Caudebec en Caux. La casa*

Marie Claire Figueroa


 

En 1937 sobrevinieron dos acontecimientos que, en cierta medida, cambiaron nuestra vida familiar: mandaron a mi padre a la gran refinería de Port-Jerôme, también a la orilla del Sena, como aquella de la Mailleraie. Casi simultáneamente falleció mi abuela materna. No sé de qué manera, en esa época,  Maman resintió la pérdida, pero varios años después, mientras yo le recitaba un poema al final de la comida, para festejar el día de las madres, se puso a llorar y me quedé desamparada sin saber si debía seguir o no.
De esta abuela no recuerdo mucho. Sólo sé que me enseñó a rezar y a tejer, con más paciencia que Maman. Una amiga suya me contó que cuando mis padres venían desde Le Trait al mercado de Caudebec, uno de los más importantes de la región, mi abuela solía pasearme en el malecón en donde se erguían casas de la alta burguesía de la ciudad. Esta señora, la esposa del notario, llegó a oír desde su jardín alguna que otra vez la conversación entre la abuela y la nieta de 3 o 4 años y concluía: “à chaque clou, une cheville”, lo que, literalmente, significa: “a cada clavo, su taquete” o sea: a cada reflexión o pregunta de la abuela, yo encontraba siempre el comentario o la respuesta adecuada o impertinente pero, al fin, respuesta.

