Las reinas del crimen

Catherine Lanone


Desde los ingeniosos rompecabezas de Agatha Christie hasta los detectives victorianos de Anne Perry,
las escritoras inglesas han alimentado una gran tradición de la novela policial.

 

La novela policial inglesa tiene sus figuras míticas, Baker Street, Sherlock Holmes y, por supuesto, el Dr. Watson, pero también Hércules Poirot y sus bigotes inolvidables, o Miss Marple, simpática señora falsamente modesta. Porque la novela policial inglesa es asunto de mujeres, antes que nada. Las reinas del crimen que triunfan hoy en día, sin par a nivel de las ventas, se llaman siempre Agatha Christie, P.D. James o Anne Perry, y este gusto de las escritoras por la tinta muy negra no es nuevo.

Jan Saudek / 1987
Fotografía

Por lo general se considera que este tipo de novela nace por los años 1860 bajo la pluma de Wilkie Collins con La Dama de blanco y Piedra de luna, pero Collins tiene colegas célebres en el otro sexo: las mujeres también se sumen con delicia en esta literatura sensacionalista que asusta a las mentes respetables, como un veneno que pervierte las conciencias femeninas. Porque la novela sensacionalista arrastra el relato victoriano en aguas turbias. Publicado en 1862 en forma de folletín, El Secreto de lady Audley de Mary Elizabeth Braddon fue el gran éxito popular de su tiempo, con sabor a escándalo y a bigamia; la ancestral morada inglesa, centro de estabilidad social, se ve resquebrajada por la transformación del ángel del hogar, lady Audley, en manipuladora que abandona a su hijo y trata de cometer un asesinato. La novela cristaliza las inquietudes victorianas en lo que concierne a la feminidad y la sociedad; para salvar la moral, por lo menos en apariencia, lady Audley padece una crisis de locura atávica y es encerrada en un asilo. Los autores de la novela sensacionalista en femenino escenifican el secreto para perturbar mejor las fronteras de lo masculino y de lo femenino, como Mrs. Henry Wood, quien en East Lynne hace de Isabel Carlyle un ser de deseo que huye con su amante, para regresar, quebrada y desfigurada por un accidente de tren, como aya de sus hijos. Mestizado de sentimentalismo, el secreto en femenino se burla del microcosmos doméstico con fama de perfección en la ideología oficial.
Al llegar a su edad de oro, la novela policial en femenino se aquieta. Agatha Christie perfecciona una fórmula a toda prueba: ya basta de destilar las angustias secretas de una sociedad, la novela policial se vuelve catártica, terapéutica, confortante. A Hércules Poirot y a Miss Marple, les gusta el orden y se dedican a restablecerlo en los microcosmos amenazados, casa burguesa o pueblecito. La novela, lúdica, integra un rompecabezas ingenioso; al lector, le toca jugar el juego al mismo tiempo que al detective. Con Miss Marple, la anglicidad nostálgica sueña con tazas de té y con un tiempo en el que las doncellas sabían servirlo, para ser breve, sueñan con el pasado glorioso de una Inglaterra imperial esbozada en filigrana. En cuanto a Poirot, restablece la figura socialmente sospechosa del detective, porque tiene el buen gusto de ser extranjero, hombrecito de ojos verdes y de cabeza en forma de huevo, apasionado de perfección matemática, el Hércules de las pequeñas células grises, a menudo flanqueado por su fiel Hastings, lejano descendiente del Dr. Watson. Christie acumula las pistas falsas para escenificar mejor, después de deducciones a puertas cerradas que restringen el número de asesinos potenciales, la teatral confrontación final en la que el asesino, por fin, es desenmascarado. El rito es inmutable, el mal se exorciza en un mundo regido por la buena sociedad, y en donde el lector debe tener las cartas en la mano y, al mismo tiempo,  dejarse sorprender por el desenlace. Si Christie sabía cultivar el secreto autobiográfico (tan poco se sabe de ella, excepto el misterioso episodio de su breve amnesia), su segundo matrimonio con un arqueólogo le provee, no solamente el marco exótico de algunas novelas, también una metáfora constitutiva de su arte, que, pieza por pieza, reconstruye un rompecabezas científicamente elaborado.
El éxito nunca desmentido de Agatha Christie eclipsa un poco a las otras escritoras quienes han marcado profundamente la novela policial en femenino de la misma época, como Margery Allingham (quien consideraba la novela policial como una caja de cuatro lados, un asesinato, un misterio, una encuesta y un desenlace, causa de honda satisfacción), o la gran Dorothy L. Sayers, quien hizo de su lord Peter Wimsey el más aristocrático de los detectives, políglota apasionado de la enología, educado en Eton y Oxford. En cuanto a Josephine Tey, permaneció en las memorias sobretodo por su novela magistral de 1951 Las hijas del tiempo, en la que un inspector constreñido a la inacción por una herida, vuelve a abrir un expediente históricamente archivado – nada menos que el caso del rey Ricardo III, satanizado por Shakespeare y acusado de haber mandado asesinar a los hijos de Eduardo IV en la Torre de Londres.              

