Dama Rosa

Lorenzo León


En el mitin escuché la voz de Flora, grave y sensual como una amplificación de la voz de su cama. Flora Rosa con caderas grandes y asentadas en su edad caribeña nos convocaba al Movimiento, sacar el cuerpo en la tarde y gritar consignas contra los Lejanos del Palacio, fotos—entidades que nos someten con estridencias noticiosas. Flora, la Dama Rosa, en los húmedos escalones de la catedral hablaba a la multitud:
Soy miembro del Grupo Alto y queremos un hasta aquí a los delitos que cometen en contra del pueblo Los Lejanos del Palacio. Hay hambre y hastío, desesperación en huecos hacinados, destinos—nadas que arden en deseos de salir a luchar por nuestra causa grande y nacional.

Shomei Tomatsu / 1969
Fotografía

No dudábamos en declararle nuestro convencimiento y entonábamos consignas, rimas evocando al Jefe de Sangre, nuestro líder que se desprendió como una estampa del álbum de la infancia, del tricolor libro de viejas tardes, siempre nuevas y únicas. Raza de patriarcas, el Ministro de la Palabra era hijo del viejo General, que había peleado en las Gestas de Consolidación.
Los Lejanos del Palacio llamaban traidor a nuestro Jefe de Sangre, un renegado de los pabellones que ondearon en  batallas, pero él era simplemente la floración de una semilla, una sorpresa que en su inmortalidad nos dispuso el Bapú, el minero Abuelo, el Tata.
Flora Rosa era de todos los virtuosos de esta ciudad verde y húmeda, envuelta en niebla de cumbre. Era amada asiduamente por los Elementos del Café, caras coloreadas en los espejos del Celis, ocredad y sombra en los muros de Las Guitarras, luz y voracidad en el bar de Moun. En uno y otro sitio Dama Rosa era feliz con los tragos, excesiva con la Yerba Verde, delirante a veces por efecto de sus brebajes ácidos que nos la presentaban real y política, con sus ojos de cierva en su pequeña cara triangular y sus ostentosos pechos grandes y duros.
Me dispuse unirme a los Elementos del Café que seguirían a la representante del Grupo Alto en el festejo del triunfo, pues habíamos tomado la calle y por las principales arterias avanzamos fluyendo como jugo corrosivo; nuestras voces cimbrando los muros. Al mismo tiempo, dijo Flora Rosa, en distantes aldeas del sur, otros como nosotros se atrevieron a marchar hacia los palacios, donde los Lejanos desaparecieron. Ellos —decía Dama Rosa— están aturdidos por la ira de los apacibles nadie.
Nos fuimos a su casa donde había un complejo de guisados árabes: arroz y verduras compactadas en venas de cerdo, avecillas guisadas en vapor condimentado, dátil en licores dulces. Había tequila también y ron oro y un buen atado de Yerba Verde. Pusimos música de su región caribeña y se armaron cuatro o cinco parejas quedando un buen número girando en la danza de Flora Rosa.
Dama Rosa en movilización, conversación o fiesta, hablaba siempre con imposición de lo mismo, la estrategia, las alianzas y los combates; de la competencia de nuestro Jefe de Sangre.
En el colmo de mi alta gracia (las botellas y la comida estaban consumidas) a mi turno en la danza le dije:
—Yo lo único que quiero es venirme.
—Eso quieren todos —me contestó.
—Pues báñate en nosotros, le dije.
Me vio atendiendo la voz del instinto y me condujo a la cocina y cerramos la puerta recargándonos para besarnos. Ella metió su mano desabrochándome con precisión y accionó suave pero rápido, pegando sus senos a mi pecho y entregando toda su boca.
Al salir todos vieron el líquido en su falda oscura. Y atendiendo el estupor codicioso ella tomó de la mano a Saúl y se metió al cuarto y luego a Briseño y después a Chema, como única del regimiento, hasta que la vimos con la falda de Cuaticlue, falos danzando sobre sus muslos torneados en columnas de roca viva.

La Ceremonia del Triunfo fue relajante y democrática. Dama Rosa nos despidió casi  amaneciendo, pues tendría que dormir, al día siguiente estaría en la firma del documento del Nuevo Mando. Me acerqué a su mejilla y sentí la adoración como un mareo concentrado, una luz en naufragio.

 

Ciclo Literario.