Márai: el pecado como salvación

Lorenzo León Diez


La Extraña
Sándor Márai
Salamandra
2008.

Por lo tanto, nos encontramos ante un misterio que no podemos
comprender. Por ser un enigma tendríamos derecho a predicarlo, a enseñar a los hombres que lo que importa no es la libertad ni el amor, sino el enigma, el secreto, el misterio al que tienen que someterse, sin reflexionar y aun en contra de la propia conciencia

Fedor Dostoievski

Sándor Márai escribió la historia de un asesino,  Víctor Henrik Askanasi, que abandona a su esposa por una “extraña”, a la que luego, inexplicablemente, mata.
Siempre ha sido un seductor reto para el novelista introducirse en la mente del homicida. Al escritor le atraen los límites y ¿qué más frontera hay entre la normalidad y la anormalidad, entre la razón y la locura, entre el espíritu y la pasión, entre el amor y la muerte, que la mente de un aniquilador de seres?
Márai, uno de los grandes investigadores de lo humano, plantea en esta obra, nuevamente, los desvanecidos límites entre la moral y el deseo, la rutina y lo extraordinario, la bondad y el pecado.

Anders Petersen
Fotografía

  Entre la galería de personajes que aparecen en la vasta obra del escritor húngaro, el profesor de Griego y Lenguas de Asia Menor en la Escuela de Estudios Orientales de París, católico romano, casado, padre de una niña, miope y de incipiente calvicie es, sin duda, uno de los más enigmáticos; un ser que sirve al novelista para plantear la radical acepción de su maestro, Dostoievski,  que corona esta nota y que podría haber sido un solemne epígrafe del libro.

Askanasi se sale de ruta, se desplaza desde una vida amorosa poco placentera y una existencia disciplinada y dedicada al trabajo, a la experiencia que es Eliz, una bailarina de cabaret, muy diferente a su esposa Anna, sin duda una mujer superior a la que, sin embargo, no ama. “El ser humano no es bueno –piensa con recelo- No está hecho para serlo”. Márai, como Dostoievski, es un novelista que sabe que las palabras no son sólo lo que significan, sino el ámbito que iluminan. Y para vislumbrar en los lugares más alejados de la razón (sólo ella es capaz de doler) Márai encontró a este profesor que conocía las palabras hasta sus raíces más profundas, que era capaz de seguir el rastro de las etimologías más oscuras, que trabajaba con las palabras como el albañil con los ladrillos, para seguirlo en ese cauce inesperado que lo transforma en un criminal. Por eso ahora las palabras le parecían instrumentos chapuceros, burdos e inútiles, hechos de una materia cruda y extraña. La relación entre palabra y realidad es el territorio de este específico artista que es el novelista; ni siquiera el poeta, que trabaja en la sublimación, pone en crisis esta asociación en que la comunidad basa su sentido. La prosa se debe al celo del registro; es, precisamente, la materialización del istor, el que ve, el que se reconoce en el testigo. “La gente lo clasifica todo en una pocas nociones preconcebidas, como la amistad, amor, matrimonio, aventura, infidelidad, y piensan que la vida cabe en esos conceptos. Pues no cabe”, dice Askenasi. Y en esta impotencia del lenguaje es que nace el escritor. Su misión es ampliar, abrir, desgarrar el lenguaje simple, los términos tan usados como monedas  fundirlos en la fragua de una situación, en el cadalso de una anécdota que purifique la inmundicia de los pensamientos, de las suposiciones. Que despoje de vulgaridad lo ajeno y, por lo tanto, lo propio. Por eso Askenasi, que llevaba una modesta y burda vida de burgués en la cual no existía disciplina, gallardía ni heroísmo, sale de su hogar y se va a vivir a un cuarto de hotel con la bailarina Eliz, que era el “vuelo”, la “experiencia”, el peligro mortal, nunca la tierra firme. Al hacerlo le sorprendió una y otra vez lo compleja y complicada que era la felicidad. Pero ya había abandonado su hogar y ahora le tocaba pasar por el trance de la felicidad; luego, pensó, tal vez llegaría a alguna parte.

Gilberte Brassai
Fotografía


Askenasi, pues, es un hallazgo. Un ser normal o aparentemente normal, representante de la alta cultura pero que va a asesinar  y convertirse, como cualquier carretonero, en  fulgurante materia de la prensa amarilla, protagonista de un escándalo, el aullido que es pequeño fragmento de los días ciudadanos.
Es el descarriado que se va con la “otra”: Sus amigos lo miraban estupefactos, pero con cierto respeto; y a medida que fue orientándose entre la maraña de mentiras y leyendas, se enteró con asombro de lo que suele designarse como “aventura” era muy poco frecuente en la vida de los hombres, y al hombre que optaba por una experiencia así ya nunca lo tomaban en serio, aunque lo miraban con el respeto que merecen los que van camino al patíbulo.
Y en lo que respecta a ojos de las mujeres –que siempre se ponían de parte de la víctima-, no había mujer suficientemente bella, buena, sacrificada, noble, sensual, divertida o amorosa, no había ningún argumento que justificara la infidelidad del varón.
El caso es que Askenasi se proscribe, se pone al margen y así empieza a comprender que la felicidad no podía considerarse una propiedad privada que uno adquiere un día, como una herencia, y luego ya sólo tiene que cuidarla y evitar que se la roben o que pierda valor.