Alsacia

Estas casas construidas en el estilo normando, techos y muros de pizarra al oeste (la lluvia viene del Atlántico), travesaños de madera en la fachada recubierta de un repellado, iban a desaparecer bajo el fuego inglés de mayo de 1940 ˆ\cuyo propósito era el de destruir los puentes para detener la invasión germanaˆ\ y el bombardeo alemán de junio 1944, en el momento del desembarque aliado en la costa de la Mancha; fueron reconstruidas después de la guerra con el dinero de los daños causados por Alemania, en teoría pagado por ella, en la realidad subvencionado por el Plan Marshall de los Estados Unidos, quienes iban a hacer lo mismo para el país vencido, desangrado a más no poder, y para otros en condiciones similares. 
Desafortunadamente mis padres habían adquirido una de aquellas casas, poco tiempo antes de la declaración de la guerra y corrió la misma suerte que la primera las demás. Después de su reconstrucción, a final de los cincuenta, iba a ser nuestra casa de campo cuando viviéramos en París. Pero el estilo, al igual que el de toda la ciudad, salió totalmente ajeno al anterior. Por lo menos el jardín, como antes, llegaba hasta el dique y, desde las ventanas, la vista no tenía equivalente: el Sena con buques del mundo entero, el bosque de Brotonne y su verdor primaveral y veraniego, los colores púrpuras y anaranjados del otoño, la desnudez y melancolía invernal a la que la niebla, con su capa de algodón grisáceo emanada del río, agregaba una atmósfera ahogada de opresión. Mis padres rara vez iban de fin de semana en la época de frío: abierta la casa en abril ˆ\todavía se tenía que prender la calefacciónˆ\  se cerraba en octubre. A mis regresos de México, volvía a encontrar con alegría mi cuarto debajo de los techos, con sus dos ventanas empotradas en las pizarras, al estilo Mansard ˆ\las famosas  “mansardas”, por el nombre del arquitecto de Luis XIV, quien las concibió para sacar provecho de los cuartos en el último piso del castillo de Versalles. Yo disfrutaba enormemente la vista panorámica de un meandro del Sena al otro.
En 1937 no se hablaba todavía de guerra, por lo menos en Francia; sólo algunos vislumbraron la tormenta que se asomaba en el horizonte: desde 1933, Alemania vivía el III Reich que iba a terminar con su derrota en 1945, al final de la guerra. No faltaba mucho para el Anschluss, anexión de Austria por Hitler, primer canciller, luego Führer a la muerte del Mariscal von Hindenburg, quien lo había ayudado en su ascensión al poder. No faltaba mucho tampoco para la invasión de Polonia por el mismo Führer, detonador de la alianza de Francia con Gran Bretaña, quienes declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939, a pesar de los vergonzosos Acuerdos de Munich; estos imponían la cesión del territorio de los Sudetas de Bohemia al III Reich, pero sólo alentaron a Alemania en su política de expansión.
        En 1937 seguíamos despreocupados; fuimos a vivir a la casa de la abuela (nunca hablo del abuelo porque no lo conocí, falleció antes de que naciera). En esta elegante mansión del siglo XVIII apoyada en la colina del Calidú, Maman se había criado antes de la instalación de la calefacción. En las gélidas mañanas de invierno tenía que romper el hielo formado en la jofaina durante la noche. Al comparar con el pequeño alojamiento anterior de Le Trait, esta casa parecía un palacio. Entraba uno por un vestíbulo inmenso, un hall como dicen los franceses, pidiendo prestado el término a los ingleses; el piso, verdadero sueño para el ajedrecista o el jugador de damas chinas, estaba formado por grandes lozas blancas y negras. Sobre este vestíbulo se abrían varias puertas: a la derecha, la de la cocina, luego la del comedor. A la izquierda, una escalera de caracol llevaba a la cava, antecesora del refrigerador, cuya frescura húmeda conservaba los vinos almacenados en posición horizontal y los víveres colocados en jaulas cubiertas con una fina malla metálica: los garde-manger.
Al fondo del vestíbulo, la escalera de hierro forjado, de doble revolución, ascendía, majestuosa, totalmente dieciochesca; a la mitad del pasamanos ostentaba la fecha de 1793, año de la construcción de la casa, año también de la muerte del rey Luis XVI en el cadalso, durante la Revolución. Este trocito de hierro, ¡oh ironía del destino!, fue una de las pocas cosas que se rescataron de los escombros, después del bombardeo de 1940; ahora, mi hermano Bernard es el feliz dueño de esta reliquia. Los platones y cubiertos de plata escondidos en el pozo para evitar cualquier saqueo, fueron retirados por mis padres en estado de objetos amorfos: la plata, tan maleable, se había fundido por el intenso calor liberado por las bombas que aniquilaron la casa, el vecindario y gran parte de la ciudad. Se salvaron solamente los objetos de plata transportados por Maman durante el éxodo, en una maletita de cuero amarillo de la que nunca se separó en aquel tiempo. Para justificar esta faena, diario uso estos cubiertos, ya que me tocaron a la muerte de mis padres y cuando dejo caer un tenedor o una cuchara y que llega a mis oídos el sonido argentino, recuerdo lo que me contaba mi tía Yvonne, la segunda de las hermanas Mansel: decía que su padre, al oír un objeto de plata caer al suelo, gritaba: “Prefiero recibir un puntapié en el culo que escuchar el ruido de un cubierto de plata cayéndose al suelo”. Como ven, el lenguaje de la corporación de los curtidores era muy directo: mi abuelo era dueño de una curtiduría cerca de un pequeño río, la Sainte Gertrude, cuyas aguas eran especialmente buenas para el oficio. En cuanto a los platones pesados de plata, las recibieron con gusto mis cuñadas, pero se desencantaron  pronto al percatarse que necesitaban un mantenimiento constante.
Originalmente, el primer piso de la casa servía de recepción para los invitados de mi abuela quien, según Maman, avait son jour, es decir que recibía a sus amigas un día a la semana, como las elegantes de los viejos tiempos. A Maman le aburría este conjunto de cotorros y cotorras; además unos no hacían mentir su origen ranchero; varias veces me contó lo que decía uno de sus galanes cuando la vía entrar: se levantaba, y después de un gran saludo, le decía: Prenez-donc ma place, mam’selle Mansel, elle est encore toute chaude (Tome mi asiento, seño, todavía está calientito)…

