De Jane Austen a Zadie Smith…
Las novelistas inglesas

Minh Tran Huy


“En mi país, siembre ha habido, desde la aparición del género, grandes novelas escritas por mujeres, que han sido leídas, estudiadas y admiradas tanto por las mujeres como por los hombres. Gran Bretaña es tal vez la única nación en este caso y deberíamos estar orgullosos de ello.” Así lo constata A.S. Byatt, quien obstuvo en 1990 el Booker Prize  por su libro Posesión.
De hecho, las inglesas, de Jane Austen a Zadie Smith, no han cesado de ocupar la delantera de la escena literaria, en su país y en el extranjero. Lo atestiguan el premio Nobel atribuido a Doris Lessing, las recientes publicaciones del Diario de adolescencia y del Diario integral de Virginia Woolf en las ediciones Stock; de Jane Eyre y de las Obras de juventud  de las Brontë, en la colección la Pléiade, o también el éxito en el cine de Las Horas y Regresa conmigo (adaptación de Expiación). Ante semejante avalancha, ¿cómo no interrogarse sobre la riqueza y la fuerza de la novela británica en femenino? ¿Sobre su historia, sus orígenes, sus influencias? ¿Sobre la existencia, si no de escuelas, por los menos de familias de ideas y de escrituras que permiten establecer puentes entre obras a priori  disímiles?          
(…) Antes que nada, importa distinguir la literatura femenina, escrita por mujeres, de la literatura feminista, la que denuncia los estereotipos patriarcales en el seno de la novela. La primera rebasa por mucho la segunda y reducirla a esto impediría considerar las obras de pioneras tales como Jane Austen, Emily Brontë (…), o también George Eliot, quienes han abierto la vía a otra visión de la mujer, tanto como personaje como autor. Al contrario de los románticos, naturalistas y otros surrealistas franceses, las novelistas británicas no se han agrupado nunca debajo de una bandera acompañada por un manifiesto. Apenas si se han frecuentado –Virginia Woolf y sus allegados fueron así el hogar del modernismo y de la escritura fenomenológica a principios del siglo XX. Sin embargo se esbozan filiaciones: así la familia de las “escritoras del encierro”, que se extiende desde Jane Austen hasta Anita Brookner; autoras tales como Doris Lessing, Iris Murdoch y Angela Carter, símbolos de una obra en la encrucijada del compromiso y del pensamiento, o de la tradición de las grandes señoras de la novela policial que cuenta en sus filas con Agatha Christie, Ruth Rendell, Anne Perry…

El panorama asentado en este dossier no podría ser exhaustivo: se trata sobre todo de poner en evidencia las líneas de fuerza de una literatura múltiple, movediza, cuya importancia se mide también por el hecho que la novelista inglesa se ha vuelto ahora un arquetipo, por consiguiente un sujeto de parte entera. Así las obras de Jane Austen, Elizabeth Gaskell, Virginia Woolf, habitan las de numerosos escritores de hoy –Ian McEwan, David Lodge y Michael Cunningham (…) Una literatura que resquiebra sus fronteras (en término de género como de nacionalidad) y esto de modo cuanto más flagrante que la denominación de “novelistas inglesas” pierde su sentido en un mundo globalizado.

 

Una voz nueva

Eva Loechner



 

En el siglo XIX, Jane Austen, las hermanas Brontë y George Eliot han logrado imponer otra visión de la mujer, como personaje y como escritora.

Las muy grandes novelistas que aparecen en el siglo XIX en Inglaterra, Jane Austen, las hermanas Brontë, George Eliot, son sólo las figuras más notables de un periodo de verdadera explosión de la literatura femenina. Señalemos que las condiciones se prestaban a ello. Rara vez el papel de la mujer habrá sido tan estrictamente codificado. Guardiana del hogar, es percibida como símbolo de sacrificio y abnegación, garante de la armonía de la sociedad, y frente a esta imagen lisa y esclavizante, se elevan numerosas voces para expresar una realidad totalmente diferente. En su esfuerzo, las ayudan cambios socio-económicos radicales que hacen emerger nuevos papeles para las mujeres y evolucionar la ley a su favor: el siglo XIX en Inglaterra es también el de las primeras luchas femeninas, las primeras leyes sobre el divorcio (1857) y la propiedad (1870), o también de la aparición, en Oxford y Cambridge, de los primeros colegios femeninos.
  La historia de la emergencia de estas voces femeninas es la de un combate, como lo atestiguan las vidas a menudo duras de estas novelistas, y de las obras marcadas por el conflicto, la violencia, incluso la locura. Pero esta emergencia no se ha hecho tampoco sin contradicciones: en efecto, se ha reprochado a veces a las novelistas victorianas (como a muchas otras escritoras) ser “antifeministas”, al adoptar seudónimos masculinos, al querer ser reconocidas al igual que los hombres. Pero ¿acaso esta supresión de las características demasiado “femeninas”  de su escritura no era indispensable para acceder a este reconocimiento? Feministas, estas escritoras – Austen, las hermanas Brontë, George Eliot – lo han sido en la medida en que su sociedad se lo permitía al usar, de la mejor manera posible, las armas de las que disponían.

