Un rayo llamado Lessing

Lorenzo León Diez


El quinto hijo
Doris Lessing
Punto de lectura, 2007

El crimen es una condición necesaria de la
existencia de una sociedad organizada.
 La sociedad es esencialmente
criminal.

Joseph Conrad

Una de las lecturas más perturbadoras que he realizado en los últimos tiempos (en la constante práctica del arduo oficio de reseñar) es el libro de la reciente galardonada con el Premio Nobel 2007, la inglesa Doris Lessing. Aun sin conocer todavía otras obras de esta autora de casi 90 años de edad, El quinto hijo es una novela cuyo plan es desmontar una de las más penosas ideologías sobre las que se alza la vida familiar y social, a saber: la felicidad doméstica. Si bien es cierto que la asunción de la radiante reproducción biológica que niega la anticoncepción artificial podría parecer una cosa del pasado (Harriet, la Diosa madre de esta historia termina por fin tomando la píldora e interrumpiendo así el ambicioso proyecto que acordó con David, de tener los hijos que Dios quisiera darles, mínimo ocho), las ideas que comparte este matrimonio en las inmediaciones de los años 70, no están lejanas a nuestra época y son testimonio elocuente de lo que las mujeres de esa generación y de esa clase media de los suburbios londinenses, acataban en lo referente a su cuerpo.

Edward S. Curtis / 1885
Fotografía

Doris Lessing es mujer. ¿La novela tendría el mismo impacto si hubiera sido escrita por un hombre? No es una pregunta ociosa. Desde que Flaubert escribió su célebre Madame Bovary lo literario subió el escalón de la transexualidad imaginaria. Es más, los escritores varones se han esforzado sinceramente por alcanzar el monólogo interior femenino (allí tenemos el ejemplo de Molly Bloom, de James Joyce) y lo han hecho con éxito. Las mujeres también, en el caso contrario. En México contamos a Josefina Vicens con su Manuel, de el Libro vacío, a quien nadie le ha negado autenticidad. Sin embargo la polémica de lo genérico en la literatura siempre será pertinente. Cierto, las palabras nacen de la libertad de la mente, acaso no directamente del cuerpo. ¿Pero qué sucede cuando estamos leyendo una historia que tiene como centro la maternidad? ¿Qué acentos,  resonancias, compases, establecen la diferencia entre un cuerpo masculino que escribe y uno femenino que lo hace sobre el mismo tema? Estas preguntas me vinieron a la cabeza leyendo a Lessing, pues nos está contando la historia de una maternidad floreciente, nos introduce al ámbito de una gran casa, construida ex profeso para albergar una descendencia múltiple, con sus abuelos, tíos, primos, amigos en reuniones periódicas, dominicales, vacacionales, donde todos confluyen para disfrutar de eso que James, el rico padre de David, describe como “un gran pastel de frutas”.
Doris Lessing es una artista que comparte con los grandes creadores del género una cualidad: ser despiadada. Su inteligencia narrativa es sorprendente  porque abrimos su novela y es como si llegásemos a un hogar cálido, bullicioso, alegre, con un jardín donde corretean los niños,  animado en su cocina y mesa con viandas y platillos concebidos por la sabiduría culinaria que sólo tiene la tradición, el pan horneado, el postre cremoso, la pierna aromada con especies secretas, y nos recibe, precisamente, una blanca y afable abuela, nos hace pasar, nos invita a sentarnos, nos sirve un té y ya que todo está dispuesto para la conversación doméstica, que si te gustan los gatos, que la escuela de los niños, que el catarro del nuevo bebé, que la salud del abuelo, ella, esa misma señora que se seca las manos en su delantal, se sienta frente a nosotros, su rostro ensombrece, sus ojos se fijan en imágenes aciagas y con  labios temblorosos empieza a narrarnos un cuento de terror, una historia cuyos párrafos van llenando la habitación, despoblándola de los augustos tíos, primos, amigos, y las olas de una tempestad de miedo nos sobrecoge, las olas golpean las paredes, hielan la estufa, amortajan nuestra respiración ¿En dónde hemos entrado? ¿Qué no se nos había invitado a una fiesta? ¿Qué no venimos aquí a rendir culto a la unidad y la armonía de la familia? Entonces ¿quién es ese ser que asoma de una habitación, ese duende, ese gnomo, esa entidad que atisba como de una caverna, de lo ignoto, de lo inhumano y cimbra a la abuelita, le quita la palabra con un gruñido?
Si en Inglaterra existe también el popular dicho –seguramente sí- “no hay quinto malo”, Lessing manifiesta sin compasión su humor negro, pues ha escrito una tremenda historia para cortar el aliento de todos aquellos, y sobre todo aquellas, que concebían la vida familiar como un éxtasis sin fin, y el parir hijos como los escalones para ascender a la eternidad que supone la reproducción de la especie. El quinto hijo es, por muchas razones, una obra maestra, no solamente porque rasga los velos de una concepción femenina de la sexualidad basada en la complacencia a lo orgánico, sino porque evidencia los soportes en que esa complacencia se basa, en este caso, los cheques de James que al final dejan de fluir haciendo que David, ya a los cincuenta años, parezca de sesenta en su hastío y agotamiento para lograr la manutención de tan fértil familia.
Lessing construyó el principio de un cuadro idílico donde las parejas compiten en los índices de la plenitud, la satisfacción, la dicha, una especie de juego de espejos que surge en las reuniones familiares donde se postula la perfección moral en relación a la abundantosa fertilidad, en el furor de las abuelas por el cuidado y complacencia de los nietos, una graciosa composición cuyo fin era (¡oh, malévola escritora!) ser destruida, quebrada, pisoteada. Lessing se dedica a registrar el transcurso patético de la inconciencia femenina desmintiendo el mito de la felicidad como resultado de cumplir con el papel materno.

