El hombre desnudo

Fernando Sabino
Nota y Traducción de Alfredo Coello


Los años 60 en la literatura brasileña acompañan los cambios revolucionarios de esta década, sobre todo en el campo del cuento corto: los textos de Clarice Lispector y Rubem Fonseca son paradigmas de modelos narrativos que influenciaran a  las siguientes generaciones de escritores.
   Refieren estos cuentos la contemporaneidad que empieza a forjarse en los espacios de las grandes urbes brasileñas como Sao Paulo, Río de Janeiro y algunas ciudades del estado de Bahía; la aceleración que modera esta literatura, agitada por conflictos psicológicos y sociales, inventa una caterva de narradores que se darán cita en los cafés bohemios, en la marginalidad de las universidades y en el periplo de la represión militar que finaliza hasta entrados los años 90.
   Hombres y mujeres se enredan y encarnan sus conflictos de identidades  no resueltas. No existe lugar para la inocencia ni para el lirismo puro. Los escritores empiezan a madurar después del vaivén que ha sacudido al mundo y al Brasil. Los lectores se vuelven exigentes de narrativas que traduzcan  con fuerza  dramática y riqueza metafórica las crueldades de lo real. La literatura brasileña nunca más volverá a ser la misma después del vendaval de los 60. 
   Son estos escenarios sociales y literarios donde aparece publicado por vez primera el cuento del Hombre Desnudo de  Fernando Sabino (nace el 12 de octubre de 1923). Viajero incansable, varias de sus novelas fueron llevadas al cine, la más famosa fuera del Brasil es Faca de dois gumes (Cuchillo de doble filo) dirigida por Murilo Sales en 1985.
   La vida de este escritor es de una abundancia perenne, marcada por la velocidad errante al representar a su país en varios eventos internacionales, desde la diplomacia a los festivales de cine (varios en Argelia). En 1960 entra de lleno al oficio de editor, al mismo tiempo que colabora en varios periódicos nacionales y locales. Cronista de deportes, ensayista literario, es director de documentales y filma diez sobre igual número de escritores brasileños, entre los que destacan: Érico Veríssimo, Carlos Drummond de Andrade, Vinicius de Moraes, Joao Cabral de Melo Neto, Manuel Bandeira, Jorge Amado y Joao Guimaraes Rosa.

   Fernando Sabino murió el 11 de octubre de 2004, luego de recibir varios premios literarios en su país, el más importante fue el “Machado de Assis”. A un día de cumplir los 83 años se despidió de su tripulación y les pidió escribir en su epitafio la siguiente oración: “Aquí yace Fernando Sabino que nació hombre y murió niño”

 

Cuando despierta le dice a su mujer:
-   Pon atención, querida; hoy nos toca pagar la mensualidad de la televisión, seguro que va a venir el sujeto con la cuenta. Y lo que pasa es que ayer olvidé traer dinero de la ciudad, estoy totalmente limpio.
-Explícale eso  al cobrador – ponderó la mujer.

