La vida de los objetos o la bella y
necesaria transformación de la materia

Tomás Hache



Mi nombre completo es Tomás Hernández Chávez, pero cuando firmaba alguna pieza ponía en una esquinita “Tomás H”, y una vez en una exposición en la que participé alguien a quien le gustó una de mis pinturas preguntó: ¿quién es ese tal Tomás Hache? desde entonces me empezaron a llamar de esa manera en tono burlón, y a mí también me provocaba risa, pero al ver que la gente se acordaba más de mí con ese nombre empecé a usarlo formalmente (cuestiones de mercadotecnia), incluso hoy en día sigue provocando comentarios chuscos, aún no sé el por qué de eso, pero finalmente me gusta que la gente le tome importancia al asunto de mi nombre, lo que no sucedía con mi nombre verdadero, posiblemente porque sonaba demasiado común.
Cuando era niño me tocó vivir en una situación más o menos interesante, en mi casa (como en la de muchas familias de ese entonces) no teníamos una posición económica muy favorable; era la primera mitad de los años ochenta y el sexenio saliente de José López Portillo nos recetaba lo que después se convertiría en una penosa tradición cada seis años: una fuerte crisis financiera que hacía temblar a cualquiera.
Fue entonces que vivimos un ambiente de restricciones y limitantes al momento de gastar un solo peso, todavía más acentuado si tomamos en cuenta que nací y crecí en la ciudad de Monterrey, donde tenemos fama de tacaños y ahorrativos.  Recuerdo que teníamos agua sólo en las mañanas y a partir de las cuatro de la tarde nos cortaban el abasto y no llegaba hasta en la madrugada.
De igual modo sucedía con la luz, nos dejaban sin suministro tres horas al día y no era a una hora determinada, así que podía ser que no tuviéramos luz al mediodía o en la noche, de modo que cada momento que gozábamos de comodidades era muy apreciado.

Tomás Hache.

Mis amigos del barrio y yo nos salíamos a jugar a la calle y nos íbamos a vagar por una colonia contigua a la nuestra en donde habían fabricas pequeñas, oficinas y bodegas de transportes y embarques, era común encontrar madera, sobrantes de imprenta, cartón para empaques y material de oficina como plumas y rotuladores en los contenedores de basura.
Sí, éramos chamacos inquietos pero creativos y con todas esas cosas que encontrábamos le dábamos salida a nuestros mundos inspirados por el cine y los programas de televisión de ese entonces, con tablas pegadas con clavos chuecos, hacíamos armas de rayos lasser, y con cartones construíamos refugios y bunkers donde vivíamos nuestra fantasía que más bien era nuestra realidad, porque nuestra autentica realidad nunca nos gustó.
 Así fui creciendo y así pensaba que todo el mundo vivía, cuidando mucho lo que tenía y optimizando sus recursos al máximo; cuál fue mi sorpresa al conocer otros niveles socioeconómicos conforme fui creciendo al ver que había quienes vivían en la abundancia, y que sin ningún problema disponían de los recursos al punto del despilfarro… en ese instante me sentí un poco abrumado porque fui consciente de mi humilde origen, sentí envidia y quise ser como ellos, pero con el paso de los años y luego de vivir un tiempo haciendo lo mismo que aquellos a quienes envidié, caí en la cuenta de que mi educación, con limitaciones y carencias, no era motivo de verguenza, más bien de orgullo, pues me había puesto en ventaja sobre muchas otras personas para abrirme paso por la vida.
El arte y yo
Siempre me gustó el dibujo y las actividades creativas; heredé de mi padre el amor al arte. Él cultivó mi afición por la lectura y las imágenes porque siempre procuró que tuviéramos acercamiento a los libros; eso, y alimentado por mis juegos infantiles, que estuvieron siempre condicionados a ingeniármelas para encontrarle forma a la materia y reconfigurarla en cosas nuevas. Vi en la arquitectura y el diseño industrial una vía probable para continuar mis estudios y luego hacerme de una profesión.
Me decidí por la carrera de diseño industrial en la UANL, pero sólo cursé un par de semestres antes de aburrirme y caer en una crisis existencial profunda; yo era un post-adolescente que no sabía muy bien a dónde iba ni que quería de la vida, enfundado en zapatos de obrero con casquillo que compré en un mercadito cercano a mi casa y escuchando en mi “walkman” a Curt Cobain mientras cantaba: “I hate myself and want to die”. Fue entonces que me refugié en la biblioteca de la Facultad de arquitectura y las últimas semanas del semestre me la pasé metido ahí, era el lugar más apacible para escuchar mi música y hojear todo tipo de libros; no había internet en esos días y fueron los libros y las revistas los que me abrieron los ojos al conocimiento del arte, desde su historia hasta lo más nuevo que se estaba dando, no lo pensé dos veces, abandoné el diseño industrial y decidí estudiar la carrera de artes visuales en la misma universidad.
Desde entonces me he ocupado de esta actividad y vivo de ella, haciendo ilustraciones para diversas publicaciones (trabajé siete años en el grupo Reforma como ilustrador); también haciendo mi producción personal y dando clases en algunas universidades privadas.
He sido seleccionado en varias reseñas y bienales en México y el extranjero, como el Encuentro de arte joven, la Bienal Femsa en México, y el Salón de arte iberoamericano en Holguín, Cuba.
En el 2005 ayudé a mi buen amigo y colega René Almanza a crear la galería Artecocodrilo, espacio independente que ha crecido y evolucionado con la ayuda de otros nuevos valores de la plástica mexicana contemporánea, y a pesar de muchas vicisitudes por las que ha pasado, sigue en pie.
Mi trabajo personal actualmente refleja aquellos años de formación infantil en los que la administración de recursos era vital, con mi serie de pinturas y ensamblajes llamada “La vida de los objetos”, en los que creo un mundo ficticio de paisajes y elementos sacados de la narrativa de un cuento inexistente, pero que nos invita a crear nuestra propia historia a través de las imágenes.
Estas piezas han sido elaboradas con cartones de empaques de cereal pintadas con rotuladores, lápices y demás materiales de oficina común y corriente, sobre soportes de maderas encontradas y de naturaleza reciclable.
Siempre que doy clases, ya sea de dibujo o de procesos de producción, trato de transmitir ese gusto y predilección que tengo por los materiales más sencillos, aunque soy consciente de la permanencia y durabilidad que deben caracterizar a la obra de arte objetual. También creo que el hecho de que no cuentes con recursos económicos suficientes, no es una limitante al momento de crear una obra de arte, si tu quieres pintar, dibujar, esculpir etc… puedes hacerlo con materiales tradicionalmente costosos y también lo puedes hacer con lo que tengas a la mano, todo es cuestión de que le pienses un poco.
Puedes conocer más del trabajo de Tomás Hache visitando su sitio en internet:www.tomashernandez.net y en el sitio de: www.artecocodrilo.com

 

 

Ciclo Literario.