El viejo diccionario

Lydia Davis
Nota y traducción de Guadalupe Ángela


Lydia Davis (1947) es una escritora americana contemporánea que ha publicado varios libros, como Break It Down , Almost No Memory , y la novela The End of the Story. Entre sus reconocimientos se cuenta el Guggenheim Fellowship, el Lannan Literary Prize, y el prestigioso premio otorgado por el gobierno francés, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Ha realizado traducciones de autores franceses como Maurice Blanchot, Michel Leiris y más recientemente Marcel Proust (Swann’s Way). Su último libro es Samuel Johnson está indignado, publicado en inglés por McSweeney’s Press y en castellano por la Editorial Emecé. En su obra se mezcla la poesía, la filosofía y la narración corta.

 

Tomado del libro The Anchor book of New American Short Stories
Editado por Ben Markus,
Anchor Books,
E.U.A, 2004

Francisco Ontañon 1961
Fotografía

Conservo un viejo diccionario, tiene alrededor de 120 años de edad, lo necesito para una pieza particular en la que estoy trabajando este año. Sus páginas son quebradizas y muy largas, grisáceas en los márgenes. Me expongo a rasgarlas cuando les doy vuelta. Cuando abro el diccionario también me arriesgo a desgarrar su espina, la cual ya está partida a la mitad. Tengo que decidir, cada vez que pienso consultarlo, si vale la pena lastimarlo más al buscar una palabra específica. Dado que necesito utilizarlo en este trabajo, sé que lo voy a dañar, si no ahora, mañana, y para cuando haya terminado con este trabajo estará en peores condiciones de las que estaba cuando empecé, si no es que estará completamente arruinado. Hoy cuando lo tomé del estante, no obstante, me di cuenta que lo trato con mucho más cuidado que a mi hijo pequeño.  Cada vez que lo consulto, lo tomo con el mayor cuidado para no lastimarlo: mi principal preocupación es no lastimarlo. Lo que me desconcertó hoy fue que aunque mi hijo debiera ser más importante, para mí, que mi viejo diccionario, no puedo decir que cada vez que me ocupo de mi hijo, la principal preocupación sea no lastimarlo. Mi primera inquietud es casi siempre algo más, por ejemplo saber cuál es su tarea, o cenar en la mesa, o terminar una conversación telefónica. Si él se lastima en el proceso, eso parece no importarme tanto como tener las cosas hechas, lo que sea. ¿Por qué no trato a mi hijo al menos tan bien como al viejo diccionario? Tal vez porque el diccionario es obviamente frágil. Cuando la esquina de una página se rompe es evidente. Mi hijo no se ve frágil, al inclinarse hacia un juego o maltratar al perro. Ciertamente su cuerpo es fuerte y flexible, y no es fácil que yo lo lastime. Yo lo golpeé pero su cuerpo sanó luego de los moretones. A veces es obvio cuando he herido sus sentimientos, pero es más difícil ver que tan mal han sido heridos, y parecen curarse. Es difícil saber si ellos se curan completamente o quedan para siempre ligeramente dañados. Cuando el diccionario se daña no se puede reparar. Quizás trato al diccionario mejor porque no me demanda nada o porque no me rebate. Tal vez soy más amable con las cosas que no parecen reaccionar. Pero de hecho las macetas no parecen reaccionar mucho y todavía no las trato muy bien. Las plantas exigen una o dos cosas. La petición por la luz que ha sido ya satisfecha por el lugar donde las coloqué. La segunda petición es por agua. Las riego pero no regularmente. Por eso algunas de ellas no crecen muy bien y algunas mueren. La mayoría son extrañas más que exquisitas. Algunas eran exquisitas cuando las compré pero ahora son extrañas porque no las he cuidado muy bien. La mayoría está en tiestos que eran los mismos recipientes de plástico en el que venían. Realmente no me gustan mucho. ¿No hay otra razón para apreciar a una planta si no es su exquisitez? Pero yo podría tratar bien a una planta aun si no me gustara su aspecto. Yo debería ser capaz de tratar bien a mi hijo cuando él no se ve apropiadamente y aun cuando no se comporta amablemente. Trato mejor al perro que a las plantas, aunque sea más activo y más demandante. Es sencillo darle comida y agua. Lo saco a pasear, si bien no muy seguido. A veces le he bofeteado su nariz, aunque el veterinario me dijo que nunca le pegara en ningún lugar cerca de la cara, o quizás dijo en ningún lado. Estoy segura que no estoy descuidando al perro cuando está dormido. Quizás soy más amable con las cosas que no están vivas. Más bien si no están vivas no hay razón para la amabilidad. No se lastiman si no les pongo atención y eso es un gran alivio. Es un alivio tal que se vuelve un placer. El único cambio que muestran es que se llenan de polvo. El polvo realmente no les hará daño. Incluso puedo conseguir a alguien que les quite el polvo.  Mi hijo se ensucia y no puedo limpiarlo ni pagarle a alguien para que lo haga. Es difícil mantenerlo limpio y aún complicado alimentarlo. El no duerme suficiente, en parte porque trato demasiado de dormirlo. Las plantas necesitan dos cosas, o quizás tres. Es muy clara cuantas cosas le estoy dando a él y cuantas no, por eso se ve que tan bien estoy cuidándolo. Mi hijo necesita muchas cosas además de las que necesita para su cuidado físico, y estas cosas se multiplican o cambian constantemente. Pueden cambiar en medio de una frase. Aunque frecuentemente lo sé, no siempre sé exactamente que necesita. No obstante, cuando sé, no siempre puedo dárselo. Muchas veces, a diario, no le doy lo que necesita. Algo de lo que hago por el viejo diccionario, pero no todo, podría hacer por mi hijo. Por ejemplo, lo tomo despacio, pausadamente, con delicadeza; considero sus años. Lo trato con respeto. Me detengo y pienso antes de usarlo. Conozco sus limitaciones. No lo aliento a ir más allá de lo que puede ir (por ejemplo, quedarse abierto sobre la mesa). En buena parte lo dejo solo por mucho tiempo.

 

Ciclo Literario.