Persona

Araceli Mancilla


Me encerré en mi recámara y ni con el cerrajero podrán sacarme. No quiero hablar, alguien les explicará a mis papás, cuando regresen. No sé por qué se van tanto tiempo dejándonos con mi tía si saben que me cae tan mal. Deberían habernos llevado a su viaje en lugar de encargarnos con ella y la sirvienta. Me niego a abrirle la puerta porque me quiere llevar a la comandancia a declarar en contra del enano. Por más que le dije cómo sucedió todo, no hace caso. Insiste en que el enano atacó a mi hermana, que la quería violar. Elia tiene miedo y no puede explicar lo que pasó. El doctor le dio un tranquilizante y algunas vecinas piden que la vea un psicólogo. Si mamá viera a toda la gente que vino a la casa por el escándalo, se pondría furiosa. Hasta la encargada de las fotocopias metió sus narices.

Aaders Petersen / 1970
Fotografía

No soporté los chismes y subí de prisa a la recámara. Desde mi ventana vi llegar una patrulla. Después vinieron los golpes a la puerta, llamándome. Me preocupa mi hermana. No quiero que le den tés ni que la revisen. Está asustada como cada vez que se encuentra con él. Mis papás lo entenderían, también el padre Aldo y otros que han visto su espanto al verlo. Se llama Luis, pero en la casa le decimos el enano, porque lo es. Si camina por el parque cuando andamos en bicicleta, le advierto a Elia, ahí viene el enano, y ella se da la vuelta para alejarse de su camino. Si se acerca a la tienda y estamos comprando dulces, la tomo fuerte del brazo y ella sabe de qué se trata, el enano pasa por ahí. Si vamos en el carro y lo vemos, le gritamos voltéate, viene el enano.  
Él es feo, feísimo. Su cuerpo parece un refrigerador de servi bar con piernas. Su nariz es enorme, chata y sus ojos pequeños miran con desconfianza bajo la frente saltona. Tiene una boca abultada siempre entreabierta y los cachetes de un bull dog, pero, en realidad, nunca nos ha hecho nada; al contrario, a pesar de que varias veces mi hermanita se ha puesto histérica al verlo, en lugar de enojarse, sale corriendo. Incluso con sólo distinguirnos a lo lejos, busca otra ruta para no cruzarse con nosotros.
Las escenitas de Elia son un problema, y  el padre Aldo llamó hace poco a mis papás para hablar de eso. Yo los acompañaba el domingo que les pidió enseñarle a entender las diferencias entre los seres humanos. Luis es un buen muchacho, dijo, su deformidad sirve para que los demás valoren lo que hay en el corazón.  Mi papá contestó que sí pero, para seguir asistiendo a misa de doce, por favor no encargara a Luis de las limosnas. A partir de entonces no lo vimos más en la iglesia.
Aunque el enano es un vago, alburero y marihuano, me entristece lo que le pasa.
Mis padres explicaron a Elia que nació pequeño y mal hecho porque algo no funcionó cuando se formaba en el vientre de su mamá, pero es igual al resto de la gente. No es persona, respondió.

Es obvio que una niña de cinco años que dice tener el cabello rosa y hacerse invisible, no puede entender de diferencias. Él la jaló para evitar que la atropellaran cuando se lo topó en los videojuegos, y ahora resulta que es un delincuente  y yo un escuincle miedoso de decir la verdad a la policía.

 

Ciclo Literario.