Irving Penn / 1946
Fotografía


Es como si una música que simula el vibrar de un verano, de improviso, con una nota que corta como un relámpago, convirtiese todo en esta visión: un lugar del norte de Inglaterra, bajo una lluvia invernal gris cayendo sobre un edificio grande y sólido de piedra oscura, en un alto valle entre páramos, entre lúgubres árboles goteantes, donde Harriet, la Diosa madre, busca a su quinto hijo, que fue ingresado a esta institución con apenas dos años de edad, donde en oscuras cavernas de los pasillos con pequeñas luces que apenas disipaban la penumbra, hay un pabellón con  una serie de camas y cunas donde yace un bebé o un niño pequeño en quien el modelo humano se había desviado del patrón. Un bebé como una coma, con una inmensa cabeza que colgaba del cuerpo, como un tallo…una especie de insecto de enormes ojos saltones entre rígidas y fragilísimas extremidades…una niñita completamente borrosa, con la piel derretida y fundida…una muñeca de gredosas extremidades entumecidas, los ojos inmensos y vacíos, como charcas azules, y la boca abierta mostrando una pequeña lengua hinchada. Un niño larguirucho retorcido, una mitad del cuerpo escurriéndole de la otra. Un niño a primera vista completamente normal, pero que le faltaba la parte posterior de la cabeza; era sólo cara y parecía gritarle. Hileras de monstruos, casi todos dormidos, y todos callados. Estaban drogados literalmente hasta la inconsciencia, donde olía más a excremento que a desinfectante. Allí Harriet está buscando a Ben, su hijo, que fue internado en esta institución planeada para albergar seres deformes. Y allí lo encuentra, en el suelo, en un colchón de espuma verde, inconsciente, con una camisa de fuerza, la lengua amarillenta colgándole de la boca, la piel mortalmente pálida, cetrina y todo (paredes, techo, Ben) embadurnado de excrementos. Un charco de orina amarillo oscuro manando del camastro. La tempestad del terror.
¿Cómo sucedió esto? ¿Cuáles fueron los motivos para que David, Harriet, los abuelos, decidieran y aprobaran internar al niño Ben en este hospicio para seres que no lograron alcanzar la categoría humana? ¿Pero es que acaso hay sitios dedicados tan puntualmente a esconder y matar progresivamente a estos defectos de la naturaleza, que no es otra cosa el procedimiento de drogas para mantenerlos quietos? Y más aún, ¿cómo Harriet, quien estuvo de acuerdo con internar a Ben en este infernal asilo, regresa por él y lo rescata para llevarlo, otra vez, al seno de su hogar y ahora sí, romper definitivamente la armonía con la presencia de este engendro? ¿Por qué escribió algo así Doring Lessing? ¿Cuándo y por qué se le ocurrió esta horrible historia? ¿Es una ficción? ¿O es una realidad que comparten cientos, tal vez miles de mujeres que tienen hijos retrasados, deformes? ¿Qué no lo que estábamos leyendo era un canto a la maternidad? ¿Un himno a la familia? ¿Una oda a la felicidad doméstica? ¿Cómo es esto cuándo Harriet y David creyeron que podíamos ser felices porque nosotros lo habíamos decidido? Entonces no es cierto, la felicidad no es una decisión, hay factores no calculados, genes casuales, que  son un salto atrás en la especie, y entonces todo se echa a perder, los hermanos temen, los padres temen, todos se alejan, los tíos, los primos, los gatos y los perros, ¡Ha nacido Ben! ¡Qué maldad! ¿Quién imaginó que sucedería?...nadie, pero resulta que en la habitación matrimonial, que era –según el orgulloso y varonil David- una fábrica de niños, se ha soltado una tuerca, no, todo un engranaje se ha atrofiado, la banda que conduce la serie ha sufrido un accidente severo, el molde se ha roto,  Harriet, embarazada, no concebía que una criatura tan pequeña tuviera una fuerza tan alarmante en su vientre, que la hacían consumir calmantes para que, cuando menos durante una hora, se mantuviese quieto el enemigo (así consideraba ahora a aquella criatura salvaje que llevaba dentro). Recordémoslo, es una mujer la que está escribiendo, llamada Doris, describiendo el embarazo de Harriet,  a quien la gente que pasaba en coche veía extrañada ir por la calle apresurada, pálida, con el cabello flotante, la boca abierta, jadeante, los brazos apretados adelante, viviendo en un orden temporal distinto de quienes la rodeaban. Fantasmas y espectros habitaban su mente. En ocasiones, le parecía sentir unas  pezuñas rasgando la tierna carne de su interior, a veces eran garras. Y se imaginaba la madre que cogía el cuchillo grande de la cocina, se abría el vientre, sacaba al niño…Hasta que por fin nació, salió luchando contra todo el mundo, parecía jorobado, como encogido, y abrió los ojos, fijos, verdeamarillentos, como trozos de esteatita. Además lloraba de aquella forma peculiar, consistente en una especie de rugido o bramido, mientras se ponía blancoamarillento de rabia, en vez de colorado como un bebé normal.”Niño de Neandertal”, dijo Harriet. Y cuando lo conoce Sarah, hermana de Harriet, dice: me pone la carne de gallina. Parece un trasgo o un pigmeo, prefiero a Amy –su hija mongólica. Harriet, después de todo, sin embargo, se consideraba más afortunada, pues su hermana tenía graves problemas matrimoniales.

