Tulyehualco

Lorenzo León


En la avenida más grande del mundo de la ciudad más grande del mundo hago la parada a un autobús de penacho humeante. El polvo se encaja en el rozzzzstro de quienes, como yo, con un pie en el estribo, viajamos bajo la caliente lámina del medio día entre las informes construcciones de block que se levantan entre dunas de basura. Todo está cruzado por una textura de alambrajos apenas sostenidos por postes de madera podrida donde se lee una historia de vómito e inutilidad: Tulyehualco, que floreció entre lagos y frondas de ahuehuete, ahora es un paraje alimentado por los eructos de macerados transportes, que arrojan su carga de desperdicios incesantemente. Grito al chofer o al cielo: Baajaaann.
Entre los cerros de podredumbre repta un laberinto, barracas de cartón y madera de desecho que son casas, tiendas, fondas, billares, taquerías. Pululan los vendedores ambulantes de ostras, tripa caliente, huevos de caguama servidos con limón y chile en vasos enjuagados una y otra vez en una agua atolosa e iridiscente. Es un bazar donde se comercian objetos extraídos de esa mina abierta al cielo, casi una ofensa a su serena contemplación azul.

Crister Stromholm/1959
Fotografía

En esa geografía de miseria se levanta un edificio amplio de ladrillo rojo. Su austera fachada sin ventanas, de simetría compacta y dura, destaca de entre esa vulgaridad como el gesto de un dignatario. Al acercarme leo en el letrero de lámina, sobre la tosca puerta, ‘Departamento de Salubridad. Unidad de Epidemiología Tulyehualco’.
La suposición impuesta por este sitio me aturde, me siento repentinamente mareado entre los cuerpos que van y vienen en su agitación laboral, seres manchados y escurridos, tapados con andrajos. Así que cuando a un lado del edificio veo una puerta cubierta por una manta y un anuncio en papel fosforescente: ‘Copas. Botanas de caracol y tripa’, sin dudarlo paso dando una propina al muchacho de la entrada, sumergido en la lectura de un cómic.
Qué bueno cambiar de luz. Afuera el sol encaja agobios entre camiones y ‘diablos’, improvisados carromatos donde hombres, mujeres y niños transportan botellas, plástico, papel sucio, oxidados metales y, frecuentemente entre sus cargamentos, crías arropadas por telas inmundas. En cambio aquí hay luces rojas en las esquinas y bajo el tablado de la pista, pulida por los pasos que siguen las notas de un conjunto musical incrustado en una especie de grieta, surgen voces que cantan: ‘delirio’, ‘traición’, ‘amor roto’.
Cerca de mi mesa aparece, radiante, un grupo de muchachas y los brillos de sus trajes son como un oropel de distintas monedas. Frescas para mi necesidad de alivio, no tardo en invitar a una a mi mesa. Llega con la libertad de una niña y en su rostro más que coquetería veo desamparo. Huelo su cabello recién lavado y entre sus piernas delgadas siento en mi mano una temperatura de lluvia.
Tomó varias copas de ron con ella y sus poros cerrados, como almíbar escondido, me enamoran y olvido que estoy en un cabaret del día—noche y en la ciudad del reciclaje.
Supongo que los otros que beben, fuman y escuchan la música con su pareja tienen sentimientos amorosos como los que yo bebo en el cuello de Magda. Y supongo también que aquí estarán huellas de besos de aquellos que afuera ejercitan un trabajo tosco y sucio, y cuyos hedores se filtran hasta esta especie de adoratorio.
Al aceptar mis besos, Magda vierte en mis brazos el temor de una niña perdida, y en una mutua sorpresa nos damos cuenta que se trata de un encuentro y no de una negociación.
Entre la luzangre y los aromas de ron, tabaco y los sudores perfumados, avanzamos por un oscuro pasillo vigilado por otro mocetón que le entrega a Magda una bandeja con agua tibia y una toalla. Entramos a un pequeño cuarto iluminado por una seca bombilla y veo la cama magra y desteñida abarcándolo todo, dejando apenas un espacio para un buró, donde Magda coloca el recipiente. En el colchón está dibujado el cuenco de una silueta a la que Magda y yo entramos.
Nos interrumpen. Toquidos en la puerta apresuran mi semen. Ella se detiene, calla en su jadeo, se levanta, se acomoda la ropa y desaparecen bruscamente las fingidas ternuras. Veo mi pene impregnado de una sustancia plomiza. Ella acerca la palangana y me echa agua. Así termino.

Luego vamos otra vez a la mesa y seguimos bebiendo, veo en sus ojos vetas amarillas. Adivinando mi desconcierto, Magda me dice: ‘Soy hija de la basura’. Aturdido, recuerdo el establecimiento de salubridad y le exijo ver su tarjeta de control sanitario. Ella ríe y se pone de pie, perdiéndose entre la concurrencia, doctor, sin cobrar mi muerte.

 

 

Ciclo Literario.