Carlos Castaneda, explorador de lo desconocido

Héctor Loaiza


Héctor Loaiza, Cusco (Perú), 1941. Vivió en Buenos Aires de 1959 a 1962. Estudios literarios en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos de Lima. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias. Reside en Francia desde 1969. Publicó en francés Le chemin des sorciers des Andes, Robert Laffont, París, 1976, Botero s’explique, La Résonance, Pau (Francia) en 1997, El camino de los brujos andinos en Diana de México, 1998 y la novela Diablos Azules, Editorial Milla Batres, Lima, 2006. Entre 1981 y 1999, ha colaborado en semanarios y revistas de París y en diarios latinoamericanos con artículos sobre literatura, arte y entrevistas. Desde 1998 hasta el 2000, fue director de la revista en francés Résonances que —a partir de enero de 2001— se convirtió en el website, Resonancias.org

 

I
Ciudad de México, 17 de julio de 1982
A las 7 de la mañana, Carlos Castaneda, vestido de una manera diferente a la víspera, ya me estaba esperando en la cafetería del Sheraton María Isabel. Esta vez llevaba una camisa gris sport, con cuello abierto sobre las solapas de su saco también gris. En realidad no se podía calcular su edad: parecía ser un eterno adolescente. Pero su rostro moreno y arrugado semejaba esa mañana haberse hendido aún más, llevando los signos distintivos de los adictos al peyote. Era tal vez el cansancio, ya que él había dormido muy poco (como yo).
A mi primera pregunta, Castaneda se sintió “bloqueado”, porque nunca había concedido una entrevista grabada. Me sugirió que lo escribiera, porque no podía hablar frente a la grabadora, testigo frío y mecánico. La tuve que apagar. Seguimos conversando hasta que, sin que él lo notara, la encendí de nuevo. Lo que sigue es el resultado de una entrevista de dos horas.