Ellen Von Unwert/ 1996
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Al exculpar a Ricardo III, Tey inventa prácticamente la novela policial histórica (de modo más convincente que la vaga incursión de Agatha Christie hacia el Egipto antiguo), género que iba a encontrar a su público en los años 1980. Piensa uno en el fraile Cadfael de Ellis Peters, monje herborista del siglo XII, conocedor de mujeres y cruzadas en tiempos anteriores, y con suficiente experiencia de la vida para desenredar intrigas, o en los detectives victorianos de Anne Perry, reina del género, quien reanuda con la novela sensacionalista y escoge revelar la cara oscura de la época victoriana, sin ocultar que escribe lo que deja (hoy en día, tiene cerca de veintiocho millones de lectores). Trátese del detective que perdió la memoria, Monk, y que redescubre, fragmento por fragmento, un pasado poco satisfactorio (Un Extraño en el espejo, 1990), o de la pareja Charlotte y Thomas Pitt, quien permite a una mujer llevar la encuesta parcialmente, Perry  es sobresaliente cuando se trata de maquinar situaciones inesperadas y recrear a un Londres inquietante en donde merodea Jack el destripador, en donde el detective permanece como un ser socialmente inferior quien se antoja siempre obligado a pasar por la puerta de servicio (véase, por ejemplo, el primero de la serie, El Estrangulador de Cater Street, 1979). Perry juega con las grietas de una época hipócritamente puritana que sigue fascinando a la Inglaterra contemporánea (la Guerra de Crimea, la rebelión de los Cipayos, la prostitución), tiñendo sus intrigas con un feminismo a menudo anacrónico. Más recientemente, Perry se orientó hacia otros periodos, como la Primera Guerra Mundial – por curiosidad ética: ¿qué sucede con un crimen singular en el seno de una máquina de guerra generalizada?
Paralelamente, la novela policial se vuelve más sicológica, más escudriñada, con Ruth Rendell (pasa uno del “whodunnit” al “whydunnit”, y Rendell se complace en comparar a su inspector Wexford con Maigret) y, sobre todo, P.D. James, quien crea, con Adam Dalgliesh, policía habitado por la muerte de su mujer, un poeta reconocido, lo que es raro en los detectives de ficción. Bajo un nombre de pluma que oculta su identidad de mujer, P.D. James se impone de entrada al principio de los años 1960 con De Cara cubierta. El universo de Asesinatos en bata blanca, con su escuela de enfermeras de lo más extraña y claustrofóbica, edificio inquietante que el fuego llega a destruir al final, reanuda menos con el género policial que con la tradición de la grandes novelas de misterio escritas por mujeres, tales como Jane Eyre de Charlotte Brontë (en donde la primera esposa, vuelta loca y secretamente encerrada, incendia la mansión de Thornfield) y su reescritura por Daphné Du Maurier en Rebecca.
La novela policial en femenino, sombría o lúdica, que plantea el problema del género y de los límites sociales de lo masculino y de lo femenino, que explora los márgenes de lo trágico y renueva con brío el escenario de la detección, tiene un rico porvenir por delante. Lo atestigua El affaire de Road Hill House de Kate Summerscale, recién publicado, relato detallista del asesinato de un niño en la época victoriana, historia que ya había inspirado, entre otras, La Piedra de luna de Wilkie Collins, por la conveniencia de sus ingredientes: una víctima, una camisa manchada, un buen detective y una bella mansión que cela secretos bastante tenebrosos…


Trad. por Marie-Claire Figueroa
Del Magazine littéraire, No. 476, junio de 2008

Ciclo Literario.