Anders Petersen / 1996
Fotografía

A los cuatro meses Ben es como un pequeño gnomo colérico y hostil. A los seis meses el bebé estaba destruyendo la vida familiar.  La madre pensaba ¡Qué lástima que viniera! La casa ya no era la misma. Todos se sentían  tensos, recelosos. Y Harriet se sentía una delincuente, pues sólo con su presencia, Ben imponía el silencio en una habitación llena de gente, hasta que su madre reconoce: el problema es que acabas acostumbrándote al infierno. Un día Ben habló: tenía una voz ronca y vacilante, separaba mucho las palabras, como si su mente fuera un almacén de ideas objetos y tuviera que irlos identificando de uno en uno.
Llega el momento en que su padre, David, dice: Debe de haber caído de Marte. Volverá a informar lo que ha descubierto aquí abajo. Se trata de él o nosotros. Y deciden internarlo en la casa de los desechos.
¿Quién tiene el valor de seguir? Lessing, ¿está serena escribiendo esta historia? ¿Qué late en su corazón mientras teclea estas palabras? ¿No nos está llevando a la Edad Media? Parece que más atrás, ellos, David y Harriet, que habían considerado inadmisible intervenir en el proceso de la Naturaleza, al ver a su hijo piensan en todas esas personas distintas que vivieron en otros tiempos en la tierra.
El tiempo pasa y los chicos crecen. David era ahora el tipo de individuo que en otros tiempos había decidido que nunca sería. La casa se despuebla, Jane, Luke, Helen viven con parientes.  Paul, era más problemático incluso que Ben pero era un niño normal “desequilibrado”, no un ser extraño. Lo que le tranquilizaba era la televisión. Guerras y disturbios; matanzas y atracos; asesinatos y robos y secuestros…Ben se integra a una pandilla del barrio, chicos que invaden la casa. Harriet contemplaba a Ben y sus seguidores y trataba de imaginarle entre un grupo de su propia especie, acuclillados a la entrada de una cueva en torno a una hoguera crepitante. Pero no, ni siquiera eso, la gente de Ben se hallaba en su medio bajo tierra. Allí estaban, frente al televisor, comiendo pizza, papas fritas, galletas disfrutando sobre todo con el menú sanguinario de la noche. Tiroteos y asesinatos y torturas y peleas: éste era su alimento. Su madre, al contemplarlo entre los otros jóvenes toscos e incompletos, le parecía que Ben era un ser maduro. Acabado. Completo. Ya cometían asaltos, violaciones, robos. Y Harriet pensaba: ¿Vivía la gente de Ben en cuevas subterráneas cuando la era glacial dominaba la superficie de la tierra, comiendo pescado de los oscuros ríos subterráneos o subiendo a la superficie y arrastrándose entre la fría nieve apara atrapar un oso o un ave (o una persona incluso, los propios antepasados de Harriet)? ¿Habría violado su gente a las hembras de los antepasados de la humanidad? ¿Habrían dado así lugar a nuevas razas, que se habrían desarrollado y desaparecido, pero que tal vez habían dejado sus semillas en la matriz humana, dispersas, para volver a aparecer, como lo había hecho Ben?
Se ha cerrado el círculo. La maldad está hecha. Harriet de niño no le dejó morir y ahora ¿qué le ocurriría? El ya sabía lo de los edificios medio abandonados, las cuevas y cavernas y refugios de las grandes ciudades, en los que vivían las personas que no podían encontrar un lugar en las casas y hogares corrientes. ¡Dios! ¡Dios! Y Harriet diciendo a David, gritando, ¡Nosotros íbamos a ser felices! Nadie lo es, o al menos yo no conozco a nadie que lo sea, pero nosotros íbamos a serlo. Y así, nos cayó el rayo.

El rayo llamado Doris Lessing, que ha dejado todo claro, impecablemente explicado…¿o alguien lo duda?

 

Ciclo Literario.