Gwendolen Cates
Forografía

HÉCTOR LOAIZA: ¿Cuál ha sido tu formación, qué libros leías y qué autores han influido en tu trabajo?
CARLOS CASTANEDA: Al comienzo de mi aprendizaje con don Juan, yo era un estudiante de antropología muy concienzudo: estudiaba y leía mucho. Hasta me preparaba bastante para hablar con él acerca de los usos del peyote. Una vez don Juan me hizo un chiste muy interesante, me dijo que me había preparado en vano. “Te preparas tanto” añadió, “¡entonces el conejo salta sorpresivamente en diferentes sitios!” Me advirtió que yo no contribuiría con interpretaciones basadas en mis lecturas a lo que él me estaba diciendo. Fue una decisión sabia de su parte, puesto que ya habíamos empezado grandes discusiones. Por mi lado, tenía dudas sobre él. Ese hombre era un farsante que me estaba engañando. En materia de los usos del peyote me refería a la autoridad máxima, el Dr. Weston La Barre 1 (considerar a éste como autoridad máxima era una aberración). Pero en esa época, creía en la autoridad de La Barre a las cosas que don Juan me decía. Pensaba: “Ese viejo no sabe ni pizca de los usos del peyote, no habla como La Barre. No hay nada que pueda reconocer en lo que dice este animal, con lo que ha escrito el gran profesor La Barre”. Cortarme de eso fue muy sabio, no podía hacer otra cosa.
 H.L.: A través de tus libros que fueron éxitos de librería en los Estados Unidos y Europa, se llega a la conclusión de que don Juan existe, es real, y ahora vive en la imaginación de tus lectores.
C.C.: No. Don Juan es como Carlos Castaneda, otro personaje. Es el Nagual, el dirigente de un ciclo mágico y como tal, don Juan Matus tiene una gran importancia. Como persona social don Juan no llamaba la atención. Además no sólo es un personaje importante en su ciclo mágico, sino que también ha testimoniado de las circunstancias que lo convirtieron en personaje.
H.L.: Carlos, desde ayer, he constatado que tu visión de los seres y las cosas es ficticia. Porque hablas del “personaje” Carlos Castaneda, del “personaje” don Juan. Para ti, la realidad no es más que una ficción y para citarte textualmente: “es sólo una descripción”.
 C.C.: Sí, efectivamente. Pero es una descripción compartida. Los seres humanos están envueltos en un consenso que es exigente en lo cotidiano. El consenso particular de un grupo de brujos ligados al personaje don Juan Matus, el Nagual, puede extenderse y cubrir un número más largo de participantes.
H.L.: ¿Puedes explicarme un poco más el ciclo mágico de don Juan?
 C.C.: Don Juan dice que según un mito tolteca se puede trascender el sentido biológico de la muerte. Un hombre puede liberarse de la compulsión de morir y puede morir de una manera diferente. Don Juan lo llama la “búsqueda de la libertad”. Es un ciclo mágico que no tiene nada que ver con las unidades perceptivas de nuestro mundo cotidiano. El grupo de don Juan es cerrado, no porque en sí sea un grupo esotérico, sino simplemente no tiene interés en alcanzar a personas del exterior. Por razones ineluctables, concibió que era parte de mi ciclo de acercarme a gente extraña a él, sin que yo sea indio ni tuviera nada que ver con su tradición. Don Juan como persona social viene por supuesto de un grupo étnico. Tuve una gran dificultad en averiguar de dónde venía el Nagual, nunca me lo dijo, no porque fuera un secreto, sino que simplemente no le interesaba revelármelo. Si hay gente que busca de dónde vengo yo, no es cuestión mía. Si lo encuentran está bien y si no, ¡eso no es importante! Don Juan quería que yo borrara los rasgos de mi historia personal, ¡pero nunca me dijo cómo hacerlo! Es una categoría de índices tan vaga como por ejemplo “universidad”. Nadie sabe en realidad lo que es “universidad”. Todo el mundo puede tener una opinión diferente, pero usamos la palabra tan efectivamente como si compartiéramos el significado uniforme de “universidad”. Don Juan quería que yo hiciera eso con un método tan vago como el de borrar mi historia personal. Entonces el “arreglo” de las contradicciones de la filosofía de don Juan, sucede cuando uno hace un “intento” artístico para llevarla a cabo y eso es importante para entender a don Juan y a su conducta.
 H.L.: En uno de tus libros, relatas la manera cómo don Juan te ha hecho aproximar a su visión de la muerte. Te ha dicho que “hay que vivir con su muerte al lado”.
 C.C.: Por supuesto, es el mundo de referencia del guerrero al estilo de don Juan. El guerrero debe referirse constantemente a ese final inevitable. Sólo cuando uno toma —como dice don Juan— la muerte como punto de referencia, sin morbidez y sin sentirse apenado u ofendido, entonces se puede en realidad superar la mezquindad natural de la vida. Don Juan decía que nosotros vivimos como seres inmortales, sin dar cuenta de nuestros actos a nadie, como si fuéramos eternos. Nos damos el lujo de perder el tiempo y andarnos en idioteces. Estoy convencido de que don Juan tenía razón. Es una manera mucho más interesante de enfocar la vida y no como mis familiares, que viven aterrados por la muerte y sin embargo desperdician sus vidas. ¡Qué barbaridad! ¡Es una manera espantosa de no darse cuenta de lo que hacen!
H.L.: Hay dos actitudes frente a la muerte, la primera es tener una idea mórbida, por ejemplo es rendir culto a la muerte. Y la otra, es la represión: no pensar más en ella. Es lo que pasa en Occidente, donde la gente trata de olvidar a toda costa que un día va a morir.

