El amo del intento

Héctor Loaiza


Carlos Castaneda dio muy contadas entrevistas para hablar de su obra. La plática que sostuvo en 1982 con Héctor Loaiza, escritor peruano radicado en París y que venimos publicando, sorprende por la amplitud y la soltura con que abundó sobre los aspectos siempre misteriosos de su aprendizaje con Don Juan, el célebre chamán yaqui que se haría tan popular a partir de sus libros. Al difundir este texto Ciclo literario cumple con el interés por las enseñanzas que de la antigua cultura indígena americana transmitió Castaneda .

H.L.: Lo que más ha llamado la atención en Europa en tus libros es el aprendizaje por medio de los psicotrópicos para “destapar” los sentidos hacia esa realidad no ordinaria. Lo que te ha permitido adentrarte en la dimensión tan contradictoria y temible a la cual don Juan te condujo.
 C.C.: Él estaba interesado en poner a mi alcance la idea de que el “intento” crea todo lo que yo percibo. El mundo está a mi alcance como el que percibe, a través de la magia del “intento”. El único modo de darse cuenta de que el “intento” es una fuerza manejable, es a través de los psicotrópicos, especialmente para una persona como yo que en ese entonces tenía “convicciones profundas” sobre el mundo. Era un mundo equívoco y por lo tanto inmutable que trascendía en mi persona. Y don Juan cree que el mundo existe aunque yo no exista, pero no existe en el mismo sentido que yo lo percibo. El mundo no está allí con nubes, montañas y valles a menos que yo, hombre que percibe, no esté allí. Porque para don Juan no sólo soy el que percibe, hombre que funciona con una visión estereoscópica, que me permite percibir al mundo desde un punto de vista antropomórfico, sino que aprendí a manejar esta visión a través de las enseñanzas que me dio la sociedad, a canalizar la visión estereoscópica del hombre como descendiente de los monos antropoides. Estoy preparado para ver el mundo de cierto modo, por mi ideología. Y el resultado final es que percibo al mundo como ser humano, que el mundo existe aunque yo no exista. Lo importante para don Juan era entender y hacer que mi cuerpo entendiera que esa visión se puede cancelar, que simplemente era una forma de “visualizar” al mundo. Aunque yo como ser acabado, adulto, no había utilizado todavía el margen que me quedaba y bajo la influencia de un psicotrópico entraba en juego. Una vez logrado ese “intento”, don Juan logró poner al alcance de mi cuerpo la idea de que tengo más margen perceptivo de lo que creo, entonces ya no es necesario el uso del psicotrópico. No puedo usarlo desmedidamente, sin propósito.

