Los caminos de la libertad
en tres novelistas inglesas

Marc Porée


Psicoanálisis, existencialismo, o feminismo, recorren las obras de Doris Lessing, Iris Murdoch y Angela Carter en lucha con su época “Los caminos de la libertad”: este título definitivamente sartriano resume bastante bien las trayectorias de Doris Lessing, Iris Murdoch y Angela Carter, tres figuras emblemáticas de la literatura femenina inglesa de los años 1960, quienes atacan  los tabúes, y no temen ni las ideas, ni el compromiso.

 

Lessing

August Sander 1911
Fotografía

La expresión conviene perfectamente al recorrido empezado en los años 1950 y que la excepcional longevidad creadora de Doris Lessing (nacida en 1919), coronada en 2007 por el premio Nobel, prolonga hasta la primera década del siglo XXI. Nacida en Irán, Doris Taylor crece en una granja de Rodesia, antes de dejar África a los 30 años del brazo de Gottfried Lessing, su segundo marido, con el manuscrito de su primera novela en la bolsa, Vencida por la brousse (1950). De una obra monumental, recordemos, con el riesgo de la simplificación,  la dimensión (por lo menos) triple: autobiográfica, en relación con la emancipación de las mujeres y su conciencia  dolorosamente fragmentada; generacional, en el sentido en el que El sueño más dulce (2001) pretende ser la crónica de los años 1960 y 1970, en lucha con la grandeza y la miseria de las ideologías (comunista, en particular); híbrida,  en su deseo de hacer estallar los géneros y rehusar las clasificaciones. Su feminismo se encarna en esta gran novela de las “Mujeres libres”, La libreta de oro (1962), con la condición de agregar que se afirma inseparable de una intensa búsqueda formal. Las cuatro libretas de Anna Wulf, escritora quebrada por las crisis de todo tipo que atraviesa, son el reflejo de la compartimentación y de las divisiones funestas que la quinta y última libreta se empeña en superar, en una exigente aunque, sin duda, ilusoria búsqueda de apertura y coherencia. Dedicada completamente a su convicción de que “la literatura es el análisis posterior al acontecimiento”, Lessing se vuelve, al final de los años 1970, hacia la ciencia ficción y sus epopeyas galácticas, para acelerar el divorcio con la novela estrechamente inglesa, y tomar altura. Nunca altanera, sin embargo, por “su necesidad de saber lo que sucede por todos lados”, nunca pone fin a su caminar fuera del sendero “correcto”. El quinto  niño (1988) y la segunda parte El mundo de Ben (2000), llevan la búsqueda hacia la parte de las fuerzas oscuras en nosotros; estos breves relatos, de una escritura límpida y de rebotes increíbles, reanudan con la novela filosófica apreciada por Mary Shelley. Sin dar nunca lecciones, hacen trizas a la felicidad común y cultivan el arte de inquietar. En su discurso de recepción del Nobel, Lessing se dice preocupada por la amnesia que amenaza nuestras sociedades occidentales, pero encuentra algún bienestar en el apetito ilimitado que manifiestan mujeres y niños de África y de otras partes por los relatos nacidos del fuego, la magia y el mundo de los espíritus. Su última novela, The Cleft (2007), la muestra más audaz que nunca, sin necesidad de personajes, remontando a los orígenes de la raza humana, para proseguir con la reflexión sobre la difícil coexistencia entre lo femenino y lo masculino; de ello resulta que el arte, en sus componentes orales y mitológicos, es indispensable a la supervivencia de la especie.