C.C.: En ese sentido don Juan, en su tradición es único al considerar que la muerte es un punto de disolución, una referencia a todo lo que hacemos. Pero, él quería trascender la muerte y cambiarla. Sabía que moriría, que se extinguiría inevitablemente. Pero adoptó la opción de cambiar la finalidad de la muerte y transformarla conscientemente en algo diferente. No quería dejar su cuerpo (ya lo dije anoche). Esto me parece una idea absurda, me es imposible concebir lógicamente como occidental que la intención de don Juan tuviera validez. No dejar el cuerpo es absurdo. Y eso era lo que él quería para él y para su grupo, que fueran capaces de trascender esa cosa inevitable que es la muerte y dejar que la fuerza viviente se escape del cuerpo. Él consideraba que la fuerza viviente tenía la suficiente capacidad como para transformar al cuerpo en energía pura, lo opuesto a lo que nos pasa a nosotros, hombres del mundo cotidiano. Dejamos que la fuerza viviente se escape del cuerpo y que éste se extinga como un organismo muerto, inerte. Para mí eso es único, no conozco a ningún autor que me haya dado una idea similar a la de don Juan en su búsqueda de la libertad y en la transformación del cuerpo en energía pura.

Gwendolen Cates
Forografía

 H.L.: Tus palabras me hacen pensar a la reencarnación, ¿qué puedes decirme sobre eso?
C.C.: Don Juan consideraba que creer en la reencarnación es darnos demasiada importancia. Somos tan únicos que no vamos a volver al mundo, una y otra vez, para perfeccionar nuestro esplendor. Eso sería absurdo. Para don Juan no estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. ¡Es inconcebible! Eso es un aspecto del enorme egoísmo judeocristiano, el de creerse seres únicos, hechos a imagen y semejanza de Dios. Don Juan solía decir que somos accidentes, seres que van a morir. ¡Eso es todo!
 H.L.: En la conversación de anoche has esbozado la idea de desembarazarse del mundo afectivo, de los sentimientos. Y parece que tú lo has logrado…
 C.C.: Efectivamente. Después de tantos años de prácticas, llegó un momento en que tuve una enfermedad muy grave, por lo que fui al médico. Tenía lo que se llama la “hiperventilación”, eso es lo que creía. Pero no era así. De acuerdo a la ideología de don Juan, “estaba perdiendo la forma humana”. Bueno, yo nunca lo tomé en serio. Mi lógica no me permitía creer que uno pueda perder el aspecto humano, ni siquiera entendía lo que don Juan quería decir. Para él, “perder la forma humana” significaba entrar en un estado de desprendimiento. Pero no se llega a eso poco a poco, como un conocimiento o un “estar consciente” de que es importante perder ese apego. Llega de sopetón. Llega un día en que uno pierde la forma humana y al día siguiente está envuelto en un sentimiento desconocido, inexplicable. Así vivía don Juan.