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Arriba de la escalera, la antesala, con sillones del siglo XVIII y rejillas de cobre en el parqué para la calefacción, se abría sobre una sala más grande todavía. Al lado opuesto, comunicado con la cocina por un montecarga, un enorme comedor cuyo mayor adorno eran unos muebles de sacristía, de roble esculpido, “una pura maravilla”, repetía Maman incansablemente durante años, en un tono desolador al imaginarlos presos de las llamas. ¿De dónde venían? Sin duda, alguno de mis ancestros ateos los compró cuando el Estado vendió los bienes de la Iglesia después de la separación de los dos poderes. La vida nos enseña que nada es permanente: los muebles que, algún día, habían contenido las vestimentas sacerdotales y objetos sagrados, recibirían la vajilla de Limoges y de plata, sólo por un tiempo.
Las recámaras se encontraban en el segundo piso. Al llegar mis padres, transformaron y simplificaron el acondicionamiento de la casa: la antecocina se volvió cocina, la cocina, comedor. Arriba, mis hermanos y yo tomamos posesión de la sala grande, Bernard en su cuna, Francis y yo en camitas individuales; se hubiera podido agregar media docena de camas. Las ventanas daban al Sena ˆ\cuando entro a un cuarto, antes de mirarlo, siempre voy a la ventana: para mí, la vista hacia el exterior cuenta más que la propia habitación. Del otro lado, dos cuartitos: uno con lavabo y bañera infantil, y en el otro, dos pianos antiguos que tenían también los días contados: uno pertenecía a mi tío René, de Belfort; me pregunto qué hacía allí, tal vez lo habían enviado, ¡por temor a la cercanía de la frontera alemana! El otro, lo tocaba la pianista improvisada para acompañar a la cantante no menos improvisada de las tardes de recepción de mi abuela.
Después de acostarnos, Maman solía mover la pequeña cigüeña de madera, colgada de un hilo a la lámpara, en el centro del cuarto. No bien había cerrado la puerta, yo me levantaba y caminaba de puntitas hasta la cuna de Bernard; me gustaba escuchar su respiración suave y regular, ver su cabecita volteada de lado. En mí, seguramente, existía al estado latente como en la mayor parte de las niñas, el instinto maternal que, en otra etapa de mi vida, me levantaba cada noche para cerciorarme que mis bebés recién nacidos siguieran respirando. Pero vaya susto causado por mi padre el día que me sorprendió. Recibí una nalgada con la orden de regresar a la cama, primer castigo que resentí como una profunda injusticia: me habían pegado a causa de mi amor por mi hermanito, cuando otros pellizcan a sus hermanos chicos de puro celo. De haber sabido el sin fin de injusticias mucho más crueles, pan cotidiano de los pobres y los desheredados, hubiera aceptado lo mío con resignación. Pero a los cinco años, ¿qué sabe uno de la vida?
Al lado del antiguo comedor con los muebles de sacristía, la gran recámara de mis padres, un cuarto de baño y un cuartito en el que nos aislaban tan pronto aparecían en nosotros los síntomas de una de las enfermedades infantiles para las que, en ese entonces, no existían todavía las vacunas de hoy. Por cierto, se me olvidó mencionar que mi padre, en su infancia, había padecido poliomielitis; mucho tiempo tuvo que aguantar unos aparatos de fierro en las piernas. Sus padres y hermanas trataban de compensar las burlas de los compañeros de la escuela con una ternura y un cariño excesivo que lo volvieron exigente e irascible.
Se rentó el segundo piso a una familia de Bretaña, de rancio abolengo, Yann de la Motte Colas, su esposa y dos hijas, un poco más grandes que nosotros: Anne y May. Él era inspector forestal; de porte elegante, alto y la tez bronceada, llevaba la mayor parte del tiempo pantalón y botas de montar. Sus rasgos y su figura tenían algo de caballo fino. Acostumbrado al contacto con los guardabosques, hombres rudos y de pocas palabras, siempre en busca de cazadores cautivos, él también era reservado, casi austero. Su esposa, en cambio, personificaba la alegría de vivir. Arriba de su departamento estaban los cuartos de la servidumbre del tiempo de mis abuelos. Como me tenían prohibido subir más allá de nuestro propio piso, no los visité nunca; todavía ignoraba las delicias de descubrir en un viejo desván, los tesoros que se van acumulando al filo de los años. Sólo en Saint-Arnoult, en la mansión de mi tío Edmond (mi tío favorito, ¿se acuerdan?) y de mi tía Renée, a cinco kilómetros de Caudebec, iba a conocer esta aventura apasionante.

*Memorias de guerra de una niña, capítulo III.

 

 

Ciclo Literario.