El cenzontle

Susana Wald


Tenía yo no más de diez años, y quizás bastante menos, cuando mi padre me leyó un poema de János Arany*, en que me tocó acercarme por vez primera a las vicisitudes de la administración de la justicia. Esto sucedió en Hungría, un país hoy dentro de la Unión Europea cuya extensión geográfica es semejante a la del Estado de Oaxaca. No voy a cansar a mis lectores con los misterios y milagros de la lengua húngara: voy a trasladar más bien los versos de la balada de Arany a un texto de prosa en castellano para poder saborear sus detalles en la lengua que hablamos y el entorno en que vivimos en el trópico. Además usaré como tema no al ruiseñor, ave conocida en Europa, sino al cenzontle, cuyo canto podemos gozar en esta región.

La distancia de más de cien años, océano y continente separan a Hungría de Oaxaca, a la balada, de la versión libre. Sin embargo no podemos decir que el problema que nos presenta hubiera cambiado mayormente. Los seres humanos somos los mismos, la transcripción resulta fácil.

 

Antaño, cuando aún se decía: ¡si es pelea que sea pelea! (de eso no hace tanto), en algún lugar de Oaxaca vivía un hombre de nombre Pablo cuyo vecino de al lado se llamaba Pedro. Esta es su historia.

Magdalena Caris
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Pedro y Pablo, bien sabemos, caben en cómoda vecindad en el calendario del verano. Les es fácil compartir allí el mismo petate. En cambio nuestros Pedro y Pablo viven en casas donde hay peleas sin término, alboroto en los patios. Son malos vecinos condenados a ser muy poco amables y nada amigos.

El humo de la chimenea de la cocina de la casa de Pablo hace toser de inmediato a Pedro. Y si la gallina de la casa de Pedro pasa al patio de al lado ello hace que Pablo casi destruya a patadas la barda que separa su terreno del de su vecino. De esto nace siempre el venquetevea, los gritos y escobazos que hacen huir a la pobre gallina hacia el gallinero.

Ninguno cede, ninguno da lugar a conversa, jóvenes y viejos de ambas casas viven en constante batalla. Se enfrentan con dureza, sus perros se persiguen ladrando hasta los límites del terreno y hasta la esquina.
Pero vayamos al grano. Desde que hay memoria crecía un robusto nogal en el jardín de Pablo. Una de las ramas de su enorme copa se extendía sobre el jardín de Pedro y como las nueces que daba el árbol caían es su patio, sabiamente se cuidaba de cortarla.

Sucedió bien de mañana un domingo que el cenzontle de nuestro título se sentó en la rama compartida escogiéndola como altar desde donde alabar a su Creador, exaltándolo con su bello canto en agradecimiento del día que había amanecido con bellos rayos de sol sobre el rocío, bajo la brisa llena de aromas; alababa también el árbol con follaje verde, el nido en que su pareja empollaba, la alegría que llenaba su pequeño corazón, es decir lo que en sí y en su alrededor veía y observaba, el lujo, la luz, el color, que era gloria -sin duda- surgida para él, creada para él, ¡todo sólo para él! Al punto que el vecino Pablo que allí lo escuchaba con deleite, dichoso exclamó: “¡Qué bien canta mi pájaro!



“¡Suya será su sombra!, por la madre que...” y otras cosas se oyeron desde el otro lado de la barda con duras palabras. “¿Y de quién si no? -dijo Pablo- cuando canta en mi árbol?” “¡Pero se oye en mi patio, cómo va a ser cosa de usted!” Pablo no cedía: ¡a él nada!, Pedro aúllaba: ¡a él menos!; de cosa a cosa, de palabrota en palabrota, de más en más saltaron la barda y se fueron a las manos. En alabanza del santo día se golpearon hasta sangrar, sin ceder su derecho.
Pablo, así como estuvo, cubierto de sangre, arrastrándose fue a quejarse donde el juez. Expuso el ultraje, dijo no ceder en su derecho, exigía justicia, y que si no lo lograba iba con su pleito hasta el mismísimo Presidente, hasta el día de su muerte. Por enfatizar su caso echó en la mano del juez un billete para inclinar la balanza de la justicia, que el juez deslizó en su bolsillo derecho.

Patricio Robles Gil
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Pedro tampoco dejó descansar la inocente justicia; fue donde el juez para ser oído. Así era, contó, el canto era suyo, así le parecía; no podía haber estado que se lo quitara, no había ley que no le favoreciera, ante Dios y la humanidad. Y para sentar su caso puso un billete en manos del juez quien lo deslizó en su bolsillo izquierdo, del lado del corazón.

Llegó el día señalado para que el juez decidiera sobre la disputa de a quien favorecía la suerte en el pleito del cenzontle. La sabiduría del juez ahora se encontraba en juego, así como la de dos leguleyos, que en enormes tratados buscaron sin hallar respuesta a su dilema. Encontraron soluciones a los más diversos pleitos, pero de cosas como el canto de pájaros, el corpus juris no decía nada. Así fue que llegado el día del veredicto el juez plantado ante los pleiteantes puso sus dos manos en sus pantalones y pronunció la ley del cenzontle: ¡Oigan ustedes! (se golpeó el bolsillo derecho) el pájaro no canta para este lado, (se golpeó el bolsillo izquierdo) tampoco para este lado, sino que canta para mí. ¡Largo de aquí!

Cómo será que hoy ya no se da semejante batahola, los vecinos ya no se pelean, los parientes sólo hacen el bien, los oaxaqueños temen a los pleitos... No hay clase social, no hay comunidad que no pueda resolver sus asuntos con buenas palabras, los hermanos comparten todo, los semejantes son amigos. Ya nadie quiere hacer pleitos por pequeñeces, o comer o asesinar a otros. ¿Y dónde habría hoy en día abogado alguno que tomara el caso del canto del cenzontle?

* 1817-82, poeta húngaro considerado uno de los fundadores de la poesía húngara moderna. Fue actor, notario, editor y profesor de literatura húngara en la universidad de Nagy-Koros. Es autor de numerosos libros. Sus baladas son quizás su obra más popular, escritos en lenguaje simple, reminiscente del de las canciones folklóricas.
susanawald@yahoo.com

 

Ciclo Literario.