HOTEL

Oswaldo Ortuño


Irving Penn / 1993
Fotografía


En la habitación vasos secos de vino y ceniceros derramados.
En ese cuarto de filos blancos yace a mi lado; sus piernas y su volumen de esferas injertadas. Me introduzco en el mecimiento marino de su gruta; dentro del golpeteo acuático, ondas —como las que hace mi palabra en la fuente de su mirada— laten entre corrientes que se cruzan, calientes, espesas.
En el camastro de voz metálica, en su colchón de arena, el líquido olor de sus muslos se derrama, baja por las patas de la cama y avanza hasta las paredes para subir alrededor de la bombilla, donde respira como una mariposa nocturna, secreta y apacible. En sus alas están dibujados todos los corazones que aquí se han abierto, fulgores que desde múltiples cuerpos han florecido.
Su respiración descansa como un lirio en mi pecho.
Tocan nuestros pies el piso helado al ir hacia las porcelanas grises y los muros verde amarillentos del baño, donde aparecen grabadas las siluetas de otros seres como nosotros. Ella orina en mi pierna y yo sobre su vientre; entre el agua escasa y tibia de la regadera, son más calientes y abundantes nuestros desechos.
Salimos y nos tomamos otra vez de la mano ante la vieja encargada del hotel que ciega, con el tacto conoce el valor de las monedas y los billetes.

La despido en la estación del tranvía. Y veo sus rasgos plenos, irrepetibles como la forma del cielo y como los días.

 

Ciclo Literario.