoso trasero, en un lugar que era, a todas luces --aunque no hubiera cómo confirmarlo--, el fin del mundo.
Cuando llegamos al embarcadero, Coima se volvió hacia mí y su sonrisa carnosa y coqueta me llenó el rostro de un picor animoso. Falsa señal, en realidad me indicaba que hasta ese momento era posible que la acompañara, y seguía su camino. Se dirigió a una caseta de salida donde la aguardaba un enorme vehículo que era introducido a un transbordador acuático. Con pesar, la vi alejarse. A punto de caer rendido por la fatiga de nuestra caminata, me pareció que había olvidado decirle algo, sin poder precisar qué, y corrí a buscarla. Las puertas de la camioneta ya estaban cerradas así que no me quedó más remedio que colgarme de un sujetador en la parte trasera, al que me afiancé, para mayor seguridad, metiéndolo entre las piernas. De ese modo ingrato a mis testículos,  pero que me otorgaba una visión inmejorable del paisaje, crucé aquellas aguas que nunca supe si eran de un mar, un río o un lago. Después de más o menos una hora llegamos a nuestro destino. Fue entonces que supe que Coima y su marido debían realizar ciertas investigaciones en aquel lugar.
    Al verme aparecer así nomás, no se extrañaron ni mostraron disgusto, como me lo esperaba; sólo me advirtieron que tendría que acompañarlos en su siguiente recorrido y este no duraría más de un día. Era evidente que yo no tenía otra cosa que hacer que me diera motivo para oponerme; aunque no me quedan todavía claras las razones, tenía todo el tiempo del mundo (si es que el tiempo existía en aquel sitio) para dedicarlo a lo que fuera.
Nos subimos a un avión que dirigía un piloto al que no pude verle la cara porque su cabeza estaba cubierta casi por completo por un casco con textura de cáscara de huevo. A través de una abertura central a la altura del ojo pude apreciar que éste era oscuro y pestañudo, igual al de Coima, y también alargado, de chino u vietnamita, claro está. Pero los brazos eran de metal, cosa que me pareció, de entrada, pesada y solemne, pues en lugar de la mano sólo nos pudo ofrecer una inclinación de su tremenda testa como saludo, aunque después, al ver su destreza en los controles, quedé convencido de que ese tipo de extremidades son lo mejor para maniobrar una nave.

Mario Sorrenti / Intervención L. León
Fotografía

Desde los ventanales romboides pude ver el apabullante verdor de la isla. Todos los tonos posibles de la fotosíntesis estaban reunidos en esa franja que espejeaba su alarido vegetal, pues qué  iba ser aquello si no una selva. Nada pregunté, sin embargo, porque la pareja parecía intensamente concentrada en una conversación indescifrable para mí, que apenas cuento con rudimentos de lenguaje científico. Me interesaron más las anotaciones que hacían en sus libretas electrónicas con una escritura parecida a un sistema numérico. Bueno, es cierto que no sé mucho de números, pero de alguna manera entendía que ahí estos eran letras y viceversa. Cómo lo deduje, no podría explicarlo, porque además, mis acompañantes hablaron todo el tiempo de una manera que hacía innecesario abrir la boca más de un centímetro, lo que obviamente dificultó todavía más mi comprensión de lo que sucedía.
No me importó quedarme como un bobo observando a aquellos dos entrados en algo muy ajeno a mis entendederas, porque en cambio tuve en todo momento a la vista las deliciosas piernas de Coima, que se abrían y cerraban con musculosa libertad sin reparar en mis pecaminosos pensamientos.
En un momento dado Coima se levantó de su asiento y me hizo  señas para que la siguiera hasta un pequeño espacio donde, calculé, nadie nos vería. Mi excitación creció. Se acercó a mí de una manera sin duda provocativa, y posó las dos manos reptilescas sobre mi pecho.
---Lo que verás aquí es inaccesible a nuestros conciudadanos--dijo, obligándome de pronto a adoptar su misma actitud seria que me tomaba por sorpresa---. Sólo quiero que sepas que durará poco. Será esta tu única oportunidad de conocerlo. Disfrútalo y olvídalo, si no, morirás de tristeza.
Wow. No sé cuántas  escenas eróticas pasaron en unos cuantos segundos por mi cabeza. Nos estamos poniendo románticos y trágicos,  cual debe ser, pensé, ya dispuesto a empezar con el  misterioso show. Pero en lugar del  suntuoso beso que esperaba de la tremenda boca de Coima, recibí una palmadita en el cachete, casi tan fría como un saludo militar, y mi amiga se daba la vuelta dejándome parado al lado de una alacena repleta de bocadillos de algas y vistosos recipientes de cerámica con jugos varios.
Ahora sí, casi enfadado, con todas las ganas acumuladas en el bajo vientre, resentí las palabras melancólicas de Coima. Me parecieron fuera de lugar en aquellas circunstancias (las mías, por supuesto). Porque, a mí qué me importaba a dónde íbamos, y de pensar en morir de nada era lo último con que acostumbraba entretenerse mi hedonista intelecto.
Aterrizamos en un lugar extrañísimo sobre un terreno escarpado, en una cima cuya única planicie era aquella estrecha y corta playa de arena en la que nuestra nave se posaba como si fuera una pluma. A nuestro alrededor se alzaba una ladera de rocas cubierta de musgo, de un tamaño impresionante. Se trataba de una montaña de piedra forrada por un apretado tejido vegetal que destilaba agua en pequeñas corrientes, haciendo un ruido sutil, más parecido a la música de cuerdas que a los sonidos de la naturaleza, al menos los conocidos por mí. Jamás había visto, ni siquiera en documentales, algo que se acercara a aquello. Una montaña que parecía cantar o hablar o manifestar una especie de sentimiento que sí, ya se sabe, es imposible en las cosas inanimadas, a menos que nos acostumbremos tanto a ellas que parezca que tienen vida (como mi primo Juan, que  conversaba con su viejo jeep). Se me ocurrió que tal vez esta montaña fuera la que da título a una famosa novela que aún no he leído, pero cuya magia es bien conocida en los círculos literarios. En fin. Sí, ésta era un talud vivo. 
Me quedé parado sin decir nada, absorto e impresionado, hasta que Coima me empujó a seguir, más o menos apurada. Llegamos a un sitio donde una manada de animales parecidos a los búfalos, pero con grandes y firmes alas, bebían en medio de una espesa neblina. Su tamaño era descomunal, mayor al de un elefante nuestro. Algunos corrían a galope entre las aguas del manantial, salpicando chorros que caían como lluvia intermitente.