Es un hombre que pasa de una habitación a otra, de la alcoba sacramentada al lecho casi público,  de una mujer a otra mujer y en este tránsito Márai encuentra el crucero nodal del hombre moderno; la sociedad desde su génesis en la horda, fue progresando, separando, construyendo la intimidad del matrimonio, “un gran misterio”, como dice San Pablo. La alcoba es el espacio de la condensación, miles de años se sustantivan en sus paredes, en la blandura de la cama. En sus sábanas blancas hay un firme rechazo a la oscuridad de la carne múltiple. Askenasi se acordó de lo mucho que había amado a Anna, todo lo que habían hecho juntos en los primeros años de su matrimonio, en aquel dormitorio, mientras aún eran unos extraños, mientras aún había cierto misterio entre ellos. Al desaparecer el misterio comenzó el pudor. ¿Qué dice Márai? Lo mismo que Dostoievski, el enigma es más importante que el amor, que la libertad. El ardor carnal tiene que ver con ello. San Pablo confirma esta idea al decir que el matrimonio es un misterio.
 Los esposos son dos seres distintos porque se unen; extraños para nacer, opuestos para alcanzarse. Antes de la vergüenza está el amor. Y entonces Askenasi ofrece llevarle el bolso a una mujer en el metro. No hablan. Sólo se miran. La sigue hasta su hotel. Se despiden. Él va a la cervecería de enfrente. Espera. Ella sale, va hasta su mesa y le dice: “Venez”. Nada más. Ya ha sucedido. Le parecía muy probable que en el pasado Eliz hubiera conocido a muchos hombres, o tal vez no sólo a hombres, sino también a mujeres o incluso cocodrilos. Eliz no distinguía días laborables y días festivos en la vida de sus sentidos. Celebraba el cuerpo día y noche. Siempre andaba desnuda. En el amor era generosa y desinteresada, como si no le importara derrochar porque todo quedaba “en familia”. Para ella no existían horas reservadas al amor, la vida era una cita amorosa interminable. Eliz resultaba extenuante, pero nunca aburrida, muchas veces ridículamente sublime, otras maravillosamente vulgar, pero en conjunto era una mujer sencilla y tremendamente sincera, todo menos enigmática. Entre tanto Askenasi permanecía vigilante y alerta. Esperaba el momento de tener que dejarla con la misma crueldad que había dejado a Anna.

Anders Petersen / 1995
Fotografía


Veamos que si no hay razón ni explicación para que Askenasi elimine a Eliz, siempre hay una pregunta. Él pregunta algo a su cuerpo, que no conocía el cansancio, el pudor ni el asco. Askenasi intuye que su verdadera aventura con ella iniciaría cuando el cuerpo ya no pudiera contestar a la pregunta que él no cesaba de preguntar. Hasta que una tarde, con la misma indiferencia con la que había dejado a Anna, sin dar explicaciones ni razones se marcha. Esta conducta es intrigante. Pasa la página, regresa a sus estudios,  pero no con Anna, hasta que en una clase, mientras lee a Licurgo, se percata que está sordo, no oye su voz, aunque sí los otros sonidos; y en su casa, donde regresa ansioso, lee a Platón, y como sus recuerdos de Anna, ha ensordecido. Pero sí recuerda a Eliz y su vida con ella. Lo que sabía y conocía se había disgregado en su interior, dividido en dos partes: la materia conocida, Anna y Platón, habían ensordecido, mientras que la materia desconocida, mediocre y superficial, la seguía entendiendo bien.
Es un complejo proceso. El acontecimiento más absoluto del silencio. Pasan los días. Márai reproduce sus diálogos internos. ¿Y si la pregunta como la respuesta estuvieran ligadas a aquella mujer?  ¿Por qué el cuerpo, si de verdad sabía la respuesta, en el último instante había callado?

Askenasi piensa que “al ser humano no lo salva la bondad sino el pecado”. Y es esta frase una joya que parece despeñarse de esa cumbre sangrienta donde pasea el espíritu de Raskolnikov, de la celda de Eslovaquia donde está esperando el juicio Moosbrugger, el otro célebre  asesino de Robert Musil. Una frase que resuena como las cadenas contra el piso helado de la Casa de los Muertos. ¿Hay razón para que Askenasi mate a la bella Eliz? Esta sería una pregunta blasfema, pues él desde un principio ha dicho: ¿Vale la pena ser coherente con mi itinerario si la causa de mis problemas es precisamente este exceso de coherencia innata? El amante es el asesino de la extraña cuya existencia le deparaba depender, pensarla, recordarla, estar eterna e irremediablemente atado a ella, a la ausencia de su contestación. Cuando sale de su habitación (donde no sabemos qué ha hecho, cómo lo ha hecho), pasea por la ciudad, extasiado por una lucidez desconocida, se abre el color, el sabor, desciende sobre él una plenitud celestial. Y en una lancha de remos cruza hacia la otra orilla, una isla, donde se desnuda y bajo la lluvia helada, antes de que lleguen a aprehenderlo, ve el mar: El mar no es capaz de sufrir. Entonces ¿con qué finalidad fue creado? se pregunta. Es un diálogo con él mismo, con el otro que siempre ha estado allí, pero que ahora le puede hablar de frente, así son palabras que se trenzan y convierten el final de la novela en una ofrenda al yo destrozado, el que pregunta sin esperanza  en la orilla del suplicio.  Cuando ya se divisa la lancha con los guardias armados, el Cristo-Asesino pregunta al cielo: ¿Padre, por qué me has abandonado?...No, no es sólo un loco quien así cuestiona, sino una síntesis de la historia, esa misma que ha logrado clarear las sábanas, poblar las bibliotecas, descifrar los lenguajes, delinear las calles, dibujar las cúpulas para contener la oración.

 

Ciclo Literario.