Murdoch
Con su principal contemporánea, Iris Murdoch (1919-1999) comparte la convicción según la cual la literatura aporta auténticas enseñanzas sobre la manera con la que la situación humana se comprende y se representa. Nacida en Dublín, en una familia anglo-irlandesa, crece en Inglaterra en donde lleva al mismo tiempo una doble carrera, una de filósofa – enseñaba filosofía moral en Oxford – y de novelista. Después de una vida tormentosa con Elías Canetti a quien dedica El Seductor dejado (1956), se casa con John Bailey, novelista y profesor de literatura inglesa en Oxford, quien le sobrevivirá y entregara conmovedores testimonios sobre su decadencia final. Desde su primera obra de ficción, Debajo de la red  (1954), Murdoch trata de hacer de la novela el garante de la libertad humana. Hay que salvar el género de la dominación sin concesiones de Freud y de Marx. Su relación con Sartre se vuelve rápidamente conflictiva. Fascinada al principio por el existencialismo como doctrina, a la que dedica un ensayo, Sartre, un romántico racionalista (1953),  se deslinda del espíritu de sistema del escritor, al que prefiere Kafka. Con el fin de oponerse a la idea sartriana del hombre solo, imagina tramas con arreglos rocambolescos  y rigurosos a la vez, que escenifican la interdependencia, el diálogo, la interacción. Shakespeare y sus comedias están por doquier, pero cohabita con Platón en una síntesis de la que Murdoch asume la fecunda audacia. Su tesis, fundida en novelas presentadas como “metafísicas, mas no filosóficas”, insiste sobre la necesidad de pasar del culto de la sinceridad, forzosamente solipsista, a la búsqueda, mucho más ardua, de la Verdad en la otredad.  De libro en libro – publicaba en promedio uno cada dieciocho meses – vuelven la figura del mago (inspirada de Próspero) a la vez destructor y creador, quien somete a los otros personajes a su ambivalente fascinación, de la que deberán deshechizarse, porque su libertad está en juego, los microcosmos cerrados sobre ellos mismos,  las discusiones filosóficas sin fin, las interrogaciones sobre la naturaleza del Bien (pero ¿qué del Bien sin Dios?), la reflexión sobre el amor (la más peligrosa de las ilusiones, pero inherente a la naturaleza humana), las (ir)resoluciones finales, más o menos arbitrarias. Paradójico, sin duda, el lugar tomado por Murdoch en el seno de su creación: brilla por la inventiva de sus intrigas,  cada detalle concebido con extremo cuidado; escenifica la teatralidad sin negarse a incursionar del lado de lo fantástico o de lo sobrenatural, jala todos los hilos como perfecta marionetista; al mismo tiempo, afirma que  la necesidad de libertad de sus personajes se encuentra en el corazón de un dispositivo del que quiere preservar la opacidad y la incompletud, a imagen de lo real y de sus irreductibles contingencias.  También, hay algo irónico (y trágico) al considerar que aquella que pasaba por la mujer más inteligente de Inglaterra fuera presa de la enfermedad de Alzheimer. Desde su muerte, su obra abundante es objeto de una reevaluación crítica. Ni feminista, ni posmodernista, sin ser tampoco tradicionalista, Murdoch habrá insistido  para hacer de la novela, aparte del crisol en el que se forja, de modo lúdico si es necesario, la “seriedad moral” en la cual F.R. Leavis veía la quintaesencia del genio romanesco inglés, un lugar en donde vivir al mismo nivel que las ideas y el pensamiento.

Sander / 1932
Fotografía

Carter
Angela Carter (1940-1992) se casa en 1962, el año del triunfo de Lessing con su Libreta de oro; como ella, se divorcia, lúcida sobre lo que vuelve a las mujeres cómplices de su alienación. Después de empezar en el periodismo, viaja a Japón, a los Estados Unidos, en donde se abre a la dimensión cosmopolita de la literatura. Aunque teñido de teoría, su feminismo no es dogmático, tampoco su freudismo, de tal modo que la novelista tiene  problemas con los guardias del templo quienes no aprecian su humor negro, su fuerte gusto por la parodia, características que hicieron de ella, como lo dirá Salman Rushdie, desconsolado por su desaparición prematura, una “profanadora de vacas sagradas”. Es la relación con el cuerpo femenino, con lo que lo ensangrienta y lo hiere, al mismo tiempo que lo abre al otro, lo que funda su escritura voluptuosamente perversa. Su anticonformismo culmina una primera vez con el conjunto de relatos La compañía de los lobos (1979). Alimentada por los cuentos de Perrault, pero también fascinada por Sade y las novelas góticas, emprende la reescritura, en un sentido subversivo, de una buena parte de los relatos y de los mitos que han moldeado las relaciones entre los hombres y las mujeres. Noches en el circo (1984) marca una segunda cúspide: su personaje de trapecista con alas, capaz de parar todos los relojes, encarna un realismo mágico que proviene de los novelistas latinoamericanos, pero que ella sazona con salsa cockney. Con su última novela, Muy listo quien conoce a su padre (1991), regresa a Shakespeare y a la veta teatral. Temas: el music-hall, la pantomima, las artes de la escena, dichos “menores”, pero que Carter vuelve a legitimar con brío, apropiándose la vivacidad inherente a su condición de “bastardos magníficos”. Nunca su prosa se había mostrado tan carnavalesca, su fantasía tan desenfrenada, como en esa última mueca a la muerte y a la pesantez de una sociedad prisionera de una mentalidad de decoro.
Así, con Carter como con Lessing y Murdoch, los caminos de la libertad pasan por las vías del mito y de la fábula, único medio, tal vez, de no dejarse engatusar.

 


Traducción de Marie -Claire Figueroa.
Tomado de Le Magazine Littéraire No 476, 2008.

 

 

 

Ciclo Literario.