H.L.: También hay esta noción que también mencionaste anoche que es el desapego, que me parece una influencia oriental.
 C.C.: Llega un momento en que el aprendiz siente que no tiene más apego, que el mundo no tiene la fuerza ni el valor coercitivo que tenía el día anterior. Ese es el secreto. El mundo nos obliga a actuar de cierta manera. En ese sentido son importantes y de una sofisticación extraordinaria las conclusiones a las que han llegado los brujos o los chamanes (como queramos llamar a don Juan). Para ellos, “el mundo es una percepción” y nosotros somos los que lo perciben. Depende de nosotros que le demos significado de uno o de otro modo, no sólo cultural. Y si decimos, es cuestión de mi cultura, de mi educación, eso nos exonera de la responsabilidad de actuar. Para don Juan eso no tiene importancia. Debemos entender que el mundo es una percepción y como tal es posible entonces actuar sobre él y cambiarlo. Y tenemos que cambiar el tenor de esas percepciones. Al lograr el cambio de una manera tan sutil y al mismo tiempo tan dramática, también cambia el significado del mundo. Éste deja de ser fijo y estéril, interminable, incompleto, como lo percibimos normalmente. Don Juan abarca todo eso y lo lleva a su punto culminante.
H.L.: Cuando dijiste que el desapego no es una noción racional, intelectual, voluntaria... El hecho de que se produzca de improviso, ¿no te parece que es una especie de mutación?
C.C.: Sí, don Juan y los miembros de su clan sostienen que es un cambio morfológico el que sufre el hombre, al nivel del campo de energía y no significa simplemente una mutación espiritual.
H.L.: Se trata entonces de una mutación psico-fisio-biológica.
C.C.: Por supuesto, de la manera como nosotros podríamos entender un cambio total, pero más que eso don Juan cree que es un cambio de energía. El hombre como campo de energía se transforma. Dice el Nagual que la presión es como un sube y baja y que en ese estado el guerrero se entrena. Esa presión, a un debido momento es tan fuerte que impulsa el cambio de la biología. Entonces el cambio es total y no es que uno se esté reprimiendo. No me controlo, ni trato desesperadamente por ejemplo de no enojarme o de ser desprendido, ¡eso sería simpático! Es el no tener interés, se me extinguió el interés. ¿Cómo me relaciono con el mundo? Lo que es importante en mí, es el personaje Carlos Castaneda, ya que no tengo ningún vínculo que me ate al mundo como persona. El único modo de entablar este puente con el mundo es a través del personaje, exactamente como lo hacía don Juan. Él decía que no tenía historia. Pero yo me esforcé como un demonio siguiendo mis cánones antropológicos, para encontrar su historia, su origen, sus datos vitales. El nunca me lo impidió, ¡eso no le importaba un pepino! Pero yo siempre pensaba que don Juan era hermético, no revelaba nada, parecía como si tuviera algo que esconder. Ahora estoy en el mismo caso, no tengo nada que esconder. Sin embargo, ahora comprendo la conducta de don Juan, él era un personaje, había perdido la forma humana y sólo podía relacionarse con el mundo como el Nagual, el dirigente. No he llegado a ese estado, yo no soy dirigente ni director de nada, pero si he perdido la necesidad de percibir el mundo.
H.L.: Se dice en Europa que en tus libros hay siempre una posición crítica, muy occidental, y se supone que eso es para crear una necesidad en don Juan de explicarte. O por otro lado, te aferraste a las normas sensoriales occidentales porque tuviste mucho temor de quedarte en esa realidad no ordinaria
C.C.: Los dos puntos de vista son correctos. Al enfrentarse a la disolución perceptiva, uno es tan vulnerable y tan débil que no hay manera de describir la sensación, el afán que tiene uno de reconfortarse. Esto es importante cuando uno está en embate con lo desconocido; es un miedo telúrico, biológico, que no tiene nombre. No se trata del miedo a la muerte. El miedo a la disolución psíquica es infinitamente más importante que el de la extinción biológica. Y uno necesita hacer uso de todos los elementos, baluartes, bastiones, de todo aquello en que uno pueda apoyarse. Al mismo tiempo yo tenía un gran interés en preguntarle a don Juan qué es lo que me estaba pasando, que él me explicara. Necesitaba una elucidación más amplia. El único modo de forzar a don Juan era preguntándole. Estoy en la misma situación ahora, si tú no me preguntas yo no te puedo explicar nada. Tienes que preguntarme y de ese modo estoy compelido a explicarte. Algunos de sus aprendices nunca le preguntaron nada, no llegaron a “engancharlo” intelectualmente. Y para ellos don Juan, el Nagual, era muy diferente de lo que era para mí. Un aprendiz jamás llega a entender lo que está practicando. Por mi parte, quiero entender qué es lo que estoy haciendo, como no tengo la salvaguarda del lector, no puedo defenderme de lo que le pasa a Castaneda, diciendo: “¡Ah esos son engendros de su imaginación!” Tengo que asumir una responsabilidad mayor. Debo adelantarme al fenómeno mismo y entenderlo o ¡me llevó Mandinga! No puede haber un acomodo medio para mí. Tengo que entender lo que está pasando y de ese modo dispongo de un apoyo mínimo.

