Le Trait

Marie Claire Figueroa


En ese momento de mi vida, debo confesar la primera mentirilla de la que me acuerdo. No soy de naturaleza patrañera; es más, me tachan de francota, de imprudente, con la total ignorancia del dicho latín, a mi sentir un poco excesivo: “Veritas odium parit”. Prefiero el francés: “Toute vérité n’est pas bonne à dire”. En realidad no fue una mentira sino una simple ilusión óptica causada por los adultos, quienes, ellos sí, me contaron patrañas. Cuando nació mi segundo hermano, Bernard, tenía cuatro años y medio. Él y el hermano que me sigue, Francis, nacieron en la casa de las Balsamines porque no había clínica (yo sí nací en clínica, ya que Mulhouse era una ciudad grande). Al enterarme de la noticia, aseguré a quien quería prestarme atención, que había visto a la cigüeña arribada directamente de Alsacia con mi hermanito colgado del pico en su pañal. En esa época, en Normandía y otras regiones, los niños nacían en las coles y las niñas en las rosas…, pero en Alsacia, las mensajeras eran las cigüeñas. En México, se dice que la cigüeña viene de París; le doy un premio al que me enseñe en la ciudad luz uno solo de estos bípedos, a parte de los del zoológico, bien encerrados entre cercas y con las alas cortadas.

Marie Claire Figueroa, niña
Fotografía

        Pocos recuerdos me quedan de los años pasados en el pueblito. A la vecina, Madame Piéplu, le encantaba el chisme y, cada vez que veía a Maman en el jardín, la llamaba para contarle por encima de la malla que separaba los terrenos, cuantas habladurías se sabía acerca de los demás vecinos. No muy lejos vivía la familia de Monsieur Martin, ingeniero y colega de Papá; las dos parejas quedaron muy amigas durante años, hasta la muerte de los unos y de los otros. Monsieur Martin sufría de una severa coxartrosis o, en lengua común y corriente, de una artrosis de la cadera; cojeaba mucho y utilizó bastón hasta el fin de su vida, alrededor de los años ochenta, poco después de las primeras intervenciones quirúrgicas para colocar fémures artificiales (la primera tuvo lugar en Inglaterra en los setenta). Mi mejor diversión era la de hacerme de cualquier bastón a mi alcance e imitar su balanceo asimétrico. El juego no duró mucho puesto que recibí un severo regaño de parte de Papá y una breve explicación sobre lo inapropiado de mi comportamiento. El karma negativo producido por mis remedos tuvo su consecuencia muchos años después, el día que, a mí también, me colocaron una de estas prótesis…
        Poco puedo contar acerca de los habitantes del pueblo. De acuerdo con el decir de mis padres, la mayor parte de los hombres eran unos borrachos sin remedio, quienes hacían hijos al por mayor, cobraban las allocations familiales y dejaban a los chiquillos a la buena de dios (“¡dans le ruisseau!”, proclamaba mi madre escandalizada, al evocar el riachuelo que corría en medio de las calles medievales, en siglos anteriores). En cuanto a las sufridas esposas, se dirigían puntualmente los sábados a la cantina, para reclamar el salario de la semana antes que se lo bebieran los maridos.
        Teníamos una sirvienta ¾en esa época se les llamaba la bonne o bonne à tout faire es decir “buena para hacer todo” o criada, palabras, tanto la francesa como la mexicana, que se han tornado peyorativas con el tiempo, sustituidas ahora por empleada doméstica ¾lo más correcto por su raíz latina de domus, casa¾; yo preferiría usar el término de “doncella” con sabor a Siglo de Oro, pero pienso que la gente me miraría con estupor o lástima: “¡Pobrecita, en qué siglo vive!” Aunque, pensándolo bien, una amiga mía, uruguaya, lo usa; ¿significará que el cono sur vive todavía en el Siglo de Oro? Nuestra bonne se llamaba Leone; yo no la quería, siempre me estaba espiando. Dormía en el desván de la casa. Una noche, mis padres regresaron de una cena más pronto que lo previsto y vieron una escalera al pie de su ventana. Unos minutos después, el “amiguito” salió pitando y, al día siguiente, le tocó a ella; se le dio sus ocho días como se hacía con los empleados indeseados e indeseables; no existía todavía “Conciliación y Arbitraje”.
Para pasearse en los alrededores o ir y venir de Caudebec en donde vivían mis abuelos, o de Saint Arnoult donde estaba mi tío Edmond y mi tía Renée, mis padres tenían un Citroën. No sé qué marca de coche tenía Maman antes de éste, pero lo increíble es que, de soltera, había comprado uno de los primeros vistos en Caudebec, con la herencia recibida a la muerte de su padrino, el tío Francis, quien trabajó muchos años en la diplomacia, en particular de cónsul en Líbano. Más increíble todavía, durante su noviazgo, Maman enseñó a manejar a Papá. Al pensar en el carácter poco paciente de mi padre, sospecho que las clases no transcurrían sin problemas; además, se hablaban todavía de usted, lo que agregaba otro motivo de hilaridad para nosotros cuando nos lo contaban y que imaginábamos los diálogos entre la maestra (dueña del carro) y el alumno, irascible, pero que tenía que someterse a las directivas de ella… única vez en su vida de pareja, sin duda alguna.
Tal vez lo más sobresaliente de estos años en Le Trait (se me pasó precisar que estas palabras significan “El Guión”, tal vez porque sirve de punto de unión entre Rouen, la capital de Normandía y Caudebec, pueblo importante de la región, que tanto nos va a ocupar más adelante) fueron dos accidentes. En ese entonces, equiparaba el uno con el otro, pero nada menos cierto. El primero, el mío, fue una caída sobre un tapete metálico colocado delante de la puerta de la casa para rascar el lodo de los zapatos; se me encajó una esquina muy cerca del ojo izquierdo y, llevada de urgencia con el doctor, todo terminó con unas grapas que, hasta la fecha, dejaron una cicatriz bastante visible aunque de tamaño modesto al comparar con todo el alboroto que se hizo sobre el asunto. Hoy en día, unas puntadas de catgut o de algo similar no dejarían la menor huella. En cambio, el accidente de mi padre causado en la refinería por la imprudencia de unos colegas suyos fue mucho más serio. A estos ingenieros muy jóvenes, se les había ocurrido mezclar ciertas substancias químicas por la simple curiosidad de ver lo que resultaría del experimento. El efecto no se hizo esperar: se produjo una enorme deflagración. Varios ingenieros sufrieron quemaduras de primer grado en el rostro y los brazos. Mientras, mi padre estaba…en el baño. La fuerza de la explosión lo proyectó contra la puerta encajándole el brazo derecho en el grueso vidrio. Aunque salió más librado que los muchachos quemados, la reacción a la vacuna antitetánica fue muy fuerte y los desvelos de Maman agobiantes; desde entonces ella empezó a tomar somníferos: recuerdo la cajita rectangular verde y blanca de Sedormite que tomó durante su vida. Cuántas veces mi padre, gran fumador, nos explicaba que si él no ponía atención, las últimas cenizas del cigarro le quemaban el dedo sin dolor alguno, pero sí dejándole ampollas, porque desde el codo hasta la punta de los dedos habían sido dañados los nervios, causa de una notable pérdida de sensibilidad. Es más, cuando me tocaba tender su cama, no debía dejar una sola arruga en las sábanas: con cualquier superficie rugosa o irregular renacía la molestia en las cicatrices.

Nuestra estancia en Le Trait tocaba su fin. La casita de las balsamines no había sido más que una breve etapa en el largo y arduo camino que nos esperaba.

 

 

Ciclo Literario.