El gozne de los tiempos

Marie Claire Figueroa


Seré más parca en el aspecto gastronómico; en una de mis enésimas mudanzas, tiré la libreta de mi abuela, al fin que yo había dejado de hacer las recetas por las cantidades enormes de mantequilla y azúcar requeridas en los dulces, pasteles y galletas (lo demás no me interesa). Por otra parte,  no era tan fácil de leer: la letra, fina y elegante, con sus trazos gruesos y delgados como de maestra de escritura en primaria, tenía el color indefinido de la tinta  que el cálamo, mojado en un tintero decimonónico, había prestado al papel sólo por un tiempo: ese tiempo que lo desgasta todo y sigue igual de rozagante.
 Veamos lo más sobresaliente que se comía en casa: el Sauerkraut (col agria con salchichas de Estrasburgo o knacks ─porque hacen “knack” cuando las muerde uno─ jamón ahumado, costillas de puerco, bayas de enebro, etc.) lo detestaba, pero me lo comía con un esbozo de sonrisa cuando, años después, la familia alsaciana quería agasajarme durante mis breves estancias en Francia. En casa, la ensalada de arenque y papas y los roll-mops (arenques escabechados y enroscados) afortunadamente estaban reservados a mi padre. En cambio, me deleitaban los knaepfeles o wasserstrübeln (bolitas de masa hervidas en agua y servidas doradas con cubitos de pan frito), así como las pastas hechas a mano por la experta tía Alice: después de extender la masa con el rodillo, la enrollaba y clac, clac, clac, el filo del cuchillo cortaba a una velocidad pasmosa. Después, dejaba que las largas tiras colgaran del borde (es más preciso que bordo) de la mesa para que se secaran durante la noche. Trágico si empezaba a llover: en ese caso, no se llegaba a un resultado satisfactorio.
La crepa de papas ralladas mezcladas con cebolla y hierbas finas picadas era uno de mis platillos favoritos. Mi gula no tenía límite: una noche, en el departamento de París, Maman había hecho una de éstas, bien doradita, que esperaba, solita en la sartén, la llegada de mi padre; pasé por allí (¡de casualidad!); empecé a roer toda la orilla. Cuando Maman nos llamó a mis hermanos y a mí, por supuesto no había sido nadie; me atreví a negar mi fechoría; cuando de comida se trata, podría vender mi alma al diablo a cambio de un buen queso o un rico postre. Una mañana que estaba batiendo unas yemas con azúcar para que la mezcla saliera blanca y espumosa, no me aguanté y empecé a tomarla a cucharadas antes de poner la harina. Inútil decir que el Gateau de Savoie destinado a las amigas de Maman, quienes venían de vez en cuando a tomar té con petits fours, salió completamente apachurrado, raquítico y, una vez más, el misterio quedó total. La azucarera recibía no pocas visitas de mi parte. Cómo temía que Maman contara los terrones, me los llevaba de uno en uno. Hasta me acuerdo de ese frasco de cerámica corriente, amarillenta, “adornada” con una flor fea (los tiempos de bonanza vendrían después), pero me tenía sin cuidado la azucarera, sólo me interesaba su contenido que llevaba a mi cuarto para “saborearlo” mientras hacía las tareas. ¡Menuda delectación!