Edward S. Curtis / 1885
Forografía

H.L.: Carlos, has dicho que no eras indio, has dicho también de que asimilaste muy bien las enseñanzas de don Juan para “borrar tu historia personal”. En Francia se sorprenden por el hecho de que hayas cortado tus raíces, que no tengas nada que ver con tu pasado. Y por otro lado, ahora que te he oído reivindicarte mestizo, “cholo”, frente a los valores culturales del mundo criollo, hispánico, creo que esa es la riqueza de tu pensamiento.
C.C.: El hecho de que sea “cholo”, ¡por supuesto! Eso es lo que me da una serie de premisas que envuelven puntos contradictorios. El único modo de resolver esas contradicciones es de una manera artística. Cuando digo que no soy indio, me refiero a un sentido cultural. Lo que yo hubiera considerado coherente en don Juan hubiera sido que él tomara como aprendiz a una persona que nació y creció en una reserva para indios en los Estados Unidos. Yo vengo de afuera, fuera del contexto de don Juan, ni siquiera tenía una idea del contexto indio de don Juan.
H.L.: Gracias al hecho de que en ti confluyan dos culturas, eras la única persona que haya podido captar la atención de don Juan.
C.C.: El Nagual, como vidente, era capaz de ver los campos de energía y vio en mí la energía adecuada para emprender este aprendizaje. El hecho de que culturalmente yo estuviera asimilado al pensamiento europeo me sirvió de soporte. Pero al mismo tiempo me ha distraído y me ha frenado del “intento total”. Que yo sea perfectamente consciente de mis orígenes, ¡no podría ser de otro modo! Tenía que tomar en cuenta lo que era para perseguir lo que don Juan quería. Él exigía que uno se enfrente a sí mismo sin ninguna pasión, de hecho es uno de los puntos culminantes de su ideología. Me forzó a mí a que hiciera un recuento de mi vida, y cuando te digo que no vuelvo más al lugar donde nací lo digo en un sentido de que ya hice el recuento. Don Juan insistía que era posible darle a lo que llama el “Águila”, la fuerza final, lo que nos devora, lo que nos dio sustento y nos creó. El Águila, es la suma total de todo lo viviente, en la tierra y más allá. Uno no sabe las enormes posibilidades biológicas, orgánicas, conscientes y la suma de todo que está allí. El Águila devora la conciencia en el mito tolteca. Si uno le da el sustento al Águila, en el sentido de hacer un recuento total de los eventos de su vida, uno estará libre. Pero al hacer ese recuento uno acaba con el sentimiento, con eso que nos hace seres del mundo. Don Juan acabó con las raíces. Porque el tener raíces nos fuerza a la parcialidad y nos llena de seguridades falsas, nos da la idea de pertenecer a un grupo, a una tradición. ¡Eso en sí nos impide volar! Nos quita la idea de que podemos valernos por nosotros mismos, que podemos salir, irrumpir de esa empalizada que el mundo ha creado alrededor de nosotros. Y eso es todo lo que se me ocurre como explicación. Pero estás obligado de tener en cuenta quién eres para poder hacer esa ruptura. Eso sucede sólo cuando uno sabe quien es uno. Una de las cosas que siempre me molestó es que soy zoquete, bajito, oscuro y feíto —como decía don Juan— en un ambiente de gente alta y blanca, porque los americanos son apuestos, bien hechos. Entonces yo estaba lleno de complejos desesperantes. Don Juan creía que no había modo de salir de ese callejón sin salida. Ir al psiquiatra para que me arregle mis sensaciones, para don Juan eso tampoco era el remedio. Lo importante era cortar con todo. El Nagual decía que los que nacíamos vivos en las nubes éramos príncipes. Entonces ¡yo era un príncipe feo! Cada vez que alguien me mantenía en un globo y me sacaba el aire, yo me caía al suelo con frecuencia. Don Juan recomendó que uno anduviera en el suelo, por lo bajo. Eso era enfrentarse consigo mismo, sin mentiras, de una manera indestructible. Porque si no hay espejismos acerca de lo que es uno, la presentación del yo en la vida cotidiana tiene otro cariz, cobra otro significado. Ya no hay necesidad de presentarse como el príncipe o la persona de una gran importancia. Entonces esa presentación es mucho más certera, ¡uno ya no es el chico del cielo!  ( Continuará)


Notas:

1 Weston La Barre, catedrático norteamericano de etnología, autor de “El culto del peyote”.

 

Ciclo Literario.