Walter Reuter / 1948
Fotografía

 H.L.: Pero hubo una serie de abusos de la parte de los lectores, que te han tomado al pie de la letra y que han querido reproducir la atmósfera que describiste en tus libros.
 C.C: No se puede reproducir el contexto de don Juan. Al comienzo de mi trabajo tomé gran cuidado en reproducir y apuntar todo lo que él hacía. Aprendí el sistema que usan en ballet, para codificar los movimientos. Entonces codificaba los gestos que don Juan hacía con los ojos, con las manos, con los pies, para llegar a reproducirlos fielmente. Cuando iba a la montaña don Juan recogía varias hojas y arbustos, los mezclaba, los machucaba y los ponía sobre mi barriga. Eso me mantenía con calor toda la noche, sin frazadas y en un frío congelante. Llegué a coleccionar siete versiones de diferentes plantas y de diferentes maneras de recogerlas, machucarlas y aplicarlas a mi cuerpo. Cuando yo traté, usando todos los recursos de los archivos, de reproducir lo que don Juan hacía nunca me dio resultado, ¡nunca! Y don Juan se reía mucho, se burlaba de mí, le fascinaba la idea de que yo me diera tanto trabajo en apuntar todos sus movimientos. Decía que tarde o temprano yo me iba a dar cuenta que todo estaba relacionado con el “intento”, el poder personal. Y un día me dijo: “Mira, voy a acabar con estas manías tuyas de tomar apuntes.” Después de haber buscado en el jeep lo que necesitaba, me ordenó: “¡Póngase esta tabla carcomida en la barriga!” Me la puse y tuve el mismo efecto. Durante mucho tiempo creía que era el poder de la sugestión, al final comprendí que don Juan era el maestro del “intento”.
H.L.: Diría que don Juan como chamán era el escenificador, el metteur-en-scène, quien controlaba el escenario. Insisto en el hecho que en ese control sobre ti, utilizó sus poderes hipnóticos.
C.C.: Bueno, yo creía siempre que don Juan, y las otras personas allegadas a él me sugestionaban, al punto de que yo podía explicar lo que pasaba como un estado de hipnosis. Ahora he llegado a otra conclusión. Don Juan el “maestro del intento” (no sé, en español no hay una palabra adecuada, podría decir el “amo del intento”), como un mago original, no simplemente para sugerirme algo y dejarme en un espejismo, sumergido en un estado hipnótico. En cierto momento de la historia, el hombre fue capaz de manejar el “intento” y evidentemente hacer aparecer el conejo en la mano. Cuando el hombre dejó de ser amo del “intento”, vino la prestidigitación, el conejo está ahora escondido en la vestimenta del mago y éste lo saca en el instante adecuado. Pero don Juan hacía aparecer conejos, no solamente para mi visión. El “intento” es lo que hace al mundo. Las enseñanzas de don Juan trascienden mi lógica y mi manera de explicar el mundo. Ser el amo del “intento” para los brujos toltecas, yaquis, mazatecos, que formaban el grupo de don Juan, significaba poder “controlar” lo que es el mundo, la creación. Por ejemplo, don Juan una vez hizo aparecer aquí, en la Alameda, en la Avenida Juárez, una ardilla en la mano, que tenía anteojos y parecía un japonés. Lo que yo no podría conseguir en este momento y no podría decirte cómo resolver el caso.
H.L.: El gran éxito que tuvieron tus libros en los países anglosajones se debe a que atrajo mucho más el mensaje que consistía en la reivindicación de la vía individual. Es también por el ejemplo, no por una ideología ni por un discurso oral, que el maestro-chamán induce al aprendiz a la comprensión de ciertos fenómenos de la realidad no ordinaria.
C.C.: Don Juan no creía que haya un cuerpo de conocimiento, a la que un aprendiz se pueda referir, sin haber interiorizado todos los preceptos de ese cuerpo. No creía que la manera de actuar de los psiquiatras sea adecuada, porque yo le contaba mis experiencias cuando trabajaba en el consultorio de un psiquiatra haciendo encuestas con gente que tenía problemas. Y don Juan estaba horrorizado por la idea de que una persona que ayuda, un psiquiatra, tenga también problemas. Yo le decía: “¡Qué quiere que sea! ¿un superhombre?” Don Juan respondía: “Por supuesto, uno tiene que exigir que el que ayude sea un superhombre, que esté libre de todas las taras y las mezquindades para interpretar y sugerir una conducta. De otro modo, lo que hace es validarse a sí mismo”. Para él, eso no tenía significado y por supuesto el aprendiz era todo lo que existía. Éste, en los términos de don Juan, tenía que ser impecable si quería ser persuasivo con él. El aprendiz tenía que poner todo los componentes de su ser sobre la mesa. Si no era impecable, monolítico, en su conducta, no podía mover a nadie, no tenía poder personal. El “intento” no lo movía. Si yo dejara de ser impecable, si tuviera una doble vida, la pública y la privada, no podría ni siquiera ir a la esquina y no habría modo de hacer el “puente” que necesito en este momento para moverme. Es el “intento” que me mueve.
H.L.: En nuestra mentalidad latinoamericana nos gusta cantarnos boleros sobre nosotros mismos o nos gusta también hacernos “novelitas rosas” sobre nuestro Ego.
C.C.: Nosotros somos coloniales, tremendamente influenciados por todo lo que es Europa. En Latinoamérica vivimos con un ojo en la Embajada de los Estados Unidos y con el otro, en la de Francia, a la espera de las influencias. No es cosa que podamos evitar. Mira dónde estamos tú y yo: tú estás en Francia y yo estoy en los Estados Unidos. Y no hay otro modo.
H.L.: En una conversación que mantuve con Octavio Paz hace algunos días, hablamos del gran problema entre la América Latina y los Estados Unidos que es cultural. No llegamos a entendernos y sin embargo formamos parte de un mismo continente.
C.C.: Don Juan me dio una vez una idea muy extraña de mí, me dijo que con lo que yo tenía que lidiar con algo que él llamaba lo “Torquemada” 1. Lo que había en mi interior, no era tanto el artista europeo, el pensador, sino el inquisidor. Y eso es lo que él llamaba el aporte de Europa y las versiones totalitarias no son traídas de los cabellos, no son visiones extranjeras. ¡Somos nosotros mismos los inquisidores! El espíritu del inquisidor que lleva dentro de sí la coerción, el imponerse al otro de una manera total. Don Juan decía que su filosofía era el producto de la coerción de quinientos años de índices y de archivos así como la coerción del pensamiento. Lo más tremendo de Torquemada era que éste se creía puro y mataba en nombre de Dios, en nombre de una ideología superior, indiscutible. El Nagual decía que con esa clase de hombres no había manera de luchar, eso era imposible. Sólo el guerrero puede sustraerse a la influencia de Torquemada, el que todos nosotros cargamos encima. ¡Eso significa liberarse de uno mismo!