Pedro Meyer 1975
Fotografía

 -   No me gustan esas cosas. Como que te crea un halo de tacaño y a mi me gusta cumplir con mis obligaciones. Escucha: cuando llegue nosotros nos quedamos aquí, sin hacer ruido, así él pensará que no hay nadie. Déjalo que toque hasta que se canse. Mañana yo pago.
Al poco rato, se quita la piyama, va al baño a darse un regaderazo, pero su mujer ya está ahí y ha cerrado la puerta. Mientras espera, decide hacerse un café. Pone el agua a hervir, abre la puerta del cuarto de servicio para recoger la bolsa del pan. Como estaba completamente desnudo, voltea desconfiado a un lado y otro antes de arriesgarse a dar dos pasos hasta la bolsa de papel que el panadero había dejado en el lugar de siempre. Era muy temprano y nadie podía estar merodeando a esas horas por ahí. Mal alcanza la bolsa del pan, la puerta atrás de si se cierra de golpe, empujada por la corriente de aire.
Aterrorizado, se precipita hasta el timbre de la puerta y, después de tocarlo, se queda a la espera, mirando con ansia a su alrededor. Escucha el ruido del agua de la regadera dentro de la casa detenerse de pronto, pero nadie viene a abrir. Seguro la mujer pensaba que era el sujeto de la televisión. Toca con el nudo de los dedos.
-  ¡María! Ábreme. María. Soy yo – llama quedito.
Mientras más insiste, más silencio se hace adentro.
Al mismo tiempo, oye que abajo la puerta del elevador se cierra, ve las manecillas marcar despacio la ruta del ascensor por los pisos… Ahora sí, ¡es el hombre de la televisión!
No era. Escondido en el descanso de las escaleras entre los pisos, espera el paso del elevador, y regresa a la puerta de su apartamento, toda vez apañada en las manos nerviosas la bolsa del pan:
-   María, ¡por favor Soy yo!
Esta vez no tiene tiempo de insistir: escucha pasos en la escalera, lentos, constantes, vienen de abajo… Apanicado, mira a su alrededor, contorsionándose, y desnudo con la bolsa de pan en las manos, parecía que estaba ejecutando un ballet grotesco y mal ensayado. Los pasos en la escalera se aproximan y él no encuentra donde esconderse. Corre hacia el elevador, aprieta el botón. Apenas y le da tiempo de abrir la puerta y entrar; la sirvienta pasa, despacio, arremetiendo a zancadas cortas la escalera. Respira aliviado, secándose el sudor de la frente con la bolsa del pan. Pero hete ahí que la puerta interna del elevador se cierra y empieza a bajar.

Mapplethorpe 1973
Fotografía

- ¡Ah, no, esto no! - gesticula el hombre desnudo, asustado.
  ¿Y ahora? Allá abajo alguien va a abrir la puerta del elevador y se lo encontrará en pelotas. Pudiera ser algún vecino conocido… Se da cuenta, desorientado, que estaba yendo cada vez más lejos de su apartamento, empezaba a vivir una verdadera pesadilla al estilo kafkiano, se instalaba en aquel momento en el ¡más auténtico y alucinado Régimen de Terror!
-   ¡Ni madres! – repetía furioso.
Apaña la puerta del elevador con todas sus fuerzas y la abre en medio de los pisos. El elevador se detiene. Respira profundo, cerrando los ojos para tener la ilusión de que en ese momento está soñando. Después tiene la sensación de que aprieta el botón de su piso. Allá abajo insisten en llamar al elevador. Antes que otra cosa: “Emergencia: detener”. Está bien. ¿Y ahora? ¿Va a subir o a bajar? Con cuidado desactiva la parada de emergencia, se olvida de la puerta, mientras insiste en que el elevador suba. El elevador empieza a hacerlo.
-  ¡María, abre esta puerta! – grita, esta vez empujando la puerta, ya sin cuidado alguno, escucha que otra puerta se abre atrás de él, se voltea agachado, apoyando el trasero en el marco de la puerta e intentando inútilmente  cubrirse con la bolsa del pan. Era la vieja del apartamento vecino:
- Buenos días, mi estimada señora – le dice, confuso – Imagine que yo…
La señora, aterrada, levanta los brazos y suelta un grito:
-   ¡Válgame Dios! ¡El panadero está desnudo!
Y corre al teléfono para llamar a la radiopatrulla.
-   ¡Hay un hombre encuerado aquí en la puerta!
Otros vecinos, al escuchar el griterío, vienen a ver qué pasa:
-   ¡Es un tarado!
-   ¡Uyy, qué horror!
-   ¡No volteé, no! ¡Ya para adentro mi hija!
María, la esposa del infeliz, por fin abre la puerta para ver lo que pasa. Él entra como cuete y se viste precipitadamente, ni siquiera se acuerda del regaderazo. Pocos minutos después, al regresar la calma allá afuera, tocan a la puerta.
- Debe ser la policía – dice él, todavía un poco sofocado, al ir a abrir.

Es el cobrador de la televisión.

 

Ciclo Literario.