Jeanloup Sieff / 1964
Fotografía

Coima y su marido me ignoraban  y no dejaban de hacer anotaciones. Mi alucine les daba igual. Cuando llegamos a la orilla de lo que parecía una laguna en medio del bosque, una emoción aguda se clavó en mi esternón. En aquellas aguas azules, verdes y amarillas crecían flores de luz multicolores. Pequeñas, irisadas, emergían del agua con su escaso resplandor semejante al de las luciérnagas.
Asomaban en un primer momento hasta desplegarse después de unos minutos en un fulgor luminiscente que, pese a todo, no molestaba a la vista. Surgían flores por montones en un gran campo saturado por ellas. Y, cosa curiosa, de la misma manera que aparecían, otras tantas se difuminaban. Algo en mí comenzó a encenderse al ver ese juego de luces. Sentí que mis ojos se volvían un par de espejos donde se fundían el color y la luminosidad. Me asusté. Sentí una terrible angustia parecida a la felicidad cuando temes perderla.
No sé si  estuve mucho o poco tiempo allí, mirando el nacimiento y la desaparición de las flores en aquel jardín de agua y luz. Cuando el cielo pasó de un azul amarillento a un dorado violeta me di cuenta que llegaba la noche. Sentí que alguien me tomaba del brazo y me dejé llevar, cerrando los ojos.
 ---Buenos días---dijo Coima---.Ya regresamos. Y me metió como a un bulto a la pequeña cabaña tropical donde había comenzado todo. Su enorme ojo me miraba con cierta nostalgia, que yo atribuí a nuestra inminente despedida. Como si adivinara lo que pensaba, me dijo:
---las &%··”@ disminuyen por millones en segundos.
 Hablaba, desde luego, de las flores de luz.
---Bueno, por lo que vi, también se regeneran. 
Su hermosísimo ojo se concentró en los míos:
---En realidad, se están extinguiendo.
No pregunté más porque Coima, dicho esto, cerró la puerta. Escuché cómo el leve ruido de sus pies anfibios se alejaba, y caí en la cuenta de que no habíamos dormido. Mi hambre atroz fue saciada nuevamente por el tazón de aquel alimento parecido al arroz que me esperaba a un lado de la cama. Otra vez cayó la tarde y me desconcertó que las horas estuvieran transcurriendo con una rapidez vertiginosa. No acababa de pensar esto cuando ya se dejaban ver de nuevo los morados violáceos de aquellas noches. Me dormí siguiendo las pautas de ese acelerado mecanismo que estaba convirtiendo los días en minutos. Un viento de tormenta me despertó. Afuera llovía con violencia bajo el sol ambarino del amanecer. Tenía que ver a Coima. La encontré en su oficina que no sé cómo encontré ni cómo supe que existía.
    Pero ella estaba allí  y yo, tan descreído e indolente,  quién sabe por qué, quise saber. Una pulsión intensa me hacía preguntarme qué significaba esto: aquel lugar, la isla, Coima, su esplendoroso cuerpo, yo ahí. Abrí la puerta y Coima, sentada, me esperaba con las piernas entreabiertas. Por su sexo de musgo, se deslizó el sol del atardecer. Sus piernas eran las laderas de aquel acantilado surcado de arroyos. Se me entregaba, sí. Es más, ya había sido mía. Ahora la blusa se desprendía de sus senos y el agua entrometida de la tormenta se escurría en su cauce.

     Lo último que vi fue su larga cabellera que ondeaba al fondo de una noche con diez lunas.

 

Ciclo Literario.