Roger Fenton / 1860
Fotografía

En el momento en el que Jane Austen escribe, fin del siglo XVIII, principios del XIX, el matrimonio es el único destino posible para la mujer. Numerosos entonces los relatos que hacen de la boda de la heroína el desenlace feliz y deseado. Heredera de estas novelas algo insignificantes, Austen, quien nunca se casó, ofrece una obra cuya fuerza e ironía consistieron en deshacer discretamente y por toquecitos, este esquema convencional.  En Orgullo y prejuicios, denuncia, por ejemplo, el matrimonio como transacción financiera de motivos prosaicos: atrapadas por una ley que las excluye de la herencia familiar, las hermanas Bennet no tienen prácticamente otro remedio que el de encontrar a un hombre para desposar. Pero Austen sobre todo se va a empeñar en invertir los papeles de este juego de tramposos: si el único destino viable es el matrimonio, que las mujeres, por lo menos, sean las heroínas de aquello. Así nacen personajes femeninos irónicos, impertinentes, sutilmente inteligentes, quienes retoman las reglas por su cuenta, decididas a no dejarse engañar por el primer príncipe azul que se les presente. Trátese de Emma en la novela epónima o de Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicios, Austen anuncia la emergencia de una feminidad más conquistadora, con esas damitas quienes desvían, con la cara de yo no fui, los comportamientos que se esperan de ellas, y se crean, al interior de las convenciones de una sociedad tan codificada, un pequeño margen de libertad. Como a menudo lo harán las mujeres escritoras después de ellas, se interesa también en heroínas marginadas, atípicas, menos bellas (como Anne Eliott en Persuasión), menos ricas (como Fanny Price, la primita pobre de Mansfield Park), pero de las que va a orquestar el triunfo final – parábola sin disfraz de su propio deseo de ascensión y de reconocimiento.
Si la subversión queda discreta todavía en Jane Austen, estalla con más brío en las hermanas Brontë, muy marcadas por la corriente romántica. Se ha escrito mucho sobre estas tres hijas de pastor, solteras (excepto Charlotte quien se casó bastante tarde), escribiendo desde su pedazo de tierra historias de amor y de locura que no conocieron en sus propias vidas. Entre las novelistas del siglo XIX, las hermanas Brontë expresan de mejor modo los paroxismos a los que pueden llevar las tensiones de una sociedad que ofrece a las mujeres perspectivas tan estrechas y las sume en frustraciones cuyas únicas salidas son a veces los extremos de la locura o de la muerte. Esta subversión se encarna, por ejemplo, en Heathcliff, el personaje de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, huérfano, bohemio sin ataduras, símbolo de una fuerza bruta y casi animal que suscita en Catherine Earnshaw un deseo intenso y prohibido. Sin embargo Catherine no se casará con Heathcliff sino con Edgar Linton, heredero ortodoxo que la coloca de nuevo en el camino derecho de la sociedad victoriana. Las novelas de las hermanas Brontë son habitadas por límites, peligros, extremos, más o menos como el revés de una medalla de una época que se esfuerza en presentar un rostro liso y armonioso: ¿qué mejor ejemplo que el extraordinario personaje de Bertha Mason en Jane Eyre de Charlotte Brontë, la primera mujer de Rochester a la que trajo de las colonias, quien, vuelta loca, es encerrada en un desván, dejando escuchar solamente gritos espantosos? Esta “loca del desván”1 aparece como este inconsciente de la sociedad victoriana que regresa para perseguirla y vengarse – Bertha termina, en un último acceso de demencia, por incendiar la casa de Rochester. Estamos muy lejos de la imagen apacible del “ángel del hogar” que la propaganda victoriana se complacía en difundir, y si la novela concluye por la boda final de Jane con Rochester, esta primera mujer permanece como la correlación “loca” de esta pareja estable2.

Henry Peach Robinson / 1858
Fotografía

En este panorama, la carrera de George Eliot puede aparecer como el resultado de un proceso que consistió, para las novelistas, en hacerse reconocer primero como escritores antes que como mujeres. A pesar de su pertenencia a la misma generación que las Brontë, Eliot llega a la escritura mucho más tarde, en los años 1860, y ofrece novelas menos impetuosas, menos impulsivas, más maduras.  Parece que George Eliot fuera verdaderamente habitada por la idea de apropiarse del territorio de los hombres y llegar con ellos a un pie de igualdad. El signo más sobresaliente de aquello es el hecho de haber adoptado un seudónimo totalmente masculino (su verdadero nombre era Mary Ann Evans).  Pero todo en su vida y su obra manifiesta esta gran ambición, en particular su sed de conocimientos y de saber enciclopédicos: la educación y la cultura evidentemente eran los primeros obstáculos a las carreras femeninas, y Eliot mantendrá económicamente Gerton College, el primer colegio de muchachas en Cambridge. Reditúo esta estrategia: después de sus dos primeras novelas, Adam Bede y El Molino sobre la Floss, Eliot se volvió un verdadero monumento de la época victoriana. Novelista favorita de la reina Victoria, vende decenas de miles de libros; adulada como una especie de nueva Pitonisa, accede a un status al que ninguna otra novelista había llegado antes de ella y se vuelve una referencia obligada.
Este triunfo de Eliot resume las ambigüedades de todos los recorridos de estas pioneras de la literatura femenina en el siglo XIX. ¿Acaso estar tan celebrada en una época tan dura para las mujeres no implica aceptar tácitamente sus valores? De hecho, Eliot sacrificó a veces heroínas rebeldes y ambiciosas a nombre de la sagrada y santa moral victoriana y de su ideal de la familia. Tal vez se tenía que pasar por esto – hacer tan bien como los hombres, con el riesgo de pasar por una enemiga de las mujeres – para entrar de lleno a la historia de la literatura, y abrir definitivamente la vía a una literatura femenina desde entonces proliferante.                 


(Notas)
1 Título de una obra célebre de crítica feminista, The Madwoman in the Attic, de Sandra Gilbert y Susan Guiar, que toma este personaje como símbolo de su estudio de las novelistas del siglo XIX.
2 En La prisionera de los Sargazos, Jean Rhys reescribirá la novela desde el punto de vista de Bertha Mason.
Traducción de Marie-Claire Figueroa
Tomado de Le Magazine littéraire No. 476, Junio de 2008.

 

 

Ciclo Literario.