Ludwig Zeller: el casting del alma

Antonio Mestre-Domnar


Piel de los delirios
Ludwig Zeller
Gatsby ediciones
2008

 

En poesía hay dos maneras de confesar. La primera es al escribir poemas: hay ahí siempre una confesión de nuestra intimidad o de nuestra inteligencia. La segunda es la confesión que extrae el lector al leer los poemas. Ese un Logos, un conocimiento que siembra la duda y la libertad en el poeta y en el lector, lleva a vencer todas las dificultades para decir la verdad.
La poesía descarga el mundo que llevamos y concebimos dentro de nosotros. Una de las formas más exigentes, más logradas, en su intención de hacernos ver la historia, de apropiárnosla y reconcebirla: hacerla verdad. La poesía contiene inestabilidad y estabilidad, la fórmula que crea la frescura de las almas.
En el libro Piel de los delirios, de Ludwig Zeller, la frescura es una consecuencia de los lenguajes de las almas. Zeller no es solamente un visionario de las percepciones sino un visionario de las actitudes que se mueven en nuestras penumbras. En estos poemas el afuera de todo lo humano (el sentimentalismo, la coherencia social, el currículum del ser) es el escenario de la contrariedad. No hay alma sin contrariedad, sin inestabilidad. Los poemas de Zeller nos conducen a través de, por lo menos, dos equilibrios de la lengua cuya arquitectura es la herencia del poeta: uno, es el equilibrio generado por lo que percibe, y el otro, el equilibrio fecundado por lo que escucha.

Jeanloup Sieff / 1994
Fotografía

En la poesía los equilibrios, sean lingüísticos o discursivos, no lo son de manera convencional. Por el contrario, a mayor equilibrio poético mayor desequilibrio del orden establecido. La poesía es el virus de la inquietud, “la demente semilla que crece/ En el desierto de las fogatas” que nos hace voltear hacia lo que Zeller llama “el patio azul de mi alma”.
En el equilibrio generado por lo que percibe el poeta, este libro es una pequeña biblioteca de sentidos. Muchos poemas están dedicados a amigos cercanos de Zeller, a personas que han dejado en él una huella, olvidada o aparecida de repente un día, en un momento, tan sutil y tan pura como era en el principio. El poema se vuelve una declaración entusiasta donde Zeller no celebra convencionalmente el mundo ni la percepción del mundo, sino que lo cuestiona, lo persigue y, desde su condición de poeta, lo condena.
Porque las convenciones críticas y los canons poéticos nos han enseñado que son los poetas los condenados del cielo, del infierno y de la tierra. Sin embargo, en esto el sindicato de poetas no está de acuerdo. Los poetas son los que condenan a las cosas y a los seres de este mundo a través del tiempo y del lenguaje. Un tiempo, como nos lo muestra Zeller, en el que su sentido metafísico es  la fluidez constante para hacer perenne la condena, y un lenguaje que deslimita al tiempo. No hay un presente, ni un futuro ni un pretérito en estos poemas. Todo es, en un mismo punto de tiempo: la condena que formula el poeta contra lo posible, porque como dice Zeller “Sólo el sueño de amor fija los imposibles”. La condena es para asegurar que no existen los fantasmas.
Ahora bien, lo que escuchan los poetas, es parte del equilibrio de lo etéreo. En esa dimensión, el lenguaje es etéreo. ¿Qué es lo que escucha Zeller antes de que se traduzca en alfabeto, luego en palabras y versos? ¿Qué escucha? Sin duda, al menos, escucha un parpadeo del tiempo: eso es lo que lo despierta hacia el lenguaje, un parpadeo del tiempo que es el parpadeo del Logos, que exige al poeta descifrar y ritmar la contradicción y las contradicciones. Así lo que Zeller escucha del Logos hace fluir los poemas de este libro. Por eso hay la posibilidad de fantasmas, burlas de sí mismo, conversaciones con otros que son conversaciones con el lenguaje y la metáfora poética. Y después está el encanto, el filling de Zeller para lograr que todo sea un río caudaloso de olores, “verbos resecos”, ideas, percepciones, insomnios, mundos oníricos y mundos de la perdición que ascienden desde el lenguaje hasta nuestros sentidos más adormilados, envolviéndonos en el universo que él escucha. Ese universo nos dice que nada es perfecto, que también del sueño sale uno a tropezones. “Sin cuerdas que guíen” dice Zeller, en el poema “De fantasmas, burlas y navajas” donde se ve a sí mismo como un fantasma que le habla cuando está frente al espejo rasurándose, comentándole en tercera persona sobre el mismo Zeller, que “clama por aquel paraíso que quedó entre las plumas/Del río de la suerte”.
Lo veo luego sonreír irónico con la risa
En el borde de los labios. Le escucho maldecir ¡cuidado!
¡Más cuidado! Y bajar tras el vidrio la afilada navaja,
Mirándome, repitiendo sus burlas: “No lo tome usted en serio,
Termine de afeitarse ya, maestro, ¿no es parte de un collage
Donde se ríe y asegura que no existen los fantasmas?”

Irving Penn / 1950
Fotografía

        George Steiner ha escrito que “El lenguaje del poeta nos hace sentirnos en casa con algo que no conocíamos”. Ludwig Zeller es uno de esos poetas. Porque escucha el parpadeo del Logos metafísico pero también del Logos erótico: y aquí el encanto de la poesía de Zeller es infinito. Para quien quiera darse cuenta tendrá que leer el poema “Adorables señoras pervertibles, acaso” de este libro, donde el poeta habla justamente de lo que las mujeres escuchan en su interior, el parpadeo de la contradicción diríamos también, del lado luminoso de su ser que es pervertible, y que hace oídos sordos por convención o por prisión. Las señoras todas del mundo, de las cuales oímos, como dice un verso del libro el “balanceo de caderas que aprietan/ Perlas líquidas”, son adorables: en eso estaremos de acuerdo. Y también son pervertibles, y me parece que en eso también estaremos todos de acuerdo. 
Ludwig Zeller à l’appareil (al habla):

¿Están durmiendo acaso? ¿Por qué niegan la dicha
De mirarse a sí mismas? Adorables vestales que acarician
Las alas de la tarde, las que tienen la tentación de Ser
En la garganta, las que a escondidas danzan y no saben
Que el milagro es eterno y acumulan la miel en sus caderas.
Esas que están allí, esperando tras las lunas cerradas
Del espejo, inalcanzables para los mortales.
                                                       ¿Quién podría clavarlas,
Abrirlas en los brazos del madero? Hacer que ardan
Sus médulas y despiertas puedan sentir el mar,
La polvareda del amor, el llanto en que mojaron sus cabellos.

Adorables, atractivas señoras pervertibles, acaso.

Ludwig Zeller es un poeta que, entre otras cosas, hace el casting del alma.

También es un coqueto.

 

 

Ciclo Literario.