Brassai
Fotografía

Mi abuela era la especialista en postres: el Kugelhopf, los Leckerlies para la temporada navideña, el Blitzkuchen, pastel hecho en un relámpago de tiempo (¿esta palabra no les recuerda la Blitzkrieg?, la “guerra relámpago” como llamaron a las primeras invasiones de Hitler a principios de la Segunda Guerra Mundial: la táctica era la de atacar por sorpresa sin dar al enemigo el tiempo de reaccionar.)
Para acompañar algunas de estas Delikatessen, se servía un vino blanco del Rin, de los viñedos plantados, claro está, en las vertientes francesas: los más famosos, el Sylvaner, el Riesling y el Gewürstraminer se tomaban también con los ostiones y el pan de centeno untado con mantequilla, el entremés dominical y, en las grandes ocasiones, con el pâté de foie gras, producto de la tortura infligida tanto a los gansos del Este como a los del Suroeste de Francia: la alimentación forzada por embudo. Con todo esto, muchos alsacianos no se sienten ni franceses ni alemanes: entre los montes Vosgos y el Río Rin, se sienten alsacianos.
Mi abuela paterna, Marguerite Fischer, era prima de mi abuelo y sin embargo se casaron y sus hijos y nietos no salieron demasiado tarados… Después de la guerra, iba a visitarnos una o dos veces al año, cosa de mucho mérito: el tren recorría los 500 kilómetros que separaban Estrasburgo de París en un tiempo que no se compara con el de los TGV (Trains à Grande Vitesse) de la actualidad. Yo no la quería mucho: poco cariñosa, solía darnos bofetadas sobre la boca, lo que desmentía el nombre con el que mis primos, mis hermanos y yo la llamábamos, el de Bonne Maman. A decir verdad, es muy probable que las mereciéramos, ya que no éramos, ninguno de nosotros, peritas en dulce. Según lo que me contaron mis padres unos años después de su muerte, falleció en una especie de transe místico: en su delirio, oía voces de santos que le hablaban; era muy devota, pero esto no me parece tan inverosímil: si le pasó a Juana de Arco, ¿por qué no a mi abuela?
Maman, Marguerite-Marie Mansel, seis años mayor que mi padre, nació en 1903, en Caudebec en Caux, Normandía, la tierra del trigo, de las vacas lecheras, los manzanos, la cidra y el Calvados, aguardiente de manzana. Caudebec (bec = río y cau = cal, en viejo normando) está situada a igual distancia entre el puerto marítimo de Le Havre y el puerto fluvial de Rouen; se extiende  a la orilla de uno de los numerosos meandros del Sena, bordado por altos acantilados calizos, los mismos que los de las playas de Dieppe y sobre todo de Etretat que ostenta una puerta perforada en la roca por el vaivén de la marea, parecida a la de Los Cabos en Baja California. En Dover y otros balnearios del Sureste de Inglaterra, se yerguen acantilados similares, éstos y aquellos cubiertos de maleza, a veces con una capillita dedicada a los pescadores o un castillo medieval; son lugares de paseo privilegiados por la vista del mar, de sus buques o minúsculas velas, el horizonte fundido con el agua y el cielo, el grito de las gaviotas sumidas en un arco iris líquido en pos de su presa del día.
La distancia entre Caudebec y Saverne equivale  más o menos a la distancia entre San Luis Potosí y Oaxaca, con la misma diferencia de costumbres, de mentalidad, de vida. Sin embargo la pareja formada por mis padres quedó muy unida durante muchos años, hasta que una enfermedad que azotó a mi padre lo echó todo a perder, pero esto es otra historia.          
Mencioné la ciudad costera de Dieppe ─del vocablo inglés deep, por la profundidad de su puerto pesquero y del puerto para los buques entre Francia e Inglaterra─ porque de allí parte el tren que recorre el túnel debajo del Canal de la Mancha para los pasajeros deseosos de llegar a Londres. Nunca hemos estado tan cerca  a pesar de nuestras incontables querellas desde la batalla de Hastings en 1066 ─la que permitió al Duque de Normandía, Guillermo el Conquistador, adueñarse por un tiempo de las tierras de nuestros vecinos, volviéndose así rey de Inglaterra─ hasta la hoguera de Juana de Arco, quien había devuelto la corona