Walter Reuter / 1948
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H.L.: En nuestro continente se pretende reemplazar una religión del libro, la católica, por otra ideología derivada de la Biblia.
C.C.: Como todo latino, como tú muy bien conoces cómo somos, cuando conocí a don Juan, estaba imbuido de ideas sobre la reforma y la injusticia social. En realidad, creía que podía ser útil política o ideológicamente desde un punto de vista clásico. El rebelde que tira bombas y que quiere la revolución. Don Juan acabó con toda esa afiliación mía. Me dijo: “Mira, si hay alguien entre los dos que debe quejarse, soy yo, soy yaqui, indio” Creía que él tendría que quejarse y no yo. Al final, los yaquis no me interesan en tanto que tales, porque interesarme por ellos significaría dejar de lado una idea más importante: la salvación del individuo. Yo, como individuo, no como elemento cultural, entendí las enseñanzas de don Juan de la mejor manera posible, en mi propio interés. Dejé de lado, todo lo que significaba una posición social. Es una de las críticas que me hicieron la noche de la conferencia de prensa. Consideraban que don Juan no era un chaman, en el sentido de que no tenía ninguna función social.
H.L.: Te referiste varias veces al hecho de que eras el “puente” entre la civilización occidental y el mundo de don Juan. ¿Podrías explicarme más esta noción de ser “puente” entre esos dos mundos?
C.C.: Sería imposible para el lector el ir y hablar con don Juan. Una de las críticas que se me ha hecho, es que no presento las fuentes de mi información. Si lo que he narrado es verídico y debe ser tomado en serio, estoy obligado a presentar las fuentes: llevar a la gente para que conozcan a don Juan, que hable de sus vivencias, que diga lo que piensa y lo que es. Don Juan nunca pudo hacer eso, ya que no tenía ningún interés en hacerlo. Además hay norteamericanos que se encontraron con don Juan, ¡cómo podían haberse encontrado conmigo! Si yo fuera él no tendría ningún interés en revelar a nadie lo que estoy haciendo, ¡sería absurdo! Sería tremendamente superfluo acercarse a mí, como si estuviera impregnado del aura de don Juan. Si fuera como él, no habría modo, de que yo dijera nada a nadie. Don Juan me usó a mí, como un “vehículo”, al expresar ciertos principios que regían su vida, tuve la suficiente energía para emprender la tarea de conceptualizar, de explicar, lo que don Juan hacía en su ciclo mágico. ¿Cómo explicaría don Juan al mundo, la idea de que era uno de los personajes de un mito? Creo que sería imposible y de ahí que nadie se acercara a él. Cuando buscaban al “don Juan” de mis libros, por supuesto que nunca era el indio que estaba frente a ellos. Si alguien se encontrara con don Juan como culminación de una verdadera búsqueda, el Nagual lo aprisionará instantáneamente y esa persona estará fuera del mundo. La compulsión del guerrero que está envuelto en este ciclo mítico, es la de llevar a la libertad a cualquiera que se acerque a él. Don Juan me dio la tarea de explicar su universo, no porque eso me atañe, ni que me dé ganancias y de ningún modo me implique. ¡Es algo como un mandato que viene de afuera! Si me dejan a mí por mi cuenta, sería imposible encontrarme, que yo les hablara, ¡para qué! Pero el Nagual —desgraciada o afortunadamente— me dio la tarea de escribir los libros y de presentarlos en el mundo. Nunca tuvo que lidiar con ese fenómeno y no había modo de validar en los términos del hombre occidental su propia existencia. No porque éste se esconda y que haya abismos que nos separan. Con respecto a la pregunta original, ¿cómo me siento como “puente”? Don Juan me escogió a mí, como un vínculo entre lo hermético que representa él y la cualidad amorfa que somos nosotros, los occidentales. Él está precisamente encerrado, y nosotros estamos abiertos al punto de que no vemos nada.
 H.L.: A mí me interesa el aspecto aleatorio, el azar de los encuentros más importantes que uno puede hacer en la vida. Me has dicho que don Juan te ha escogido, que tú no lo escogiste, sino que llegaste hacia él. ¿Cuál es la explicación?
 C.C.: Para don Juan es la cuestión del “intento” que rige al destino del hombre, pero el “intento” no es la intención humana. Para él, es una fuerza principal que nos mueve, nos aprisiona. El “intento” es digamos la versión de lo que nosotros conoceríamos como Dios. El “intento” no es lo que don Juan llamaría el Nagual, lo inexplicable, lo que no se puede transcribir, aquello que no tiene forma, es el Todo. Mientras el Tonal es el orden, es como una isla de orden, de propósitos, de serialidades, de ecuaciones, de ciclos, de pensamientos. Todo lo que es conocido por nosotros en nuestro papel de seres relacionantes. El “intento” es una fuerza que forma parte del Nagual, que se puede describir y se puede sentir. Y lo que rige ese ciclo es cuestión del “intento” como fuerza que don Juan encontró, con lo que yo me crucé en su camino.
H.L.: Lo más admirable de tus libros, es el gran sentido del humor, es decir que no caes en lo serio ni en lo solemne... Ahora que te conozco lo comprendo, porque tienes una personalidad alegre, una visión jocosa de la vida que es verdaderamente benéfica
C.C.: Esa, era la insistencia total de don Juan, me curó de la “cara larga y del culo de plomo”, de la pesadez extraordinaria. Yo era un hombre de gran seriedad y de tremenda pena, tenía la nostalgia de sentirme triste, la pena de mí mismo, que me perseguía día y noche. ¡Don Juan me curó y eso fue una catarsis!

(Nota)
1 Tomás de Torquemada (1420-1498), religioso predicador, organizó el Tribunal de la Santa Inquisición. Fue nombrado por los Reyes Católicos como inquisidor general.

 

Ciclo Literario.