de Francia a Carlos VII, durante la Guerra de Cien Años. Estos enfrentamientos tuvieron sustanciosas aportaciones a las dos lenguas; si bien los romanos habían dejado una huella profunda en el lenguaje de los países conquistados, de igual manera encontramos en inglés muchas palabras galas (rendez-vous, tête à tête, etc.). Lo mismo pasa cuando los franceses se van de week-end a sus residencias secundarias o mandan a la nurse a pasear a los niños en el square más cercano a la casa. Es curioso también como las palabras para traducir el animal de granja vivo son de origen sajón y su carne cocida, de origen francés (pig, pork; calf, veal; ox, beef). Por lo demás, la conquista normanda cambió verdaderamente el curso de la historia inglesa.
Mis padres, Jean Alfred Fischer y Marguerite-Marie Mansel, se habían conocido en la Costa Azul ─en Cannes para ser más precisos─ región notable por su clima y sus paisajes. En invierno acudía la gente acaudalada de lugares fríos (Alsacia) o húmedos (Normandía). Cada año viajaban mis abuelos Fischer con el hijo y las dos hijas y, en 1930, coincidieron con mi tío normando, Edmond Angot, casado con una hermana mayor de Maman, la tía Renée, mi madrina de bautizo. Maman, soltera y benjamín de cuatro hermanas, los acompañaba, y allá sucedió el flechazo. Se casaron en la majestuosa iglesia de Caudebec, de estilo gótico tardío (flamígero), en donde se habían casado mis abuelos maternos y en donde me casaría con un jalisciense de San Juan de los Lagos, treinta años después.
Dejemos un instante a Caudebec que tuvo, como lo veremos más adelante, un destino trágico, para regresar a Alsacia, en Mulhouse, a escasos veinte kilómetros de la ciudad suiza de Basilea. Allí cursó mi padre el doctorado en ciencias  químicas y yo ─¡oh coincidencia!─ nací, allí también, el 21 de octubre de 1932. Según Maman, la espera tan pronta de su primogénita empañó su felicidad de recién casada. El día en el que me soltó este comentario poco ameno, sentí cómo se empañaba también mi cariño por ella. Sin embargo, en la adolescencia, la admiraba mucho y a veces la abrazaba tanto que se enojaba.  Un día la tomé del brazo en la calle y me espetó, zafándose: “Mijita, que yo sepa no hemos cuidado juntas a las vacas, ni nos hemos sentado juntas en las bancas de la escuela”. Fue como una cachetada o un balde de agua helada; por supuesto, ella nunca había pastoreado a  vaca alguna, pero con estos dichos normandos, me expresaba mi exceso de familiaridad. Tal vez por esta razón me fue siempre difícil, de ahí en adelante, externar mi cariño a quien fuera. Sin embargo, un día le dije: “Cuando sea grande, escribiré sobre ti un artículo como los del Reader’s digest: <El ser más extraordinario que conocí en mi vida>”.   Durante años, Maman se suscribió a esta revistilla mensual para leerla en sus incontables noches de insomnio. Más tarde, en mi época estudiantil, iba a sustraer algunos en los estantes del pasillo para revenderlos a los bouquinistes a un precio irrisorio; mezquina revancha a sus desaires (o por lo menos que yo tomaba por tal), lo confieso, pero esto me permitía redondear la mesada asignada por mi padre.

Al terminar su doctorado, mi padre fue contratado en Normandía (¡qué casualidad!) en la pequeña refinería de petróleo de La Mailleraye, también en la orilla del Sena. Vivíamos en una unidad habitacional construida para los empleados en Le Trait, en donde nacieron mis dos hermanos. La casita se llamaba “Les balsamines” del nombre de una planta llamada también “impaciente”, porque sus cápsulas estallan tan pronto se les toca. Me señala el diccionario que su verdadero nombre en latín es balsamum, pero que le dan otro, extraído del Evangelio de Juan: “noli me tangere”, “no me toques”; no confundir con la florecita azul “no me olvides”, en francés myosotis. Estos breves apuntes de botánica terminarán el primer capítulo; la estancia en Le Trait, relatada en el segundo, sirve de gozne, especie de transición entre mi primer año de vida y los años previos a la guerra, pasados en Caudebec.

 

 

Ciclo Literario.